El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Pequeña. Más pequeña de lo que Aresti recordaba de la última vez, hacía cinco semanas, lo cual era ya un dato —Begoña se estaba encogiendo del modo en que se encogen las personas mayores que viven solas y trabajan un huerto de quince metros cuadrados con noventa años a la espalda—.

Pelo blanco recogido en moño bajo, ojos verdes intensos como los de Pilar y como los de Aresti pero más oscuros, dos tonos más oscuros, los ojos del padre de Begoña que habían pasado por una generación y se habían aclarado con Pilar y se habían vuelto a oscurecer con Aresti.

Llevaba una falda larga de tela gruesa color marrón, una blusa beige de manga larga, una rebeca de lana gris fina por encima, calcetines gruesos y unas zapatillas de andar por casa de paño marrón.

Manos huesudas con la fuerza de quien ha pasado ochenta años cuidando huertos y cocinando.

—Hija.

—Abuela.

Begoña la abrazó fuerte un segundo más de lo que la cortesía pediría —un abrazo de abuela que recibe a la nieta a la que quiere de un modo distinto del que quiere a las otras, y eso Aresti lo había sabido desde niña sin que se lo hubieran dicho—.

Olía a jabón Heno de Pravia y a tierra de huerto, el olor propio de la casa de Begoña que Aresti llevaba reconociendo desde los tres años.

—Pasa, hija. Pasa. Cierra la puerta que entra frío de la calle.

Aresti pasó. Cerró. La casa por dentro era la casa de Begoña —recibidor pequeño con perchero de pie, espejo ovalado de marco de madera, bancada baja con cojines amarillos de antes; salón a la derecha con dos sofás de pana marrón en ele, alfombra persa de cuarenta años, mesa baja con un florero con dalias del huerto; cocina pequeña al fondo con luz al jardín de atrás; escalera de madera al primer piso con los dormitorios.

Aresti había dormido quince veces en el cuarto pequeño de la primera planta cuando era niña, durante las noches en que Pilar y Javier salían a Madrid centro y la dejaban con la abuela.

Recordaba el papel de la pared del cuarto —flores azules pequeñas sobre fondo crema—, recordaba la lámpara de la mesilla —pantalla de seda granate—, recordaba el modo en que la cama hacía un ruido pequeño al sentarse uno encima.

Begoña la llevó al salón.

—Café.

Kira se levantó a prepararlo.

—Galletas.

Begoña fue a la cocina. Volvió al cabo de seis minutos con una bandeja de madera pequeña —dos tazas de café aguado de cafetera italiana, un plato con seis galletas pequeñas de mantequilla cuadradas, dos servilletas de tela amarilla que Aresti recordaba de cuando era niña—.

Las puso en la mesa baja. Se sentó en el sofá pequeño, enfrente de Aresti.

Se quitó la rebeca, la dejó plegada al lado.

—Las galletas las hace una vecina del barrio. Las trae cada sábado. Yo le pago en huevos del corral o en lechuga del huerto, según la temporada. Esta semana le he pagado en pimientos rojos.

—Buenos.

—Pruébalas.

Aresti probó. La galleta tenía exactamente el sabor de las galletas de mantequilla caseras de las vecinas mayores que las hacían sin medir, demasiada mantequilla y poco azúcar y un toque de canela al final, pero estaba buena.

—Abuela, ¿cómo estás?

—Estoy. ¿Tú?

—Estoy.

—¿De verdad?

Aresti asintió.

Begoña la miró cinco segundos sin parpadear. Después asintió. Se permitió creerla, así que cogió una galleta, la partió en dos, se metió media a la boca.

—He leído lo de tu caso. Lo de la mujer de Vallecas.

—Está cerrado.

—¿Detenidos los dos?

—Los dos. El que la mató y el jefe que cubrió. La cabeza de la red está fugada, pero los dos directos están dentro.

—¿La hija de la mujer?

—Tiene seis años. Vive con la abuela materna. La abuela me ha mandado las gracias por canal.

—Eso está bien.

—Sí.

—¿Y tu madre lo sabe?

—No. Se va a enterar por la prensa cuando el apellido nuestro aparezca enganchado al macroproceso, lo cual va a pasar esta semana o la que viene.

No le he dicho que la perita externa que sale citada soy yo.

Y no se lo voy a decir. Si me pregunta directamente le digo la verdad. Pero no le voy a sacar el tema yo.

Begoña asintió.

—Papá lo sabe.

—Eso sí me lo había imaginado. Tu padre y tú habláis distinto que tu madre y tú.

—Sí.

Begoña terminó la primera galleta, cogió la segunda.

Aresti bebió el café aguado, que tenía exactamente el sabor del café aguado de la cafetera italiana de Begoña que llevaba cuarenta años haciendo el mismo café del mismo modo aunque la cafetera ya hubiera sido reemplazada tres veces.

Ese sabor era el sabor del café de Begoña, y era distinto de cualquier otro café aunque la receta y la herramienta fueran exactamente iguales que las de mil casas de España.

—Hija.

—Dime.

—He leído lo otro.

—Lo otro.

—Lo de tu tío.

Aresti asintió. Begoña la miró otra vez cinco segundos, sin dramatismo, sin sentimentalismo, con la mirada que tenía Begoña cuando hablaba de cosas que habían pasado y que iban a seguir pasando le gustaran o no.

La mirada de quien ha enterrado al marido y a uno de los tres hijos y ha visto al segundo huir.

—Joseba era el más listo de los tres hermanos.

—Lo sé.

—Más listo que tu padre y más listo que el otro. Listo de los que leen mucho de niños y se aburren en clase. Tu padre era el responsable. El pequeño era el alegre. Joseba era el listo.

—Sí.

—Yo a Joseba lo crié distinto. Lo crié pensando que iba a ser el que llevara la casa después de Vicente, porque era el que tenía la cabeza para llevarla.

Tu padre tenía la cabeza también, pero la de Joseba era distinta, era cabeza de quien ve detrás de las cosas.

Y eso que es bueno para los negocios honrados es también peligroso para todo lo demás.

—Lo entiendo.

—Cuando se torció no me sorprendió del todo.

Me sorprendió cuándo, no cómo. Yo había estado esperando que algún día Joseba decidiera que las reglas no eran para él, pues Joseba siempre fue de los que pensaban que las reglas eran para los demás.

Lo que no me había imaginado era que iba a hacerlo a costa de la familia.

—Sí.

—Cuando tú lo destapaste, hace cuatro años, yo me alegré.

Aresti levantó la vista. Begoña la sostuvo.

—Yo me alegré, hija. No porque mi hijo fuera a la cárcel —yo he pasado tres años con un peso en el pecho del que no se me ha quitado nada salvo el huerto, y el huerto en los días buenos—.

Yo me alegré porque alguien de la familia, que era además la que tenía menos años de todos, había decidido que la familia no iba a ser cómplice por silencio.

Y eso lo hicimos en mi casa siempre —Vicente y yo, en estos sofás, en esta cocina—, decir las cosas como son.

Joseba se nos había ido por la rama torcida pero tú lo trajiste de vuelta a la rama recta.

Tú hiciste lo que tenías que hacer, hija, y nunca me oirás decirte lo contrario.

Aresti asintió, pero le costó dos segundos asentir.

—Abuela.

—Dime.

—Yo cumplí cuatro años por eso.

—Lo sé.

—Y tú nunca me visitaste.

—No te visité.

—¿Por qué?

—Pues cada vez que iba a coger el coche de tu tía Sonia, que se ofreció seis veces a llevarme a Soto del Real, me daba algo en el pecho que no me dejaba salir de casa.

No era que no quisiera. Era que no podía.

Yo a Joseba lo había criado y a ti te había visto crecer, y entrar en una cárcel a verte a ti me ponía delante las dos cosas a la vez y eso no aguantaba.

Tu abuelo tampoco aguantaba —y tu abuelo aguantó la guerra, hija—.

Estábamos los dos rotos por dentro y ninguno de los dos lo dijo. Lo siento.

Kira asintió.

—No es vale.

—Vale es vale, abuela. Yo tampoco quería que vinieras. Te lo digo en serio. Yo no habría sabido qué cara ponerte si te llego a tener delante.

—Vale, hija.

Las dos se quedaron un minuto en silencio. Aresti bebió el café. Begoña terminó la segunda galleta. Fuera, en el jardín de atrás, se oyó el grito breve de un mirlo que volaba por encima del huerto.

—Una cosa más quiero decirte —dijo Begoña.

—Dime.

—Si Joseba vuelve a aparecer, sea como sea, harás lo que tengas que hacer otra vez. Yo te apoyo. Pero no le subestimes nunca. Joseba era el más listo de los tres y lo sigue siendo. Y los cuatro años de prófugo no lo han debilitado, lo han afilado.

—Lo sé.

—Por eso te lo digo. Para que lo tengas dicho por mí.

—Lo tengo.

Begoña asintió.

Comieron las dos en la cocina pequeña con luz al jardín.

Lentejas viudas que Begoña había puesto la noche anterior a remojo y había hecho esa misma mañana en olla exprés con cebolla y zanahoria y un trozo pequeño de pan duro al fondo, sin chorizo ni morcilla — viudas las llamaba Begoña con su humor seco vasco de los noventa años, y lo decía sin mencionar que se llamaban viudas, lo decía como nombre de plato cualquiera—.

Un trozo pequeño de pollo asado del horno.

Una manzana. Comieron despacio. Hablaron de Iker, que Begoña veía bastante porque Iker pasaba por Pozuelo a verla los miércoles si tenía el día libre.

Hablaron de Maite, a la que Begoña veía menos.

Hablaron de Pilar, que había llamado el día anterior. No volvieron a hablar de Joseba.

A las cuatro menos cuarto Aresti se levantó para irse.

Begoña la acompañó a la puerta. Antes de abrir la puerta se quedó delante de Aresti con las dos manos quietas a los lados, mirándola desde abajo, porque Aresti era una cabeza más alta que Begoña.

Aresti se inclinó para abrazarla. Begoña aguantó el abrazo.

Cuando se separaron, Begoña le cogió las dos manos a Aresti.

—Hija.

—Dime.

—Tráela un día a comer. La quiero conocer.

Aresti se quedó dos segundos sin contestar. Miró a Begoña. Begoña le sonrió pequeña, sin prisa, sin guiño, con esa misma mirada que tenía siempre cuando decía cosas que sabía que la otra persona estaba esperando que dijera.

—Yo soy mayor pero no soy tonta, hija.

—Lo sé.

—Tráela.

—La traigo.