El castillo de las rosas negras Capítulo 6 El Hilo de Seda y la Espada
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Capítulo 6 El Hilo de Seda y la Espada

La nota temblaba en mis dedos como una hoja seca atrapada en una corriente de aire viciado.

C. Catherine. ¿Era una advertencia genuina o una trampa elaborada con la precisión de un relojero loco?

La caligrafía era elegante, casi coqueta, pero las palabras rezumaban una urgencia fría, desprovista de empatía humana.

"No seas la siguiente". La frase resonaba en mi mente, amplificando el eco de mis propios miedos.

Si Catherine sabía lo que iba a ocurrir, significaba que estaba dentro del círculo.

Y si estaba dentro, ¿por qué arriesgarse a dejarme esa nota?

¿Buscaba una aliada? ¿O quería ver cómo corría hacia mi perdición?

Guardé el papel en el corsé, cerca de mi piel, donde el calor de mi cuerpo parecía ser el único refugio contra el frío que emanaba de aquellas letras.

No podía dormir. El castillo, normalmente ruidoso con los ronquidos de los guardias y el crujir de las vigas, estaba sumido en un silencio antinatural, como si contuviera la respiración antes del golpe final.

A medianoche en punto, salí de mi habitación.

Los pasillos estaban bañados en una penumbra azulada, las sombras alargándose como dedos esqueléticos sobre las paredes de piedra.

Caminé descalza, sintiendo el hielo de los adoquines a través de las plantas de los pies, un recordatorio constante de la realidad tangible frente a la pesadilla que se avecinaba.

William me esperaba en la intersección del pasillo este, fundido con la oscuridad de un nicho decorativo.

Llevaba ropa oscura, ajustada para no hacer ruido, y una daga corta escondida en la bota.

—¿Estás lista? —preguntó, su voz apenas un susurro.

Asentí, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo.

—Catherine me dejó una nota —confesé, sacando el papel arrugado—. Dice que no sea la siguiente.

William tomó la nota, examinándola bajo la luz tenue de una antorcha lejana. Sus cejas se fruncieron.

—Es ambiguo. Podría ser una amenaza disfrazada de piedad. O podría ser la confesión de una cómplice arrepentida. No podemos confiar en ella, Eris. Pero tampoco podemos ignorarla.

—¿Entramos?

—Entramos.

Las habitaciones de Lord Dacre estaban al final del ala oeste, lejos de los aposentos familiares, una ubicación estratégica que sugería deseo de privacidad o, más probablemente, de secreto.

La puerta estaba cerrada, pero no asegurada con llave; la arrogancia de Dacre le hacía creer que nadie se atrevería a violar su santuario.

William probó el picaporte. Cedió con un chirrido suave que nos hizo congelar.

Esperamos, conteniendo la respiración, escuchando cualquier sonido proveniente del interior. Solo el viento silbaba fuera.

Empujamos la puerta y entramos.

La suite olía a tabaco caro, a vino añejo y a una fragancia floral empalagosa, quizás almizcle, que resultaba nauseabunda en la concentración del espacio cerrado.

Las cortinas de terciopelo rojo estaban corridas, bloqueando la luz de la luna.

William encendió una pequeña linterna sorda, dirigiendo el haz de luz hacia el escritorio principal.

Era una mesa enorme, cubierta de papeles, mapas y objetos extraños.

Mientras William revisaba los documentos, yo me acerqué a una vitrina de cristal situada junto a la chimenea apagada.

Dentro, dispuestos con una precisión macabra, había varios objetos pequeños: mechones de cabello atados con cintas de colores, anillos de plata oxidada, y...

dientes. Dientes humanos, pequeños y blancos, colocados en filas perfectas sobre terciopelo negro.

Sentí cómo la bilis subía por mi garganta.

Aquello no era solo colección; era trofeo.

Cada objeto representaba una vida truncada, una juventud robada.

Me acerqué más, buscando algo familiar. Entre los dientes, reconocí uno con una pequeña imperfección en la raíz.

Lo había visto antes. En los sueños. Pertenecía a una niña que gritaba en la oscuridad. A mí.

—William —llamé, mi voz quebrada por el horror.

Él se giró rápidamente, acercándose a la vitrina. Al ver el contenido, su rostro se endureció hasta convertirse en piedra.

—Dios misericordioso —murmuró, con una mezcla de asco y furia contenida—. Esto es prueba suficiente para colgarlo diez veces. Pero no podemos llevarnos esto ahora. Es demasiado voluminoso y llamaría la atención.

—Debemos memorizarlo —dije, obligándome a mirar cada detalle, grabando en mi mente la disposición de los objetos, los tipos de cintas, la forma de los anillos—. Necesitamos saber quiénes son.

Mientras estudiaba la vitrina, noté algo extraño en el fondo del estante inferior. Un pequeño compartimento oculto, entreabierto. Extendí la mano y saqué un diario encuadernado en cuero negro. No tenía título. Lo abrí por la mitad.

Las entradas no estaban fechadas por días, sino por fases lunares. Luna Nueva: La preparación. Luna Creciente: La captura. Luna Llena: La ofrenda.

La última entrada, correspondiente a la luna llena de la semana anterior, decía: "La sustituta ha caído. La sangre es caliente, pero incorrecta. La verdadera heredera está cerca. Siente el llamado. Pronto, la rosa florecerá."

Sustituta. Marta. Ella había sido solo un ensayo. Un error de cálculo. Y yo era la "verdadera heredera".

—William, lee esto —le entregué el diario.

Mientras él leía, escuchamos un ruido en el pasillo. Pasos. Ligeros, rápidos. Alguien se acercaba.

—Alguien viene —susurré, apagando la linterna de inmediato.

Nos ocultamos detrás de las pesadas cortinas del balcón, justo cuando la puerta de la habitación se abría.

La luz de una vela inundó la estancia. Era Lady Marguerite.

Entró sola, mirando alrededor con nerviosismo.

Se acercó al escritorio, abrió un cajón secreto y sacó un pequeño frasco de vidrio lleno de un líquido verde oscuro.

Lo observó con avidez, murmurando palabras ininteligibles.

—Pronto, primo —comentó, su voz temblando—. Pronto tendremos el poder. La chica es la clave. Dacre lo sabe. Pero debemos asegurarnos de que no huya.

Entonces, desde la sombra de la esquina opuesta, una voz respondió.

—No huirá, querida prima. Porque ya ha mordido el anzuelo.

Lord Dacre emergió de la oscuridad del armario empotrado. No estaba dormido. Nos había estado esperando. O quizás, esperaba a Marguerite. Su sonrisa era amplia, triunfante.

—Sabía que vendrían —dijo Dacre, caminando hacia el centro de la habitación—. La curiosidad es el defecto fatal de los jóvenes. Y de los traidores.

Marguerite soltó el frasco, que cayó al suelo sin romperse, rodando bajo el escritorio.

—¡Ellos! —exclamó ella, señalando nuestras cortinas con un dedo acusador—. ¡Están aquí!

Dacre no pareció sorprendido. Se acercó lentamente a las cortinas donde nos escondíamos. Yo podía sentir su aliento a través de la tela gruesa. Podía oler su perfume almizclado, mezclado con el olor metálico de la sangre antigua.

—Salid —ordenó, con una calma aterradora—. No hay escapatoria. Los guardias rodean la habitación.

William me apretó la mano, un gesto silencioso de despedida o de resistencia. Sabíamos que salir significaba la captura, quizás la muerte. Pero quedarnos significaba lo mismo.

Antes de que pudiéramos decidir, escuchamos un grito agudo proveniente del pasillo. No era de dolor, sino de sorpresa. Luego, el sonido de cristales rotos y pasos corriendo.

Dacre se giró, distraído por un segundo. Fue todo lo que necesitábamos.

William empujó las cortinas hacia atrás y se lanzó contra Dacre, aprovechando el elemento sorpresa. El noble cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra la esquina del escritorio. William no perdió el tiempo; me tomó del brazo y tiró de mí hacia la puerta abierta.

—¡Corre! —chilló.

Salimos al pasillo, donde el caos reinaba. Isobel estaba allí, pálida y temblando, sosteniendo un candelabro roto. Había sido ella quien había hecho el ruido. ¿Por qué? ¿Para salvarnos? ¿O para crear una distracción para su propia huida?

—¡Por aquí! —gritó Isobel, señalando una puerta lateral que daba a las escaleras de servicio.

No cuestionamos su motivo. Corrimos tras ella, bajando las escaleras de caracol a toda velocidad, nuestros pasos resonando como truenos en la piedra hueca. Detrás de nosotros, escuchamos los gritos de Dacre ordenando nuestra captura.

Llegamos a la cocina, jadeantes y sudorosos. Gareth nos esperaba, con una expresión de resignación triste.

—Sabía que esto pasaría —dijo, entregándonos dos capas gruesas—. Debéis ir a la capilla antigua. Está en ruinas, en el bosque. Nadie va allí. Escondeos hasta el amanecer.

—¿Y tú? —pregunté, tomando sus manos frías.

—Yo soy viejo y lento. Me quedaré. Si me preguntan, diré que os vi huir hacia el norte. Eso os dará tiempo.

—Gareth, no...

—¡Vete, Eris! —ordenó, con una firmeza que no admitía réplica—. Vive. Descubre la verdad. Y vuelve cuando seas fuerte.

William tiró de mí.

—Tenemos que irnos. Ahora.

Salimos por la puerta trasera de la cocina, adentrándonos en la noche helada del bosque. La niebla nos recibió como un abrazo mortal, ocultando nuestro rastro. Mientras corríamos entre los árboles retorcidos, escuché los ladridos de los perros de caza de Dacre a lo lejos. La caza había comenzado.

Esta vez, no éramos los cazadores. Éramos la presa.

Pero mientras corría, sentí el peso del diario en mi bolsillo. Tenía la prueba. Tenía la verdad. Y mientras tuviera eso, no eran solo víctimas. Éramos testigos. Y los testigos, tarde o temprano, hacen hablar a los mudos.