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—Ah, ah —dijo, apartándoselas y colocándoselas en el salpicadero—. No te he dado permiso para tocarte. Tu placer depende de mí, ¿recuerdas?
Ella gimió, cerró los ojos y movió la cabeza de un lado a otro sobre el reposacabezas.
Él se rio entre dientes y cerró la puerta. Al sentarse en el asiento del conductor, apagó el vibrador del coño.
—Por favor —gimió ella—. Ben, no aguanto más.
Lágrimas de frustración sexual le asomaron por el rabillo de los ojos.
Como siempre, el olor de las lágrimas de su compañera lo apaciguó, aunque racionalmente sabía que eran señal de placer inminente, no de dolor. Aun así, sus instintos le gritaban que lo solucionara, y apagó también el vibrador anal.
Esta vez el gemido de ella fue de decepción.
—Lo sé, mi amor. Voy a satisfacer todas tus necesidades en cuanto lleguemos a casa.
Ella giró la cabeza y lo miró parpadeando, como si lo viera a través de una neblina.
—Te quiero, Ben Stone —murmuró.
Algo más poderoso incluso que la lujuria lo sacudió, llenándole el pecho de calidez.
—Yo también te quiero, mi reina.
Cuando se detuvo en la entrada de la casa que habían alquilado mientras les construían la de sus sueños, Ashley abrió la puerta del coche y echó a correr hacia la casa.
Él se rio entre dientes, abrió su puerta y salió tras ella.
La atrapó mientras forcejeaba con las llaves.
Se las arrancó de las manos, logró abrir la puerta y, medio en brazos, medio a rastras, la metió dentro mientras le arrancaba la ropa.
Encendió un vibrador, luego el otro. Ya le había quitado a Ashley la sexy falda y la chaqueta, y le iba desabotonando la blusa mientras la empujaba hacia el dormitorio. Blusa fuera. Sujetador desabrochado. La levantó, la lanzó sobre la cama y se abalanzó sobre ella.
Bragas abajo.
Le sacó el vibrador del coño empapado sin molestarse en apagarlo.
Ella le alcanzó el botón de los pantalones y se lo desabrochó, liberándole el miembro mientras él le reclamaba la boca.
Quería devorarla, comérsela viva. Los dientes se le habían alargado, la visión se le había agudizado, lo que significaba que los ojos le habían cambiado de verde a dorado.
Le exploró la boca con la lengua, conteniendo el gruñido de dominación que le subía por la garganta.
No es que Ashley protestara nunca cuando la tomaba con rudeza.
Ashley pensó que se moriría si no se corría. La vibración en el trasero la había convertido en gelatina; todo su cuerpo temblaba de deseo por Ben.
—Por favor —susurró cuando él rompió el beso. Tenía la camisa de él en el puño y tiró de ella hacia sí, intentando llevar las riendas a pesar de estar debajo.
Por suerte, Ben se lo permitió. La penetró de una sola embestida, entrando hasta el fondo y quedándose allí mientras ella se retorcía debajo. Ashley le rodeó la espalda con las piernas para atraerlo más adentro y levantó las caderas para sentirlo moverse en su interior.
Ben le puso la palma en la base del cuello, sujetándola mientras se retiraba y volvía a entrar con fuerza.
Ella gimió con lascivia.
—Te necesito... te necesito, por favor.
La boca de Ben se curvó en una sonrisa lobuna, con los dientes brillándole peligrosamente.
Retrocedió y volvió a hundirse en ella, los ojos dorados y relucientes, la expresión hambrienta.
Alargó la mano hacia los pantalones que aún le rodeaban las piernas, y ella pensó que iba a quitárselos, pero en su lugar sacó un pequeño dispositivo electrónico.
De repente, la intensidad de la vibración en su trasero aumentó. Gritó, empujando la pelvis contra él, buscando desesperadamente alivio. Por suerte, Ben comenzó a embestirla, penetrándola hasta el fondo con una fuerza que le sacudía los huesos.
—Oh, Dios, sí. Por favor...
—Me encanta cuando suplicas —murmuró él con voz ronca.
La embistió una y otra vez, poseyéndola con la violencia que ella ansiaba; cada embestida demasiado intensa, demasiado fuerte; cada retirada demasiado pronto.
Parecía que todo su ser se abría para él, que el corazón le estallaba, que su cuerpo era completamente suyo.
Ya no se retorcía ni se contorsionaba ni trataba de dirigir la acción, porque resistirse tendría consecuencias dolorosas.
Se entregó a él por completo: su muñeca de trapo, su compañera marcada, abierta para recibir su semilla.
—Córrete para mí, Ashley —dijo con tono gutural, y se hundió profundamente en ella al mismo tiempo que tiraba del cordón del vibrador anal, sacándolo a través del estrecho anillo del esfínter y dejándolo a medio salir, estirándola con su zumbante grosor.
Se hizo añicos: el coño se le apretó, los músculos internos se le contrajeron en ola tras ola de liberación alucinante.
Pareció durar eternamente, tanto el orgasmo de él como el de ella.
Habría jurado que sintió el calor abrasador del semen dentro de ella, que percibió cómo su cuerpo lo recibía gozoso, ordeñándole la polla e impulsándolo hacia lo más profundo.
Cuando por fin los músculos dejaron de temblarle, Ben terminó de sacar el vibrador, pero dejó su enorme polla dentro de ella.
Sin duda, aquella era la forma perfecta de concebir un bebé. Había sido una experiencia casi religiosa, y la euforia que la inundaba solo se veía interrumpida por un pensamiento: lo había arruinado todo.
Por culpa de su engaño, aquel día no se concebiría ningún cachorro lobo. La píldora lo impediría, y su futuro esposo no sospechaba nada de su sabotaje.
Giró la cabeza hacia un lado mientras lágrimas calientes le resbalaban por las mejillas.
Ben se las besó, y la ternura de su gesto solo consiguió que se sintiera peor.
Él pensó que eran por el increíble orgasmo, no por la culpa desgarradora que le oprimía el pecho.
Salió de ella y se acomodó a su lado; la atrajo hacia sus brazos, le besó el rostro y el cabello, le mordisqueó la oreja.
—Te quiero... te amo.
Más lágrimas.
—Yo también te amo, Ben.
La sostuvo hasta que el cuerpo dejó de temblarle y la temperatura volvió a la normalidad.
—Voy al baño y luego nos preparo algo para comer —murmuró, deslizándose fuera de su abrazo.
En el baño, abrió la cremallera del neceser donde escondía las píldoras y las miró con asco.
Se le contrajo el estómago y le entraron ganas de vomitar.
Ojalá pudiera vomitar las que ya llevaba tomadas durante medio mes.
Se preguntó qué pasaría si dejaba de tomarlas ese mismo día.
¿Aún habría posibilidad de quedarse embarazada?
Y de ser así, ¿el bebé estaría sano o las píldoras causarían alguna anomalía?
El sonido de la puerta abriéndose a su espalda la hizo dar un respingo y jadear; escondió la mano con las píldoras tras la espalda mientras se giraba para encarar a Ben.
Él se quedó paralizado.
Era estúpido intentar engañarlo: tenía instintos de cambiaformas que ella no podía comprender. Su oído y su vista eran diez veces mejores que los de ella.
Su expresión no revelaba nada, pero cualquier duda sobre si había visto algo se desvaneció cuando dijo con voz gélida:
—¿Qué es eso, Ash?
Lágrimas de vergüenza le brotaron de inmediato mientras, a regañadientes, sacaba la mano para mostrársela.
—Lo siento —dijo, abriendo los dedos para enseñarle las píldoras.
Él se quedó mirándolas; una expresión de incredulidad le nubló el rostro.
—¿Qué es eso? —repitió.
Iba a obligarla a decirlo. No podía mirarlo a los ojos.
Con la vista fija en las píldoras, repitió:
—Lo siento, Ben.
Se le quebró la voz.
—Te he estado mintiendo. Yo... simplemente no sabía si estaba preparada para tener hijos.
Ben no se había movido. Permanecía mortalmente inmóvil.
—¿Por qué mentir?
Más lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Yo solo... —Se le hundieron los hombros—. La primera vez que lo mencionaste, no estaba pensando con claridad, y después de eso... no lo sé. Fui una cobarde, supongo. Tenía miedo.
Él dio un paso, no hacia ella, sino hacia atrás.
—¿Tenías miedo de mí?
Su voz era tan serena, tan desprovista de emoción, igual que la expresión vacía de su rostro, que la asustó.
—Ben... —Se detuvo.
¿Qué más podía decir?
No tenía excusa, ninguna explicación para un engaño que había dejado prolongarse demasiado como para que él pudiera perdonarlo.
—Lo siento —susurró.
Él se dio la vuelta y se quitó la camisa mientras se alejaba.
Lo que significaba que iba a transformarse.
Ella se quedó en la puerta del baño, observando cómo se quitaba los pantalones en el pasillo y se transformaba con gracia líquida en un enorme lobo negro.
—Ben —lo llamó, en vano.
Él no se volvió a mirarla antes de salir por la gatera y desaparecer.
La casa nunca se había sentido tan vacía.