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—Ya puedes levantarte —dijo, moviendo el objeto en su interior.
Le giró las caderas y usó aquel intruso para guiarla hacia delante hasta el brazo del sofá—.
Inclínate —ordenó, presionándole el torso hacia abajo—.
Esto es jengibre. Vas a mantenerlo dentro durante el resto de la azotaina.
Me aseguraré de que tu trasero arda por fuera y por dentro.
Intentó incorporarse, girando el cuello para mirar, pero Ben la empujó de nuevo hacia abajo y la mantuvo en su sitio.
—Si eres buena, terminaré esta azotaina con la mano —dijo—. Eso significa que no intentes cubrirte ni patalear. Si te portas mal, me quitaré el cinturón y te azotaré hasta que grites. ¿Entendido?
El corazón le retumbaba en el pecho. —Sí, señor —susurró, mientras el coño se le contraía a pesar del miedo.
Le enredó el puño en el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. —Te gusta que te castigue —le gruñó al oído, probablemente percibiendo el olor de su excitación.
Se le endurecieron los pezones. La ronquera de su voz delataba el deseo que sentía por ella. Su lobo había regresado de aquel lugar frío al que se había retirado.
—No me gusta —dijo, lo cual era una verdad a medias.
Él volvió a tirarle del pelo. —Sí te gusta.
—No me gusta decepcionarte. —Eso sí era del todo cierto.
Le mordió suavemente el hombro y la soltó: un mordisquito cariñoso.
Entonces notó el ardor del jengibre y gimió. —Arde.
Le soltó el pelo y la empujó de nuevo hacia abajo. —Tiene que arder. Te estoy dando una lección, niña. ¿Me mientes?
—No, señor —dijo, tragando saliva mientras él volvía a azotarla con la misma fuerza que antes. Esta vez el trasero ya lo tenía dolorido y ahora el ano también le ardía. Se contrajo alrededor del jengibre, lo que solo empeoró las cosas.
Ben azotó y azotó, despiadado en su castigo, mientras ella yacía indefensa y despatarrada sobre el brazo del sofá con un trozo de jengibre en el trasero.
Todo el cuerpo se le calentó desde la raíz y empezó a sudar.
El coño se le hinchó entre las piernas, ardiendo junto con toda la pelvis, y la excitación le goteaba por los muslos.
—Oh, arde... arde —gimió. Cada vez que se movía o apretaba, provocaba una nueva oleada de dolor del jengibre.
Eso, combinado con el dolor de aquella azotaina aparentemente interminable, parecía más de lo que podía soportar—.
Ben —gimió—. Lo siento. Lo siento mucho.
Seré buena —suplicó—. No volveré a mentir nunca.
Por favor, no me pegues más, por favor.. .
—Shh. —La azotaina cesó. Ben deslizó un dedo entre sus piernas, sobre su sexo reluciente.
—Por favor, sácalo —suplicó.
—No —dijo él—. Voy a follarte con él dentro.
El coño se le contrajo, ansioso por lo que él quisiera hacerle.
El dedo de él había encontrado su clítoris y rodeaba aquel botón sensible.
Oyó la cremallera y separó las piernas, arqueando la espalda.
Empujó el jengibre más adentro, provocando una nueva punzada de ardor tortuoso, y le dio varias palmadas más en el trasero. —No puedes correrte —dijo mientras la abría con su gruesa polla.
—¿Qué? —preguntó, confundida.
—Me has oído, niña. Te portaste mal y ahora estás recibiendo tu castigo. No creo que merezcas correrte esta noche.
No podía creerlo. No correrse sería imposible. Casi se había corrido solo con oírle decir que iba a follarla. Y sin embargo, desobedecerlo precisamente esa noche parecía impensable.
—Ben —gimió—. Por favor... necesito correrme.
Deslizó la polla entrando y saliendo de ella, empujando el jengibre más adentro con cada embestida. El ardor era insoportable y la necesidad tan grande que pensó que iba a explotar.
—No.
Le agarró la cintura y aceleró el ritmo, embistiendo con más fuerza.
Ella se rindió, entregándose a él, intentando olvidar el dolor y aquella desesperación cada vez mayor por correrse.
Ben se hundió profundamente dentro de Ashley mientras se derramaba en ella.
La rodeó con los brazos desde atrás, le levantó el torso y le acarició el cuello con la nariz.
Había sido un tonto. Ashley había tenido razón, como siempre.
Una azotaina sí lo arreglaba todo. O al menos los había vuelto a unir para enfrentar juntos sus desafíos como pareja, en lugar de ser dos islas a la deriva.
Le ahuecó los pechos con las manos y le pasó los pulgares por los pezones.
Ella gimió lasciva.
Salió de ella y le extrajo el trozo de jengibre del trasero.
—No te vistas —le murmuró al oído—. Quiero que me sirvas la cena tal como estás.
Ella se giró entre sus brazos, apoyó las manos en el pecho de él y lo miró con timidez.
Él se inclinó para besarla y reclamó su boca con gran autoridad. Deslizó la lengua entre sus labios, mostrándole con acciones lo que le costaba expresar con palabras.
Cuando se separaron, vio el alivio en sus ojos. Ella comprendió que había sido perdonada y que todo estaba bien entre ellos. Él retrocedió para dejarla pasar.
—Adelante —dijo, y le dio una palmada en el trasero enrojecido mientras ella se giraba hacia la cocina.
Subió la temperatura del termostato para que no pasara frío mientras se paseaba desnuda por la cocina, y se acomodó en una silla a observarla. Su polla ya había olvidado el reciente desahogo.
Las manos de Ashley se deslizaron sobre sus nalgas hinchadas; las frotaba en círculos para aliviar el escozor.
Esperaba no haberla azotado con la fuerza suficiente como para dejarle marcas.
Por muy reacio que hubiera estado al principio, una vez que comenzó a azotarla, sus emociones se despejaron.
La disposición de ella a aceptar su descontento de esa forma disipó toda su frustración y lo dejó admirando su hermosa sumisión.
Ahora, mientras servía las ensaladas en los platos y sacaba los filetes y la quinoa del horno, sus ojos brillaban con deseo contenido y el rostro seguía sonrojado. Le lanzaba miradas furtivas bajo las pestañas, y cada vez una nueva oleada de lujuria lo atravesaba.
—Está listo —murmuró, y se giró para mirarlo.
Él le dedicó una sonrisa perezosa, se levantó de la silla con parsimonia y caminó hacia la mesa.
—Gracias, mi amor.
Ella colocó los platos en sus respectivos lugares, pero antes de que pudiera sentarse, él la agarró por la cintura y la atrajo hasta sentarla en su regazo. Ella se estremeció un poco cuando el trasero irritado entró en contacto con los pantalones de él, pero enseguida se acurrucó.
—Esta noche comes aquí.
—De acuerdo —dijo ella, con tono complacido.
Él tomó el cuchillo y le cortó un trozo de filete, que se había resecado un poco al recalentarlo.
—Lo siento —dijo ella—. Ayer estaba mejor.
Él lo pinchó con el tenedor y lo llevó a los labios carnosos de ella.
—Está bien —le aseguró—. Fue culpa mía, así que no te disculpes.
Ella masticó mientras el cabello le caía hacia delante y le cubría parte del rostro.
Él se lo apartó y la observó comer.
—Quiero tener tus hijos —dijo ella tras tragar.
Él reprimió una sonrisa.
—Qué lástima. Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste.
Los ojos azul océano de ella estudiaron el rostro de él.
—Tiré las pastillas.