El castigo del alfa (Alfas dominantes nº 2) 2
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Ben no podía creerlo. Echó a correr hacia las estribaciones, con la mente y el cuerpo entumecidos. Habían alquilado a propósito una casa cerca del bosque para que pudiera vagar a voluntad en forma de lobo, y ahora subía por la empinada ladera de una montaña, con ganas de correr para siempre.

Ashley le había mentido. Había traicionado su confianza. Pero aún peor, lo había hecho porque tenía miedo de decirle la verdad. Ese hecho le había golpeado como un puñetazo en el estómago. ¿Qué clase de compañero era si su hembra ni siquiera podía hablar con él de lo que le importaba?

Porque nunca había visto ni una pizca de cobardía en Ashley.

Incluso como humana, tenía hembra alfa escrito por todas partes: segura de sí misma, lista como ella sola y un genio en lo social.

Podía tener a cualquiera comiendo de su mano.

Se había atrevido a bromear con él en la entrevista, aunque estaba nerviosa.

Y había seguido abriéndole su corazón, cuando él la rechazaba una y otra vez.

Así que saber que le temía significaba que no le había perdonado ni olvidado cómo la había marcado. Significaba que no había confianza alguna entre ellos.

Imágenes de su madre, encogida ante la ira de su padre, le pasaron por la mente.

Corrió más rápido por el terreno rocoso, con el frío viento de febrero atravesándole el pelaje.

Siempre había temido convertirse en su padre.

Por eso no había querido liderar la manada de su hermano ni había buscado compañera.

Pero del linaje no se escapa, al parecer.

La relación amorosa y de confianza que su hermano tenía tan fácilmente con su esposa, y que él había pensado tontamente que podría encontrar con Ashley, no era para lobos como él.

El día gris se volvía más frío a medida que subía.

El tiempo y la distancia dejaron de importar, y alcanzó el límite arbóreo, donde la nieve aún cubría el suelo. Empezó a caer nieve fresca.

Se detuvo y giró en círculo para olfatear el aire. Olió alces, pero no estaba de humor para cazar. Se sentó, levantó el hocico hacia el cielo y aulló: un aullido largo y lastimero.

Solo un cepillo de dientes sacaría la suciedad de las juntas de la ducha.

Ashley se arremangó y volvió a ponerse a cuatro patas en la bañera vacía, fregando las baldosas.

Había atacado la casa, limpiándola de arriba abajo, como si eso pudiera de algún modo arreglar las cosas con Ben.

Ya eran casi las seis y él no había vuelto.

El estómago se le había cerrado como un puño.

Cuando terminó de limpiar, hizo tres filetes a la plancha, una ensalada griega y quinoa con hierbas.

Aun así, él no volvió a casa. El reloj marcaba las ocho y media. Había caído la noche y habían empezado a caer copos de nieve. Seguramente el frío no le molestaba. Pero entonces, ¿era señal de lo enfadado que estaba el que no volviera, a pesar de la oscuridad y el frío?

Incapaz de comer, sirvió la comida en platos, los cubrió con film transparente y los metió en la nevera.

La casa ya no se sentía como suya. Caminaba de puntillas, como si no perteneciera allí, y cada crujido del suelo de madera la hacía saltar.

Se envolvió en una manta, se sentó y encendió la televisión, pasando de un canal a otro.

Encontró una película antigua de Clint Eastwood y la vio hasta que los párpados empezaron a cerrársele.

Quizá debería irse a la cama. ¿Pero volvería pronto? ¿O se había ido a otro sitio a pasar la noche? ¿Era este el final para ellos? Las lágrimas le escocieron en los ojos, pero parpadeó para contenerlas y se dirigió al dormitorio a intentar dormir.

Se despertó a las dos de la madrugada y encontró el espacio a su lado en la cama todavía vacío.

Una sensación de pavor le llenó el pecho mientras salía de la cama para revisar la casa.

Se detuvo en el salón y encontró a Ben dormido, desparramado en el sofá.

Estaba desnudo, como si acabara de cambiar de forma.

Los músculos cincelados de su poderoso pecho y brazos quedaban a la vista, con una manta ligera echada sobre la cintura.

¿No iban a dormir juntos?

Se obligó a exhalar, pero no conseguía recuperar el aliento.

¿Significaba esto que lo suyo había terminado?

Le ardió la nariz mientras las lágrimas se le agolpaban en la garganta.

Se acercó sigilosamente al sofá y se arrodilló junto al rostro de Ben, con las lágrimas derramándosele por las mejillas.

Ben parpadeó y se incorporó.

—Ashley —dijo con voz ronca—. Vete a dormir.

—No puedo —dijo ella. Recordó que él le había dicho una vez que el olor de sus lágrimas lo pondría de rodillas. Le pareció ver dolor en sus ojos, pero en la oscuridad era difícil saberlo—. ¿Podemos hablar? —susurró.

Él suspiró.

—Hablaremos mañana.

—¿Vendrás a la cama?

—No —dijo con pesadez—. No creo.

—Entonces me quedo aquí —dijo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—No —dijo, con la voz endurecida—. Vuelve a la cama. Ahora.

Ella negó con la cabeza.

Él chasqueó la lengua con irritación y alargó la mano hacia ella, pero se quedó paralizado cuando ella se echó hacia atrás.

—Me tienes miedo —dijo con voz hueca.

Ella abrió la boca, luego la cerró, sin saber cómo responder.

¿Se había echado hacia atrás porque tenía miedo?

No, en realidad no. Racionalmente, no le tenía miedo a Ben, pero su dominio sí tenía un efecto en ella, y hacía que sus instintos de autopreservación se activaran, igual que verlo en forma de lobo siempre la hacía tragar saliva.

—Por eso sentiste que tenías que mentirme.

Ella negó con la cabeza.

—Yo solo... no quería decepcionarte al principio. Y luego, una vez dicha la mentira, tenía miedo de confesar la verdad porque sabía que te enfadarías, y con razón.

—¿Pensaste que te obligaría a ser madre? ¿Que no tienes ni voz ni voto en el asunto?

—No... no. Pero parecías tan ilusionado. Y yo...

Él esperó a que continuara.

—Mi carrera acaba de empezar. Me encanta trabajar para ti y no estoy dispuesta a renunciar a eso todavía.

—Esta es la conversación que deberíamos haber tenido hace cinco meses.

Bajó la cabeza y miró el contorno de sus manos en la oscuridad.

—Lo sé.

—No te habría presionado —dijo él con un dejo de amargura—. Pensé que querías esto.

—Sí quiero —protestó ella—. Solo que quizás no ahora mismo. Ni siquiera estamos casados todavía.

Sabía que la institución del matrimonio no les importaba a los cambiantes de la misma manera que a los humanos, pero habían acordado tener un compromiso largo para darle a ella y a su familia tiempo de adaptarse a lo repentino de su relación.

En el mundo de Ben, él la había marcado y ella le pertenecía, punto.

Ella lo había aceptado, pero aún quería tiempo para hacerse a la idea.

—Dejaré de tomar la píldora. Iba a tirarlas hoy, cuando me pillaste.

Él hizo un gesto de impaciencia.

—No tienes que hacerlo. Eso me da igual. ¿Crees que las crías son más importantes para mí que tu felicidad?

La vergüenza le encendió el rostro y le humedeció los ojos de nuevo.

—Lo siento.

Él no dijo nada.

—¿Vas a castigarme?

—No.

—¿Por qué no?

—Vete a la cama, Ashley —dijo con voz cansada.

—No sin ti.

Él volvió a alargar la mano hacia ella y esta vez se quedó quieta, sin sorprenderse de que su contacto fuera suave, a pesar de las líneas pétreas de su rostro. La tomó en brazos y la llevó al dormitorio, donde intentó depositarla en la cama. Pero ella se aferró a su cuello y se negó a soltarlo.

Él gruñó y ella casi lo soltó, pero armándose de valor, quiso demostrar que no le tenía miedo. Él se dejó caer en la cama con ella y la sujetó, dándole varios azotes fuertes en el trasero cubierto por el pijama.

Ella se quedó perfectamente quieta, conteniendo la respiración. Una azotaina de verdad despejaría el ambiente entre ellos. Ya le había dado una azotaina seria en otra ocasión, y aunque le había dolido y no lo había disfrutado, los había unido más.

Pero él no siguió azotándola, ni se fue. Se tumbó a su lado boca arriba, con los dedos entrelazados detrás de la cabeza, mirando al techo.

Ella aceptaría lo que pudiera conseguir. Se acurrucó contra su cuerpo, escondió el rostro en su costado y cerró los ojos, rezando para que encontrara en su corazón el perdón.

Ashley irradiaba ansiedad. Sentir el estrés de su compañera alteraba sus instintos de cambiante, y sin embargo no lograba cambiar sus propias emociones, que parecían muertas en su mayor parte.

Había vuelto a ser como era antes de conocerla: el «hombre de Piedra» que carecía de emociones, despedía gente sin pestañear y nunca sonreía.

Le tomó la mano en el ascensor, intentando calmarla.

Ella alzó la mirada hacia él con sus grandes ojos azules, y aquella expresión suplicante le retorció el corazón.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron para dejar entrar a otros empleados.

Ashley hizo ademán de retirar la mano, pero él la sostuvo con firmeza, tirando de ella ligeramente hacia atrás para ocultar el gesto.

No la soltó hasta que llegaron al último piso y se separaron sin mediar palabra.

Nunca había sido hombre de muchas palabras, pero incluso a él le parecía extraño aquel silencio.

El abismo entre ellos parecía crecer a cada momento.

No estaba enfadado. Traicionado, sí, y se sentía como un idiota por todos los meses que había creído que estaban intentando concebir un hijo mientras ella tomaba la píldora.

La falta de confianza entre ellos lo destrozaba.

No era de los que confiaban o amaban con facilidad, pero cuando tomó a Ashley como compañera, creyó haber pasado página.

Ahora, casi podía sentir cómo sus viejos muros volvían a alzarse alrededor de su corazón.