El castigo del alfa (Alfas dominantes nº 2) EXTRACTO EXTENDIDO DE EL HAMBRE DEL ALFA #4
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EXTRACTO EXTENDIDO DE EL HAMBRE DEL ALFA #4

—Pararé cuando te haya dejado claro lo disgustado que estoy.

Ella se retorció sobre su regazo mientras él seguía azotándola.

—¡Ay, para!

Le hundió los dientes en el muslo izquierdo.

En lugar de enfadarlo, tuvo el extraño efecto de hacerle querer tirarla al suelo y follársela hasta dejarla sin sentido.

Las lobas muerden y gruñen durante el sexo, y ella acababa de pulsar algo en su interior.

La visión se le nubló y los dientes se le afilaron con la necesidad de marcarla.

Echó la cabeza hacia atrás contra el asiento, cerró los ojos y respiró hondo para recuperar el control.

Ella no se tomó la pausa en los azotes como una victoria; se quedó acurrucada, tensa e inmóvil sobre su regazo.

—Lo siento —dijo en un hilo de voz.

Él no abrió los ojos.

—¿A quién ibas a llamar? —preguntó con voz cansada.

—A nadie. Solo necesito mi teléfono… por si llaman.

La irritación se abrió paso a través de su excitación y lo devolvió a la racionalidad.

—¿Pensaste que no te dejaría contestar? Organizar una nueva reunión es clave para averiguar quién demonios está detrás de esto.

Las manitas de ella le palparon los vaqueros, pellizcándole la tela.

—Lo siento —dijo en un hilo de voz—. No lo sabía.

Tras un momento de silencio, añadió:

—Estaba pensando en enviarles un mensaje.

—¿Con los ojos vendados?

—Bueno, quitarme la venda era mi siguiente problema.

Él emitió un gruñido.

—¿Qué ibas a escribir?

—Algo como: Todavía tengo el portátil y quiero a mi hermana.

Le pasó el teléfono y le levantó la venda un poco.

—Adelante.

Ella escribió las palabras y se las mostró antes de pulsar enviar. Él le quitó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo y volvió a colocarle la venda.

—No te mueves sin mi permiso, ¿entendido?

—Sí, señor.

Suspiró y arrancó el coche de nuevo.

—¿Y mi hermana?

—La encontraremos —dijo él.

Ella se incorporó y le clavó el codo en la erección.

—¡Ay!

Se sobresaltó y la empujó de vuelta a la posición original.

—Quieta.

—Guau.

Casi sonrió. Maldita sea, esa mujer lo alteraba de verdad.

Se permitió tocarle el pelo de nuevo, diciéndose que solo era para apartárselo de la cara.

Pero eso no tenía sentido, ya que ella no podía ver de todos modos.

Los mechones sedosos se le deslizaron entre los dedos mientras volvía a la carretera e intentaba ignorar la vista de su trasero, todavía al aire y con las bragas metidas.

El olor de su excitación llenaba el coche como aromaterapia para su libido ya desbocada.

Se detuvo en el viejo almacén que la manada de su hermano usaba como punto de encuentro.

No había otros coches, pero eso no significaba nada.

Mark Ruhl le había explicado por teléfono cómo desarmar los explosivos, pero había quedado en reunirse con él allí para entregarle el portátil, que analizaría y usaría para detectar cuándo se enviaba la señal de detonación.

Desde el motel había llamado a Stanley para pedirle que también acudiera.

Necesitaría que alguien lo llevara de vuelta a Stone Tech a recoger su coche y el portátil, y necesitaba a alguien que vigilara a Ashley mientras tanto.

No sería seguro llevarla de vuelta a la escena.

Entró con cautela, olfateando el aire. Vacío. Le quitó la venda improvisada con la funda de almohada una vez dentro. Señalando un viejo sofá contra la pared, dijo:

—Siéntate.

Ella lo fulminó con la mirada, pero obedeció.

—Pequeña —dijo él—, tienes que dejar de mirarme así, o te volveré a poner sobre mis rodillas para recordarte quién manda aquí.

Ella se tambaleó, y él habría jurado que la mirada que le lanzó era de puro deseo, pero apartó la vista rápidamente.

—Así está mejor —dijo él, con la voz más ronca de lo habitual.

Levantó la cabeza al captar un sonido en la puerta trasera.

Se abrió de golpe y entraron Stanley y otros tres machos, desnudos.

Los cambiantes no se avergonzaban de la desnudez, pero por primera vez se sintió molesto; no le gustaba cómo Ashley los miraba.

Ellos cogieron ropa de sus taquillas y se acercaron a grandes zancadas, observándola.

De pronto fue muy consciente de lo fuera de lugar que ella parecía, todavía con su estrecha falda de trabajo y los tacones, la blusa manchada de sangre y abierta porque él le había arrancado todos los botones al rasgársela para comprobar si estaba herida.

¿Por qué demonios no le había puesto su camisa antes?

—Hola, Stanley —dijo—. Hola, chicos.

—¿Quién es ella?

—No necesitáis saberlo —respondió. A Ashley le dijo—: Baja la mirada.

Ella obedeció, aunque él podía ver que estaba alerta y atenta.

—Has traído a una humana a nuestro escondite —dijo Stanley, señalando lo evidente, con los ojos entornados.

—Iba con los ojos vendados.

—Sabe lo que somos.

Se cruzó de brazos.

—Yo me encargaré de ella.

—¿Cómo?

La norma era matar a los extraños que lo descubrían. Se le erizó el vello.

—Es mi problema y yo me ocuparé.

Stanley enarcó las cejas y miró a Ashley con recelo.

—Esa tiene pinta de dar problemas.