El castillo de las rosas negras Capítulo 1 El Eco de la Niebla
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El castillo de las rosas negras

El castillo de las rosas negras

Por Juan Vicente Moreno

© inepub.com

Capítulo 1 El Eco de la Niebla

La niebla en las Tierras Altas no cae; se arrastra.

Se desliza por los valles como un animal hambriento, lamiendo las piedras grises y devorando los contornos del mundo hasta que solo queda el vacío blanco y el silencio.

Era en ese silencio donde yo vivía, o al menos, donde mi cuerpo residía mientras mi mente vagaba por pasillos oscuros que no pertenecían a este siglo ni a esta tierra.

Me llamaban Eris. Un nombre suave, casi una caricia, que Gareth me había dado aquella mañana húmeda en la que me encontró, temblando bajo un roble retorcido, con los vestidos empapados y la memoria hecha añicos.

Tenía seis años entonces. Ahora, dieciséis años después, seguía siendo una niña perdida, aunque mis manos ya conocieran el peso de los cubos de agua fría y la textura áspera de la lana sin teñir.

Servía en el Castillo de Blackwood, una fortaleza de piedra negra que se alzaba sobre el acantilado como un diente podrido contra el cielo escocés.

Nadie sabía de dónde venía. Ni siquiera yo.

Solo Gareth, el viejo campesino que me había rescatado, guardaba el secreto de mi origen, o quizás, solo guardaba el silencio.

Aquella mañana de octubre, el aire olía a humedad y a madera quemada.

Me desperté antes del alba, como era mi costumbre, con el corazón martilleando contra las costillas.

La sombra había vuelto. No era una sombra ordinaria, proyectada por la luz de la luna o de una vela.

Era una presencia densa, viscosa, que se adhería a mi piel incluso cuando abría los ojos.

En el sueño, no tenía rostro, pero sentía su aliento frío en mi nuca, una promesa silenciosa de algo terrible que aún no había ocurrido, pero que ya estaba escrito en las estrellas negras de mi destino.

Me incorporé en el jergón de paja, envolviéndome en la manta raída.

La habitación compartida con otras tres doncellas estaba sumida en una penumbra azulada.

Respiraban con pesadez, ajenas a los demonios que danzaban en mi cabeza.

Me levanté despacio, evitando hacer crujir las tablas del suelo.

Necesitaba aire. Necesitaba lavar el sabor metálico del miedo de mi boca.

Salí al pasillo, descalza. Las piedras del castillo estaban heladas, mordiendo mis pies con dientes invisibles.

Caminé hacia la cocina, donde el fuego siempre moría, pero nunca se extinguía del todo.

Allí, entre las cenizas tibias, encontré un poco de calor.

Mientras calentaba el agua para el té de la mañana, miré mis manos.

Eran manos jóvenes, de dedos largos y uñas cortas, marcadas por el trabajo duro.

Pero había algo en ellas, una palidez antinatural, como si la sangre no circulara con la misma vitalidad que en las demás personas.

A veces, cuando tocaba ciertos objetos antiguos en el castillo, sentía un escalofrío, un zumbido eléctrico que me hacía retroceder.

Gareth me había dicho que era imaginación, que era el precio de haber sobrevivido a la intemperie siendo una niña.

Pero yo sabía que era más que eso. Era un eco.

Un eco de quién había sido antes de que la niebla me tragara.

—No deberías estar aquí tan temprano, niña —dijo una voz grave detrás de mí.

Me giré sobresaltada. Era Gareth. Su figura encorvada se recortaba contra la luz tenue de la chimenea. Llevaba su gorro de lana desgastado y sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de azabache, me observaban con esa mezcla de ternura y preocupación que siempre me desarmaba.

—No podía dormir, Gareth —respondí, bajando la voz para no despertar a las otras sirvientas que comenzaban a bajar las escaleras—. La sombra... estaba otra vez.

El viejo suspiró, un sonido largo y cansado que parecía venir de lo más profundo de sus pulmones enfermos. Se acercó a mí y me puso una mano callosa sobre el hombro. Su tacto era áspero, pero seguro. Era la única ancla que tenía en este mundo.

—Las sombras solo tienen el poder que tú les das, Eris —indicó suavemente—. Son recuerdos que no quieren morir. Déjalas ir. Concéntrate en el presente. En el agua que hierve. En el pan que debes hornear. Eso es real. Lo demás... lo demás es humo.

Asentí, aunque no le creí del todo. Para mí, la sombra era tan real como las piedras bajo mis pies.

Pero no discutí. Gareth era mi protector, mi padre adoptivo, mi único amigo.

No quería preocuparle más de lo necesario.

Sabía que su salud se deterioraba día tras día, que la tos seca que le sacudía el pecho cada noche era un presagio funesto.

Y yo, en mi egoísmo juvenil, necesitaba que siguiera estando allí.

Comenzamos nuestra rutina. Mientras yo amasaba el pan, Gareth preparaba las herramientas para el campo.

El castillo despertaba lentamente. Los primeros rayos de sol lograron filtrarse a través de las estrechas ventanas de la cocina, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire.

Era un momento de paz frágil, un respiro antes de la tormenta diaria de obligaciones y miradas juzgadoras.

A media mañana, fui enviada a la gran biblioteca para limpiar.

Era una tarea que detestaba y adoraba a partes iguales.

Detestaba el polvo antiguo que se adhería a mi garganta y me hacía toser.

Adoraba el olor a papel viejo, a cuero y a conocimiento prohibido.

La biblioteca de Blackwood era inmensa, un laberinto de estanterías que llegaban hasta el techo abovedado.

Allí, entre los libros, me sentía menos sola.

Los personajes de las historias parecían comprenderme mejor que las personas de carne y hueso.

Mientras limpiaba una estantería alta, cerca de la ventana que daba al jardín norte, mi mano rozó un libro encuadernado en terciopelo rojo oscuro.

No tenía título en el lomo. Al abrirlo, las páginas crujieron como huesos viejos.

No contenía texto, sino dibujos. Ilustraciones extrañas, simbólicas, de mujeres con coronas de espinas y hombres con máscaras de cuervo.

Mi corazón dio un vuelco. Había visto esos símbolos antes. En mis sueños. En la sombra.

Sentí un mareo repentino. El mundo pareció inclinarse.

Cerré el libro de golpe, respirando con dificultad.

¿Qué era aquello? ¿Por qué me resultaba familiar?

Antes de que pudiera examinarlo mejor, escuché pasos en el pasillo.

Pasos ligeros, elegantes. Me escondí el libro bajo el delantal, con el corazón latiendo desbocado.

La puerta se abrió y entró él.

William.

El hijo del lord. El amo de todo lo que veía, excepto de mí, que solo era una sombra más en su dominio.

William tenía veinticinco años, aunque sus ojos parecían cargar con siglos de tristeza.

Era alto, de cabello oscuro y rizado que siempre parecía rebelde, y una boca firme que rara vez sonreía.

Pero cuando sus ojos se posaban en mí, algo cambiaba.

La frialdad aristocrática se agrietaba, dejando ver una curiosidad intensa, casi dolorosa.

—Eris —apuntó. Su voz era baja, melodiosa, como el sonido de un violonchelo en una habitación vacía.

Me incliné en una reverencia torpe, apretando el libro contra mi cuerpo.

—Milord —murmuré, sin atreverme a levantar la vista.

—Levanta la cabeza —ordenó, pero sin dureza. Había una súplica en su tono.

Obedecí. Sus ojos, del color del ámbar bajo la lluvia, me estudiaron. Parecía buscar algo en mi rostro, una respuesta a una pregunta que no se atrevía a formular.

—He oído que has estado enferma —dijo finalmente, dando un paso hacia mí. El espacio entre nosotros se cargó de electricidad estática. Olía a lluvia, a cuero y a una especie de melancolía dulce.

—Solo fue un mareo, milord. Nada grave.

—Gareth dice que tus noches son inquietas —continuó, acercándose más. Ahora podía ver las pequeñas pecas doradas en sus pómulos, la tensión en su mandíbula—. Dice que hablas dormida.

Sentí un frío recorrer mi espalda. ¿Qué decía en sueños? ¿Revelaba secretos que ni yo misma conocía?

—Son solo pesadillas, milord. Cosas sin importancia.

William negó con la cabeza lentamente.

—Nada que te afecte tanto es sin importancia, Eris. Hay algo en ti... algo que no encaja con este lugar. Con esta vida.

Sus palabras eran peligrosas. Si alguien más las hubiera oído, habría sido motivo de castigo. Una sirvienta no debía ser objeto de reflexión filosófica por parte de su señor. Pero William no hablaba como un señor. Hablaba como un hombre perdido que había encontrado un faro en la tormenta.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo.

Esta vez, la entrada fue brusca, violenta.

Lady Marguerite, la esposa del lord, apareció en el umbral.

Era una mujer hermosa, de belleza fría y afilada como el hielo.

Sus ojos, del mismo color que los de William, pero carentes de toda calidez, se clavaron en nosotros.

—William —comentó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Te buscaba. Tu padre quiere verte en el estudio. Y tú, niña, deja de ensuciar los libros con tu presencia. Vuelve a tus tareas.

La humillación fue pública y deliberada. Sentí cómo el rubor subía por mi cuello, quemándome. William apretó los puños, pero no dijo nada. Sabía que desafiar a su madre en ese momento sería inútil. Me lanzó una última mirada, una mirada de disculpa y de promesa, antes de salir tras ella.

Me quedé sola en la biblioteca, temblando. No de frío, sino de rabia. Y de miedo. Porque en los ojos de Lady Marguerite había visto algo más que desprecio. Había visto reconocimiento. Como si supiera quién era yo. Como si supiera por qué la sombra me acechaba.

Guardé el libro de terciopelo rojo en un hueco oculto detrás de una estantería, marcando mentalmente su ubicación. No podía dejarlo allí, pero tampoco podía llevarlo conmigo. Era demasiado peligroso. Demasiado revelador.

Salí de la biblioteca con las piernas temblorosas. El resto del día transcurrió en una neblina de movimientos automáticos. Fregar suelos, tender ropa, servir la cena. Mis manos trabajaban, pero mi mente estaba en aquel libro, en aquellos símbolos, en la mirada de William.

Al caer la noche, regresé a mi habitación exhausta. Las otras doncellas ya dormían. Me acerqué a la pequeña ventana que daba al jardín. La luna estaba llena, bañando el paisaje en una luz plateada y fantasmal. Abajo, entre los arbustos de rosas muertas, vi algo brillar.

Bajé sigilosamente, desafiando la prohibición de salir de noche. El rocío empapó mis zapatos al instante. Me acerqué al lugar donde había visto el brillo. Era un pequeño objeto metálico, medio enterrado en la tierra húmeda. Lo desenterré con las manos temblorosas.

Era un medallón. Pequeño, ovalado, de plata oxidada. Al limpiarlo con el dedo, pude distinguir un grabado: una rosa entrelazada con una espina. Y debajo, unas iniciales apenas visibles: E.B.

Mis iniciales. Eris Blackwood. Pero yo no me llamaba Blackwood. Ese era el apellido de mis amos. ¿Cómo podía estar mi nombre en un objeto enterrado en el jardín? ¿Y qué significaba la "B"?

Un ruido detrás de mí me hizo girarme. Una rama quebrada. Alguien estaba allí. En la oscuridad, entre los árboles, dos puntos rojos me observaban. No eran ojos de animal. Eran algo peor. Eran la mirada de la sombra, hecha carne.

Corrí. Corrí como nunca había corrido, con el medallón apretado en la mano, sintiendo cómo el aire me quemaba los pulmones. No miré atrás. No hasta llegar a la seguridad de mi cama, bajo las mantas, con el corazón a punto de estallar.

Pero sabía que ya era tarde. La sombra ya no estaba solo en mis sueños. Estaba aquí. Y acababa de recordarme quién era. O al menos, quién había sido.

El medallón ardía en mi mano cerrada. Y en la oscuridad de mi habitación, juré que descubriría la verdad, aunque tuviera que arrancar cada piedra de este castillo maldito para encontrarla.