Capítulo 14
E ra sábado.
A las dos de la tarde del sábado uno de noviembre Aresti y Lau seguían en el piso de Majadahonda con la sensación particular de los días que vienen después de un día grande, esa sensación de que el cuerpo no sabe del todo qué hacer con un mediodía libre cuando lleva un mes entero teniendo cada hora del día asignada a algo concreto, y cuando el cuerpo no lo sabe lo que hace es vagar por la casa de habitación en habitación buscando cosas que ordenar, sin orden propio, sin urgencia, sin más motor que el de no querer estar parado.
Aresti había ordenado el laboratorio durante una hora —había recogido las dos copias del dossier que ya no estaban (la que se llevó Toledo, y la que estaba en la caja fuerte ignífuga lista para cualquier eventualidad), había pasado un paño por la mesa larga, había vuelto a colocar los rotuladores en su sitio, había dejado las dos pizarras de la pared exactamente como las había dejado el sábado por la mañana después de la llamada de Toledo: la del caso Marta tachada en rojo, con seis líneas cerradas y un signo de interrogación al lado de Eladio; la de Joseba intacta, con cuatro líneas y cuatro interrogantes—.
Lau había ordenado el cuarto y el baño. Después se habían sentado las dos en el sofá del salón a las dos en punto, sin hablar mucho, con el televisor apagado y la radio en una emisora de jazz baja, y se habían quedado así media hora.
A las dos y media Aresti miró el móvil. Tenía un mensaje de Javier de las once y treinta y cuatro de la mañana:
Lo he leído en la prensa digital. Cuando puedas, llámame.
Lo dejó, pues el sábado por la tarde no era para llamar a Javier.
El sábado por la tarde era para no hacer nada concreto y dejar que el cuerpo y la cabeza terminaran de aterrizar en la nueva ubicación que tenían —la ubicación de quien ha cerrado un caso de homicidio por primera vez en su vida y todavía no ha digerido que eso es lo que ha pasado—.
Lau lo entendió sin que Aresti tuviera que explicarlo.
Lau preguntó si comían algo o si pedían algo.
Aresti dijo que pedían, así que pidieron una pizza grande de jamón y queso al sitio italiano de Majadahonda urbano, se la trajeron en cuarenta minutos, comieron las dos en la encimera de la cocina sin ceremonia.
Lau bebió una cerveza, pero Aresti agua.
Después fregaron el plato único y Aresti subió al laboratorio diez minutos solo para mirar otra vez las dos pizarras en silencio, sin tocar nada, sin escribir nada, simplemente para confirmarse a sí misma que el cierre de la mañana había pasado y que iba a seguir cerrado mañana y la semana que viene y siempre.
Bajó al salón. Se sentó otra vez con Lau. Se quedaron allí.
A las nueve cenaron lo poco que quedaba de la pizza fría y dos huevos cocidos que Lau preparó al vuelo.
A las once subieron a dormir. Se metieron en cama.
Lau se durmió rápido. Aresti tardó más —la cabeza, pese al cuerpo cansado, todavía estaba dando vueltas a Eladio fugado en la gasolinera de la A-2 y al sobre kraft del registro y a las palabras de Encarna López transmitidas por Toledo—. Pero al final se durmió ella también.
Sábado uno de noviembre. Primer día de la semana que iba a venir.
* * *
E l domingo por la mañana Aresti llamó a Javier desde el laboratorio a las once y diez. Javier estaba en La Florida, en su despacho. Cogió al primer pitido.
—Hija.
—Papá.
—Lo he leído.
—Ya.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Cuánto puedes contarme?
—Lo que tú quieras saber. Pero no por teléfono entero.
Lo importante: la operación se ejecutó ayer a las seis cuarenta y cinco.
Pizarro y Don Fernando detenidos. Material del despacho intervenido.
La pieza nueva pasa a Audiencia Nacional el lunes, va al juez del macroproceso, se engancha.
El apellido nuestro va a aparecer pasado, no nuevo, pero va a aparecer.
La perita externa que la prensa cita soy yo, sin nombre.
—La perita externa.
—Sí.
Javier se quedó dos segundos en silencio. Aresti oyó al fondo el ruido del pequeño reloj de pared del despacho, el de la esfera de cristal con los engranajes a la vista que el abuelo Vicente había heredado del bisabuelo y que daba un tic-tac más alto de lo normal.
—Una cosa —dijo Javier—. Anoche.
—Dime.
—Carlos Mendía me llamó dos veces al móvil. La primera a las once y siete. La segunda a las once y diecinueve. Yo no cogí ninguna. Estábamos cenando en el salón con tu madre y vi su nombre en la pantalla y la silencié. La segunda llamada me dejó un mensaje de voz que no he abierto todavía.
—¿Por qué no lo has abierto?
—Porque quería contártelo a ti antes de oírlo. Si hay algo en ese mensaje que cambia el cuadro, prefiero que tú lo oigas conmigo.
—Ábrelo y me lo cuentas.
—Espera.
Aresti oyó el sonido de Javier poniendo el móvil al lado del inalámbrico, abriendo la aplicación de mensajes de voz, dándole al play en altavoz. La voz de Mendía sonó al fondo durante quince segundos. Voz mayor, vasco profundo del Bilbao histórico, sin alterarse.
Javier, soy Carlos Mendía. He visto la prensa esta tarde y entiendo lo que significa.
Si tu hija ha movido esto, es asunto de tu hija y mío no es.
Pero quiero que sepas que aquí en Bilbao hay quien se está enterando antes que tú.
Eso no es bueno ni malo, es información.
Si en algún momento crees que vamos a tener que vernos cara a cara, me llamas. Mientras, no te llamo más.
Mensaje terminado.
—Javier.
—Hija.
—¿Qué entiendes tú de eso?
—Que Mendía sabe. Que el círculo de Bilbao está al tanto.
Que Mendía está escogiendo bando —está conmigo, no contra mí —pero está dejando claro que la decisión no la toma él solo, que hay otros en su lado que no han escogido todavía.
La frase aquí en Bilbao hay quien se está enterando antes que tú es la frase importante.
Quiere decir que la red de Joseba en Bilbao está activa, está informada, y claramente no se ha disuelto en estos cuatro años como yo había asumido.
—Esto no se lo cuentas a mamá.
—No.
—Ni a Maite ni a Iker.
—Ni a Maite ni a Iker. Lo trabajamos tú y yo. Si en algún momento necesito meter a Maite porque tiene oficio del banco para algo concreto, te aviso primero.
—Hija.
—Dime.
—¿Mendía es peligroso para ti?
—Mendía no es peligroso por sí mismo. Mendía es voz de un círculo.
El círculo es lo que importa. Y sin saber qué círculo es exactamente y quién más está dentro, no puedo decirte si es peligroso.
Por eso voy a empezar a tirar de hilos esta semana sin alarde.
Pero no me espera ningún Mendía en la calle el lunes por la mañana, no es ese tipo de cosa.
Lo que es son señales. Señales que están aumentando.
—Hablamos durante la semana.
—Hablamos.
Aresti colgó. Se quedó tres segundos con el inalámbrico en la mano antes de dejarlo. Después fue a la pizarra de Joseba, cogió el rotulador negro, añadió una quinta línea debajo de las cuatro anteriores:
Mendía 2ª llamada (sáb 1 nov noche)— mensaje voz: red Bilbao activa.
Tapó el rotulador. Lo dejó en la repisa.
* * *
E l lunes por la mañana Aresti cogió el A4 a las nueve y diez y bajó a Vallecas.
Mercedes Galán vivía en un cuarto sin ascensor de un edificio antiguo de la calle Sierra Carbonera, tres pisos por encima de un bar que olía a tortilla a las nueve y media de la mañana de cualquier lunes laboral.
La madre de Mercedes —una señora de setenta y muchos con bastón, pelo blanco corto, bata de andar por casa color rosa —le abrió la puerta antes de que Aresti llamara dos veces.
Mercedes estaba detrás, vestida de calle pero descalza, con vaqueros y un jersey de lana gruesa color burdeos, las gafas de pasta marrón puestas, una taza de café en la mano.
—Aresti.
—Mercedes. Buenos días, doña Pilar.
La madre de Mercedes se llamaba Pilar también —coincidencia que a Aresti le había chocado la primera vez que Mercedes la mencionó, hacía días, aunque sin que ninguna de las dos se la señalara—.
Pilar Galán le hizo pasar con un movimiento de cabeza, fue a la cocina pequeña al fondo del pasillo y volvió al cabo de un minuto con una taza de café para Aresti —taza de Duralex con borde marrón, café aguado de cafetera italiana de tres tazas, dos sobres de azúcar al lado en el plato pequeño—.
Aresti dio las gracias, se sentó en la silla del comedor que Mercedes le había acercado al portátil.
El portátil era el de Aresti, no el de Mercedes —Aresti había llevado el suyo aislado para la videoconferencia segura con Aldea—.
La conexión estaba ya montada desde la mesa del comedor.
Faltaban veintitrés minutos para las diez.
Aresti le pasó a Mercedes los puntos clave que iba a tener que decir en la declaración —los mismos que ya había escrito en el dossier para Toledo—, la calmó, le explicó cómo iba a ser la mecánica con Aldea, le dijo que no firmara nada que no hubiera leído entero.
Mercedes asintió. La madre Pilar entró y salió de la cocina con paños y vasos durante esos veintitrés minutos, ocupándose en algo, pero sin estar realmente ocupándose en nada, como hacían las madres mayores cuando había una cosa importante en el comedor de su casa.