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Peor aún, no podía dejar de pensar en el miedo que Ashley le tenía.
Quizás aparearse con una humana no podía funcionar.
La diferencia en sus capacidades físicas siempre los separaría.
Los cambiantes tienen un orden de manada.
La dominancia se establece y se mantiene mediante expresiones físicas.
Los machos resuelven los problemas con otros machos peleando.
Con una hembra, los resuelven azotándola.
A Ashley no le había importado; diablos, le encantaba cuando él ejercía su autoridad, pero aun así, debía preocuparle que perdiera el control como cuando la marcó, haciéndole daño de verdad.
No supo de ella hasta la hora del almuerzo, cuando llamó a la puerta y entró. Normalmente, su sonrisa y su presencia le iluminaban el día. Hoy parecía apagada, casi tímida, lo cual no encajaba con su personalidad extrovertida. Odiaba verla así.
—¿Quieres ir a comer? O... ¿quieres que te traiga algo?
No quería ir a comer con ella. Solo verla le dolía.
—Tráeme un sándwich —dijo, sin pretender sonar tan brusco.
Ella bajó la cabeza, asintió y salió sin decir palabra.
Maldita sea. ¿Por qué tenía tanto talento para empeorar las cosas?
Ella le trajo el sándwich y él comió solo en su escritorio. Se sumergió en informes financieros el resto del día, sin salir a la superficie hasta las seis en punto, cuando cerró la oficina y encontró a Ashley desplomada en su silla, con la mirada fija en la pantalla del ordenador.
—¿Lista? —preguntó.
Ella parecía decepcionada, como si hubiera esperado que dijera algo más. Pero ¿qué había que decir?
Caminaron en silencio hasta el ascensor. Una vez dentro, él le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, y ella se derritió contra él. Él se inclinó para besarle la coronilla.
Ella alzó la mirada.
—¿Estamos bien?
—Sí —dijo él, pero ambos sabían que era mentira.
En casa, ella fue a la cocina y empezó a recalentar la cena que había preparado la noche anterior. Él se quitó la chaqueta y la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa. Desde la cocina le llegó el olor del bistec, pero también el aroma salado de las lágrimas de Ashley.
Nada somete más a un cambiante que el aroma de la angustia de su compañera. Maldita sea. Fue a la cocina y encontró a Ashley frente a los fogones, con los hombros encorvados y lágrimas corriéndole por el rostro.
—Eh —dijo con suavidad, haciéndola volverse—. Basta.
Le secó las lágrimas del rostro.
—Eso no ayuda nada.
—¿Y qué ayudará? —preguntó ella con voz desesperada—. Porque no soporto esta situación de vivir como extraños. ¿Por qué no me gritas? ¿O me castigas? ¿No eres el alfa aquí?
Le dio un empujón inútil, con el rostro crispado de furia.
—Basta —dijo, con un duro filo de autoridad en la voz.
—¿Ah, sí? —Le golpeó el pecho con la palma de la mano.
Aun sabiendo que ella pretendía provocarlo, respondió por instinto, como hace cualquier lobo dominante cuando lo desafían: le atrapó la muñeca y la hizo girar para inmovilizársela a la espalda. Le dio el primer azote antes de poder pensarlo.
Se detuvo e inspiró hondo. No quería esto.
Si ella le temía, azotarla no ayudaría. Pero prácticamente se lo había suplicado.
Quizá lo necesitaba para aliviar su culpa.
Desde luego, ahora no se resistía; permanecía perfectamente quieta, con la cabeza inclinada hacia delante y su espeso cabello cubriéndole el rostro como una cortina.
La soltó y la giró hacia la sala de estar.
—Quítate la ropa y arrodíllate en aquella esquina —dijo, señalando la que estaba junto al sofá.
Ella obedeció de inmediato, sin mirarlo a los ojos, con la cabeza aún inclinada en gesto sumiso.
Él se quedó donde estaba, dividido. Era demasiado tarde para cambiar de opinión, por supuesto. Pero ¿y si castigarla solo empeoraba las cosas entre ellos? Apagó el horno y dejó los filetes dentro para que se mantuvieran calientes.
Cuando se volvió, Ashley ya había adoptado la posición.
Se le cortó el aliento ante la visión: su largo cabello castaño rojizo cayéndole por la espalda, la curva de sus caderas y, por supuesto, su trasero perfecto, apoyado sobre los talones.
Su polla olvidó toda reticencia a castigarla y presionó ansiosa contra los pantalones.
Se acercó al sofá y se sentó.
—Ven, Ashley.
—Guau —dijo ella, apenas más alto que un susurro, y le arrancó una media sonrisa. Era su broma desde el día en que la entrevistó y le dijo que se sentara. Él no se había reído entonces, pero ella había persistido, igual que había perseverado a pesar de que él rechazara una y otra vez su afecto.
Ella se acercó y se plantó frente a él, con la barbilla baja y las manos entrelazadas a la espalda.
—¿Por qué te estoy castigando?
—Por... —Se aclaró la garganta—. Por mentir.
Él esperó.
—...señor —añadió.
Él no dijo nada, con el rostro inexpresivo.
Ella se mordió el labio.
—Debería haber sabido que escucharías mis sentimientos y los tendrías en cuenta. Siempre lo has hecho.
Sus palabras lo aliviaron.
—¿Ben?
Él enarcó una ceja, expectante.
—¿Me obligarías a quedarme en casa con los niños?
La agarró por la cintura y tiró de ella para sentarla en su regazo.
—¿Obligarte? —preguntó—. ¿Así es como crees que funcionan las cosas aquí?
Ella se retorció las manos.
Le tomó la barbilla y le levantó el rostro hacia el suyo.
—No lo sé. Es solo que... tu cuñada...
—Eso es lo que Shayla quería. Nunca le interesó meterse en la empresa de Leon; por eso me la dejó a mí. Ella quería que la mantuvieran bien para poder dedicarse a sus hijos.
Estudió los ojos azules de Ashley.
—¿Pensaste que era cosa de cambiantes? ¿De eso va todo esto?
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, es parte de mi miedo. Pero también es que no estoy lista, sin más.
Él asintió lentamente.
—Mira, sé que he sido un imbécil. Dirigí Stone Tech como un dictador, y era a mi manera o nada. Pero contigo... —Se interrumpió; se le cerró la garganta por la emoción—. Esperabas más de mí, creías que tenía corazón. Contigo, pensé que había cambiado.
A Ashley le tembló el labio.
—No me conviertas en ese tipo otra vez. ¿De verdad crees que te obligaría a hacer algo que te hiciera infeliz?
Una lágrima le rodó por la mejilla y él se la secó con el pulgar.
—No. Lo siento —susurró ella—. Lo siento mucho.
Ben la levantó de su regazo y la giró diestramente boca abajo sobre él, con el trasero desnudo en el ángulo perfecto para el castigo.
Se le puso la piel de gallina. Ella agarró uno de los cojines decorativos y lo rodeó con los brazos.
Los primeros azotes fueron los que más dolieron; el impacto fue mucho mayor de lo que esperaba.
Se dio cuenta de cuánto se contenía cuando la azotaba por diversión, porque ahora cada golpe de su mano conectaba con fuerza suficiente para dejarla sin aliento.
Pretendía quedarse quieta, pero se encontró retorciéndose y sacudiéndose, intentando escabullirse de su regazo.
Él le rodeó la cintura con el brazo y la sujetó contra sí.
—Nada de patadas o me quito el cinturón —advirtió.
Ella cruzó los tobillos y los apretó para evitar patear.
La advertencia en realidad fue un alivio: significaba que no había planeado usar el cinturón después.
No es que importara en ese momento; su mano estaba haciendo suficiente daño.
Caía rápida y contundente, primero en una nalga, luego en la otra, luego justo en el centro.
Apretó los labios para no gritar mientras él la azotaba una y otra vez. Hundió la cabeza en los cojines del sofá y mordió la tela.
—Ay... por favor —se oyó suplicar, a pesar de haberse propuesto aguantarlo como una buena chica.
Los azotes firmes siguieron cayendo, y el ardor de los anteriores lo hacía todo peor.
—Ben... ¡oh! Por favor —gimió. Las nalgas le palpitaban mientras él seguía azotándola sin cesar.
Se detuvo y posó la mano sobre su carne ardiente.
—¿Cuántos meses me dejaste creer que estábamos intentando concebir un hijo, Ashley?
Ella se encogió; la vergüenza le dolía más que los azotes.
—Cinco meses —murmuró contra el sofá.
—¿Cuántos? —preguntó bruscamente.
Ella giró la cabeza para hablar.
—Cinco, señor.
Volvió a azotarla, tan fuerte y rápido como antes.
Ella gimió y se retorció, y llevó la mano hacia atrás para intentar frotarse.
Le agarró la muñeca y se la retorció detrás de la espalda. —Sabes muy bien que eso no se hace, niña —dijo con su tono más severo y desaprobador.
Encogió el cuerpo ante los azotes lacerantes. —Lo sien-to —gimió.
Por suerte, él se detuvo de nuevo. —Cinco meses de engaño merecen cinco azotainas, ¿no te parece?
—¿Esta noche? —preguntó, aterrada de pronto.
Él se rio entre dientes. —Esta noche no.
—¿Cuándo?
—Cuando yo lo decida.
La puso de pie y ella se llevó las manos al trasero en llamas. —Esta azotaina no ha terminado —advirtió él—. Ve al rincón mientras busco algo en la cocina.
Caminó hacia el rincón, frotándose para aliviar el escozor.
—Nada de frotarse —le ordenó Ben desde la cocina—. Entrelaza los dedos sobre la cabeza.
Suspiró y obedeció, sintiéndose como una niña muy traviesa que ya había recibido un buen escarmiento. ¿Qué más pensaba hacerle?
Lo oyó rebuscar en la cocina y luego regresar a la sala. Los pasos de él sonaron a su espalda.
—Inclínate y agárrate los tobillos —dijo, tirándole de las caderas hacia atrás para dejarle espacio.
Tragó saliva, con la boca seca.
Esperó a que obedeciera, observándola doblarse lentamente por la cintura y estirar las manos hacia el suelo.
La tensión en las nalgas solo intensificó el palpitar.
Presionó algo resbaladizo y frío contra su ano y ella dio un respingo, intentando cerrar las nalgas.
Pero la posición la mantenía abierta ante él, y empujó con más insistencia hasta que se relajó y lo dejó entrar.