Capítulo 5 La Máscara de la Cortesía
La luz del mediodía en Escocia era una mentira piadosa.
Filtrándose a través de los nubarrones grises, ofrecía un resplandor pálido y enfermizo que no calentaba la piel ni iluminaba el alma.
Sin embargo, para los habitantes de Blackwood, esa luz tenue era suficiente para ocultar las grietas en la fachada de normalidad que intentábamos desesperadamente mantener.
El castillo respiraba con dificultad, como un animal herido que finge estar sano para no atraer a los depredadores.
Y nosotros, William y yo, éramos las células infectadas que circulaban por sus venas de piedra, portando el virus de la verdad.
Tras el descubrimiento en los sótanos, la atmósfera en el castillo se había vuelto densa, casi irrespirable.
Cada mirada cruzada en los pasillos parecía cargada de doble sentido; cada susurro entre los sirvientes sonaba a conspiración.
Lady Marguerite, ajena, o fingiendo serlo, a la tormenta que se cernía sobre su cabeza, había ordenado preparativos frenéticos para la llegada formal de Lord Dacre y su séquito.
La fiesta de bienvenida, aunque modesta comparada con los fastos de Edimburgo, debía ser impecable.
Para ella, la apariencia era la única realidad que importaba.
Yo fui asignada a preparar la sala de banquetes.
Era una tarea que requería precisión milimétrica: pulir la cristalería hasta que brillara como diamantes, doblar las servilletas en formas geométricas complejas, asegurar que cada flor en los centros de mesa estuviera perfectamente alineada.
Mis manos trabajaban automáticamente, pero mi mente estaba en el botón de plata con el halcón dorado, escondido en el bolsillo de mi delantal.
Aquel pequeño objeto metálico pesaba más que una losa de granito.
Era la prueba tangible de que la mujer que ahora supervisaba los arreglos florales con una varita de mando en la mano había estado en los sótanos la noche anterior. ¿Había sido ella quien huía? ¿O simplemente alguien de su servicio personal? La duda era un ácido que corroía mi confianza.
William entró en la sala bajo el pretexto de revisar la disposición de las mesas.
Su presencia alteró inmediatamente el equilibrio del aire.
Los otros sirvientes bajaron la vista, intimidados por su autoridad natural, pero yo sentí cómo su mirada me buscaba, anclándome a la realidad.
Se acercó a mí mientras ajustaba un candelabro, fingiendo inspeccionar la limpieza.
—¿Has dormido? —inquirió en voz baja, sin mover los labios, manteniendo la compostura aristocrática.
—Poco —respondí, alisando una servilleta con movimientos bruscos—. Las sombras son ruidosas esta noche.
—Ten cuidado con Isobel —advirtió él, sus ojos escaneando la habitación discretamente—. La he visto merodeando cerca de tus aposentos. Y habla demasiado con las nuevas doncellas que ha traído Dacre.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Isobel no era solo una rival celosa; se estaba convirtiendo en un instrumento activo de la conspiración. Su envidia hacia mí, alimentada por la atención que William me prestaba, la hacía vulnerable a las manipulaciones de quienes querían dañarme.
—¿Crees que sabe algo? —pregunté, sintiendo cómo el miedo se instalaba en mi estómago.
—Sabe lo que le dicen que sepa —reconoció William con frialdad—. Y Lady Marguerite es muy persuasiva cuando quiere serlo. Mantén la distancia. Y no confíes en nadie que no sea Gareth.
La mención de Gareth me dio un breve momento de alivio.
El viejo campesino era mi único vínculo con la inocencia perdida, con un mundo donde las cosas eran simples y honestas.
Pero incluso esa certeza se veía empañada por su enfermedad creciente.
Cada tos que escuchaba desde la cocina me recordaba que mi tiempo con él era limitado, y que pronto estaría completamente sola contra las fuerzas oscuras de Blackwood.
La tarde avanzó con una lentitud exasperante.
Finalmente, llegaron los carruajes. El sonido de las ruedas sobre el empedrado del patio resonó como truenos lejanos.
Lord Dacre descendió del primero, vestido con un traje de terciopelo azul profundo que realzaba su porte imponente.
A su lado, caminaba con una elegancia felina, una joven de belleza deslumbrante pero fría: Lady Catherine, su sobrina y dama de compañía.
Sus ojos, del color del hielo glaciar, barrieron el patio con desdén antes de posarse en mí, que observaba desde una ventana alta.
Sonrió, una sonrisa pequeña y cruel, como si ya hubiera decidido mi destino.
La cena fue un ejercicio de tortura psicológica.
La larga mesa de roble estaba cubierta de manjares que nadie tenía apetito para comer.
Las velas proyectaban sombras largas que parecían dedos acusadores.
Lord Dacre dominaba la conversación con su carisma habitual, contando anécdotas de la corte de Londres, de cacerías extravagantes y de intrigas políticas.
Pero cada vez que hablaba, sus ojos volvían a mí, estudiándome como un entomólogo estudia a un insecto raro.
—Eris —dijo de repente, silenciando la charla general con su voz suave—. He oído que tienes un don para encontrar cosas perdidas.
Todos los comensales se volvieron hacia mí. Lady Marguerite arqueó una ceja, interesada. William tensó la mandíbula, listo para intervenir.
—Solo soy una sirvienta, milord —respondí, manteniendo la voz firme aunque mis manos temblaban bajo la mesa—. No tengo dones especiales.
—Oh, yo creo que sí —insistió Dacre, tomando un sorbo de vino—. Mi sobrina Catherine perdió un broche ayer. Un pequeño zafiro. Dice que lo vio brillar cerca de los jardines interiores. ¿Podrías buscarlo? Sería un gesto muy amable de tu parte.
Era una trampa. Lo sabía. Los jardines interiores estaban prohibidos para el servicio después del anochecer, y era el lugar exacto donde habíamos visto huir a la figura encapuchada la noche anterior.
Si iba allí, podría encontrar algo comprometedor, o peor, podría ser incriminada por algo que no había hecho.
Pero rechazar la orden directa de un invitado de tal rango sería una insolencia imperdonable.
—Por supuesto, milord —dije, inclinándome ligeramente—. Buscaré mañana por la mañana, cuando haya luz.
Dacre sonrió, satisfecho con mi sumisión aparente.
—Como prefieras. Pero ten cuidado. Los jardines de Blackwood tienen... rincones oscuros. Cosas que no deberían ser vistas por ojos inocentes.
La amenaza fue sutil, envuelta en seda, pero letal. Durante el resto de la cena, apenas probé bocado. La comida sabía a ceniza. Sentía la mirada de William quemándome la nuca, una mezcla de preocupación y furia impotente. Sabía que no podía protegerme públicamente sin exponernos a ambos.
Al terminar la cena, me retiré a mis aposentos temprano, excusándome con dolor de cabeza.
Pero no fui a dormir. Esperé hasta que el castillo se sumió en el silencio nocturno, hasta que los pasos de los guardias en los pasillos se hicieron menos frecuentes.
Entonces, salí sigilosamente, con una linterna sorda en la mano.
No iba a los jardines. Iba a la biblioteca. Necesitaba saber más sobre Lady Catherine. Había algo en su mirada que me resultaba familiar, algo que despertaba recuerdos fragmentarios de mi infancia. Quizás ella también llevaba una máscara.
La biblioteca estaba vacía, pero el aire olía diferente.
Más fresco. Alguien había estado allí recientemente.
Me acerqué a la sección de genealogía, buscando registros de la familia de Dacre.
Encontré un árbol genealógico antiguo, dibujado a mano.
Al seguir las líneas de sangre, llegué a una rama secundaria: Lady Catherine Vane.
Hija de Lord Edward Vane y Lady Eleanor Blackthorne.
Me quedé helada. Lady Eleanor Blackthorne. La misma tía de William que había desaparecido veinte años atrás, marcada con la media luna. Catherine era su hija. Era prima de William. Y nieta de la primera víctima registrada en el libro rojo.
¿Significaba esto que Catherine era otra víctima potencial? ¿O era parte del culto? ¿Por qué Dacre la traería aquí si ella estaba en peligro? O quizás, la traía como cebo. Como pieza de intercambio.
Un ruido detrás de mí me hizo girar. Era William. Esta vez, no llevaba la daga, pero su expresión era grave.
—Te dije que tuvieras cuidado —indicó, cerrando la puerta tras él.
—Mira esto —le mostré el árbol genealógico, señalando el nombre de Catherine.
William palideció visiblemente.
—Catherine... —murmuró, como si el nombre le quemara la lengua—. Mi padre nunca mencionó que Eleanor tuviera una hija. Dijo que murió sin descendencia.
—Entonces mintió —dije, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en una imagen terrible—. O alguien le obligó a mentir.
—Si Catherine es hija de Eleanor, entonces tiene sangre Blackthorne. Sangre ritual. —William me miró, sus ojos llenos de horror comprensivo—. Dacre no la trajo para casarla conmigo, Eris. La trajo para sacrificarla. O para usarla como moneda de cambio contigo.
La revelación nos golpeó con la fuerza de un mazo. No éramos solo dos personas investigando un misterio; éramos peones en un juego de ajedrez sangriento donde las reinas eran mujeres jóvenes marcadas por su linaje.
—Debemos advertirle —dije, impulsivamente.
—¿A Catherine? —William negó con la cabeza—. Es peligroso. Si está involucrada, nos traicionará. Si no lo está, Dacre la vigila constantemente. Cualquier movimiento en falso podría costarle la vida.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Esperamos a que muera?
—No —apuntó William, con determinación férrea—. Buscamos pruebas. Pruebas que impliquen a Dacre directamente. Y para eso, necesitamos entrar en sus habitaciones.
La propuesta era arriesgada, casi suicida. Entrar en la suite de un noble invitado era alta traición. Pero la alternativa era la inacción, y la inacción significaba muerte.
—Esta noche —dije, sorprendiéndome a mí misma con mi propia valentía—. Mientras duermen.
William me estudió, viendo la resolución en mis ojos. Asintió lentamente.
—Te esperaré en el pasillo este a medianoche. Lleva guantes. Y no hagas ruido.
Salí de la biblioteca, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. La luna estaba alta, bañando los pasillos en una luz plateada y fantasmal. Mientras caminaba de vuelta a mi habitación, sentí una presencia detrás de mí. No era William. Era algo más ligero, más ágil.
Me giré rápidamente. No había nadie. Solo la sombra de una columna. Pero en el suelo, justo donde había estado la sombra, había una pequeña nota doblada.
La recogí con manos temblorosas. La abrí. En ella, escrita con una caligrafía elegante y afilada, había una sola frase:
"La rosa negra florece en la luna llena. No seas la siguiente."
Debajo, una firma inicial: C.
Catherine.