El castigo del alfa (Alfas dominantes nº 2) 2 #4
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Él se puso serio y sintió de nuevo esa pesadez en el pecho por un conflicto que nunca debería haber existido.

—Ash... cariño. No te estoy pidiendo que tengas mis cachorros. Pensé que los querías ahora y me dejé llevar. Me excitaba pensar en dejarte embarazada. Pero puedo esperar; nunca quise presionarte.

—Lo sé —dijo ella, y le tocó los labios con la yema del índice—. Pero me di cuenta de que tú... de que nuestra familia es más importante que mi carrera.

Él le tomó los dedos y se los besó.

—Vas a volver a tomar la pastilla —dijo con voz firme para que ella supiera que su decisión era definitiva—. Lo reevaluaremos en un año. ¿Entendido?

A ella se le humedecieron los ojos y asintió.

—Sí, señor.

—Buena chica.

Él le metió otro bocado de filete en la boca.

Siguió alimentándola mientras le acariciaba la piel suave y disfrutaba de la vista de aquellos pechos perfectos que rebotaban cerca de su rostro.

Cuando terminaron, la ayudó a limpiar la cocina, luego la levantó en brazos y la llevó a la cama, donde la recostó boca abajo. El trasero de ella aún estaba rojo; el coño aún le brillaba húmedo entre los muslos. Le acarició el trasero y le apretó las nalgas doloridas.

—Mmm —lo alentó ella.

Él se subió encima de ella y empezó a desabotonarse la camisa.

—El problema con las chicas traviesas como tú es que disfrutan demasiado de las azotainas —dijo. Le agarró el pelo con el puño y le tiró de la cabeza hacia un lado para morderle el hombro—. Tengo que ser muy firme para que te quede claro. ¿No es así?

Ella gimió, probablemente sin saber cómo responder a semejante pregunta.

Él se quitó la camisa y la camiseta, luego se desabrochó los pantalones y se los quitó.

—Ahora puedes complacerme —dijo, y se acomodó a su lado boca arriba.

Ella se puso a cuatro patas y gateó sobre él con una avidez que le puso la polla completamente erecta antes siquiera de que llegara. Se lamió los labios mientras le alcanzaba el miembro, luego inclinó la cabeza y le pasó la lengua por la parte inferior del glande.

Él se estremeció de placer y empujó las caderas hacia arriba, pidiendo más.

Ella le dedicó una sonrisa de gato de Cheshire, bajó los párpados con aire seductor y abrió la boca para engullir la cabeza de la polla.

Él extendió la mano y le hundió los dedos en el cabello grueso y brillante mientras ella subía y bajaba la cabeza sobre su miembro. Ella chupó con fuerza, moviendo la lengua en círculos que lo marearon de deseo.

—Trae ese culo aquí —dijo con la voz ronca.

Ella se giró de lado y le ofreció el trasero castigado mientras seguía provocándole la polla con la lengua de forma experta.

Le descargó un azote en el trasero que la hizo impulsarse hacia delante y tragarse la polla hasta el fondo.

—Te diré algo, niñita. Me la estás chupando tan bien que puede que te deje correrte. Pero no voy a tocar ese coñito tan bonito. Lo único que voy a hacer es azotarte ese culito sonrosado. ¿Crees que puedes correrte solo con una azotaina?

Ella emitió un sonido con su polla en la boca, y la vibración le envió una descarga de placer hasta la punta de los pies.

Él le dio otra palmada.

—¿Eso fue un sí?

Ella se lo sacó de la boca.

—Sí, señor.

Otra palmada, más fuerte esta vez.

—¿Te dije que podías parar lo que estabas haciendo?

—No, señor —dijo ella, y volvió a lo suyo.

La azotaba despacio, con deliberación. Ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Dirigía los golpes al centro de sus nalgas, justo encima de su sexo.

A juzgar por el entusiasmo con que ella se entregaba a su miembro palpitante, supo que estaba cerca. Dejó caer la mano una y otra vez mientras ella subía y bajaba frenéticamente sobre él, gimiendo y chupando. Verla deshacerse fue su perdición. Los testículos se le contrajeron.

—Me voy a correr —le advirtió, pero ella no se detuvo.

Él continuó azotándola, más rápido ahora, preguntándose si ella sería capaz de lograrlo.

Ella meneó las caderas, moviéndolas en círculos, suplicando que la follara, pero él se resistió a tocarla salvo para azotarla.

Se corrió y ella se detuvo un momento para recibir su semilla en la boca, con la mano envuelta firmemente alrededor de la base de su polla.

Ella se incorporó y tragó, lanzándole a Ben esa mirada salvaje suya.

Él se incorporó y la atrajo sobre su regazo para reanudar los azotes.

Ella separó las piernas e inclinó el trasero hacia arriba, levantándolo para encontrarse con su mano. Con los dedos crispados en la colcha, se arqueó y enseñó los dientes como una pequeña gata salvaje.

—Solo las niñas más traviesas pueden correrse únicamente con que les azoten el trasero dolorido y enrojecido.

Ella gritó, apretó las piernas y frotó las caderas sobre su regazo, con el trasero tenso y los dedos de los pies en punta.

Él se rio entre dientes mientras le apretaba las nalgas tensas y se las sacudía.

—Esa es mi chica —murmuró—. Sabía que podías hacerlo.

Ella levantó la cabeza de entre los brazos, con aspecto agotado.

—¿Esto cuenta como uno de mis azotes?

Él echó la cabeza hacia atrás y se rio.

—Sí. Pero no te imagines que todos serán tan placenteros.