El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 14 #4
98%

Capítulo 14 #4

Begoña asintió. Le apretó las manos un segundo más, las soltó. Abrió la puerta. Aresti salió. Caminó hasta el A4. No se giró hasta que estuvo a punto de meter la llave en la cerradura, y cuando se giró Begoña ya había cerrado la puerta de la casa.

Volvió a Majadahonda con la cabeza llena, aunque vacía a la vez.

* * *

E l viernes siete de noviembre Aresti volvió de la natación a las once.

La piscina del jueves, recolocada al jueves esta semana después del lunes en blanco y del miércoles que se había hecho en lugar de jueves, había vuelto al sitio.

Todo había vuelto, realmente, al sitio. Llovía finito sobre Majadahonda —la primera lluvia de noviembre que iba a durar casi todo el día—.

Aresti subió por la escalera del portal con la mochila de natación al hombro, abrió el buzón con la llave pequeña que llevaba en el llavero, sacó el correo.

Tres cartas. Una factura de la luz, un boletín del club deportivo, y un sobre A6 pequeño.

Se quedó parada delante del buzón cuatro segundos.

El sobre era kraft fino, formato A6, dirigido a Kira Aresti Otero, calle Virgen de Icíar 14, Majadahonda 28220, España con caligrafía a mano de quien sabe escribir bien —letra cuidada, mayúsculas iniciales bien trazadas, sin floritura, sin temblor—.

Sin remitente. Sello postal en la esquina superior derecha: Uruguay —Montevideo , tachado con el matasellos de fecha que Aresti tuvo que mirar de cerca para distinguir las cifras: 3 OCT 25 .

Casi cinco semanas atrás. El sobre había viajado de Montevideo a Madrid en cinco semanas, lo cual era el tiempo normal del correo certificado internacional que pasaba por las dos aduanas.

Sin certificación. Carta normal. Aresti no había sido la dirección original —el sobre llevaba Madrid sobreescrito con flecha hacia Majadahonda 28220 en otra caligrafía, posiblemente del cartero que había redirigido—, y eso quería decir que el remitente conocía la calle y el número pero no había sabido el código postal exacto. Detalle pequeño.

Aresti subió al piso con el sobre en la mano sin abrirlo. Cerró la puerta. Subió al laboratorio. Cerró la puerta del laboratorio. Puso el sobre encima de la mesa larga al lado del ordenador apagado. Se quedó un minuto mirándolo sin tocar.

Después abrió el armario empotrado, sacó la caja de guantes de látex que tenía para manipular pruebas, se puso un par.

Cogió la lupa de la repisa, la dejó al lado del sobre.

Cogió el cúter pequeño de oficina, lo dejó al lado.

Cogió el sobre con el guante de látex, lo miró por las dos caras a la luz, lo pesó en la mano.

Pesaba poco, así que el contenido era papel fino, posiblemente una sola hoja—.

No abrió por la solapa principal —la solapa principal podía contener trazos del remitente, saliva si la había cerrado con la lengua, ADN—.

La abrió con el cúter por la parte lateral derecha, con un corte limpio que no rozó el contenido.

Sopló por dentro del corte para abrir el sobre sin tocar el papel interior.

Sacó lo que había dentro con la pinza de laboratorio que tenía en el cajón.

Una sola fotografía 10x15 a color. Papel fotográfico estándar, impresión doméstica probablemente, sin sello de laboratorio fotográfico al dorso.

Una sola persona en la foto. La persona estaba sentada en un banco de madera con respaldo recto delante de un fondo de pared blanca lisa —pared de yeso o pintura plástica, sin textura, sin objeto colgado, sin cartel, sin elemento que permitiera localizar el espacio—.

La foto estaba hecha en interior con luz natural lateral que entraba por la izquierda, posiblemente de una ventana fuera del encuadre.

La luz era luz de mañana, el ángulo del sol al cuarenta por ciento sobre el horizonte.

Sombra del rostro hacia la derecha. El hombre tenía el pelo cano corto, barba blanca de tres días, gafas de sol levantadas sobre la cabeza, camisa de algodón azul claro de manga corta abierta al cuello, pantalones de lino color crema, alpargatas oscuras.

Las manos sobre los muslos, las dos abiertas, los dedos relajados.

La mirada al objetivo, directa, sin sonrisa, sin gesto, como mira alguien a quien le han pedido que pose para una foto que él sabe para qué se va a usar.

Joseba Aresti Etxebarria.

La cara la conocía Aresti desde antes de tener memoria —había crecido viéndola en las fotos familiares, en las cenas de Navidad de los noventa cuando Aresti era niña, en los álbumes que Pilar guardaba en La Florida, en las pocas fotos de juventud que Begoña tenía en el aparador del salón—.

Esta cara era esa cara, aunque treinta años después.

El parecido con Javier era, claramente, todavía evidente en los rasgos óseos —la mandíbula, las cejas pobladas —pero diferenciable: Joseba tenía la barbilla más pequeña, los ojos más juntos, el labio inferior más ancho.

Sesenta y un años cumplidos. La foto estaba tomada en algún momento de los últimos seis meses por la edad aparente del hombre y por la longitud del pelo y la barba.

Aresti dejó la foto en la mesa al lado del sobre. Se apartó dos pasos. Se quedó parada delante de la mesa cinco segundos. Después cogió el inalámbrico. Marcó el móvil de Javier.

Javier cogió al primer pitido.

—Hija.

—Papá. He recibido un sobre.

—¿Qué sobre.

—Un sobre A6 con sello de Montevideo, fechado el tres de octubre, sin remitente. Letra de quien sabe escribir bien. Dentro hay una sola fotografía. Una sola persona en la fotografía.

—Joseba.

—Joseba.

Javier se quedó cuatro segundos en silencio.

Aresti oyó al fondo el ruido del inalámbrico de Javier —Javier estaba en el despacho de la oficina central, no en La Florida, los viernes a las once y diez Javier siempre estaba en el despacho—.

El reloj del bisabuelo seguía dando tic-tac al fondo, más alto de lo normal.

—Mándame foto del sobre por canal seguro. Mándame foto de la imagen. Mándame foto del matasellos.

—Te las mando ahora.

Aresti sacó el móvil, hizo tres fotos al sobre con buena luz desde la mesa larga, una foto más a la imagen.

Las pasó por el canal cifrado que tenía con Javier desde hacía tres años —un canal Signal con autodestrucción de mensajes a las veinticuatro horas que los dos habían instalado después de un susto laboral de Javier que ahora venía bien para esto—.

Javier las recibió en sesenta segundos. Aresti oyó al otro lado el sonido de Javier ampliando la imagen en la pantalla del móvil.

—Hija.

—Dime.

—Es Joseba. Reciente.

—Sí.

—Esto no se lo decimos a tu madre.

—No.

—Ni a Maite, ni a Iker.

—No.

—Lo trabajamos tú y yo.