Capítulo 2 El Peso del Silencio
El amanecer en Blackwood no traía consuelo; traía juicio.
La luz grisácea se filtraba por las rendijas de las contraventanas, iluminando el polvo que flotaba en el aire como almas en pena, recordándonos a todas nuestras condiciones efímeras.
Me desperté con el medallón aún apretado en la mano, los bordes metálicos marcando mi palma con una precisión dolorosa.
Lo había escondido bajo el colchón, pero su presencia parecía irradiar un calor febril que me impedía conciliar el sueño profundo.
Las iniciales E.B. bailaban detrás de mis párpados cerrados, burlándose de mi ignorancia.
¿Quién era E.B.? ¿Era yo? ¿O era un fantasma que había ocupado mi cuerpo sin permiso?
Me levanté antes de que el sol terminara de vencer a la noche.
El castillo estaba sumido en ese silencio denso y pesado que precede a las tormentas, tanto las del cielo como las del espíritu.
Mientras me vestía con mi uniforme de sirvienta —un vestido de lana gris, áspero y sin adornos, que olía a lejía y humildad—, sentí la mirada de Isobel clavada en mi espalda.
Isobel compartía habitación conmigo desde hacía dos años.
Era una chica de cabello rojo fuego y lengua afilada, cuya belleza natural se veía empañada por una envidia corrosiva que le agrieta el alma día tras día.
—Has estado inquieta toda la noche, Eris —dijo Isobel, sin girarse mientras se cepillaba el cabello frente al espejo roto. Su voz tenía esa cualidad melosa y venenosa que utilizaba cuando quería sonsacar información o sembrar discordia—. Murmurabas nombres. Nombres que no conozco.
Me tensé, ajustándome el delantal con manos temblorosas.
—Son solo sueños, Isobel. Pesadillas de la niebla. Ya sabes cómo afecta el clima a la mente.
Isobel se volvió lentamente, sus ojos verdes entrecerrados como los de un gato antes de atacar.
—La niebla no habla, Eris. La gente sí. Y tú hablas demasiado, incluso cuando duermes. Ten cuidado. Las paredes de Blackwood tienen oídos, y Lady Marguerite tiene una memoria muy larga para las indiscreciones.
Su advertencia cayó sobre mí como una losa de piedra fría.
No era una amiga; era una espía potencial, una competidora silenciosa en la jerarquía invisible de la servidumbre.
Sabía que Isobel codiciaba cualquier migaja de atención que cayera de la mesa de los señores, y aunque yo nunca había buscado esa atención, la simple existencia de mi conexión con William era suficiente para encender su ira.
Bajé a la cocina, donde el aroma a pan recién horneado luchaba contra el olor a humedad perpetua.
Gareth ya estaba allí, preparando el té.
Su tos era más profunda esa mañana, un sonido húmedo y desgarrador que resonaba en las bóvedas de piedra.
Al verme, forzó una sonrisa, pero sus ojos revelaban el cansancio acumulado de décadas de trabajo duro y preocupaciones silenciosas.
—¿Dormiste bien, niña? —preguntó, vertiendo el agua hirviendo en la tetera de barro.
—Lo suficiente —mentí, acercándome para besarle la mejilla arrugada—. ¿Y tú?
—Los viejos no necesitamos mucho sueño. Solo recuerdos. Y hoy tengo muchos.
No insistí. Sabía que Gareth guardaba secretos como otros guardan monedas de oro: con avidez y miedo a perderlos. Pero algo en su tono me inquietó. Parecía despedirse, aunque solo fuera del día.
La mañana transcurrió con la lentitud exasperante de las tareas domésticas.
Fregar los suelos de piedra del gran salón, pulir la plata hasta que reflejara mi propia ansiedad, doblar la ropa blanca hasta que mis dedos entumecidos ya no sintieran el frío.
Cada movimiento era mecánico, pero mi mente estaba lejos, recorriendo los pasillos oscuros de mi memoria, buscando una puerta que se abriera.
A media mañana, mientras limpiaba los ventanales de la galería oeste, vi llegar a los carruajes.
No eran los habituales proveedores ni los mensajeros locales.
Eran carruajes negros, pesados, tirados por caballos negros como la pez, con crestas doradas que brillaban bajo el cielo plomizo.
La corte llegaba. O al menos, una parte de ella.
El rumor se extendió por el castillo más rápido que el fuego en un pajar seco.
Lord Dacre, un primo lejano del lord de Blackwood y un hombre cuya reputación precedía a su llegada como un trueno antes de la tormenta, venía de visita.
Se decía que era carismático, rico y terriblemente ambicioso.
También se decía que tenía un gusto peculiar por las cosas bellas y frágiles, y que solía romperlas solo para ver cómo caían los fragmentos.
Lady Marguerite recibió la noticia con una satisfacción visible.
Ajustó sus vestidos de seda azul oscuro, se colocó las joyas más ostentosas y ordenó que se preparara el mejor banquete.
Su energía cambió; pasó de la melancolía habitual a una vitalidad frenética, casi histérica.
Quería impresionar a Dacre. Quería demostrar que Blackwood, a pesar de las dificultades económicas y los rumores oscuros, seguía siendo una casa poderosa.
Yo fui asignada para servir en el comedor durante la cena. Era un castigo disfrazado de honor, pues significaba estar expuesta a las miradas de los nobles, ser invisible pero presente, un mueble más con ojos y oídos.
La cena fue un asunto tenso. Las velas parpadeaban, proyectando sombras largas y distorsionadas sobre las paredes tapizadas.
Lord Dacre era un hombre de mediana edad, con un rostro hermoso pero marcado por líneas de crueldad alrededor de los ojos.
Su sonrisa era amplia, pero no llegaba a sus pupilas, que permanecían frías y calculadoras.
Observaba todo: la comida, los modales, y especialmente, a las personas.
Cuando entré con una bandeja de plata cargada de copas de vino, sentí su mirada posarse en mí.
No fue una mirada casual. Fue un escrutinio lento, deliberado, que me recorrió de pies a cabeza como si estuviera tasando una mercancía.
Me detuve un instante, incapaz de moverme bajo el peso de esa atención predatoria.
—¿Quién es esta joven? —inquirió Dacre, su voz suave como la seda rasgada.
Lord Blackwood, el padre de William, tosió incómodamente.
—Una de nuestras sirvientas, primo. Eris.
—Eris —repitió Dacre, saboreando el nombre como si fuera un vino raro—. Un nombre antiguo. Un nombre con peso. ¿De dónde vienes, Eris?
Todos los ojos se volvieron hacia mí. William, sentado al otro lado de la mesa, dejó de comer. Su tenedor chocó suavemente contra el plato, un sonido minúsculo que resonó como un campanazo en el silencio repentino.
—De... de ninguna parte, milord —manifesté, bajando la vista—. Fui encontrada en el bosque.
Dacre sonrió, y esa sonrisa fue la cosa más aterradora que había visto jamás.
—El bosque guarda muchos secretos, pequeña. Algunos deberían permanecer enterrados. Otros... otros buscan salir a la luz. Ten cuidado con lo que despiertas.
Lady Marguerite intervino rápidamente, cambiando de tema con una risa nerviosa, pero el daño estaba hecho. La semilla de la sospecha había sido plantada. Dacre sabía algo. O al menos, creía saberlo. Y su interés en mí no era benigno.
Durante el resto de la cena, evité mirar a Dacre, pero sentí su presencia como una mancha de aceite en el agua. Cuando terminé mi turno y pude retirarme a la seguridad relativa de las cocinas, mis piernas temblaban tanto que apenas podía sostenerme.
Gareth me esperaba en la despensa, con una expresión grave.
—Él te ha visto —dijo simplemente.
—Sí —suspiré, apoyándome contra la pared fría—. ¿Quién es, Gareth? ¿Por qué me mira así?
Gareth negó con la cabeza, sus ojos llenos de una tristeza antigua.
—Lord Dacre es un hombre que colecciona poder, Eris. Y cree que tú eres una pieza que le falta en su colección. No sé por qué, pero debes mantenerte alejada de él. Tan lejos como puedas.
—No puedo evitar servirle si está en el castillo.
—Entonces sirve con los ojos bajos y la boca cerrada. Y reza, niña. Reza a cualquier dios que escuches, porque la tormenta viene.
Esa noche, el viento aullaba alrededor de las torres de Blackwood como un animal herido. Me acosté temprano, pero el sueño se negaba a llegar. La conversación con Dacre resonaba en mi cabeza, mezclándose con las advertencias de Isobel y la mirada protectora de William.
Decidí ir a la biblioteca. Necesitaba respuestas. Necesitaba entender qué había en aquel libro de terciopelo rojo que me había llamado tanto la atención esa mañana. Si Dacre estaba interesado en mi pasado, quizás el libro contenía la clave.
La biblioteca estaba oscura, iluminada solo por la luz lunar que entraba por los altos ventanales.
Las sombras de los estantes parecían alargarse, convirtiéndose en dedos huesudos que intentaban atraparme.
Caminé entre las filas de libros, mis pasos amortiguados por la gruesa alfombra persa.
Llegué al hueco donde había escondido el libro.
Estaba allí. Pero algo había cambiado.
El libro estaba abierto.
Mi corazón se detuvo. Yo lo había cerrado.
Estaba segura. Lo había escondido cuidadosamente.
Ahora, las páginas estaban abiertas en una ilustración específica: una mujer joven, con el mismo rostro que el mío, sosteniendo una rosa negra.
Debajo, una inscripción en latín que apenas pude descifrar: Sanguis vocat sanguinem. La sangre llama a la sangre.
Un ruido detrás de mí me hizo girar en redondo.
—¿Buscas algo, Eris?
Era William. Estaba de pie en la entrada de la sección, envuelto en las sombras. No llevaba su chaqueta formal, solo una camisa blanca desabrochada en el cuello, lo que le daba un aspecto vulnerable, casi íntimo.
—William —exhalé, llevándome la mano al pecho para calmar mi corazón acelerado—. Me has asustado.
—Perdón —dijo, acercándose lentamente—. Te vi salir de tu habitación. Parecías... angustiada.
—Solo necesitaba aire. Y libros.
Se detuvo frente a mí, mirando el libro abierto en mis manos. Sus ojos se ampliaron al reconocer la ilustración.
—¿Dónde has encontrado eso? —preguntó, su voz tensa.
—Estaba aquí. Escondido.
William tomó el libro con cuidado, como si fuera frágil. Pasó los dedos por la ilustración.
—Este símbolo... la rosa negra. Es el emblema de un clan antiguo. Un clan que fue destruido hace veinte años. Los Blackthorne.
Sentí un frío helado recorrer mi columna vertebral.
—Blackthorne —repetí, probando la palabra en mi lengua. Sonaba familiar. Sonaba a hogar.
—Mi padre nunca habla de ellos —continuó William, mirándome fijamente—. Dicen que fueron traicioneros. Que practicaban artes oscuras. Pero mi madre... mi madre les tenía miedo. Un miedo irracional.
—¿Crees que yo tengo algo que ver con ellos?
William dudó. Por primera vez, vi vacilación en sus ojos.
—No sé qué creer, Eris. Pero sé que Dacre también lo sabe. Y si Dacre lo sabe, estás en peligro. Mucho más peligro del que imaginas.
Antes de que pudiera responder, un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. No venía de dentro del castillo, sino de fuera. De los terrenos. Un grito de terror puro, primitivo, que heló la sangre en mis venas.
William y yo nos miramos, el libro olvidado momentáneamente en mis manos.
—Viene de los establos —dijo William, ya corriendo hacia la puerta.
Le seguí, mis pies descalzos golpeando la piedra fría. El castillo despertaba sobresaltado. Luces se encendían en las ventanas. Voces confundidas se elevaban en la noche.
Cuando llegamos al patio exterior, la escena era dantesca. Los guardias rodeaban algo en el suelo. Lady Marguerite estaba en el balcón, envuelta en una bata de seda, observando con una curiosidad morbosa que me revolvió el estómago.
Me acerqué, empujada por una fuerza invisible.
Entre los cuerpos de los guardias, vi el rostro pálido de una joven doncella local, Marta, quien trabajaba en las cocinas auxiliares.
Estaba muerta. Sus ojos abiertos miraban al cielo vacío, sin ver nada.
Pero lo que me hizo retroceder con horror no fue la muerte en sí, sino lo que había en sus manos.
Sostenía una rosa negra. Artificial, hecha de tela y alambre, pero idéntica a la del libro. Y en su cuello, una marca. Una marca en forma de media luna, sangrante y fresca.
Miré a William. Él palideció, comprendiendo al instante.
—No es un accidente —murmuró, su voz apenas audible sobre el viento—. Es un mensaje.
¿Para quién? ¿Para mí? ¿Para los Blackwood? ¿O para el clan Blackthorne que supuestamente había muerto?
La sombra no solo me acechaba en los sueños. Había cruzado el umbral. Y acababa de dejar su primera firma en sangre.