El castigo del alfa (Alfas dominantes nº 2) EXTRACTO EXTENDIDO DE EL HAMBRE DEL ALFA #3
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EXTRACTO EXTENDIDO DE EL HAMBRE DEL ALFA #3

La puerta del coche se abrió y la funda desapareció de un tirón.

Él extendió las manos hacia ella y Ashley se encogió, pensando que iba a golpearla.

Pero en lugar de eso, sus grandes manos le sujetaron la cabeza, sosteniéndola, inmovilizándola.

Las palmas le cubrían los oídos, amortiguando el sonido.

El silencio forzado le dio una extraña sensación de seguridad, como si estuviera protegida en un capullo formado por esas manos.

Él estaba inclinado sobre ella, con las cejas fruncidas y la misma expresión que había mostrado cuando creyó que estaba herida.

Una expresión de dolor, como si el ataque de pánico de ella le hubiera causado sufrimiento.

Y eso que se había sacudido de encima sus propias heridas de bala.

Lo cual... ¿qué demonios les había pasado?

Ya ni siquiera sangraba, ni se veía señal alguna de vendaje bajo su ajustada camiseta.

—Eres claustrofóbica.

Era una afirmación, no una pregunta.

Asintió rápidamente, aún incapaz de recuperar el aliento.

Él comenzó a doblar la funda a lo largo. Ella se apartó bruscamente cuando se la acercó a la cabeza, pero él insistió, colocándosela sobre los ojos a modo de venda. Sin embargo, no era lo bastante larga para atarla por detrás.

—No miraré. Me tumbaré y no miraré, lo prometo —dijo, aún temblando como una hoja.

Él la ignoró y sacó la cinta adhesiva. Una vez más, le colocó la funda sobre los ojos y luego le enrolló la cinta alrededor de la cabeza, asegurando la tela como si fuera una corona.

—Listo —dijo—. Túmbate.

Una punzada de miedo la atravesó y lo buscó a tientas; sus dedos dieron con la camiseta de él, que aferró con el puño. La pesada mano de Ben cayó sobre su nuca. Murmuró una maldición y la sacó del coche.

El pánico se apoderó de ella y se retorció salvajemente en su agarre.

—El maletero no. Por favor, el maletero no. Seré buena, lo prometo.

Para su sorpresa, él la envolvió con los brazos y la estrechó contra su pecho.

No dijo una palabra, pero la intención reconfortante era innegable.

Ella se aferró a él, con el cuerpo temblando contra aquel torso musculoso y duro.

Se empapó de su fuerza, de la solidez de su cuerpo. Poco a poco, fue relajándose.

—No vas a ir en el maletero —dijo con voz ronca—. Irás delante, conmigo.

—Oh.

Se obligó a dejar de temblar mientras respiraba hondo.

Él la soltó del abrazo y le rodeó la cintura con un brazo firme, guiándola hacia delante y alrededor del coche.

Le protegió la cabeza con la mano mientras se sentaba, como hacen los policías en las series de televisión.

El peso de él presionó contra ella y oyó el clic del cinturón de seguridad.

Volvió al lado del conductor y se subió. Ella oyó el roce del movimiento; luego él le sujetó la cabeza y se la bajó hasta apoyarla en su muslo. Había puesto algo suave sobre la consola central —una sudadera, quizá—. Agradeció el detalle.

—Quédate así —dijo, con un tono de advertencia.

Llevó las muñecas atadas hasta la pierna de él y la rodeó con las manos, como si Ben fuera su refugio y solo necesitara sentir su calor para mantenerse tranquila.

Puso el coche en marcha y dio marcha atrás, con una mano aún en su nuca para mantenerla agachada. Pero entonces la mano comenzó a moverse. Los dedos se le enredaron en el pelo y se cerraron en un puño, tirando ligeramente pero sin hacerle daño. Se abrieron y se cerraron de nuevo.

Se quedó perfectamente quieta, sin querer que parara.

Imaginó aquellas manos agarrando otras partes de su cuerpo, el tacto áspero, el agarre firme.

¿Cómo sería que él la poseyera? ¿Los hombres lobo tenían sexo con humanos?

La imagen de él rodando por el suelo con su oponente en forma de lobo, puro gruñido y colmillos, volvió a su mente.

¿Qué iba a hacer con ella? Quizá fuera el síndrome de Estocolmo, pero quería creer que él cuidaría de ella. Que no le haría daño.

¿Y Melissa? También era prisionera de alguien en ese mismo momento, si es que seguía viva. ¿La habrían hecho daño? ¿Cómo la habrían tratado sus captores?

Ashley tenía que escapar de Ben Stone y llegar hasta su hermana con el portátil antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que volver a concentrarse y elaborar un plan, ya.

Ben no pretendía acariciar el pelo de Ashley de aquella manera, pero una vez que hundió los dedos en la melena gruesa y brillante, se convirtió en una compulsión. Le acarició la parte posterior de la cabeza, enroscando mechones en el puño y soltándolos. Joder, la deseaba.

Había olido su excitación cuando la puso en el rincón.

Lo había sorprendido. Acababa de asustarla hasta el punto de desmayarse y luego le había dado unos azotes hasta que el trasero se le puso rosado, ¿y aún así lo deseaba?

Se le endureció la polla solo de pensarlo.

¿Qué tenía aquella mujer humana que lo afectaba con tanta intensidad?

Ella cambió de posición, apartando las manos de su pierna y moviendo los pies. Probablemente estaba entumecida en la postura en que él la había colocado. El pie se le enredó con el bolso que él había tirado en el suelo del lado del pasajero.

Tardó un momento en darse cuenta de que ella estaba acercando el bolso hacia sí con sigilo. Observó, esperando ver qué tramaba. Ella hizo otro movimiento furtivo y aprovechó para empujar el bolso debajo de sus manos.

Sintió la bilis subirle por la garganta; la herida de su engaño anterior aún estaba en carne viva.

Se obligó a controlar la respiración mientras ella giraba el cuerpo hacia adelante, presionando la cara contra su pierna.

Las manos atadas le cayeron dentro del bolso, como si colgaran allí sin más. Cuando las sacó, sujetaba el teléfono.

Detuvo el coche a un lado y lo puso en punto muerto. Con un movimiento rápido, le arrastró el torso más sobre su regazo y le subió la falda de un tirón.

—¿Qué crees que estás haciendo? —exigió, arrebatándole el teléfono de la mano.

Le metió las bragas entre las nalgas y le dio varios azotes fuertes en la parte baja del trasero con el teléfono.

Era difícil alcanzarla en esa posición incómoda, pero lo logró, castigando sus nalgas ya enrojecidas mientras ella se retorcía debajo de él.

Tenía un teléfono ancho y delgado, y la funda de plástico hacía un satisfactorio plaf cada vez que impactaba contra su carne rosada—.

¡Maldita sea, Ashley! ¿La claustrofobia fue solo una gran farsa?

¿Me estabas engañando para ganarme la simpatía?

—No —chilló ella—. No, no fue un truco. Para, por favor. ¡Ay!