El castillo de las rosas negras Capítulo 4 La Geometría del Dolor
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Capítulo 4 La Geometría del Dolor

La oscuridad en la biblioteca secreta no era simplemente la ausencia de luz; era una sustancia tangible, densa y viscosa, que parecía resistirse a ser penetrada por el tenue resplandor de la vela.

El aire allí dentro olía a tiempo detenido, a polvo de siglos y a cuero agrietado por la sequedad.

William permanecía inmóvil junto a la mesa de roble macizo, su silueta recortada contra la llama trémula como la estatua de un santo mártir.

Sus ojos, fijos en los míos, reflejaban una urgencia contenida, una tormenta eléctrica atrapada bajo la piel.

—Cierra la puerta —musitó, su voz apenas un hilo de sonido que se desvaneció entre las estanterías abarrotadas de volúmenes prohibidos.

Obedecí, empujando la pesada hoja de madera hasta que el mecanismo de cierre hizo clic con un sonido definitivo, aislándonos del resto del castillo.

En ese instante, el mundo exterior dejó de existir.

Solo éramos nosotros, los secretos enterrados y la daga que descansaba sobre la mesa como un juicio pendiente.

Me acerqué lentamente, mis pasos amortiguados por la alfombra polvorienta.

La daga era hermosa y terrible. Su hoja, forjada en un metal oscuro que no reflejaba la luz, parecía haber bebido la sombra misma.

El mango estaba incrustado con obsidiana, piedras negras pulidas que formaban espirales hipnóticas.

Al tocarla, sentí una descarga fría recorrer mi brazo, un escalofrío que no provenía de la temperatura, sino de la memoria del objeto.

Aquella arma había conocido la carne. Había conocido la sangre.

—¿De dónde ha salido esto? —pregunté, retirando la mano como si me hubiera quemado.

William tomó la daga con cuidado, sosteniéndola por la empuñadura sin tocar la hoja.

—Estaba aquí. En este cajón secreto. Junto al segundo libro. —Señaló el volumen encuadernado en terciopelo rojo, idéntico al que yo había encontrado esa mañana—. Parece que alguien quería que lo encontráramos. O quizás, quería asegurarse de que no pudiéramos ignorarlo.

Abrí el libro. Las páginas crujieron, revelando ilustraciones aún más detalladas y perturbadoras que las del primero. No eran solo dibujos; eran diagramas. Mapas de la comarca, marcados con puntos rojos. Fechas. Nombres.

—Mira esto —dije, señalando una entrada fechada hace veinte años. Lady Eleanor Blackthorne. Desaparecida. Marca: Media Luna.

William se inclinó sobre el libro, su cabello rozando mi hombro. Podía sentir el calor de su cuerpo, una presencia sólida y reconfortante en medio del frío intelectual del misterio.

—Mi tía —murmuró, con la voz cargada de dolor—. Siempre dijeron que había huido con un amante. Que había abandonado a su familia por vergüenza. Pero aquí... aquí dice "desaparecida". Y mira la siguiente entrada. Lady Margaret Ross. Desaparecida. Marca: Media Luna.

Pasamos las páginas frenéticamente, devorando la información como hambrientos.

Cada década, aproximadamente, ocurría una serie de desapariciones.

Mujeres nobles, siempre jóvenes, siempre bellas.

Y siempre marcadas con el símbolo de la media luna.

El patrón era innegable. Era sistemático. Era ritual.

—No es un asesino serial común —dijo William, cerrando el libro de golpe, como si temiera que las palabras escaparan—. Es un culto. O una tradición familiar maldita.

—¿Una tradición? —pregunté, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una rabia fría—. ¿Quieres decir que alguien en tu familia ha estado haciendo esto durante generaciones?

William palideció. Sus ojos buscaron los míos, suplicando comprensión, o quizás, perdón.

—No lo sé, Eris. Pero Lord Dacre... él es primo de mi padre. Y su madre era una Blackthorne. Si hay una conexión sanguínea, si hay una herencia de locura o de poder oscuro... entonces Dacre no está cazando por capricho. Está cumpliendo un deber. Un deber retorcido y sangriento.

El silencio que siguió fue aplastante. La idea de que la monstruosidad pudiera estar tejida en el ADN de la nobleza, transmitida como un título o una propiedad, era más aterradora que cualquier fantasma.

Significaba que el mal no era una intrusión externa, sino una raíz podrida en el corazón mismo de Blackwood.

—Y yo —dije, mi voz temblando—, ¿qué papel juego en esto? ¿Por qué mi nombre está en el medallón? ¿Por qué Gareth me escondió?

William tomó mis manos entre las suyas. Sus dedos entrelazaron los míos con una firmeza posesiva.

—Porque eres la última. La última Blackthorne pura. O al menos, eso creen ellos. Tu sangre tiene un valor para ellos. Quizás para un ritual final. Quizás para romper una maldición. No importa cuál sea la razón, lo importante es que te quieren viva, Eris. Por ahora.

—¿Viva? —repetí, con incredulidad—. Acaban de matar a Marta. Me están acechando.

—Te quieren viva para el sacrificio —corrigió William, su tono sombrío—.

Marta fue un error. O un aviso. El asesino se equivocó de presa, o quizás, necesitaba practicar.

Pero tú... tú eres el objetivo principal.

Y mientras estés aquí, en el castillo, estás relativamente segura.

Dacre no puede actuar abiertamente sin levantar sospechas.

Pero si sales... si te alejas de mi protección...

No terminó la frase. No hacía falta. La amenaza pendía sobre nosotros como una espada de Damocles.

De repente, un ruido nos sobresaltó. Un golpe sordo, proveniente de la pared opuesta, detrás de una estantería llena de enciclopedias antiguas.

William soltó mis manos y desenvainó la daga negra, poniéndose frente a mí en una postura defensiva.

—¿Quién está ahí? —vociferó, su voz resonando en la bóveda.

Nadie respondió. Solo el eco de su propia voz, multiplicado por las sombras.

Avanzamos con cautela hacia la estantería. William apartó los libros con la punta de la daga, revelando un panel de madera tallada. Estaba ligeramente entreabierto. Detrás, había un pasadizo estrecho, oscuro y húmedo.

—Hay alguien —susurré, sintiendo cómo el pánico comenzaba a ascender por mi garganta.

William asintió, sus músculos tensos bajo la camisa blanca.

—Quédate atrás, Eris.

Entró en el pasadizo. Yo le seguí, incapaz de dejarle solo en la oscuridad. El túnel era bajo, obligándonos a caminar encorvados. El aire olía a moho y a algo más dulce, más nauseabundo. A medida que avanzábamos, el sonido de pasos leves se hacía más claro. Alguien corría. Alguien huía.

Salimos al otro lado, en los sótanos del castillo, cerca de las bodegas de vino. La luz de las antorchas de la pared parpadeaba, proyectando sombras danzantes. Y allí, al final del corredor, vimos una figura encapuchada desaparecer por una puerta lateral que daba a los jardines interiores.

William corrió tras ella, pero cuando llegó a la puerta, esta estaba cerrada con llave. Golpeó la madera con furia, pero solo obtuvo el sonido hueco de la derrota.

—Se ha ido —dijo, respirando con dificultad, apoyando la frente contra la madera fría.

Regresé a su lado, mirando alrededor. En el suelo, justo donde la figura había estado, había algo brillante. Me agaché para recogerlo. Era un botón. Pequeño, de plata, con un grabado distintivo: un halcón dorado.

Reconocí ese símbolo inmediatamente. Era el emblema de la librea de los sirvientes personales de Lady Marguerite.

Miré a William, mostrándole el botón. Sus ojos se oscurecieron, llenándose de una comprensión amarga.

—Mi madre —expresó, con una voz vacía de toda emoción—. Ella sabía. Ella siempre ha sabido.

La revelación cayó sobre nosotros como un manto de plomo. Lady Marguerite no era solo una espectadora cruel; era cómplice. O quizás, la arquitecta silenciosa de nuestra desgracia. La mujer que debía proteger el hogar era la que permitía que el mal entrara por la puerta trasera.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, sintiéndome pequeña y vulnerable ante la magnitud de la traición.

William guardó el botón en su bolsillo, su rostro endureciéndose hasta convertirse en una máscara de piedra.

—Ahora, jugamos su juego. Pero con nuestras propias reglas.

No podemos confrontarla directamente sin pruebas contundentes.

Necesitamos saber qué planea para la fiesta de Samhain.

Necesitamos saber qué papel juega Dacre en todo esto.

Y necesitamos protegerte, Eris. Porque si mi madre está involucrada, ya no estás segura ni siquiera dentro de estas paredes.

Me tomó del brazo, guiándome de vuelta hacia la biblioteca secreta. Sus pasos eran firmes, decididos, pero podía sentir la tensión en su agarre. Estábamos solos contra una conspiración que llevaba décadas gestándose. Y el tiempo se nos acababa.

Al regresar a la biblioteca, apagué la vela. La oscuridad nos envolvió de nuevo, pero esta vez, no me sentí tan sola. Tenía a William. Tenía la verdad, por fragmentaria que fuera. Y tenía una determinación nueva, forjada en el fuego del miedo y templada en el hielo de la revelación.

Pero mientras subíamos las escaleras hacia el salón principal, una sensación extraña me recorrió la nuca.

Era esa misma presencia viscosa, esa sombra que me acechaba en los sueños.

Solo que ahora, no estaba en mi mente. Estaba allí, en la realidad, observándonos desde las vigas del techo. Y sonreía.