Capítulo 11 La Jaula de Terciopelo
La muerte de Gareth no dejó un vacío; dejó un silencio estruendoso.
Era un silencio que llenaba cada rincón del castillo, un eco sordo que resonaba en los pasillos de piedra y se colaba bajo las puertas cerradas de mis aposentos.
Ya no tenía a nadie a quien acudir, ninguna mano callosa que me ofreciera consuelo silencioso ni consejos prácticos sobre cómo sobrevivir a la crueldad diaria.
Estaba sola, flotando en una corriente de luto y terror, arrastrada hacia una ceremonia que prometía ser mi tumba vestida de novia.
William había cumplido su palabra. No huimos.
En cambio, nos convertimos en actores perfectos en la obra macabra que Dacre y Lady Marguerite habían escrito para nosotros.
Durante el día, manteníamos una distancia protocolaria, fría y distante, evitando cualquier muestra de afecto que pudiera alertar a nuestros carceleros.
Pero por la noche, cuando las sombras se alargaban y el castillo dormía un sueño inquieto, nos reuníamos en secreto. No para planificar una fuga imposible, sino para preparar nuestra defensa. Para entender al enemigo.
Los días siguientes transcurrieron con una lentitud exasperante. Cada hora era una eternidad, cada minuto una agonía. Los preparativos para la boda eran frenéticos. Las costureras trabajaban sin descanso, creando un vestido de novia que más parecía una mortaja ceremonial.
Era de seda blanca, pesada y bordada con hilos de plata que formaban patrones de rosas negras y medias lunas entrelazadas. Al probármelo, sentí cómo la tela me oprimía el pecho, robándome el aire. No era un vestido para celebrar la vida; era una armadura para contener la muerte.
Lady Marguerite supervisaba cada detalle con una obsesión enfermiza.
Entraba en mi habitación sin llamar, examinando el vestido, ajustando los pliegues, murmurando instrucciones a las doncellas como si yo fuera un maniquí sin alma.
Sus ojos, siempre fríos, brillaban con una excitación febril cada vez que miraba el calendario. La Luna Llena estaba a dos días.
—Debes estar perfecta, Eris —decía, alisando un pliegue imaginario en mi hombro—. La pureza es esencial para el ritual. Cualquier mancha, cualquier duda, podría corromper el vínculo.
No respondía. Mantenía la mirada baja, masticando mi rabia en silencio.
Sabía que cualquier desafío sería interpretado como debilidad, y la debilidad era lo que ellos buscaban explotar.
Pero por dentro, ardía. Ardía con el fuego de la venganza y con el amor desesperado que sentía por William.
Un amor que ahora era nuestra única arma, nuestra única verdad en un mundo de mentiras.
Una tarde, mientras paseaba por los jardines interiores bajo la vigilancia estricta de dos guardias, vi a Catherine.
Estaba sentada en un banco de piedra, leyendo un libro, aparentemente tranquila.
Pero cuando me vio, cerró el libro de golpe y se acercó a mí, ignorando las advertencias de los guardias.
—Tenemos poco tiempo —dijo ella, su voz baja y urgente—. Dacre ha acelerado los preparativos. Thorne ha estado analizando muestras de tu sangre y la de William. Dice que la resonancia es fuerte. Que el pacto aceptará la unión.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté, fingiendo admirar una rosa marchita mientras hablaba con ella.
—La Fuente —respondió Catherine—. Está debajo de la capilla antigua, pero hay una entrada directa desde los sótanos del castillo.
Una entrada que Dacre cree sellada, pero que mi madre dejó abierta.
Necesitáis llegar allí antes de la ceremonia.
Si rompéis el círculo de poder en la Fuente, el ritual fallará.
Dacre perderá su conexión con las entidades. Y vosotros seréis libres.
—¿Cómo llegamos a los sótanos? —pregunté, manteniendo la compostura.
—Esta noche —susurró Catherine—. Durante el ensayo general de la boda. Todos estarán distraídos en el salón principal. Usad el pasadizo detrás del tapiz de la biblioteca. Lleva directamente a las bodegas viejas. Desde allí, podéis bajar a las criptas.
Antes de que pudiera agradecerle, los guardias se acercaron, obligándola a retroceder.
Catherine me lanzó una última mirada, llena de una tristeza profunda, antes de volver a su banco.
¿Era una trampa? ¿O era nuestra única esperanza?
No podía permitirme el lujo de dudar. Tenía que confiar en ella, porque la alternativa era aceptar mi destino.
Esa noche, el castillo estaba iluminado como nunca antes.
Cientos de velas ardían en los candelabros, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.
El salón principal había sido transformado en un escenario surrealista.
Mesas largas cubiertas de banquetes extravagantes, músicos tocando melodías melancólicas e invitados vestidos con ropas de épocas pasadas, como si participaran en una mascarada histórica.
Lord Dacre presidía la mesa principal, radiante de satisfacción, con Lady Marguerite a su lado, sonriendo con una felicidad grotesca.
William y yo fuimos obligados a participar en el ensayo de la ceremonia. Nos hicieron caminar por el pasillo central, repetir los votos, intercambiar anillos. Los votos no eran tradicionales. Eran juramentos de sangre, de obediencia eterna, de entrega total.
—Yo, William Blackwood, entrego mi sangre y mi alma a la Guardiana de la Sombra —recitó William, su voz firme pero tensa.
—Yo, Eris Blackthorne, acepto la carga y el poder, uniéndome al Guardián en la oscuridad eterna —respondí yo, sintiendo cómo las palabras me quemaban la lengua.
Dacre aplaudió suavemente, satisfecho.
—Hermoso —indicó—. La energía ya fluye. Puedo sentirla. El aire vibra con anticipación. Mañana, cuando la luna esté en su cenit, el pacto se renovará. Y Blackwood será inmortal.
Durante el banquete que siguió al ensayo, William y yo apenas comimos.
Estábamos demasiado tensos, demasiado concentrados en nuestro plan.
Esperamos el momento adecuado. Cuando la mayoría de los invitados estaban distraídos con el vino y la música, y los guardias relajados por la falsa sensación de seguridad, nos escabullimos hacia la biblioteca.
El pasadizo detrás del tapiz estaba tal como Catherine había dicho.
Abierto. Oscuro. Invitante. Entramos, cerrando la puerta tras nosotros.
El aire aquí era diferente. Más frío. Más antiguo.
Olía a tierra húmeda y a raíces profundas.
Bajamos las escaleras de caracol, nuestras manos entrelazadas, nuestros corazones latiendo al unísono.
Llegamos a las bodegas viejas. Estaban vacías, llenas de barriles polvorientos y telarañas. Pero en el fondo, escondida detrás de una pila de cajas rotas, había una puerta de madera reforzada con hierro. William la empujó. Cedió fácilmente.
Detrás, había otra escalera, esta vez tallada en la roca viva, que descendía hacia las profundidades de la tierra. La oscuridad era absoluta. Encendimos nuestras linternas sordas y comenzamos el descenso.
A medida que bajábamos, la temperatura disminuía. El aire se volvía denso, difícil de respirar. Y entonces, escuchamos algo. Un sonido rítmico, constante. Como gotas de agua cayendo en un estanque. O quizás, como latidos.
—¿Lo oyes? —preguntó William, deteniéndose.
Asentí. Sí, lo oía. Era un sonido familiar. Lo había escuchado en mis sueños. Era el sonido de la Fuente.
Seguimos bajando hasta llegar a una caverna natural, enorme y abovedada.
En el centro, había un pozo de agua negra, brillante como la obsidiana.
Alrededor del pozo, había piedras dispuestas en un círculo perfecto, grabadas con los mismos símbolos que habíamos visto en los diarios de Eleanor. Rosas negras. Medias lunas.
La Fuente.
Nos acercamos con cautela. El agua no reflejaba la luz de nuestras linternas. Parecía absorberla. Y en su superficie, vi algo que me heló la sangre. Vi rostros. Rostros de mujeres jóvenes, gritando en silencio. Vi a Marta. Vi a Lady Eleanor. Y vi mi propio rostro, distorsionado por el dolor.
—Es un espejo de almas —murmuró William, horrorizado—. Muestra lo que el pacto ha consumido.
Antes de que pudiéramos reaccionar, una voz resonó en la caverna. No venía de arriba. Venía del agua.
—Bienvenidos a casa, hijos míos.
Del centro del pozo negro, comenzó a emerger una figura. No era humana. Era una masa de sombras líquidas, que tomaba forma lentamente. Primero, unas manos largas y pálidas. Luego, un torso desnudo. Finalmente, un rostro.
Era el rostro de la sombra que me acechaba en los sueños. Pero ahora, tenía ojos. Ojos rojos, brillantes, llenos de una inteligencia antigua y malévola. Pero sonreía.