Capítulo 17 Los Ecos de la Ceniza
El amanecer no trajo consuelo; trajo una luz grisácea y cruel que revelaba la magnitud de la devastación.
El Castillo de Blackwood, aquella fortaleza que había dominado el horizonte de mi vida durante dieciséis años, ya no era más que un esqueleto humeante.
Las torres, antes altivas y desafiantes, yacían derrumbadas como gigantes caídos, sus piedras negras esparcidas por el valle como dientes rotos.
El aire olía a madera quemada, a piedra pulverizada y a algo más dulce y nauseabundo: el olor de la carne calcinada.
Permanecimos allí, William, Catherine y yo, observando las ruinas desde la seguridad relativa del bosque cercano.
El Sheriff de Inverness y sus hombres trabajaban incansablemente, apagando los últimos focos de incendio y buscando supervivientes entre los escombros, aunque todos sabíamos que no encontrarían a nadie vivo.
Dacre y Lady Marguerite habían elegido su pira funeraria, consumidos por el fuego que ellos mismos habían encendido para borrar la verdad.
Pero el fuego, por muy voraz que sea, no puede borrar la memoria.
Y nosotros éramos la memoria viva de Blackwood.
William estaba sentado sobre una raíz expuesta, con la cabeza entre las manos.
Su rostro estaba cubierto de hollín y sangre seca, pero lo que más me dolía ver era la vacuidad en sus ojos.
Había perdido su hogar, su título, su familia y su identidad.
Todo lo que definía a William Blackwood había ardido junto con el castillo.
—¿Qué soy ahora? —preguntó, su voz ronca y quebrada, sin levantar la vista—. Sin el castillo, sin el apellido... ¿quién soy?
Me acerqué a él, arrodillándome frente a él para obligarlo a mirarme. Tomé su rostro entre mis manos sucias, limpiando suavemente una mancha de ceniza de su mejilla.
—Eres William —dije firmemente—. Eres el hombre que me salvó de la oscuridad. El hombre que enfrentó a un monstruo no con magia, sino con amor. Eso no se quema, William. Eso no se reduce a cenizas.
Él cerró los ojos, dejando caer una lágrima que trazó un camino limpio a través del hollín de su piel.
—Pero el legado... la responsabilidad...
—El legado era una maldición —intervino Catherine, acercándose a nosotros. Cojeaba ligeramente, sosteniendo su brazo herido, pero su mirada era clara y resuelta—. Blackwood estaba podrido desde dentro. Lo que ha ardido hoy no era un hogar, era una prisión. Y ahora somos libres.
El Sheriff se acercó a nosotros, quitándose el casco empapado de sudor. Su expresión era grave, pero respetuosa.
—Hemos encontrado restos en la torre oeste —dijo, dirigiéndose a William—. Coinciden con las descripciones de Lord Dacre y Lady Marguerite. No hay duda de su fallecimiento. También hemos encontrado a varios guardias leales muertos o heridos. El resto ha huido hacia las montañas.
Asentí, sintiendo un alivio frío. La amenaza inmediata había terminado. Pero la sensación de inquietud que había sentido al ver a la niña en la ventana no me abandonaba.
—Sheriff —dije, eligiendo cuidadosamente mis palabras—. Antes de que el techo colapsara completamente, vi algo en la torre este. Una figura. Una niña.
El Sheriff frunció el ceño, confundido.
—¿Una niña? No había niños en el castillo, señorita Eris. Solo adultos. Y todos los registros indican que la servidumbre fue evacuada o murió en la explosión inicial.
—Lo vi —insistí, sintiendo cómo la certeza de mi visión chocaba con la lógica fría del hombre—. Era pequeña. Vestida de blanco. Me miró. Y luego desapareció.
Catherine intercambió una mirada con William. Parecía saber algo, pero dudaba en hablar.
—Eris tiene... visiones —explicó William, protegiéndome con su tono—. Desde niña. A veces ve cosas que otros no pueden.
El Sheriff me estudió con curiosidad clínica, similar a la de Thorne, pero desprovista de malicia.
—El shock puede causar alucinaciones, señorita. Es normal después de una experiencia tan traumática. Descansen. Mañana nos trasladaremos a Inverness para tomar declaraciones formales. Allí estarán seguros.
No discutí. Sabía que insistir en ese momento solo haría que dudaran de mi cordura. Pero yo sabía lo que había visto. No era una alucinación. Era un mensaje. O quizás, una advertencia.
Pasamos el resto del día en un campamento improvisado cerca de las ruinas. Los hombres del Sheriff nos proporcionaron mantas y comida caliente, pero el sueño se negaba a llegar. Cada vez que cerraba los ojos, veía el fuego. Veía a Gareth. Veía a la niña de blanco.
Por la noche, mientras William dormía exhausto a mi lado, me levanté sigilosamente y caminé hacia el borde del claro, donde las ruinas del castillo se recortaban contra el cielo estrellado. La luna estaba casi llena, bañando los escombros en una luz plateada y fantasmal.
—Sé que estás ahí —susurré, hablando a la oscuridad.
No hubo respuesta inmediata. Solo el viento silbando entre las piedras rotas. Pero entonces, sentí esa presencia familiar. La sombra. Pero ya no era viscosa ni amenazante. Era ligera, curiosa, como la brisa que mueve las hojas de los árboles.
De entre las sombras de una columna derrumbada, surgió una figura pequeña. Era la niña. Vestida con un camisón blanco antiguo, descalza, con el cabello largo y oscuro cayendo sobre sus hombros. Sus ojos eran grandes, oscuros y profundos, reflejando la luz de la luna.
No sentí miedo. Sentí reconocimiento.
—¿Quién eres? —pregunté, dando un paso hacia ella.
La niña no habló. Simplemente señaló hacia las ruinas de la biblioteca, donde habíamos pasado tantas horas buscando la verdad. Luego, señaló hacia el bosque, hacia el norte, hacia las montañas.
—¿Quieres que te siga? —pregunté.
Ella asintió lentamente, una sonrisa triste curvando sus labios infantiles. Luego, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia las ruinas, desapareciendo entre los escombros como si fuera parte de ellos.
Dudé un momento. Despertar a William sería lo sensato. Pero algo en mí, esa parte intuitiva que siempre me había guiado hacia la verdad, me empujaba a seguir a la niña. Sabía que ella tenía respuestas. Respuestas sobre mi origen, sobre la entidad de la Fuente, sobre por qué había sido elegida.
Entré en las ruinas con cautela. Los escombros eran inestables, crujían bajo mis pies.
Seguí a la niña, que se movía con una agilidad sobrenatural, escalando montones de piedra como si fueran escaleras.
Me llevó hasta los cimientos de la antigua biblioteca.
Allí, donde antes estaba el pasadizo secreto, ahora solo había un agujero negro lleno de escombros.
La niña se detuvo al borde del agujero. Señaló hacia abajo.
—Hay algo ahí abajo —dije, comprendiendo—. Algo que sobrevivió al fuego.
Ella asintió de nuevo. Luego, extendió su mano pequeña hacia mí. Por primera vez, pude tocarla. Su piel era fría, pero no helada. Era suave, como la seda antigua. Pero cuando nuestros dedos se rozaron, una imagen volvió en mi mente.
Vi a una mujer joven, hermosa, con el mismo rostro que el mío. Estaba de pie en esta misma biblioteca, hace siglos. Sostenía a una niña en brazos. La niña era ella. La niña era yo. Y la mujer lloraba, besando la frente de la pequeña antes de entregarla a alguien en las sombras. A Gareth.
Protege a la hija de la sangre, había dicho la mujer. Protege a la Guardiana.
La visión se desvaneció tan rápido como había llegado. Retiré la mano, jadeando. La niña me miraba con una intensidad antigua, demasiado madura para su apariencia infantil.
—Eres mi madre —susurré, aunque sabía que no podía ser literalmente cierto. Mi madre había muerto hacía mucho tiempo, o eso creía. Pero esta niña... esta niña era el espíritu de mi linaje. La esencia de los Blackthorne.
Ella negó con la cabeza suavemente. No era mi madre. Era algo más. Era la memoria colectiva de mi familia. La guardiana de los secretos que el fuego no podía destruir.
Señaló de nuevo hacia el agujero.
—Debo bajar —dije.
Ella asintió. Y luego, comenzó a desvanecerse. Su forma se volvió translúcida, disolviéndose en la luz de la luna hasta que solo quedó un destello plateado en el aire.
Me quedé sola en las ruinas, con el corazón latiendo con fuerza. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que bajar a los cimientos. Tenía que recuperar lo que quedaba.
Regresé al campamento silenciosamente. William seguía durmiendo. Catherine estaba despierta, vigilando el fuego del campamento.
—¿Viste algo? —preguntó ella, sin girarse.
—Sí —respondí—. Algo importante. Mañana, antes de ir a Inverness, necesito volver aquí. Necesito excavar.
Catherine se giró para mirarme. Sus ojos estaban llenos de comprensión.
—Sabía que volverías —dijo suavemente—. La tierra guarda lo que el fuego no puede consumir. Te ayudaré.
Asentí, agradecida. No estaba sola. Tenía a William, a Catherine, y ahora, tenía a la niña fantasma como guía.
El amanecer traería preguntas difíciles, juicios legales y un futuro incierto. Pero esa noche, bajo la luz de la luna y entre las cenizas de mi pasado, había encontrado una nueva dirección. Y esta vez, no caminaba hacia la oscuridad. Caminaba hacia la luz que brillaba debajo de ella.