EXTRACTO EXTENDIDO DE EL HAMBRE DEL ALFA #2
Rebuscó en la bolsa de lona, sacó el cinturón y se colocó detrás de ella. Le bajó la cremallera de la falda y la dejó caer al suelo.
—¿Qu-qué estás haciendo? —preguntó, apartándose de él todo lo que sus muñecas atadas le permitían.
—Dejando el objetivo al descubierto.
Ella gimió. Se retorcía y giraba, mirando las cuerdas que le ataban las manos.
Él ignoró sus aspavientos y le bajó las bragas justo por debajo de las nalgas. Se apartó para admirar la vista. No le sorprendió que su trasero fuera tan perfecto como lo había imaginado. Cogió el cinturón y se enrolló el extremo de la hebilla en el puño.
A ella se le desorbitaron los ojos. Él la agarró por las caderas y la giró para que le diera la espalda.
—Te sugiero que te estés quieta —advirtió, justo antes de descargar el cinturón sobre sus nalgas con un golpe suave para afinar la puntería.
Ella chilló y se apartó de un salto; los pies se le levantaron del suelo y pataleó en el aire.
Su intención había sido intimidarla, y parecía estar funcionando, porque sabía que aquello no le había dolido de verdad.
Le agarró las muñecas y las inmovilizó contra la puerta para mantenerla quieta.
Golpeó de nuevo, solo un poco más fuerte.
Ella saltó como si le hubiera dado una descarga eléctrica; los pies le bailaron hacia un lado.
—¿Quién te contrató para matarme? —exigió.
De su boca salieron ruidos, pero eran balbuceos incoherentes.
La azotó de nuevo.
—Te he hecho una pregunta —gruñó—. ¿Quién te contrató para matarme?
Una sarta de sílabas sin sentido brotó de ella, una tras otra.
Lo consideró. La quería asustada, pero si estaba demasiado aterrorizada para hablar, no le serviría de nada. La rodeó y sacó la navaja. Los ojos de ella se pusieron en blanco cuando levantó la hoja. Le cortó las ataduras justo cuando los párpados le aletearon y se desmayó.
Maldición.
La atrapó cuando caía inerte y la llevó a la cama, donde se sentó con ella acunada en los brazos.
A los pocos segundos abrió los ojos y parpadeó, mirándolo a la cara.
Él le apartó el pelo de los grandes ojos azules y se miraron. La apoyó sobre su rodilla y dijo:
—Bien, vamos a intentarlo de nuevo. Necesito respuestas y vas a dármelas.
Ella empezó a forcejear de inmediato, retorciéndose entre sus brazos como si quisiera tirarse de su regazo.
Él lo aprovechó y la tumbó boca abajo sobre sus rodillas.
Las bragas seguían enredadas en los muslos.
La mano de él cayó sobre el trasero desnudo con un golpe satisfactorio.
Tenía un trasero perfecto para los azotes: nalgas redondas y firmes que daban paso a unos muslos torneados.
Golpeó un lado, luego el otro, una y otra vez.
Solo había querido hacerla hablar sin hacerle daño de verdad, pero mientras la azotaba, la ira por la traición se fue desvaneciendo y dio paso a la compasión mientras ella pataleaba y se retorcía y su hermoso trasero pasaba del rosa al rojo.
La sujetó con firmeza contra su cuerpo y tuvo cuidado de no golpear demasiado fuerte.
Los cambiantes tenían fuerza sobrehumana, y la idea de magullar o hacer daño de verdad a su pequeña asistente no le sentaba bien. Aunque hubiera intentado matarlo.
—¿Cuánto te pagaron por matarme?
—Yo no...
Le dio un azote en el muslo, lo que la hizo gritar y patalear.
—¿Cuánto?
—Ay... ah... No intentaba matarte. Solo tenía que llevarme tu portátil —jadeó atropelladamente.
—Y dejar el que tenía los explosivos.
Se quedó quieta un momento y levantó la cabeza.
El corazón le dio un vuelco. Ella no sabía nada de la bomba. La satisfacción le calentó la sangre. Apoyó la mano en las nalgas ardientes de ella.
—¿Quién te dio el portátil?
—No lo sé.
Reanudó los azotes.
—¿Quién te contrató?
—Nadie me contrató.
Le dio más fuerte.
—¡Espera! —gritó ella—. Es verdad, nadie me contrató. ¡Secuestraron a mi hermana!
Se quedó inmóvil, con la mano en el aire.
—Dijeron que la traerían esta noche, pero no estaba allí.
La voz de Ashley sonaba estrangulada.
De repente, Ashley se vio alzada y sentada sobre la rodilla de Ben, con los ojos verdes de él taladrándola.
—Es verdad —susurró, al ver que él buscaba algo en su rostro.
—Deberías haber acudido a mí —dijo él con voz dura como el acero.
El trasero le palpitaba; la tela áspera de los vaqueros de él le rozaba la piel desnuda. Tragó saliva.
—Dijeron que la matarían —graznó.
Él apretó los labios. La intensidad con la que la miraba tenía algo animal, como si él fuera un cazador y ella su presa.
El recuerdo del enorme lobo que había saltado sobre su coche le cruzó la mente como un relámpago.
—¿Qué eres? —susurró.
Se puso de pie bruscamente y la empujó para que se levantara.
—Ve a ponerte de cara a la esquina con las bragas bajadas —dijo, señalando el rincón donde se unían dos paredes. Su expresión era peligrosa.
Ni siquiera pensó en desobedecer; la tenía tan intimidada que se habría arrodillado y le habría lamido el zapato si se lo hubiera ordenado.
Cruzó la habitación arrastrando los pies y se puso de cara al rincón, intensamente consciente de que tenía el trasero desnudo a la vista. Se preguntó cuánto de rojo lo tendría. Las nalgas le ardían y le picaban, y por alguna extraña razón, el sexo le palpitaba al ritmo del escozor.
—Voy a salir. No te muevas ni un centímetro de esa esquina. Si lo haces, te azotaré de nuevo, y esta vez será con el cinturón.
Se estremeció, pero la necesidad la hizo atreverse a preguntar:
—¿Y si tengo que hacer pis?
Echó un vistazo por encima del hombro.
Él entrecerró los ojos.
—¿Tienes?
—Sí.
—Pues ve ahora —dijo.
Caminó hacia el baño. Con las manos atadas, agarró un lado de las bragas e intentó subírselas.
—Déjalas —ladró.
Miró hacia atrás y lo vio siguiéndola hacia el baño.
—¿Qué haces?
—Vigilarte.
Se apoyó en el marco de la puerta del baño y cruzó los brazos sobre el pecho.
Se obligó a dejar de sonrojarse mientras se sentaba en el inodoro y clavaba la mirada en un punto del suelo. Cuando terminó, forcejeó con el papel higiénico; la cinta adhesiva le dificultaba limpiarse.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó él.
¿Era eso el destello de una sonrisa burlona en sus labios? Lo fulminó con la mirada.
—No.
Empezó a subirse las bragas, pero se detuvo, segura de que volvería a ladrarle.
—Así es —dijo, y le hizo un gesto para que avanzara—. Las bragas se quedan abajo hasta que yo las suba.
Bufó e intentó caminar sin arrastrar los pies de vuelta al rincón.
—Quieta.
«Guau». No lo dijo en voz alta.
Su jefe era un hombre lobo. Una enorme bestia negra y aterradora a la que alguien había intentado matar usándola a ella. ¿Por qué? ¿Y qué haría con ella ahora?
Se quedó sin respiración mientras él se iba.
El trasero le ardía y la posición humillante la enfurecía, pero era muy consciente de que no le había hecho daño.
Bueno, aparte del trasero. Teniendo en cuenta que acababa de verlo intentar arrancar gargantas con enormes colmillos afilados, eso decía mucho.
Le vino a la mente el recuerdo de él de pie sin camisa sobre ella, rasgándole la blusa y examinándola con preocupación. Aunque pensaba que ella había intentado matarlo, le había buscado heridas. La había rescatado de aquellos hombres que querían llevársela.
La puerta del motel se abrió y se cerró, y Ashley sintió la presencia de él a su espalda.
Los pulgares de él se engancharon bajo el elástico de las bragas y le enviaron una descarga eléctrica allí donde le tocaron la piel.
A pesar de todo —a pesar del terror de que fuera a matarla, a pesar de la buena tunda de azotes que le había dado, a pesar de la humillación a la que acababa de someterla—, el cuerpo le vibraba solo por estar cerca de él.
Le subió las bragas lentamente, un acto que parecía más íntimo incluso que si acabaran de tener sexo. El sexo se le contrajo.
—Buena chica —murmuró con el aliento caliente en el oído de ella. Los pezones se le endurecieron. Escalofríos de excitación eléctrica le recorrieron el cuerpo, pero, demasiado pronto, él retrocedió—. Ponte la falda, nos vamos.
—¿Adónde vamos? —preguntó con las rodillas flojas mientras intentaba ponerse la falda sin caerse.
—No estás en posición de hacer preguntas —dijo, y le dio otro azote en el trasero cubierto por las bragas.
—¿Soy tu prisionera?
Quitó la funda de una de las almohadas y con ella cubrió las muñecas atadas de Ashley mientras la guiaba hacia la puerta.
—Sí. Eres mi prisionera.
Su voz era profunda y ronca, y parecía penetrar en su cuerpo, enviando escalofríos desde lo más hondo de su ser hasta las piernas.
La llevó hasta su coche y abrió la puerta trasera.
—Sube.
Ella se deslizó en el asiento trasero. Él la empujó de inmediato para que se tumbara y le sujetó las muñecas con cinta a la base del asiento delantero, impidiéndole incorporarse. Se inclinó sobre ella con la funda abierta y ella comprendió su intención.
—Espera, no —chilló cuando la funda descendió sobre su cabeza.
La puerta del coche se cerró de golpe.
—¡Señor Stone! —gritó—. ¡Ben! Por favor. Por favor, quítamela.
Forcejeó para quitársela, frotando la cabeza contra el asiento.
El coche arrancó.
—Por favor. Por favor —suplicó.
—Cálmate, Ashley. No puedo dejar que veas adónde te llevo.
El coche se puso en marcha.
—¡Quítame esto! ¡Quítame esta maldita cosa...!
Se retorció, tirando de las muñecas para liberarse.
—Oh, Dios —gimió al ver que él no iba a quitársela y que ella no podía hacerlo sola—. Oh, Dios.
El pánico se apoderó de ella. No podía respirar. Gritó una y otra vez, tomando breves bocanadas de aire entre chillidos. Sus pies pateaban la puerta; sus muñecas atadas se agitaban tanto que se golpeó en la cara.
El coche viró bruscamente y frenó en seco.
Oh, mierda, lo había cabreado. Iba a meterla en el maletero. Intentó dejar de gritar, pero no podía controlarse.