Capítulo 13
E ra viernes.
La carpeta azul oscuro estaba donde la había dejado el martes —encima de la mesa larga, al lado del ordenador apagado, con la etiqueta blanca de la portada y el lomo cerrado por la cinta atadora interna—.
La copia para la caja fuerte ignífuga seguía dentro del armario empotrado, intacta.
Esta era la del entregar. Aresti la cogió con las dos manos, la metió en el bolso grande de cuero marrón que usaba sólo cuando llevaba documentación que no podía perderse, comprobó que el USB cifrado seguía dentro de la solapa interior con el sobre pequeño que llevaba la clave doblada en cuatro, cerró el bolso, así que volvió a bajar al cuarto.
Se vistió con vaqueros oscuros, jersey gris claro de cuello redondo, botines de ante, gabardina corta beige.
El pelo recogido en coleta baja. Ningún pendiente, ninguna joya, aunque con el anillo del meñique izquierdo que llevaba siempre.
Lau seguía dormida. Aresti le pasó la mano por el pelo un segundo. Lau abrió los ojos.
—Niña —dijo Lau con la voz todavía de almohada.
—Me voy ya. A las once con Toledo.
Lau movió la cabeza contra la almohada sin abrir los ojos del todo.
—Vuelve.
—Vuelvo.
A las nueve y veinte salió del piso. M-503 dirección sur con el cielo gris arriba, A-6 hasta Príncipe Pío, M-30 dirección sur hasta Atocha.
Tráfico medio de viernes laborable, todo Madrid yendo al trabajo a las nueve y media de la mañana del último día de octubre, sin lluvia pero con la humedad de un suelo que había estado mojado tres días seguidos.
Aresti condujo concentrada en el carril, sin radio, sin pensar en lo que iba a decir, pues lo que iba a decir lo había escrito en el dossier y el dossier hablaba solo.
Aparcó en el parking subterráneo de Atocha a las diez y cuarenta y dos.
Subió a la calle. Cruzó la plaza del Emperador Carlos V por debajo de la lluvia fina que había empezado a caer en el último kilómetro y que ahora se asentaba sobre los charcos sin mojar del todo.
Bajó por Atocha, dobló a la izquierda por Argumosa, pasó por delante del Reina Sofía cerrado a esa hora, dobló a la derecha por una calle pequeña que se llamaba Buenavista y que tenía cinco metros de acera y una hilera de cuatro o cinco bares de jubilados de barrio.
La cafetería que Toledo había elegido se llamaba Casa Tere y estaba a dos puertas del fondo de la calle.
Suelo de baldosa marrón, barra de zinc, cuatro mesas de fórmica, tres parroquianos en la barra a las once menos cinco con cafés con leche y pinchos de tortilla, una camarera mayor con delantal blanco.
Aresti entró, sacudió la gabardina dos veces, dejó el paraguas plegado en un paragüero de hierro junto a la puerta.
Identificó la mesa que iba a coger —la del fondo a la derecha, pegada a la pared, con visión lateral de la entrada —y se sentó.
Pidió un café solo. La camarera se fue a la cafetera, pero sin decir nada.
A las once y siete entró Toledo.
Pelo castaño oscuro corto, gafas de pasta marrón, americana negra de paño grueso sobre camisa gris claro de algodón, vaqueros oscuros, deportivas planas blancas con la suela negra, bolso bandolera de cuero marrón cruzado al pecho.
La pinta de mujer de cuarenta años que no hacía nada por aparentar nada, pero que precisamente por eso tenía la presencia que tenía.
Entró, paró en la puerta dos segundos, hizo, claramente, el escaneo profesional rápido del local —barra, parroquianos, mesas, salida posterior —sin que ninguno de los tres parroquianos se enterara de que estaba siendo escaneado, identificó a Aresti al fondo, así que se acercó, se sentó enfrente.
Tenía unas ojeras más marcadas que la voz del teléfono, ojeras de jueves por la noche que no se habían ido del todo con el viernes, y Aresti las registró sin comentar.
Pidió un café americano sin mirar a la barra.
Dejó el bolso bandolera en la silla de al lado, no en el suelo.
Sacó el móvil del bolsillo de la americana, miró la pantalla un segundo, lo silenció, lo dejó boca abajo sobre la mesa.
Se quitó las gafas, las limpió con un paño pequeño de microfibra que sacó del bolsillo interior de la americana, se las volvió a poner.
—Aresti, ¿has venido en coche?
—Parking de Atocha.
—Bien. He tenido que dejar el mío en doble fila tres calles más arriba, así que procura que esto no dure más de una hora o me cae una multa que no cubre mi sueldo de funcionaria.
La camarera trajo el café americano de Toledo.
Aresti había terminado el suyo en cuatro sorbos y pidió otro.
Toledo esperó a que la camarera se fuera.
Sacó del bolsillo interior de la americana un bolígrafo de tinta azul y un cuaderno pequeño de tapas duras color granate, los dejó al lado de la taza, pero no los abrió.
—Sácalo.
Aresti sacó la carpeta del bolso. La puso encima de la mesa entre las dos. Toledo la cogió con las dos manos como cogería un perito una pieza, abrió la cinta atadora interna, abrió la portada, miró el índice durante quince segundos. Asintió. Empezó a leer.
Leyó el cuerpo principal del dossier en treinta y cinco minutos exactos.
Aresti los pasó en silencio enfrente de ella, con las dos tazas de café delante, sin moverse.
Toledo leía rápido pero no apresurada —Toledo leía, realmente, como leía la gente que ha leído mucho material de causa en su vida, con la mirada alternando entre el cuerpo del párrafo y los márgenes, deteniéndose en las cifras, marcando con el bolígrafo de tinta azul tres líneas en la página seis, dos en la nueve, una en la trece, una en la veintidós.
El bolígrafo de Toledo no rayaba el dossier, pero dejaba una marca pequeñísima al pie de la línea, casi invisible, con un puntito final que Toledo había aprendido a hacer a los veintipocos años cuando estaba todavía en agente y no quería que sus jefes le criticaran las marcas en los expedientes—.
La camarera trajo el segundo café de Aresti.
Toledo levantó dos dedos pidiendo otro suyo también.
La camarera se lo apuntó con la barbilla y volvió.
Cuando Toledo terminó el cuerpo principal cerró la página treinta y siete con los dos pulgares y se quedó cuatro segundos mirando la contraportada interior de la carpeta, aunque sin pasar a los anexos.
Después abrió el cuaderno pequeño granate, escribió cinco palabras en taquigrafía propia que Aresti no pudo leer desde su lado de la mesa, lo cerró. Levantó la vista hacia Aresti.
Toledo cerró la carpeta un segundo, la volvió a abrir por la primera página.
—Cadena de custodia del portátil de Marta. ¿Cómo lo sacaste y quién más lo ha tocado.
—Lo saqué yo del piso de Marta el martes 21 de octubre con autorización verbal de Encarna García, abuela de la víctima y depositaria de hecho del piso por la patria potestad de Vega.
La autorización fue grabada en mi móvil con consentimiento de Encarna al inicio de la grabación.
El portátil ha pasado por mis manos y por las de Lau Romero, mi socia en la consultoría, exclusivamente.
La copia operativa la hice yo en el laboratorio insonorizado de mi piso, sobre un equipo aislado, con cadena de hash documentada.
El original sigue en el piso de Marta, devuelto el viernes 24 a las cinco de la tarde con sello de devolución firmado por Encarna.
Toledo no escribió nada en el cuaderno. Siguiente pregunta.
—La foto del Hopper. ¿Original o copia.
—La que llevaba en el dossier es copia digital de alta resolución impresa en papel fotográfico de calidad. El original analógico está en mi caja fuerte ignífuga de Majadahonda, intacto, con el sobre kraft de seguridad cerrado. Disponible para entrega cuando lo pidas.
—El dictamen forense privado. ¿Toxicología Pericial Madrid es perito acreditado.
—El doctor Andrés Rivero está en la lista de peritos judiciales del decanato de los juzgados de Madrid desde dos mil dieciocho. Su laboratorio tiene certificación ENAC para análisis toxicológico desde dos mil veinte. Acreditado.
Toledo cogió el bolígrafo de tinta azul, hizo una marca pequeña en el cuaderno granate, lo dejó.
—Mercedes Galán. ¿Aguanta una declaración formal.
—Aguanta. Mercedes Galán es mujer de cincuenta y tres años con quince de experiencia en la asesoría, sin antecedentes, perfil psicológico estable, miedo identificado pero no incapacitante.
Lo que más le preocupa es que su nombre salga públicamente con Pizarro libre.
Si Pizarro está detenido, declara con coherencia.
Yo respondo de su credibilidad ante un fiscal.
—Vigilancia de Iglesias Robles. ¿Documentada con fotos o sólo con matrículas.
—Matrículas verificadas en DGT. Fotos de los vehículos parados delante de la asesoría no las tengo yo —las tiene Mercedes Galán de su móvil personal, hechas desde la ventana del baño de la asesoría tres veces en las dos últimas semanas—. Mercedes me las puede pasar hoy mismo si las pides.
—Pásalas.
—Te las mando esta tarde.
Toledo escribió otras dos palabras en taquigrafía en el cuaderno granate. Cerró.
—El sobre del veintitrés de septiembre.
—Pendiente. Ubicación probable caja fuerte despacho Don Fernando. Localización solo posible en registro post-detención.
—Lo sé. Pero ¿qué seguridad tienes de que el sobre sigue ahí.
—Ninguna. Don Fernando podría haberlo movido en las últimas dos semanas.
Pero el cambio de cerradura del archivador del fondo del veintidós de octubre indica que está reagrupando documentación en su lado del despacho, no dispersándola.
Probabilidad razonable de que el sobre esté en la caja fuerte detrás del cuadro o en el cajón con llave del escritorio principal.