El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Toledo no escribió más en el cuaderno. Pasó a los anexos.

Miró la foto de Pizarro durante seis segundos.

Asintió. Pasó al cuadro de sociedades del grupo Quintero.

Lo leyó con los dedos abiertos sobre el papel, marcando con la uña los nodos del árbol uno por uno.

Pasó a las matrículas. Cuatro segundos por ficha.

Pasó al esquema de blanqueo. Lo recorrió con el dedo, nodo por nodo, hasta el final.

Cerró la carpeta. La cinta atadora interna volvió a su nudo.

Toledo dejó las dos manos encima de la portada cinco segundos.

Levantó la vista.

—Esto se mueve hoy mismo.

Aresti no dijo nada. Esperó.

—Te explico cómo. ¿Te interesa cómo o sólo te interesa el resultado?

—Me interesa cómo.

—Bien. Esta carpeta sale ahora conmigo. Voy de aquí directa a comer con Vicente Aldea, inspector jefe de homicidios de la comisaría central.

Llevo cinco años sin llamarle, pero éramos compañeros del operativo del once-doce.

Nos respetamos. Va a confiar en lo que le ponga delante sin pedir más papel del necesario.

—¿Qué hace Aldea?

—Abre expediente operativo paralelo al cierre por suicidio del inspector Beltrán.

Eso es figura procesal limpia. Homicidios puede abrir paralelo si tiene material indiciario nuevo, sin contradecir a Beltrán de cara a la institución.

Aldea llama al fiscal de guardia esta tarde.

Los viernes hay fiscal de guardia desde las cuatro hasta las ocho del lunes.

Le pasa el material clave. Cuadro indiciario, dictamen forense, identificación de Pizarro, testimonio de Mercedes.

Si el fiscal valida, habla con el juez de instrucción de guardia esta noche.

El juez firma orden de detención y de registro.

Operación se ejecuta sábado a primera hora.

—Mañana sábado.

—Mañana sábado, sobre las seis de la mañana.

Domicilio de Pizarro. Domicilio de Don Fernando.

Asesoría completa. Tres equipos en paralelo, sin avisos previos, sin filtraciones.

Cuando el sábado a las nueve de la mañana Pizarro y Don Fernando estén en comisaría, la causa pasa a la Audiencia Nacional por blanqueo internacional vinculado al macroproceso del once.

La AN coge la pieza nueva, la engancha al expediente de tu tío y al de Eladio Quintero.

Eso te lo digo ahora porque tú vas a ver tu apellido en la pieza al cabo de unos días. Cuento con que lo sepas.

—Lo sé.

—Tres cosas que necesito de ti.

—Dime.

—Una: Mercedes Galán localizable durante el fin de semana entero. Si yo o Aldea necesitamos declaración rápida sábado por la tarde, tú la tienes a tiro. Que se quede en su casa con su madre. Sin agenda social fuera del barrio.

—Hecho.

—Dos: cero comunicación con tu entorno familiar sobre lo que está pasando hasta que yo te diga lo contrario. Ni Lau, perdón, Lau sí. Ni Lau pero todo el resto: cero. Tu padre, tu madre, hermanos. Cero. Te lo pido por seguridad operativa más que por confidencialidad.

—Cero.

—Tres: estás localizable las próximas treinta y seis horas. Móvil contigo. Inalámbrico cargado. Si no contestas a una llamada mía o de Aldea en los primeros cinco minutos, asumo que algo va mal y muevo ficha.

—Localizable.

—Bien.

Toledo cerró el cuaderno pequeño granate, lo guardó en el bolsillo interior.

Cogió la carpeta, la metió en el bolso bandolera, cerró la cremallera.

Se levantó. Aresti se levantó también. Toledo le tendió la mano.

Aresti se la dio. El apretón fue corto, profesional, sin sonrisa, con la presión exacta que tenía Toledo siempre —ni floja ni fuerte, la presión de quien lleva años apretando manos por trabajo y ha aprendido a no significar nada con el apretón—.

—Aresti, has hecho lo que tenías que hacer. Lo otro lo hago yo.

Aresti le sostuvo la mano un segundo más de lo habitual, pero no hacía falta más.

Toledo soltó la mano. Cogió el bolso, lo cruzó al pecho, salió.

Aresti la vio salir por la puerta sin mirar atrás.

La camarera se acercó a recoger las dos tazas.

Aresti pagó los cuatro cafés con tarjeta, así que salió cinco minutos después, sin prisa.

La lluvia fina seguía cayendo sobre la calle Buenavista.

Aresti volvió a Atocha por el mismo camino, bajó al parking, sacó el A4.

Encendió el motor. Las once y cincuenta y dos.

Volvió a Majadahonda.

* * *

A la una llegó al piso. Lau estaba en el laboratorio en el ordenador grande con dos pantallas abiertas —un caso de la consultoría de un cliente del bufete de Linares, dos archivos PDF de un peritaje informático que Lau llevaba mirando los últimos días sin urgencia—.

Levantó la vista al oír entrar a Aresti, pero no se levantó, la miró un segundo a la cara.

—Entregado.

—Bien.

Aresti dejó el bolso en la silla del rincón.

Se quitó la gabardina. Se sentó en el taburete alto del laboratorio al lado de Lau.

Le contó la cita en orden —la cafetería Casa Tere de la calle Buenavista, Toledo entrando siete minutos después con escaneo del local, las seis preguntas, la decisión de Toledo de moverlo el mismo día, el plan con Aldea, la operación a las seis de la mañana del sábado, las tres cosas que Toledo había pedido—.

Lau la escuchó hasta el final sin interrumpir.

Cuando Aresti terminó, Lau asintió una vez.

—¿Mercedes?

—La llamo en cinco minutos.

—Lau.

—Dime.

—Toledo me ha pedido cero comunicación con familia hasta que ella diga lo contrario.

—Ya me lo imaginaba.

—Pero te ha incluido a ti como excepción explícita. Lau sí.

—Eso, claramente, me lo había imaginado.

—Lo digo para que conste.

—Conste.

Aresti cogió el inalámbrico, marcó el móvil de Mercedes Galán de cabeza.

Mercedes contestó al segundo tono. Aresti le dijo lo justo —algo se movía durante el fin de semana, día normal en la asesoría, casa el sábado con su madre, sin agenda social fuera del barrio, sin abrir la puerta a nadie que no conociera, móvil cargado, contestar al primer pitido.

Le pidió las tres fotos que Mercedes había hecho desde la ventana del baño de la asesoría con el móvil personal.

Mercedes se las mandó por WhatsApp en el acto —tres fotos, un Audi A6 negro aparcado delante del portal, un Volkswagen Passat oscuro media manzana más allá, una furgoneta de reparto blanca en la otra acera—.

Aresti se las reenvió a Toledo al WhatsApp con tres líneas de texto: Galán fotos asesoría octubre.

A6 nodo, Passat nodo, furgoneta menor. Operativas para dossier.

Toledo contestó al cabo de noventa segundos: Recibidas. Las meto. Punto.

—Vale —dijo Aresti.

—Ahora esperar.

Las dos se quedaron mirando la calle.

* * *

A las dos menos cuarto Lau cerró las dos pantallas del peritaje del cliente del bufete y se levantó.

—Salimos a comer.

—¿Dónde?

—Hay un sitio nuevo cerca de la estación de cercanías que llevo dos meses queriendo probar y no he probado. Pinchos buenos, parece. Tienen calefactor en la terraza. ¿Te apetece?

—Me apetece.

—Vamos.

Bajaron al garaje, cogieron el A4, fueron al centro de Majadahonda.

El sitio se llamaba Estación 14 , estaba en una calle pequeña detrás del centro comercial, tenía una terraza pequeña con tres mesas bajo un toldo y dos calefactores eléctricos exteriores al lado de la pared.

Lau eligió la mesa del fondo. Pidieron pinchos —tortilla de patata, pimientos del padrón, una ración de croquetas de jamón, queso frito con mermelada de tomate, brocheta de carne—, una jarra de vino blanco frío que tenían en oferta, agua.

Comieron despacio. La conversación derivó hacia donde tenía que derivar —Lau habló de Daniela y del parcial del viernes que viene, Lau habló de Loli y de la rodilla derecha que iba a peor, Lau habló de Vane y Tony del bar Caribe que se habían vuelto a juntar la noche anterior aunque iba a durarles tres semanas como mucho, Aresti habló de Iker que le había mandado un audio el martes de cinco minutos contando que Hernández, el adjunto de cirugía general, le había dejado abrir solo por primera vez una hernia inguinal el martes pasado y que se había quedado tres días sin dormir bien por la responsabilidad, Aresti habló de Pilar que le había mandado el miércoles una foto de la planta de los geranios del jardín de La Florida con la primera flor de noviembre, Aresti habló de Maite que llevaba quince días sin decir nada, pero eso quería decir que estaba en algo gordo del banco—.

Comieron. Bebieron el vino blanco —no mucho, dos copas cada una, pues Aresti tenía que mantener la cabeza limpia, Lau también—.

Se quedaron en la terraza hasta las cuatro menos veinte mirando el cielo gris que no se decidía a llover ni a no llover.