Capítulo 13 #3
Volvieron al piso a las cuatro y media. Aresti subió un momento al laboratorio a comprobar el inalámbrico —sin llamadas perdidas, sin mensajes nuevos—, así que bajó al salón.
Lau se había sentado en el sofá con el libro de espías que llevaba semanas picoteando, pero Aresti cogió la Switch del cajón del mueble bajo, se sentó en la butaca de orejas con los pies cruzados sobre el reposapiés, encendió.
Cargó la partida de Hyrule donde la había dejado el sábado anterior, en lo alto del santuario de fluidos al fondo del barranco del Gerudo.
Se concedió media hora, aunque treinta minutos cronometrados.
Lo necesitaba, pues la cabeza llevaba desde las nueve de la mañana en máxima alerta y había que apagarla un poco antes de la noche, o iba a llegar a las once con el cuerpo demasiado tenso para todo—.
Saltó al desierto. Caminó. Sin meta. Recogió dos setas que no le servían.
Subió a un risco. Planeó con la paravela.
Encontró un tercer santuario a media tarde de juego, pero no entró —lo dejó marcado en el mapa para otro día—.
Volvió a vagar. Cocinó en la olla portátil un plato con tres ingredientes aleatorios que salió con un nombre rarísimo y un bonus de resistencia al fuego que tampoco le servía.
La cabeza se desconectó como tenía que desconectarse.
A las cinco y diez guardó partida, apagó la consola, la dejó en el cajón.
A las cinco y veintinueve sonó el móvil. Mensaje de Toledo:
Aldea abre. Fiscal valida. Juez firma esta noche. Operación mañana 6:00. Te llamo cuando esté hecho.
Aresti leyó el mensaje dos veces. Se lo enseñó a Lau. Lau lo leyó. Asintió, pero no dijo nada. Aresti dejó el móvil en la mesa baja del salón, boca arriba, con la pantalla desbloqueada pero apagándose sola al cabo de los quince segundos por defecto, y con eso empezaba la espera real.
* * *
C enaron poco. Lau hizo unos huevos revueltos con jamón cocido y pan tostado, los dos sentados en la encimera, sin mucho apetito, realmente, ninguna de las dos.
Aresti se tomó una infusión de poleo después.
Lau bebió agua. La conversación, que durante la comida había fluido limpia, ahora estaba más espaciada —frases cortas, silencios cómodos, aunque ninguna de las dos forzando a la otra a hablar—.
A las diez y media Lau recogió los platos.
Aresti los fregó. A las once subieron al cuarto.
Lau cerró la puerta con el pestillo. Aresti dio las dos vueltas a la llave.
Se quitaron la ropa sin hablar. Lau se sacó el jersey ancho por la cabeza de un tirón, los vaqueros, se quedó en bragas y sujetador buscando el cierre del sujetador por la espalda con las dos manos mientras Aresti se quitaba la camiseta interior que se le enganchó un segundo en el pendiente fino de la oreja izquierda —un tirón pequeño, un ay corto, la mano de Lau que apareció de pronto por detrás a soltarla del pendiente sin que Aresti lo hubiera pedido, y los dedos de Lau en la oreja de Aresti un segundo más de lo necesario, un segundo que era ya otra cosa—.
Aresti se acabó de desnudar. Lau también.
Se miraron de pie al lado de la cama, las dos desnudas, la lámpara pequeña encendida.
Aresti quería la lámpara encendida. Quería ver. Quería ver siempre.
—Ven —dijo Aresti.
Lau fue. La besó en la boca y la besó mal al principio, un poco de lado, con la nariz de Aresti en el pómulo de Lau, y las dos se ajustaron sin pensarlo, medio centímetro, y el segundo beso fue bueno, largo, y Lau sonrió dentro del beso.
Lau la empujó suave hacia la cama. Aresti se sentó en el borde, se tumbó boca arriba.
Lau se puso encima, y al subirse le dio con la rodilla izquierda en la cara interna del muslo de Aresti, un golpe corto que hizo reír a las dos un segundo —la risa pequeña que tenían las dos en la cama, risa de reconocimiento, de esto somos —.
Después la risa se acabó y empezó lo otro, lo que llevaban todo el día esperando sin decirlo, y la lámpara pequeña se quedó encendida porque Aresti quería ver y Lau lo sabía.
Al cabo de un rato largo se quedaron quietas, una encima de la otra, las respiraciones todavía desfasadas.
—Coño —dijo Lau contra la clavícula de Aresti.
Aresti se rio bajito. Lau rodó a un lado al cabo de un minuto.
Se quedaron boca arriba las dos, en paralelo sobre la cama deshecha, el sudor bajando, las respiraciones acompasándose.
Aresti tenía la mano derecha apoyada en el pecho izquierdo de Lau, abierta, sintiendo el corazón de Lau bajo la palma. Ninguna de las dos hablaba.
Después Lau se levantó al baño un minuto.
Volvió. Se metieron en la cama dentro de la sábana y la manta.
Apagaron la lámpara pequeña. La habitación se quedó a oscuras salvo por la luz tenue del exterior que entraba por el filo de la persiana.
Lau se acomodó de costado, dándole la espalda a Aresti, y Aresti se pegó a ella por detrás con el pecho contra la espalda de Lau y el brazo derecho cruzado por encima de la cintura.
Lau le cogió la mano, se la llevó a los labios, le besó los nudillos uno por uno, después la dejó allí.
—Niña —dijo Lau en la oscuridad.
—Niña.
—¿Estás tranquila?
—Más.
No hizo falta más.
Se durmieron sin más. Fuera, el pinar respiraba bajo.
La luna de Halloween no estaba esa noche porque el cielo seguía encapotado.
La carpeta azul oscuro no estaba en el laboratorio —se la había llevado Toledo—.
Pizarro no sabía todavía que estaba a seis horas y cuarenta y cinco minutos de que llamaran al timbre de su casa de Pozuelo a las seis de la mañana del sábado.
Aresti llevaba dieciocho horas de viernes encima.
* * *
A resti se despertó a las siete del sábado uno de noviembre.
Lau dormida al lado, dándole la espalda como se había dormido.
La habitación olía a las dos. Aresti salió de la cama por su lado, con cuidado, descalza, bajó al salón sin vestirse del todo —la camiseta blanca de algodón que usaba para dormir y unos pantalones de pijama que cogió de la silla del cuarto—.
Hizo café. Doce gramos, treinta libras, el ritual de cada mañana sin alterarse.
Bebió la primera copa de pie en la encimera.
La cocina estaba en silencio. Fuera, el pinar se veía con la primera escarcha de noviembre —esa escarcha fina que aparecía la primera mañana de noviembre en Majadahonda y que solo duraba dos horas antes de evaporarse, esa escarcha que era el primer signo de que ya no era octubre y que el invierno empezaba a entrar por las junturas—.
A las ocho y diez sonó el inalámbrico. Lo cogió al primer pitido.
—Aresti.
—Toledo.
La voz de Toledo al otro lado tenía la aspereza de las madrugadas largas, esa textura de quien lleva tres horas hablando por inalámbrico con gente distinta sin café.
—Están detenidos los dos, Aresti. Pizarro y Don Fernando desde las seis cuarenta y cinco.
—Cuéntame.
—Operación ejecutada a las seis cuarenta y cinco.
Tres equipos en paralelo. Pizarro detenido en su domicilio de Pozuelo sin oposición.
Iba a abrir la puerta él mismo en pijama porque el timbre le había despertado, vio uniformes, aunque no se resistió.
Don Fernando detenido en su casa de Aravaca, también sin oposición.
Su mujer estaba con él, le pasó el pijama, lo dejó vestirse, no hizo escena.
La asesoría completa intervenida desde las siete. Material en proceso de inventario.
—¿El sobre.
—El sobre kraft está en la caja fuerte detrás del cuadro del despacho de Don Fernando, exactamente donde Mercedes Galán describió.
Contenido confirmado a vuelapluma: un dossier de dieciocho folios con cuentas y movimientos del grupo Quintero entre dos mil veintiuno y dos mil veinticinco, copias de cuatro cédulas firmadas por Antonio Rivas Castell con fechas y referencias técnicas, una memoria USB pequeña sin etiquetar que está en peritaje técnico, y una nota manuscrita de cinco líneas con números que parecen cuentas en Andorra.
Aldea me ha mandado fotos desde el registro hace media hora.
El sobre cierra, realmente, el cuadro indiciario del asesinato porque demuestra que Don Fernando custodiaba la documentación operativa de Pizarro y Eladio, y que su muerte de Marta protegía esa custodia.
—Cuadro completo.