El castillo de las rosas negras Capítulo 10 El Último Aliento de la Inocencia
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Capítulo 10 El Último Aliento de la Inocencia

La noche en el ala norte del castillo no era simplemente oscura; era opresiva, una entidad viva que se adhería a la piel y penetraba en los pulmones.

Las antorchas habían sido apagadas por orden de Lord Dacre, dejando los pasillos sumidos en una penumbra azulada donde las sombras parecían tener voluntad propia.

William y yo avanzábamos pegados a las paredes, nuestros pasos amortiguados por la gruesa capa de polvo que cubría las piedras.

En mi mano, la llave maestra que Isobel me había entregado pesaba como un pecado, fría y metálica, recordándome constantemente la traición necesaria para sobrevivir.

—Las celdas están al final del corredor, detrás de la puerta de hierro —susurró William, su voz apenas un hilo de sonido que se perdía en el silencio sepulcral.

Sus ojos escaneaban la oscuridad con la agudeza de un depredador, buscando cualquier signo de movimiento, cualquier brillo de acero o destello de ojos vigilantes.

Asentí, aunque mi garganta estaba tan seca que apenas podía tragar.

El miedo no era solo físico; era una vibración constante en mis huesos, una resonancia con la sombra que habitaba en mi mente.

Desde que habíamos salido de la cocina, la voz interna se había vuelto más insistente, más seductora.

Déjalo ir, susurraba. Es el precio del poder.

Es el precio de la verdad. Pero yo apretaba los dientes, rechazando esa lógica retorcida.

Gareth no era un precio. Era mi ancla. Sin él, flotaría a la deriva en el mar de locura que Dacre y Thorne estaban construyendo a nuestro alrededor.

Llegamos a la puerta de hierro. Era maciza, oxidada, con barras verticales que parecían costillas de un gigante muerto.

William insertó la llave en la cerradura.

Giró con resistencia, el metal gimiendo en protesta, hasta que finalmente cedió con un clic seco que resonó como un disparo en el pasillo vacío.

Nos congelamos, esperando el eco de alarmas, de gritos, de pasos corriendo.

Pero solo hubo silencio. Un silencio denso, expectante, como el aire antes de una tormenta eléctrica.

Empujamos la puerta. El interior de la mazmorra olía a humedad rancia, a excrementos y a algo más dulce, más nauseabundo: el olor de la enfermedad avanzada.

Había tres celdas. Dos estaban vacías, con jergones podridos en el suelo.

La tercera, la más alejada, tenía una figura encorvada sentada en la esquina.

—Gareth —llamé, mi voz quebrándose por la emoción.

La figura se movió lentamente. Alzó la cabeza.

Era Gareth, pero no el hombre fuerte y protector que había conocido toda mi vida.

Su rostro estaba demacrado, la piel tirante sobre los huesos prominentes, los ojos hundidos en cuencas oscuras.

Tenía hematomas en las mejillas y los labios partidos.

Pero cuando sus ojos encontraron los míos, brillaron con un destello de reconocimiento, de alivio infinito.

—Eris... —murmuró, su voz ronca, apenas audible—. Sabía que vendrías. Eres terca como tu madre.

Corrí hacia los barrotes, pasando las manos entre ellos para tocar su rostro marcado. Estaba helado.

—¿Qué te han hecho? —pregunté, las lágrimas nublando mi visión.

—Nada que no merezca por guardar secretos —respondió él, con una sonrisa débil—. Thorne... es un hombre curioso. Quiere saber qué hay en mi sangre. Qué hay en la tuya. Dice que somos portadores de una plaga antigua.

William se acercó, examinando la cerradura de la celda.

—Podemos sacarte, Gareth. Tenemos la llave.

Gareth negó con la cabeza, un movimiento lento y doloroso.

—No. No podéis. Si me sacáis ahora, alertaréis a los guardias. Y ellos os atraparán. Debéis ir a la Fuente. Debéis romper el pacto. Eso es lo único que importa. Mi vida... mi vida ya está gastada, niña. He vivido lo suficiente para veros crecer. Para veros encontrar la verdad.

—No te dejaremos aquí —insistí, con desesperación—. Te llevaremos con nosotros. Esconderte en el bosque.

—No hay escondite para la muerte, Eris —dijo él, tosiendo suavemente, un sonido húmedo que me heló la sangre—.

Escuchadme. Thorne no busca curar. Busca acelerar.

El ritual de la Luna Llena está cerca. Dacre necesita que estés débil, asustada, vulnerable.

Por eso me tiene aquí. Para quebrarte. No le des ese gusto.

Sé fuerte. Sé la heredera que debes ser.

Antes de que pudiéramos responder, escuchamos pasos en el pasillo. Pasos rápidos, decididos. Voces.

—¡Por aquí! ¡He oído voces!

William me tomó del brazo, tirando de mí con urgencia.

—Tenemos que irnos, Eris. Ahora.

—¡No! —grité, resistiéndome—. ¡No puedo dejarlo!

Gareth me miró con una intensidad final, absoluta.

—Vete. Vive. Y recuerda: la sombra no es tu enemiga. Es tu espejo. Rómpelo.

William logró arrastrarme lejos de la celda, justo cuando los guardias aparecían en la entrada de la mazmorra.

Corrimos de vuelta al pasillo, cerrando la puerta de hierro tras nosotros.

Escuchamos los gritos de Gareth, no de dolor, sino de desafío, mientras los guardias abrían su celda.

Luego, el sonido de golpes, de lucha, y finalmente, el silencio.

Corrimos sin mirar atrás, las lágrimas cegándome, el corazón destrozado en mil pedazos. Subimos las escaleras de servicio, llegando a los aposentos de William en la torre este. Allí, bloqueamos la puerta y nos desplomamos en el suelo, jadeantes, derrotados.

—Lo siento, Eris —masculló William, abrazándome mientras yo sollozaba contra su pecho—. Lo siento tanto.

—No fue culpa tuya —dije, aunque las palabras sonaban huecas—. Fue culpa de Dacre. De Thorne. De esta maldita casa.

Pasamos el resto de la noche en vela, vigilando la puerta, escuchando cada ruido. Pero ningún guardia vino a buscarnos. Parecía que Dacre estaba ocupado con algo más importante. O quizás, estaba esperando.

Al amanecer, la noticia se extendió por el castillo como un reguero de pólvora.

Gareth había muerto en su celda. "Ataque al corazón", dijeron los sirvientes.

"Locura", dijo Lady Marguerite. Pero yo sabía la verdad.

Había sido asesinado. Asesinado para debilitarme. Para prepararme para el sacrificio.

La furia que sentí entonces no fue caliente ni explosiva. Fue fría. Glacial. Se asentó en mi vientre como una piedra de hielo, endureciendo mi resolución. Ya no era solo una víctima. Era una vengadora.

Esa tarde, Lady Marguerite me llamó a sus aposentos. Entré con la cabeza alta, los ojos secos, la espalda recta. Ella estaba sentada frente al tocador, cepillándose el cabello con movimientos mecánicos. No se giró para mirarme.

—Tu protector ha muerto, Eris —dijo, su voz plana, desprovista de emoción—. Ahora estás sola. Completamente sola.

—No estoy sola —respondí, con calma—. Tengo la verdad.

Lady Marguerite se detuvo. Bajó el cepillo y me miró a través del espejo. Sus ojos eran pozos oscuros, vacíos de humanidad.

—La verdad es un lujo que los pobres no pueden permitirse —dijo—. Dacre viene a cenar esta noche. Quiere verte. Quiere ver si estás lista.

—¿Lista para qué?

—Para el final —confesó ella, volviendo a cepillarse el cabello—. Para la boda.

Salí de sus aposentos aturdida. ¿Boda? ¿Con quién? ¿Con Dacre? La idea era absurda, repugnante. Pero entonces recordé las palabras de Catherine: Dacre quiere restaurar el pacto. Necesita dos llaves: la sangre de la heredera y la sangre del guardián.

William.

No querían casarme con Dacre. Querían casarme con William. Un matrimonio sagrado, sellado con sangre, que uniría nuestras líneas y completaría el ritual. La "boda" no sería una unión de amor, sino un sacrificio ceremonial.

Regresé a mis aposentos, temblando de rabia y terror. William me esperaba allí, pálido y serio. Le conté lo que Lady Marguerite había dicho.

—Una boda de sangre —murmuró él, con horror—. Durante la Luna Llena. Dentro de tres días.

—Debemos escapar —dije—. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

William negó con la cabeza.

—Si huimos ahora, nos cazarán como animales. Y matarán a cualquiera que intente ayudarnos. Isobel. Los otros sirvientes. No podemos permitir más muertes.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos dejamos casar? ¿Nos dejamos sacrificar?

—No —dijo William, con una determinación feroz en los ojos—. Nos casamos. Pero no según sus reglas. Usaremos su propio ritual contra ellos. Encontraremos la Fuente. Y la destruiremos.

Miré a William, viendo la transformación en su rostro. Ya no era el joven melancólico de la biblioteca. Era un guerrero. Un hombre dispuesto a quemar el mundo para salvar a la mujer que amaba.

En ese momento, supe que lo seguiría hasta el infierno si fuera necesario. Porque el amor, en medio de la oscuridad, era la única luz que nos quedaba.

Pero mientras planificábamos nuestra resistencia, no sabíamos que Dacre ya conocía nuestros planes. Que Thorne ya había analizado mi sangre. Y que la sombra, mi compañera silenciosa, estaba a punto de revelarme su verdadero rostro.