El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

A las diez en punto Aldea conectó. La videoconferencia se abrió en la pantalla del portátil —Vicente Aldea, hombre de cincuenta y muchos con pelo cano corto y bigote, americana azul oscuro, oficina de homicidios al fondo, dos pantallas detrás—.

Saludó a Mercedes con voz calmada, le explicó cómo iba a ir la declaración formal, le tomó juramento, empezó.

Aldea condujo el interrogatorio durante cuarenta y tres minutos exactos.

El fiscal de guardia —un hombre joven con corbata gris al lado de Aldea —observaba en silencio, intervenía dos veces con preguntas técnicas que Aldea le pasó.

Mercedes contestó, claramente, coherente, sin temblar, con la voz que Aresti ya conocía del lunes anterior en La Concha.

Identificó a Pizarro por foto otra vez (esta vez la oficial de la BIT, no la del Hopper).

Identificó a Don Fernando por foto. Describió el sobre del 23 sept con detalle.

Confirmó la cerradura del archivador del fondo cambiada el 22 oct.

Confirmó las matrículas y los días de las fotos.

Aldea le hizo dos preguntas adicionales, aunque Aresti no las había anticipado —sobre conversaciones telefónicas que Mercedes hubiera oído entre Don Fernando y Pizarro a lo largo de los meses anteriores —y Mercedes contestó con dos episodios concretos, breves pero útiles.

Aldea asintió. Cerró el interrogatorio. Mercedes firmó el acta digital con la firma electrónica que Aresti le había configurado en el portátil cinco minutos antes de la conexión.

Aldea le agradeció la declaración y le dijo que la fiscalía iba a estar en contacto con ella durante la fase de instrucción, sin urgencia, sin más visitas a comisaría salvo solicitud expresa. Cerró la videoconferencia.

Mercedes se quedó dos minutos quieta en la silla mirando la pantalla apagada, pero la madre Pilar entró al comedor con tres galletas pequeñas de mantequilla en un plato.

—Hija, come algo.

Mercedes cogió una galleta. La masticó despacio.

—Aresti.

—Dime.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Voy a tener que volver a la asesoría mañana?

—Mañana no. La asesoría sigue intervenida. Pero el martes que viene o así te van a llamar a una vista, posiblemente del juez que va a confirmar la prisión de Pizarro y Don Fernando. Quizás en presencia. Quizás otra vez por videoconferencia. Aldea o el fiscal te van a avisar.

—¿Y mi trabajo?

—Tu trabajo va a depender de qué queda de la asesoría cuando termine la instrucción. Probablemente la asesoría no se reabre, así que lo más razonable es que busques otro sitio durante el otoño.

Mercedes se quedó mirando el café un segundo.

—Mercedes.

—Dime.

—Has hecho lo que tenías que hacer.

Mercedes asintió. Bebió el café aguado que la madre le había vuelto a servir.

La madre Pilar se sentó en la silla de al lado, le puso la mano en el brazo a su hija, no dijo nada.

Aresti se quedó una hora más en el comedor con las dos.

Hablaron de otras cosas —del barrio de Mercedes, del padre de Mercedes que había muerto hacía seis años de un infarto, de un sobrino que tenía Mercedes en Cuenca al que había que ir a ver pronto—. Aresti se fue a la una y cuarto.

Volvió a Majadahonda. Comió con Lau. Lau le contó que Daniela había pasado el fin de semana con la madre y que la madre la veía mejor de la rodilla.

Aresti escuchó. Después subió al laboratorio dos horas a hacer trabajo administrativo de la consultoría —facturación de octubre, dos correos pendientes con Aitor Linares, una llamada a Sandra para confirmar pago del peritaje del geriátrico—. La tarde pasó.

A las siete Lau le dijo que iba a bajar a San Blas a quedarse con Daniela hasta el viernes.

La rutina de la tercera semana del mes, la hermana sola con la madre, el portátil en San Blas.

Aresti la llevó a la estación a las ocho.

Lau se subió al cercanías de las ocho y diez.

Le dio un beso pequeño en la mandíbula al lado de la oreja, le dijo cuídate, niña y se fue.

Aresti volvió al piso sola. La calefacción zumbaba bajita al fondo del pasillo. El piso estaba en silencio.

* * *

E l martes por la mañana, a las nueve y cuarto, Aresti abrió el suplemento económico de El Confidencial digital sobre el portátil del laboratorio.

La pieza de seguimiento estaba en página cinco, con foto del despacho de la asesoría de Vallecas precintado y dos columnas a derecha de la foto.

Firmaba Lucía Pellicer Roig. Aresti la leyó dos veces.

La pieza de Pellicer encajaba, realmente, la operación de Pizarro y Don Fernando en su contexto: detallaba la conexión con el grupo Quintero, mencionaba a Eladio Quintero como cabecilla en paradero desconocido, mencionaba a Antonio Rivas Castell como técnico municipal investigado, citaba fuentes próximas a la investigación y fuentes del entorno de las defensas como había hecho en la pieza anterior.

La parte que importaba a Aresti estaba en el segundo párrafo desde el final:

La pieza nueva pasa a engancharse con el macroproceso original de blanqueo internacional iniciado en 2011, en el que figuraban como investigados representantes del entramado vasco-asturiano de la familia Aresti —sociedad patrimonial Aresti-Otero S.A.

, entre otras—, donde el principal investigado, José Aresti Etxebarria, sigue prófugo.

La nueva conexión Quintero-Aresti, según fuentes del entorno de las defensas, podría reactivar piezas hasta ahora archivadas y motivar la reapertura de líneas de investigación sobre conexiones logísticas en Andorra y Uruguay.

Aresti dejó de leer. Se quedó un segundo sin aire.

José Aresti Etxebarria era el nombre formal de Joseba —Joseba era el diminutivo en euskera de José, pero el primer nombre que aparecía en los papeles era el formal—, y la nota de Pellicer mencionaba el nombre completo por primera vez.

La nota anterior no lo había hecho. La fuente que estaba alimentando a Pellicer le había dado más material esta segunda vez, y ese material incluía conexiones en Andorra y Uruguay , lo cual era específico, pues era pista de localización, lo cual era información que Aresti hasta ese momento no tenía documentada en ningún expediente público.

Se levantó. Fue a la pizarra de Joseba. Cogió el rotulador negro. Añadió una sexta línea:

Pellicer 2ª nota (mar 4 nov)— Aresti otra vez. Joseba nombre completo. Conexión Andorra + Uruguay.

Tapó el rotulador. Lo dejó.

A las diez de la mañana llamó a Javier para contárselo.

Javier ya la había leído también —Javier abría el suplemento económico de El Confidencial digital a las nueve menos cinco cada mañana laboral desde hacía treinta años—.

Así que acordaron seguir como hasta ahora: Aresti rastreando a Pellicer y a su fuente desde su lado, Javier rastreando a Mendía y al círculo de Bilbao desde el suyo.

Sin pisarse, sin alarmar, sin meter a nadie más todavía.

Aresti pasó el resto del martes y el miércoles entero trabajando casos pendientes de la consultoría —un peritaje de un cliente del bufete de Linares, dos consultas técnicas de pago pequeño de un viejo contacto del padre, papeleo—.

El miércoles por la mañana bajó a la piscina del club a las siete y media —no era jueves, no era lunes, pero llevaba siete días sin nadar, así que había decidido que esta semana iba a desplazar la natación del jueves al miércoles pues el jueves quería ir a Pozuelo a ver a Begoña—.

Hizo los dos kilómetros en cuarenta y ocho minutos, mejor tiempo que la última vez, salió del agua con la cabeza ordenada, volvió al piso.

Comió sola —Lau seguía en San Blas, hablaron por WhatsApp varias veces durante el día—.

Por la tarde llamó a Iker veinte minutos.

Hablaron de la cirugía general, del adjunto Hernández que le seguía cayendo bien, de un compañero de la facultad que Iker había visto el sábado anterior.

Iker no preguntó por el caso. Pero al colgar le dijo cuídate, hermana en un tono que no era de cortesía, y eso a Aresti se le quedó.

A las once de la noche del miércoles cinco se metió en cama sola.

Encendió el altavoz Bluetooth de la mesilla, puso Schubert, cogió a Galdós —había avanzado tres capítulos en Misericordia desde la noche del 24 oct, Benina caminaba por Madrid acompañando a una pobre a la que Galdós trataba con mejor mirada que la mayoría de los que la habían tratado en su vida—, leyó quince minutos.

Apagó. Se durmió sobre la cuarta canción de la lista de Schubert.

* * *

E l jueves seis de noviembre Aresti cogió el A4 a las once de la mañana y bajó a Pozuelo.

La casa de Begoña estaba en una calle pequeña del casco viejo de Pozuelo, una calle peatonal con adoquines viejos y dos hileras de casas bajas adosadas de dos plantas con tejados a dos aguas, casas de los años cuarenta que Begoña y el abuelo Vicente habían comprado en los sesenta cuando Vicente todavía no era Vicente y la familia todavía no era la familia.

La casa de Begoña era la séptima en la hilera de la izquierda, fachada de ladrillo visto pintada de blanco hacía cuatro años, dos ventanas en la planta baja y dos en la primera, puerta de madera azul oscuro con el llamador de bronce que Begoña limpiaba con un paño con vinagre y bicarbonato cada quince días.

Aresti aparcó al final de la calle, caminó las cincuenta metros hasta el llamador, lo levantó y lo dejó caer dos veces.

Begoña abrió a los veinte segundos.