Capítulo 7 El Santuario de las Raíces
El bosque no era un lugar; era una entidad.
En la oscuridad de la noche escocesa, los árboles se alzaban como columnas de una catedral pagana, sus ramas entrelazadas formando una bóveda impenetrable que filtraba la luz de la luna en fragmentos pálidos y fantasmales.
Corríamos sin rumbo fijo, guiados solo por el instinto primario de supervivencia y el conocimiento tácito de William sobre los senderos olvidados de Blackwood.
Mis pulmones ardían, cada inhalación era un trago de aire helado que raspaba mi garganta, pero no me detuve.
No podía. Detrás de nosotros, los ladridos de los perros de caza resonaban como campanas fúnebres, acercándose con una persistencia aterradora.
—Por aquí —jadeó William, tirando de mi mano para desviarnos hacia un sendero cubierto de helechos marchitos. Sus botas chapoteaban en el barro espeso, pero su agarre era firme, una roca en medio del torrente de mi pánico.
Llegamos a la capilla antigua tras lo que parecieron horas, aunque el reloj de la torre del castillo apenas había dado tres campanadas desde nuestra huida.
Era una estructura en ruinas, devorada por la hiedra y el musgo, con el techo parcialmente colapsado y las vidrieras rotas que brillaban como dientes rotos bajo la luz lunar.
El aire olía a piedra húmeda, a tierra removida y a una quietud sagrada que contrastaba violentamente con el caos de nuestra persecución.
William empujó la puerta de madera podrida, que cedió con un lamento agónico. Entramos, cerrándola tras nosotros y atrancándola con una viga caída. El silencio que nos envolvió fue absoluto, pesado, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse dentro de esos muros profanados.
Me desplomé contra una pared fría, deslizándome hasta el suelo de piedra.
Mis piernas temblaban incontrolablemente, no solo por el esfuerzo físico, sino por la adrenalina que ahora se retiraba, dejándome vulnerable y expuesta.
William se arrodilló frente a mí, examinando mi rostro con una intensidad que me hizo olvidar el frío.
—¿Estás herida? —curioseó, su voz ronca por la carrera.
Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Solo podía mirar sus ojos, donde veía reflejada mi propia terrorífica realidad. Estábamos solos. Sin Gareth. Sin la protección relativa del castillo. Perseguidos por un hombre que coleccionaba dientes y almas.
—Gareth... —suspiré finalmente, las lágrimas amenazando con romper la represa de mi contención.
William tomó mis manos entre las suyas, apretándolas con fuerza.
—Gareth es fuerte. Y conoce el bosque mejor que nadie. Si alguien puede evadir a Dacre, es él. Debemos confiar en eso, Eris. Ahora, debemos centrarnos en nosotros.
Sacó el diario de cuero negro de su bolsillo interior, protegido cuidadosamente contra la humedad. Lo abrió bajo la luz tenue que se filtraba por el techo roto. Las páginas crujieron, revelando los secretos escritos con tinta negra.
—Tenemos que entender esto —dijo, señalando la entrada sobre la "Luna Llena"—. Dice que la ofrenda requiere sangre de linaje. Sangre Blackthorne. Pero también menciona una "sustituta". ¿Por qué Marta? ¿Por qué ella tenía que morir si yo soy el objetivo?
Leí la entrada de nuevo, buscando pistas ocultas entre las líneas retorcidas.
"La sustituta debe compartir el signo. La marca de la media luna no es solo un tatuaje; es una resonancia. Aquella que lleva el símbolo en su aura atrae la sombra, incluso si no lleva la sangre."
Miré a William, confundida.
—¿Resonancia? ¿Qué significa eso?
William frunció el ceño, pensando.
—Marta... ¿tenía alguna marca? ¿Alguna cicatriz?
Recordé el cuerpo de la doncella en el patio. La marca en su cuello era fresca, hecha por el asesino. Pero antes de eso...
—Tenía un lunar —dije de repente, un recuerdo fugaz iluminando mi mente—. En el hombro izquierdo. Forma de media luna. Siempre lo cubría con su vestido, pero una vez, cuando nos bañábamos en el río, lo vi.
William asintió lentamente, conectando los puntos.
—Entonces no fue al azar. Dacre o sus seguidores buscan a mujeres con esa marca natural, creyendo que son portadoras del poder o de la maldición.
Marta era un señuelo, una prueba para ver si el ritual funcionaba con una "portadora" menor.
Pero falló. La sangre no era suficiente. Necesitan la fuente original. Tú.
La revelación me heló la sangre. No era solo mi linaje lo que me ponía en peligro, sino una característica física, un destino marcado en mi piel desde el nacimiento. Me sentí como un animal etiquetado para el matadero.
—¿Y Catherine? —pregunté, recordando la nota—. Ella también tiene sangre Blackthorne. ¿Por qué no la usan a ella?
—Quizás porque ella ya está comprometida con el culto —sugirió William, con amargura—. O quizás porque su sangre está "contaminada" por la línea Vane. Dacre busca pureza. Busca a la última descendiente directa de la rama principal. Y esa eres tú, Eris.
Antes de que pudiéramos profundizar más en la teoría, escuchamos un ruido fuera de la capilla. No eran perros. Eran pasos humanos. Lentos. Deliberados.
William apagó la pequeña linterna que habíamos traído, sumiéndonos en la oscuridad total. Nos pegamos a las sombras de las columnas rotas, conteniendo la respiración. La puerta crujió ligeramente, como si alguien la estuviera probando. Luego, una voz suave, melódica, resonó en la nave vacía.
—Sé que estáis aquí, primos.
Era Catherine. No entró. Se quedó al otro lado de la puerta, hablando a través de la madera podrida.
—Dacre está furioso. Ha enviado a los guardias a peinar el bosque norte. Pero yo sé que no iríais al norte. Iríais aquí. A este lugar donde nuestra tía Eleanor solía venir a rezar antes de desaparecer.
William tensó los músculos, listo para atacar si ella intentaba entrar. Pero Catherine no hizo ningún movimiento agresivo.
—No quiero haceros daño —continuó, su voz cargada de una tristeza genuina—.
Quiero ayudaros. Pero no puedo hacerlo desde dentro del castillo.
Dacre me vigila constantemente. Mi madre...
mi verdadera madre, Eleanor, no murió. Fue retenida.
Durante años. Y ahora, Dacre quiere completar el ritual que ella comenzó.
Quiere usar vuestra sangre para abrir la Puerta de las Sombras.
—¿La Puerta de las Sombras? —pregunté, sin poder evitarlo. Mi voz sonó extraña en la oscuridad.
—Una leyenda familiar —explicó Catherine—.
Se dice que los Blackthorne pactaron con entidades antiguas para obtener poder.
A cambio, debían ofrecer sangre cada generación.
Pero el pacto se rompió hace veinte años.
Ahora, Dacre quiere restaurarlo. Y necesita dos llaves: la sangre de la heredera (tú, Eris) y la sangre del guardián (William).
Por eso os quiere a ambos. No solo a ti.
El silencio que siguió fue ensordecedor. William y yo nos miramos, compartiendo el mismo horror. No era solo un sacrificio individual; era un sacrificio dual. Nuestra unión, nuestro amor incipiente, era parte del ritual. Nuestra conexión emocional amplificaba el poder de la sangre.
—¿Por qué nos dices esto? —preguntó William, con desconfianza.
—Porque amo a mi madre —respondió Catherine, y pude escuchar el quiebre en su voz—. Y porque no quiero ser la siguiente. Dacre ya ha elegido a mi sucesora. Cuando vosotras dos muráis, yo seré la nueva ofrenda. A menos que detengamos esto juntos.
Dejó algo en el umbral de la puerta. Un pequeño paquete envuelto en tela.
—Hay mapas. Y una llave. La llave de la cripta bajo la capilla. Allí escondió Eleanor sus diarios reales. Los que explican cómo romper el pacto. Tened cuidado. Dacre tiene espías incluso entre los árboles.
Escuchamos sus pasos alejándose, rápidos y ligeros, desapareciendo en la niebla.
Esperamos varios minutos antes de atrevernos a movernos. Finalmente, William se acercó a la puerta y recogió el paquete. Volvimos al centro de la capilla, donde la luz de la luna era más fuerte, y desenvolvimos el contenido.
Había un mapa detallado de los túneles bajo el castillo, marcando una entrada secreta desde la cripta de la capilla. Y había una llave antigua, de hierro oxidado, con la forma de una rosa.
—La cripta —murmuró William—. Está debajo de nosotros.
Miré hacia el suelo de piedra, hacia las losas irregulares que cubrían la tumba de los ancestros olvidados. Debajo de nuestros pies yacía la verdad. Y quizás, la única esperanza de sobrevivir.
—Debemos bajar —dije, sintiendo una determinación nueva nacer en mi pecho. El miedo seguía allí, pero ya no me paralizaba. Me impulsaba.
William asintió, buscando la trampilla oculta que Catherine había mencionado. Encontró una palanca discreta integrada en una lápida rota. Tiró de ella.
Con un gemido profundo de piedra contra piedra, una sección del suelo se abrió, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad absoluta. Un olor a humedad antigua y a algo dulce, como flores podridas, ascendió desde las profundidades.
—Después de ti —dijo William, ofreciéndome la mano.
Tomé su mano, sintiendo la calidez de su piel contra la mía, un ancla en el abismo. Juntos, comenzamos el descenso hacia las entrañas de la tierra, hacia el pasado que nos reclamaba, hacia la verdad que podría salvarnos o destruirnos.
Mientras bajábamos, sentí que la sombra no nos seguía. Nos esperaba.