Capítulo 3 El Susurro de los Muertos
El aire en el patio de armas olía a hierro oxidado y a miedo.
No era un olor que se pudiera lavar con agua y jabón; era una esencia pegajosa que se adhería a la piel, penetrando los poros hasta alcanzar la médula de los huesos.
Los guardias, hombres robustos acostumbrados a la violencia de las espadas y los escudos, palidecían ante el cadáver inerte de Marta.
Nadie se atrevía a tocarla. La rosa negra, ese artefacto grotesco de tela y alambre, parecía pulsar con una vida propia en sus manos rígidas, burlándose de la fragilidad de la carne mortal.
William se arrodilló junto al cuerpo, ignorando el barro que empapaba las rodillas de sus pantalones de terciopelo.
Su rostro estaba tenso, los músculos de la mandíbula contraídos en una mueca de dolor contenido.
Con una delicadeza extrema, retiró la rosa de las manos de la joven muerta.
Al hacerlo, reveló la marca en el cuello de Marta: dos medias lunas entrelazadas, cortadas con precisión quirúrgica, sangrando aún sobre la piel pálida como cera.
—No toques nada más —ordenó una voz grave desde las sombras.
Era el capitán de la guardia, un hombre llamado Ross, cuyo rostro era un mapa de cicatrices antiguas. Se acercó con cautela, su mano descansando sobre la empuñadura de su espada, aunque sabía que ningún acero podía detener lo que había hecho esto.
—¿Quién ha sido? —preguntó William, sin levantar la vista. Su voz temblaba ligeramente, no por frío, sino por una rabia sorda que comenzaba a hervir en su interior.
—Nadie lo sabe, milord —respondió Ross, escupiendo al suelo con disgusto—. Las puertas estaban cerradas. Los muros son altos. Esto... esto no es obra de un ladrón común ni de un vagabundo hambriento. Esto es ritual. Es mensaje.
Sentí cómo el mundo se inclinaba bajo mis pies.
Mensaje. La palabra resonó en mi cabeza como un campanazo fúnebre.
¿Para quién? ¿Para mí? Miré mis propias manos, esperando ver sangre, pero solo había suciedad y temblores.
La marca de las medias lunas... la había visto antes.
En mis sueños. En la oscuridad viscosa que me abrazaba cada noche.
Pero allí, en la realidad cruda y fría de la madrugada escocesa, la visión onírica se transformaba en horror tangible.
Lady Marguerite apareció entonces, descendiendo las escaleras de piedra con una lentitud calculada.
Llevaba una bata de seda bordada en oro, pero su cabello estaba despeinado y sus ojos brillaban con una excitación febril, no con tristeza.
Observó el cuerpo de Marta como quien observa un insecto interesante bajo una lupa.
—Qué desperdicio —murmuró, su voz suave como el veneno dulce—. Una chica sana. Fuerte. ¿Por qué ella, William? ¿Por qué ahora?
William se puso de pie, limpiándose las manos en un pañuelo que sacó del bolsillo. Sus ojos encontraron los de su madre, y por un instante, vi un destello de desprecio puro.
—Porque alguien quiere asustarnos, madre. O quizás, quiere enviarnos un aviso.
—¿Un aviso? —Lady Marguerite soltó una risa corta, nerviosa—. ¿De qué? ¿De que somos vulnerables? Blackwood no ha sido vulnerable en tres siglos.
—Hasta hoy —intervine yo, sorprendiéndome a mí misma con la firmeza de mi propia voz.
Todos se volvieron hacia mí. Lady Marguerite me miró con ojos estrechos, evaluándome como si fuera una pieza defectuosa en un mecanismo perfecto.
—Tú —dijo, señalándome con un dedo enguantado—. Vuelve a tus aposentos. Tu presencia aquí es innecesaria y perturbadora.
—Ella se queda —dijo William, con una autoridad que no admitía réplica. Fue la primera vez que le habló a su madre con tal dureza en público. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el viento que silbaba entre las almenas.
Lady Marguerite apretó los labios, humillada pero cautelosa.
Sabía que desafiar a William en ese momento, con testigos y con el cuerpo de una muerta como prueba, sería un error táctico.
Asintió levemente, giró sobre sus talones y desapareció en la oscuridad del castillo, llevándose consigo el calor falso de su presencia.
Cuando nos quedamos solos William, Ross y yo, la atmósfera cambió. La tensión oficial dio paso a una intimidad conspirativa.
—Ross —señaló William—, quiero que dupliques la guardia. Que nadie entre ni salga sin mi permiso personal. Y quiero que investigues cada rincón de los terrenos. Busca huellas, rastros, cualquier cosa que haya dejado el asesino.
—Haré lo posible, milord —alegó el capitán, haciendo una reverencia rígida—. Pero tenga cuidado. Quienquiera que haya hecho esto conoce el castillo mejor que nosotros.
Cuando Ross se marchó para dar las órdenes, William se volvió hacia mí. Sus ojos, habitualmente reservados, estaban ahora abiertos de par en par, revelando un torrente de emociones contradictorias: miedo, protección, curiosidad y algo más profundo, algo que me robaba el aliento.
—Eris —dijo, dando un paso hacia mí. El espacio entre nosotros se redujo a unos pocos centímetros, cargados de electricidad estática—. Esa marca. Las medias lunas. ¿La has visto antes?
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca como el desierto. Mentir habría sido fácil. Negar habría sido seguro. Pero la verdad, esa verdad fragmentada y dolorosa que habitaba en los rincones oscuros de mi mente, exigía ser liberada.
—En mis sueños —confesé, mi voz apenas un hilo de sonido—. Veo sombras que llevan máscaras con esas marcas. Y siento... siento que me llaman.
William cerró los ojos por un momento, como si estuviera rezando o buscando fuerzas. Cuando los abrió, su mirada era intensa, casi dolorosa.
—No estás loca, Eris. Y no estás sola. Hay algo en este castillo, algo antiguo y podrido, que ha despertado. Y creo que tú eres la clave para entenderlo.
—¿Yo? —pregunté, incrédula—. Soy solo una sirvienta. Una niña encontrada en el bosque.
—Eres mucho más que eso —insistió él, tomando mis manos entre las suyas.
Sus manos eran cálidas, fuertes, un ancla en medio del caos—.
Eres el vínculo. Lo sé. No puedo explicarlo racionalmente, pero lo siento en mis huesos.
Cuando Dacre te miró anoche, no vio a una sirvienta.
Vio a un fantasma. Y cuando vi esa rosa en la mano de Marta, pensé en ti.
Su confesión me dejó sin palabras. El contacto de su piel contra la mía enviaba ondas de calor a través de mi cuerpo, disipando momentáneamente el frío de la noche. Por primera vez en años, no me sentía invisible. Me sentía vista. Real. Peligrosamente real.
—Debemos tener cuidado —masculló William, inclinando la cabeza hacia mí. Su aliento olía a menta y a vino viejo—. Si Dacre sabe algo, y si el asesino está dentro de estos muros, entonces estamos jugando con fuego.
—¿Qué debemos hacer? —pregunté, sintiendo cómo mi corazón latía al compás del suyo.
—Investigar. Juntos. En secreto. Hay documentos en la biblioteca, registros antiguos de mi familia que mi padre mantiene bajo llave. Creo que allí podríamos encontrar respuestas sobre los Blackthorne, sobre esa rosa negra y sobre por qué alguien quiere hacerte daño.
Asentí, aunque el miedo me atenazaba el estómago.
Entrar en los archivos privados del lord era traición.
Ser descubiertos significaba el exilio, o peor, la muerte.
Pero la alternativa era esperar a que la sombra me alcanzara en la oscuridad de mi habitación.
Prefería enfrentar al demonio con la luz de la verdad, aunque esa luz me cegara.
—Esta noche —dijo William, soltando mis manos con reluctancia—. Cuando el castillo duerma. Te esperaré en la entrada secreta de la biblioteca. La que está detrás del tapiz del salón principal.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos aproximándose. Era Gareth, envuelto en una manta gruesa, con el rostro pálido y demacrado.
—Eris —llamó, su voz débil pero urgente—. Debes venir. Ahora.
William me lanzó una última mirada, una promesa silenciosa, antes de desaparecer en las sombras de los establos, dejando atrás el olor a caballo y a misterio.
Seguí a Gareth de vuelta a la cocina, donde el fuego apenas mantenía sus brasas vivas.
El viejo campesino se sentó pesadamente en un taburete, tosiendo hasta que sus hombros se convulsionaron.
Le serví un vaso de agua con hierbas, mis manos temblorosas derramando algunas gotas sobre la mesa de madera.
—Gareth, ¿qué ocurre? —pregunté, arrodillándome frente a él.
Me tomó de las muñecas, sus dedos fríos como hielo.
—La muerte ha llegado, niña. Y no se irá hasta que haya cobrado su deuda. Marta... era inocente. Pero su muerte no fue al azar. Fue un sacrificio. Un aviso.
—¿Un aviso para quién?
—Para ti, Eris. Y para aquellos que te protegen.
—Sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que nunca había visto en él—.
Hace veinte años, hubo una noche similar.
Una noche de luna roja. Desaparecieron mujeres.
Nobles. Sirvientas. Todas marcadas con la media luna.
Y al final, solo quedó una niña. Una niña que fue escondida en el bosque para salvar su vida.
El aire pareció salir de la habitación.
—¿Esa niña era yo?
Gareth asintió lentamente, una lágrima recorriendo su mejilla arrugada.
—Sí. Y los que la buscaron entonces... no han dejado de buscarla. Lord Dacre no es solo un noble codicioso, Eris. Es un cazador. Y cree que tú eres la presa que completará su colección.
—¿Por qué yo? ¿Qué tengo yo que ellos quieren?
—Tu sangre —susurró Gareth, con terror en la voz—. Tu sangre es la llave. Y ahora que has vuelto, la cerradura ha comenzado a girar.
Me levanté, mareada por la revelación. Todo cobraba sentido. El libro, la rosa, la marca, la mirada de Dacre. No era casualidad. Era destino. Un destino tejido con hilos de sangre y odio.
—Debo irme —dije, con una determinación nueva surgiendo en mi interior—. William me espera. Tenemos que saber la verdad.
Gareth me sujetó el brazo con fuerza sorprendente.
—Ten cuidado, Eris. La verdad tiene dientes. Y a veces, muerde más fuerte que la mentira.
Salí de la cocina, corriendo hacia el salón principal. El castillo estaba en silencio, pero era un silencio engañoso, lleno de ojos invisibles y oídos atentos. Cada sombra parecía esconder una amenaza. Cada crujido de la madera era un paso del asesino.
Llegué al salón principal. El tapiz enorme, que representaba una caza de ciervos, colgaba majestuoso en la pared. Busqué el borde derecho, donde William me había indicado. Mis dedos buscaron el pliegue oculto, el mecanismo secreto que solo la familia conocía. Lo encontré. Tiré de él.
Con un gemido suave de bisagras oxidadas, el tapiz se apartó, revelando una puerta estrecha de madera oscura. La abrí y entré en la oscuridad.
Al otro lado, en la penumbra de la biblioteca secreta, una vela estaba encendida. Y junto a ella, William me esperaba. Pero no estaba solo.
Sobre la mesa, abierto, había otro libro. Idéntico al primero. Y junto a él, una daga antigua, con el mango incrustado de piedras negras.
William me miró, su rostro serio.
—Bienvenida al pasado, Eris —dijo suavemente—. Prepárate. Porque lo que vamos a leer cambiará todo lo que crees saber sobre ti misma.
Pero mientras me acercaba a la mesa, sentí que la sombra detrás de mí se hacía más densa, más fría. Alguien nos observaba desde la oscuridad de los estantes. Alguien que no quería que la verdad saliera a la luz.