Capítulo 9 El Veneno de la Memoria
La cala era un refugio engañoso. Las olas rompían contra los acantilados con una furia constante, un rugido blanco y espumoso que ocultaba cualquier otro sonido, pero no podía ahogar el zumbido persistente en mi cabeza.
La marca en la cerilla, esa media luna impresa en la cera derretida, parecía pulsar en sincronía con mis latidos.
No era solo un símbolo; era una sentencia.
William me observaba mientras yo examinaba el pequeño trozo de cera, su rostro pálido bajo la luz grisácea del amanecer escocés.
Sus ojos, habitualmente cálidos como el ámbar, estaban oscurecidos por una preocupación profunda, casi dolorosa.
—Debemos movernos —indicó finalmente, rompiendo el silencio tenso—. Dacre sabe que tenemos los diarios. No descansará hasta recuperarlos o eliminarnos. Y esa figura... no era humana, Eris. Lo sentí en mis huesos.
Asentí, guardando la cerilla en mi bolsillo junto al cofre de cedro.
Tenía razón. La calma de la cala era una ilusión.
Estábamos expuestos, vulnerables, con la marea subiendo y los acantilados cerrándonos el paso por tierra.
Solo había una vía de escape: regresar al castillo, pero no por la puerta principal.
Debíamos usar las rutas que Gareth conocía, los senderos de contrabandistas que serpenteaban por las laderas traseras de Blackwood.
—Gareth —murmuré, sintiendo cómo la culpa me oprimía el pecho—. Le dejamos atrás.
William tomó mi mano, apretándola con firmeza.
—Gareth es un superviviente, Eris. Conoce cada piedra, cada raíz de este bosque. Si alguien puede evadir a Dacre, es él. Nuestra mejor oportunidad de ayudarle es seguir vivos y descubrir cómo detener esto. Vámonos.
Comenzamos el ascenso por los senderos rocosos, moviéndonos con cautela extrema.
Cada crujido de una rama, cada vuelo de un pájaro, nos hacía detenernos, conteniendo la respiración, esperando el ataque.
El bosque, que antes me había parecido majestuoso, ahora se revelaba como una trampa verde y densa, llena de ojos invisibles.
Las sombras entre los árboles parecían alargarse, tomando formas humanas, burlándose de nuestra paranoia.
Llegamos a la parte trasera del castillo al mediodía.
La estructura se alzaba imponente contra el cielo nublado, sus torres negras como dedos acusadores.
Desde nuestra posición oculta en la maleza, podíamos ver movimiento en los patios.
Guardias armados patrullaban las murallas.
Perros de caza olfateaban el aire cerca de las puertas laterales.
Dacre había convertido Blackwood en una fortaleza sitiada, aunque el enemigo estuviera dentro.
—Hay una entrada secreta en la cocina —susurró William, señalando una pequeña puerta disimulada entre la hiedra—. Gareth solía usarla para traer leña sin pasar por la guardia principal.
Nos acercamos sigilosamente, aprovechando la distracción de un cambio de guardia.
William forzó la cerradura oxidada con su daga y entramos en la oscuridad húmeda de la despensa.
El olor a especias, a vino agrio y a humedad nos recibió.
Era un olor familiar, doméstico, que contrastaba violentamente con el terror que llevábamos dentro.
Esperamos en la penumbra, escuchando. La cocina estaba vacía, pero las brasas del horno aún conservaban calor.
Alguien había estado allí recientemente.
Sobre la mesa de trabajo, había un plato cubierto con un paño limpio.
Levanté el paño. Era pan recién horado, queso y una nota escrita con la caligrafía temblorosa pero reconocible de Gareth.
"El zorro está enfermo, pero aún tiene dientes. No confiéis en el médico. Id a la torre oeste. La verdad está en las vigas."
El zorro era Gareth. "Enfermo" significaba capturado o herido. "El médico" era una referencia clara al nuevo personaje que había llegado con Dacre: el Dr. Thorne, un hombre de aspecto pulcro y manos frías que había comenzado a examinar a los sirvientes bajo el pretexto de una "epidemia de fiebre".
—Thorne —dije, sintiendo cómo el frío me recorría la espalda—. Él es quien ha estado vigilando a los sirvientes. Quien ha estado buscando marcas.
William asintió, guardando la nota.
—Entonces Gareth está en la enfermería o en los calabozos. Debemos rescatarlo antes de que Thorne descubra lo que sabe. Pero primero, la torre oeste. ¿Qué hay en las vigas?
Subimos las escaleras de servicio, evitando los pasillos principales.
La torre oeste era una zona abandonada del castillo, utilizada antiguamente como almacén de tapices viejos.
El polvo era tan grueso que cubría el suelo como nieve sucia.
William comenzó a examinar las vigas del techo, golpeándolas suavemente con la empuñadura de su daga.
—Aquí —dijo, señalando una viga central que sonaba hueca.
Con esfuerzo, logró desencajar una tabla suelta.
Dentro del hueco, envuelto en tela de aceite, había un paquete pequeño.
Lo bajó con cuidado y lo desenvolvió. Era un mapa antiguo, dibujado a mano, que mostraba no solo el castillo, sino también una red de túneles subterráneos que conectaban Blackwood con una capilla oculta en el bosque, diferente a la que habíamos visitado.
Y en el centro del mapa, marcada con una cruz roja, estaba la ubicación de la "Fuente".
—La Fuente —leyó William, frunciendo el ceño—. Eleanor menciona esto en sus diarios. Dice que es el origen del pacto. El lugar donde la sangre se mezcla con la tierra.
Antes de que pudiéramos estudiar el mapa con más detalle, escuchamos pasos en el pasillo exterior. Pasos pesados, acompañados del tintineo metálico de instrumentos médicos.
—¡Es Thorne! —musité, apagando la linterna.
Nos escondimos detrás de una pila de tapices polvorientos. La puerta de la torre se abrió y entraron dos hombres. Uno era el Dr. Thorne, un hombre alto y delgado, con gafas de montura dorada y una expresión de curiosidad clínica desprovista de empatía. El otro era un guardia armado.
—Registre cada rincón —ordenó Thorne, su voz suave y nasal—. Lord Dacre cree que los ratones se han escondido aquí. Y los ratones llevan plagas. Debemos erradicarlas.
El guardia comenzó a mover los tapices, acercándose peligrosamente a nuestro escondite. Podía oler su sudor, sentir el calor de su cuerpo. Cerré los ojos, preparándome para lo peor. Pero entonces, un ruido fuerte proveniente del piso inferior distrajo al guardia. Un jarrón roto.
—¿Qué fue eso? —preguntó Thorne, girándose hacia la puerta.
—Voy a ver, doctor —apuntó el guardia, saliendo rápidamente.
Thorne dudó un momento, mirando alrededor con sospecha. Sus ojos barrieron la habitación, pasando rozando nuestro escondite. Por un segundo, pensé que nos había visto. Pero luego, encogiéndose de hombros, salió tras el guardia, cerrando la puerta tras él.
Esperamos varios minutos antes de atrevernos a salir. El corazón me latía con tanta fuerza que temía que resonara en las paredes.
—Tenemos que ir a la enfermería —dije, con determinación—. Gareth necesita ayuda. Y Thorne sabe demasiado.
William asintió, guardando el mapa en su chaqueta.
—Iremos esta noche. Cuando Thorne esté durmiendo. O cuando esté ocupado con sus... experimentos.
Bajamos de la torre, sintiéndonos como fantasmas en nuestra propia casa. El castillo, que antes era mi hogar, ahora era un laberinto de traiciones y peligros. Cada sombra escondía una amenaza, cada sonrisa ocultaba una daga.
Al llegar a la cocina, encontramos a Isobel. Estaba sola, llorando silenciosamente junto al fregadero. Al vernos, se sobresaltó, limpiándose las lágrimas con el delantal.
—Eris... William... —susurró, mirando alrededor nerviosamente—. Debéis iros. Dacre ha ordenado buscaros en cada habitación. Dicen que sois ladrones. Que habéis robado reliquias sagradas.
—No somos ladrones, Isobel —dije, acercándome a ella con cautela—. Somos víctimas. Igual que tú.
Isobel negó con la cabeza, sus ojos llenos de miedo.
—No entendéis. Thorne... él ha estado interrogando a las doncellas. Preguntando sobre marcas, sobre sueños. Y ha encontrado algo en las cosas de Gareth. Algo que lo vincula con vosotras. Lo han llevado a la celda de aislamiento. Dicen que está loco. Que habla con demonios.
—¿Dónde está la celda? —preguntó William, con voz tensa.
—En el ala norte. Pero está vigilada. No podréis entrar.
—Lo intentaremos —dije, sintiendo cómo la rabia sustituía al miedo—. Porque si no lo hacemos, Gareth morirá. Y será nuestra culpa.
Isobel me miró, y por primera vez, vi algo más que envidia en sus ojos. Vi respeto. Y quizás, un atisbo de arrepentimiento.
—Tened cuidado —susurró, entregándome una llave pequeña—. Es la llave maestra de las celdas bajas. La robé de la oficina del capitán. No sé por qué lo hago. Quizás porque estoy cansada de tener miedo.
Tomé la llave, agradecida.
—Gracias, Isobel. No olvides esto. Eres más fuerte de lo que crees.
Salimos de la cocina, con la llave quemándome en la palma de la mano.
La noche caía sobre Blackwood, trayendo consigo una oscuridad más profunda, más absoluta.
Y en esa oscuridad, sabíamos que debíamos actuar.
Porque el tiempo se agotaba. Y Gareth, nuestro único vínculo con la humanidad, se desvanecía.
Mientras caminábamos hacia el ala norte, sentí que la sombra volvía. Pero esta vez, no era una presencia externa. Era interna. Una voz en mi cabeza, suave y persuasiva, que susurraba: Déjalo ir. Es solo un viejo. Tú eres la elegida. Tú eres el futuro.
Cerré los ojos, luchando contra la voz. No. Gareth no era "solo un viejo". Era mi padre. Y nadie tocaba a mi familia.