El castillo de las rosas negras Capítulo 8 El Laberinto de los Rumores
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Capítulo 8 El Laberinto de los Rumores

El aire en la escalera de caracol no circulaba; estaba estancado, pesado con el peso de siglos de silencio y secretos enterrados.

Cada paso que dábamos hacia las profundidades resonaba con un eco hueco, como si estuviera golpeando el corazón mismo de la tierra.

La oscuridad era absoluta, una sustancia líquida que parecía presionar contra mis ojos, obligándome a confiar ciegamente en la mano de William, cuya calidez era el único punto de referencia en aquel abismo sin fondo.

—Ten cuidado —masculló él, su voz amortiguada por la piedra—. Los escalones están desgastados. Hay musgo.

Asentí, aunque sabía que no podía verme.

Mis dedos se aferraban a los suyos con una fuerza desesperada, no solo por miedo a caer, sino por el terror irracional de que, si soltaba su mano, desaparecería para siempre en la negrura, consumida por la historia que nos perseguía.

Bajamos durante lo que pareció una eternidad, girando en espiral hacia el vientre de la capilla, hasta que finalmente, mis pies tocaron un suelo plano y firme.

William encendió la linterna sorda. La llama vaciló, luchando contra la falta de oxígeno, antes de estabilizarse en un resplandor anaranjado y tenue.

La luz reveló una cámara circular, pequeña pero alta, con paredes cubiertas de nichos vacíos.

En el centro, había un sarcófago de piedra gris, simple y austero, sin inscripciones visibles.

Pero lo que captó mi atención no fue la tumba, sino la puerta al otro lado de la sala.

Era de hierro forjado, oxidada y cubierta de símbolos grabados que brillaban débilmente bajo la luz de la linterna: rosas negras entrelazadas con espinas, y medias lunas que parecían observar desde la metalurgia fría.

—La cripta de Eleanor —dijo William, acercándose al sarcófago con reverencia temerosa—. Aquí debería estar ella. Pero está vacío.

Me acerqué también, pasando la mano por la piedra fría. No había restos. Solo polvo.

—Catherine dijo que su madre no murió —recordé, mi voz temblando ligeramente—. Dijo que fue retenida. ¿Significa esto que la sacaron de aquí?

William negó con la cabeza, examinando los bordes del sarcófago.

—No. Mira esto. —Señaló unas marcas frescas en la piedra, arañazos recientes—. Alguien abrió esto hace poco. Pero no para sacar un cuerpo. Para dejar algo.

Se inclinó y metió la mano en el interior oscuro del ataúd de piedra.

Tras unos segundos de búsqueda tensa, sacó un pequeño cofre de madera de cedro, tallado con intrincados motivos florales.

Estaba cerrado con un candado minúsculo, pero la llave que Catherine nos había dado encajaba perfectamente. Con un clic suave, el mecanismo cedió.

Dentro, no había joyas ni oro. Había diarios. Varios volúmenes encuadernados en cuero desgastado, atados con cintas de seda descolorida. Y una carta, sellada con lacre rojo, dirigida simplemente: A quien tenga el valor de leer.

William tomó la carta primero. Rompió el sello con manos temblorosas y comenzó a leer en voz baja.

"Si estás leyendo esto, significa que el ciclo ha comenzado de nuevo.

Soy Eleanor Blackthorne. Fui capturada no por enemigos externos, sino por mi propia sangre.

Mi hermano, el padre de Lord Dacre, descubrió el verdadero precio del poder de nuestra familia.

No es magia, es pacto. Un pacto con entidades que viven en los intersticios de la realidad, seres que se alimentan del dolor y la memoria.

Para mantener la prosperidad de Blackwood, debíamos ofrecerles un recipiente.

Una mente joven, pura, capaz de canalizar su energía.

Yo fui elegida. Pero me negué. Hui. Me escondí en esta cripta durante meses, escribiendo la verdad, esperando que alguien, algún día, encontrara la fuerza para romper la cadena.

No busques venganza. Busca la liberación.

La llave no es la sangre, es el olvido. Debes hacer que olviden quién eres. "

La lectura terminó dejando un silencio denso en la habitación. El olvido. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo podía uno olvidar su propia identidad para salvarse?

—No tiene sentido —murmuré, frustrada—. ¿Cómo voy a olvidar quién soy? Eso es lo único que me queda.

William guardó la carta y tomó uno de los diarios. Lo abrió al azar. Las páginas estaban llenas de dibujos extraños, mapas de estrellas y notas sobre rituales de protección.

—Quizás no se refiere a amnesia literal —dijo él, pensativo—. Quizás se refiere a romper el vínculo emocional que el culto usa para rastrearte. El miedo. La culpa. El apego. Si dejas de tener miedo, si dejas de definirte por tu pasado, quizás dejes de ser visible para ellos.

Antes de que pudiera procesar esa idea abstracta, escuchamos un sonido arriba. Pasos. Muchos pasos. Y voces.

—¡Están aquí! —increpó una voz lejana, distorsionada por la distancia y la piedra—. ¡Buscad en la capilla!

Dacre nos había encontrado. O al menos, sabía dónde estábamos.

—Debemos salir —dijo William, guardando los diarios rápidamente en su chaqueta—. Hay otra salida. Eleanor menciona un túnel que conecta con las cuevas costeras.

Corrimos hacia la puerta de hierro. Estaba cerrada con llave, pero William usó la misma llave de rosa.

Giró con dificultad, el óxido crujiendo en protesta, hasta que finalmente cedió.

Empujamos la puerta pesada y entramos en un pasadizo estrecho y húmedo.

El aire aquí olía a sal marina y a algas podridas.

Caminamos agachados, la linterna iluminando apenas unos metros por delante.

El túnel era claustrofóbico, las paredes de roca natural presionando contra nosotros como si quisieran aplastarnos.

El agua goteaba constantemente, creando un ritmo monótono y enloquecedor.

Mientras avanzábamos, sentí que la presencia de la sombra volvía.

No era una sensación visual, sino táctil.

Como si dedos invisibles rozaran mi nuca, jugando con mi cabello, susurrando nombres que no quería recordar.

—William —llamé, deteniéndome.

Él se giró, alarmado.

—¿Qué ocurre?

—Siento... algo. Alguien nos sigue. No físicamente. Mentalmente.

William me miró con preocupación, pero antes de que pudiera responder, la luz de la linterna parpadeó y se apagó.

La oscuridad total nos envolvió.

Grité, no de dolor, sino de pánico puro. En la negrura, las voces en mi cabeza se volvieron gritos. Eris. Ven a nosotros. Eres nuestra. Siempre has sido nuestra.

—¡Eris! —la voz de William sonó lejos, muy lejos—. ¡Toma mi mano!

Busqué a ciegas, extendiendo los brazos. Mis dedos rozaron la pared húmeda, luego el vacío. Finalmente, encontré su mano. La apreté con todas mis fuerzas.

—Estoy aquí —dije, intentando controlar mi respiración—. Estoy aquí.

—Enciende la cerilla de reserva —ordenó él, su voz firme a pesar del terror que debía sentir.

Busqué en mi bolsillo la caja de cerillas impermeables que Gareth me había dado. Mis manos temblaban tanto que casi dejé caer la caja. Rasqué una cerilla contra la piedra. Chisporroteó, resistiéndose, antes de prenderse en una llama pequeña y azulada.

La luz reveló que no estábamos solos en el túnel.

Frente a nosotros, bloqueando el camino, había una figura. Alta, encapuchada, inmóvil. No llevaba armas visibles, pero su presencia emanaba una maldad tan densa que el aire parecía vibrar.

—No podéis huir de vuestra sangre —dijo la figura. La voz era masculina, profunda, resonante. No era Dacre. Era alguien más. Alguien que conocía el túnel mejor que nosotros.

William se puso frente a mí, protegiéndome con su cuerpo.

—¿Quién eres? —exigió, con la voz llena de desafío.

La figura levantó una mano enguantada y señaló hacia atrás, hacia la dirección de la cripta.

—Soy el guardián de lo que habéis robado. Devolved los diarios. Y quizás os deje vivir.

—Nunca —respondí yo, sorprendiéndome a mí misma con la firmeza de mi voz. Di un paso adelante, poniéndome junto a William—. Estos diarios pertenecen a la verdad. Y la verdad no se devuelve. Se libera.

La figura permaneció inmóvil durante un largo momento. Luego, soltó una risa seca, cruel.

—La verdad es un veneno, niña. Y vosotros acabáis de beberlo.

De repente, la figura se disolvió en la oscuridad, como humo dispersado por el viento. No había desaparecido físicamente; simplemente se había fundido con las sombras del túnel, haciéndose invisible.

—Corred —ordenó William, tirando de mí.

Corrimos ciegamente, guiados solo por el instinto y la corriente de aire fresco que provenía del final del túnel. El sonido de pasos persiguiéndonos resonaba detrás de nosotros, múltiples, rápidos, implacables.

Finalmente, vimos una luz tenue al final del pasadizo. Luz natural. Luz de día. Salimos tropezando a una pequeña cala escondida, rodeada de acantilados altos. El mar rugía abajo, rompiendo contra las rocas con furia.

Estábamos a salvo, temporalmente. Pero mientras miraba hacia atrás, hacia la boca oscura del túnel, supe que la figura no nos había dejado ir por misericordia.

Nos había dejado ir porque el juego apenas comenzaba.

Y ahora, teníamos los diarios. Teníamos la verdad.

Y éramos los jugadores más peligrosos en el tablero de Dacre.

William me abrazó, ambos jadeantes, empapados de sudor y agua de mar.

—Lo hemos logrado —susurró, besando mi frente.

Pero yo no podía celebrar. Porque en mi mano, aún apretaba la cerilla apagada. Y en la cera derretida, había quedado impresa una marca. Una media luna.

La sombra no solo nos seguía. Nos marcaba.