Capítulo 14 #5
—Si vuelve algo más, me llamas inmediatamente. Lo que sea. Una llamada extraña, otro sobre, alguien que aparezca en el portal. Lo que sea.
—Te llamo.
—Hija.
—Dime.
—Te quiero.
—Yo a ti.
Aresti colgó.
Se quedó con el inalámbrico en la mano y la foto encima de la mesa larga del laboratorio. La lluvia fina seguía cayendo fuera por la ventana del laboratorio. El pinar de Majadahonda estaba en gris bajo encima del cristal, cuatro tonos por debajo del verde habitual.
Volvió a meter la fotografía dentro del sobre con la pinza, llevó el sobre a la caja fuerte ignífuga del armario empotrado, lo guardó al lado de los otros materiales del caso, así que cerró la combinación.
* * *
E l sábado ocho de noviembre por la tarde Aresti subió al laboratorio a las cuatro.
Había estado por la mañana con Lau en Majadahonda —Lau había vuelto el viernes por la noche desde San Blas, traía el portátil viejo que Daniela le había devuelto después del parcial de Procesal del viernes, parcial que Daniela había sacado con notable—.
Pero a las dos Lau había vuelto a coger el cercanías a San Blas: Loli quería verla esa noche y la noche del domingo, había pedido que Lau bajara, y Aresti había entendido que esa decisión la tomaba Loli y no se discutía.
Lau iba a volver a Majadahonda el lunes por la mañana.
Aresti, sola en el piso, subió al laboratorio a las cuatro.
La calefacción zumbaba bajita al fondo del pasillo.
La luz del sábado ocho de noviembre entraba en oblicuo por el ventanal del laboratorio —sol bajo, dorado, de las tardes claras de noviembre que duraban dos horas antes de irse del todo—.
Las dos pizarras seguían en la pared como las había dejado al volver de Pozuelo.
La pizarra del caso Marta Cuesta García a la izquierda. Tachada en rojo. Seis líneas con líneas horizontales rojas encima, un signo de interrogación rojo al lado de ELADIO + CABECILLA , el nombre MARTA tachado al final con dos líneas, y la pizarra entera convertida ya en pizarra de archivo.
La pizarra de JOSEBA —RASCAR a la derecha. Aresti se acercó. Cogió el rotulador negro de la repisa. Quitó la tapa. Añadió dos líneas más debajo de las seis que ya había:
7 nov vie —Sobre Montevideo. Foto Joseba reciente. Sin texto. Calle Virgen de Icíar 14 sin código postal —el remitente conoce calle y número pero no CP.
Posibilidad: el remitente quiere ser leído por Aresti específicamente. Claramente aviso, no operación.
Tapó el rotulador. Lo dejó.
Después abrió la caja fuerte ignífuga del armario empotrado, sacó el sobre con la fotografía interior, abrió el sobre con cuidado, sacó la foto de Joseba con la pinza.
La llevó a la pizarra. Cogió un trozo de celo de la mesa, lo cortó con los dientes en cuatro tiras pequeñas, fijó la foto encima de la pizarra de Joseba al lado del título —la foto con la cara de Joseba mirando al frente de la habitación—. Se apartó. Miró la pizarra entera.
El título arriba: JOSEBA —RASCAR . Ocho líneas debajo. Una foto pegada a la derecha del título.
Aresti volvió a la repisa, cogió el rotulador rojo. Se acercó al título. Después de la palabra RASCAR , añadió a continuación con rotulador rojo:
— EMPEZAR.
El título quedó: JOSEBA —RASCAR —EMPEZAR.
Tapó el rotulador rojo. Lo dejó.
Se apartó dos pasos. Miró las dos pizarras juntas durante dos minutos enteros.
La del caso Marta cerrada. La de Joseba con foto nueva, con título doble, con ocho líneas que daban a la cabeza de Aresti material para los próximos meses, con la red de Bilbao activa y Mendía silencioso y Pellicer escribiendo y Eladio fugado y un sobre que había viajado cinco semanas desde Montevideo.
Fue al ventanal del laboratorio. La luz dorada de las cuatro y media caía en oblicuo sobre el pinar.
Las copas de los pinos estaban amarillas en oblicuo.
Una bandada pequeña de palomas pasó volando hacia el este.
Aresti miró el cristal cinco segundos, y al cabo de los cinco segundos no estaba mirando el cristal, estaba mirando el reflejo suyo sobre el cristal —la cara de la mujer de veintidós años que había cerrado, realmente, un caso de homicidio el sábado pasado y abría otro hoy con la misma cabeza, el mismo cuerpo, las mismas manos, el mismo silencio—.
Se giró. Volvió a la pizarra de Joseba. Miró la foto pegada en la esquina superior derecha.
La cara de Joseba la miró desde el papel fotográfico con esa misma expresión sin sonrisa con la que había posado quien la había sentado en aquel banco en algún sitio de Montevideo o de quién sabe dónde para hacerle esa foto exacta.
Aresti habló en voz baja contra la pizarra.
—Vale, tío. Por aquí estamos.
Tapó el rotulador rojo otra vez aunque ya estaba tapado. Lo dejó en la repisa. Apagó la luz del laboratorio. Bajó al salón.
Fuera, el pinar de Majadahonda seguía amarillo en oblicuo. La luz dorada bajaba dos centímetros cada minuto por la pared blanca del salón. El piso entero estaba en silencio.
El caso Marta Cuesta García estaba cerrado.
El caso Joseba Aresti Etxebarria acababa de empezar.
* * *
FIN DEL LIbrO 1