Capítulo 13 El Retorno de los Fantasmas
El ascenso desde las profundidades de la tierra fue un viaje de regreso a la realidad, pero una realidad que ya no nos pertenecía del todo.
Las escaleras talladas en la roca viva parecían interminables, cada peldaño un recordatorio físico de la distancia que habíamos recorrido entre el miedo y la claridad.
Mis piernas temblaban, no por el esfuerzo, sino por la resonancia residual de la energía que habíamos enfrentado.
Sentía como si mi piel hubiera sido lavada con agua helada, dejando al descubierto nervios expuestos y una sensibilidad aguda hacia el mundo que me rodeaba.
William caminaba a mi lado, su mano entrelazada con la mía, su agarre firme pero ligero, como si temiera que yo pudiera desvanecerme si lo apretaba demasiado.
Cuando finalmente emergimos en las bodegas viejas del castillo, el aire olía diferente.
Ya no era el olor rancio de la humedad y el moho, sino el aroma seco y polvoriento de la madera antigua y el vino añejo.
La luz de nuestras linternas sordas revelaba barriles apilados hasta el techo, cubiertos de telarañas que brillaban como hilos de plata.
Estábamos solos. El silencio era absoluto, pero ya no era opresivo. Era expectante.
—¿Lo has sentido? —preguntó William, deteniéndose junto a un barril gigante para recuperar el aliento. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva, una lucidez que antes le faltaba.
Asentí, apoyándome contra la pared fría de piedra.
—Se ha ido. La voz... los susurros... han desaparecido. Pero algo queda. Una presencia. No es maligna. Es... neutra. Como el eco de un grito que ya no duele.
William asintió lentamente, guardando la daga negra en su funda. La hoja, que antes parecía vibrar con una energía oscura, ahora estaba inerte, simple metal forjado por manos humanas.
—Hemos roto el vínculo energético —pronunció él, procesando la información—.
Dacre ya no puede acceder al poder de la Fuente a través de nosotros.
Pero eso no significa que esté indefenso.
Sigue teniendo el control del castillo, de los guardias, de Lady Marguerite.
Y sigue teniendo la intención de celebrar la boda.
La mención de la boda me devolvió bruscamente a la urgencia del momento.
Mañana era la Luna Llena. La ceremonia estaba programada para el mediodía, cuando el sol estuviera en su punto más alto, paradójicamente contrastando con la naturaleza nocturna del ritual original.
Dacre quería demostrar su dominio sobre la luz y la sombra, fusionándolas en un acto de arrogancia supremo.
—Debemos advertir a Catherine —dije, enderezándome y sacudiendo el polvo de mi vestido—. Ella nos ayudó a llegar aquí. Si Dacre descubre que hemos estado en la Fuente, la castigará.
—Catherine sabe cuidarse sola —respondió William, aunque su tono sugería duda—. Pero tienes razón. Necesitamos aliados. Y necesitamos saber qué planea Dacre exactamente para la ceremonia. Si el ritual energético está roto, ¿qué pretende lograr?
Salimos de las bodegas y nos dirigimos hacia las escaleras de servicio que llevaban a los pisos superiores.
El castillo estaba sumido en la quietud de la madrugada.
Los guardias patrullaban los pasillos principales, pero las rutas secundarias estaban desatendidas, confiando en la seguridad ilusoria de los muros gruesos.
Nos movimos como sombras, silenciosos y eficientes, aprovechando la confianza excesiva de nuestros captores.
Llegamos a la habitación de Catherine en el ala este. La puerta estaba entreabierta. Entramos con cautela. La habitación estaba vacía, pero desordenada. Ropa esparcida por el suelo, cajones abiertos, libros tirados. Alguien había registrado el lugar recientemente. Y no hacía mucho.
Sobre la cama, había una nota clavada con una daga pequeña. No era la caligrafía elegante de Catherine. Era una escritura tosca, urgente.
"Han venido por mí. Dacre sabe que hablé. Me llevan a la Capilla de las Sombras. No intentes rescatarme. Es una trampa. Huid. “C."
William arrancó la nota de la madera, sus nudillos blancos por la tensión.
—Una trampa —murmuró, con rabia contenida—. Sabía que no podíamos confiar ciegamente en ella. O quizás, Dacre la obligó a escribir esto.
—No importa si es una trampa o no —dije, sintiendo cómo la determinación se endurecía en mi pecho—. No podemos dejarla allí. Si la usan como cebo, significa que todavía tiene valor para ellos. Y si tiene valor, podemos usarla a nuestro favor.
—Eris, es peligroso —advirtió William, tomándome por los hombros—. Si vamos a la Capilla de las Sombras, entraremos directamente en la boca del lobo. Dacre estará allí. Thorne estará allí. Todos estarán allí.
—Precisamente por eso debemos ir —respondí, mirándolo a los ojos—.
Porque es donde terminará todo. No podemos huir eternamente.
Tarde o temprano, tendremos que enfrentarlos.
Y prefiero hacerlo en mis términos, con la verdad de la Fuente como escudo, que vivir escondida en los bosques, esperando que vengan a buscarnos.
William me estudió durante un largo momento, buscando señales de locura o desesperación en mi rostro. Pero solo encontró resolución. Asintió lentamente, una sonrisa triste curvando sus labios.
—Tienes razón. Hemos pasado demasiado tiempo reaccionando. Es hora de actuar.
Preparamos nuestras pocas pertenencias. No llevábamos armas sofisticadas, solo la daga de William y mi propia voluntad.
Salimos de la habitación de Catherine y nos dirigimos hacia la Capilla de las Sombras, una estructura aislada en los terrenos exteriores del castillo, conectada por un puente cubierto que cruzaba el foso seco.
La noche era clara, la luna casi llena iluminando el paisaje con una luz plateada y fantasmal.
Las estrellas brillaban frías e indiferentes en el cielo negro.
Mientras caminábamos por el puente, el viento silbaba a través de las grietas de la piedra, creando melodías lúgubres que parecían lamentos antiguos.
La Capilla de las Sombras era una ruina menor, más pequeña y decadente que la capilla principal. Sus ventanas estaban rotas, y la puerta principal colgaba de una sola bisagra. Dentro, la oscuridad era total. Encendimos nuestras linternas y entramos.
El interior estaba vacío, excepto por un altar de piedra en el centro, cubierto de velas negras apagadas.
Y atada a una columna lateral, con cuerdas gruesas, estaba Catherine.
Estaba inconsciente, su cabeza colgando hacia adelante, el cabello rojo cayendo como una cascada de sangre seca sobre su vestido azul.
Nos acercamos rápidamente. William cortó las cuerdas con su daga mientras yo comprobaba su pulso. Era débil, pero estaba vivo.
—Catherine —llamé suavemente, sacudiéndola ligeramente.
Ella gimió, abriendo los ojos con dificultad. Al vernos, su expresión cambió de confusión a terror.
—¡Idos! —susurró, con voz ronca—. ¡Es una trampa! ¡Están aquí!
Antes de que pudiéramos responder, la puerta principal se cerró de golpe con un estruendo final. Las llamas de nuestras linternas parpadearon violentamente, amenazando con extinguirse.
Desde las sombras de las esquinas, surgieron figuras.
No eran guardias comunes. Eran hombres encapuchados, vestidos con túnicas negras bordadas con los símbolos de la media luna.
Y al frente de ellos, con una sonrisa triunfante y cruel, estaba Lord Dacre.
A su lado, Lady Marguerite observaba con una satisfacción fría, y el Dr. Thorne ajustaba sus gafas con una curiosidad clínica.
—Bienvenidos a la verdadera ceremonia —dijo Dacre, su voz resonando en la pequeña capilla como un trueno contenido—. Sabía que vendríais. La empatía es una debilidad tan predecible como el amor.
William se puso frente a Catherine y a mí, desenvainando la daga. Pero esta vez, la hoja no brilló con oscuridad. Estaba simplemente afilada. Mortalmente humana.
—Tu pacto está roto, Dacre —dije, dando un paso adelante, poniéndome junto a William—. La Fuente ya no te responde. Tu poder es una ilusión.
Dacre rio, una risa seca y desagradable.
—¿La Fuente? Querida niña, la Fuente es solo un conducto.
El verdadero poder reside en la fe. En la creencia.
Y mientras haya alguien que crea en el mito, el mito vive.
Y vosotros... vosotros sois los mejores creyentes de todos.
Vuestra lucha, vuestra resistencia, incluso vuestra "trascendencia"...
todo eso alimenta la narrativa. Y la narrativa es lo que mantiene vivo el miedo.
Miré a Thorne. Él sostenía un frasco con un líquido verde burbujeante.
—El ritual de mañana no requiere sangre antigua —explicó Thorne, con su voz suave y nasal—. Requiere testimonio. Requiere que el mundo vea caer a los últimos herederos. Que vea cómo el amor sucumbe ante el orden. Eso es lo que renovará el pacto. No la magia. El espectáculo.
Sentí cómo el frío me envolvía de nuevo. No habíamos derrotado a la sombra integrándola. Habíamos subestimado la naturaleza humana de nuestros enemigos. Dacre no necesitaba poderes sobrenaturales. Necesitaba control. Necesitaba dominar la percepción.
—Entonces, ¿qué haréis? —preguntó William, con la voz tensa.
—Os casaremos —dijo Lady Marguerite, dando un paso adelante—. Y luego, os ejecutaremos públicamente. Como traidores. Como brujos. Y vuestro sacrificio será la base de una nueva era para Blackwood. Una era de orden absoluto.
Los hombres encapuchados avanzaron, rodeándonos. No había escapatoria. Estábamos atrapados en la capilla, con Catherine inconsciente a nuestros pies, y la luna llena observándonos desde el cielo a través de las ventanas rotas.
Pero mientras los guardias se acercaban, sentí algo extraño. No era miedo. Era calma. Una calma absoluta, profunda, como la del fondo del mar. Porque sabía algo que Dacre ignoraba.
Habíamos roto el vínculo con la entidad. Pero eso significaba que la entidad ya no nos protegía... ni nos limitaba. Estábamos libres. Completamente libres. Y la libertad, en manos de aquellos que no tienen nada que perder, es el arma más peligrosa de todas.
Miré a William. Él me miró a mí. Y en ese intercambio silencioso, sin palabras, sin gestos, supimos lo que teníamos que hacer. No lucharíamos contra ellos. Lucharíamos contra la historia.