Capítulo 12 #4
—El sobre va a aparecer en el registro de la asesoría cuando entren a por Pizarro. Si lo tiene Don Fernando guardado donde Mercedes dice, sale en cuestión de horas. Si lo tiene en otro sitio, tarda más pero también sale.
Lau cerró la carpeta. Se quedó un segundo con la mano apoyada encima de la portada.
—Niña.
—Dime.
—De lo de Pellicer, ¿qué.
—He tirado del hilo esta mañana. Pellicer tiene una fuente recurrente de entorno de las defensas que ha movido varias notas similares en los últimos seis meses.
Es un abogado del entorno del macroproceso.
No le tengo nombre ni lo voy a tener desde mi mesa.
Mi padre, en su lado, me ha contado que un viejo conocido del Bilbao industrial le llamó el sábado por la mañana antes de que saliera la nota, preguntándole si todo iba bien por Madrid en un tono que no era de cortesía.
Eso nos dice que la información estaba moviéndose ya el viernes anterior.
—Coño.
—Sí.
—¿Te lo guardas o me lo cuentas todo?
—Te lo cuento todo.
Lau se quedó pensando un segundo. Aresti la miró. Lau tenía cuando pensaba un gesto pequeño con los labios, los apretaba un poco hacia adentro, una décima de segundo, y volvían. Aresti llevaba meses leyéndolo.
—Pellicer no es el motor —dijo Lau—. Es la herramienta. Quien sea que ha empujado la nota está más arriba que ella. Pellicer probablemente se está enterando ella misma de algo que no entendía cuando la escribió.
Aresti asintió. No añadió nada. Lau lo había dicho, claramente, mejor de lo que ella lo habría dicho.
—Guardo el contacto del director de tribunales para más adelante —dijo Aresti—. Hoy no hago más. Ahora viene Toledo.
—Y después, sopa de Loli.
—Sopa de Loli.
* * *
A las siete y cuarto Aresti llamó al móvil de Toledo desde el inalámbrico del laboratorio.
Toledo cogió al cabo de tres tonos. La voz era la misma de la primera llamada —voz limpia, registro operativo, sin adornos—.
Toledo era de las que cuando trabajaban no hablaban más de lo necesario, y desde el viernes 24 ya sabía qué era lo que Aresti llevaba entre manos, así que esa segunda llamada empezó sin preámbulos.
—Inspectora Toledo, dígame.
—Aresti. Tengo dossier listo. Treinta y siete páginas de cuerpo más anexos. USB cifrado adjunto. Quiero entregártelo en mano el viernes.
Toledo se quedó un segundo procesando. Aresti la oyó pasar una página al otro lado del teléfono.
—El viernes me viene bien. ¿Hora y sitio?
—La que vaya bien. Lejos de Vallecas y lejos de Canillas.
—La cafetería de Atocha de la otra vez. Once de la mañana. ¿Te llega?
—Me llega.
—¿Algo que avance antes de leerlo?
—Ejecutor material identificado por nombre y apellidos.
Sobrino directo del cabecilla por línea materna confirmado en Registro Civil.
Foto del ejecutor inequívoca. Testigo presencial que lo identifica de vista al cien por cien, con vigilancia activa sobre el testigo desde al menos hace ocho días por sociedad de pantalla del grupo.
Pieza física pendiente de localización en registro judicial post-detención.
Esquema de blanqueo entero con cabecilla, sociedades operativas, testaferros y técnico municipal corrupto.
—¿Caso vivo del lado policial?
—Caso cerrado oficialmente como suicidio el ocho de octubre. Inspector Beltrán, comisaría de Vallecas. La reapertura iría por homicidios. Yo me veo entregándotelo a ti y tú decides el canal.
Toledo se quedó un segundo en silencio al otro lado.
—¿Crees que tiene fuerza para reapertura?
—Si las piezas que has descrito están bien atadas, tiene fuerza. Pero eso lo veo el viernes con el dossier delante.
—Vale.
—Una cosa más, Aresti. Tu testigo presencial.
—Mercedes Galán.
—¿Ha pedido protección?
—No. Pero la vigilancia que tiene encima es conocida y documentada. Si decide pedir, tiene base.
—Si las cosas van rápido —si el dossier se mueve esta misma semana después del viernes—, dile que aguante hasta el lunes que viene en la asesoría como si nada. Que no haga nada raro. Que se vaya con todo el mundo cuando se vaya. Si yo necesito moverlo antes, yo te llamo y tú la llamas.
—Entendido.
—Nos vemos el viernes, Aresti.
—El viernes a las once.
Toledo colgó. Aresti se quedó tres segundos con el inalámbrico en la mano antes de dejarlo. La conversación había durado dos minutos veinte segundos.
Bajó al salón.
Lau había puesto la sopa de Loli al fuego en una cazuela honda y le estaba dando vueltas con cuchara de palo a fuego bajo para que se calentara sin perder cuerpo.
La cocina traía el olor del pescado de Loli mezclado con el sofrito y el perejil.
Aresti se acercó por detrás de Lau, le puso las dos manos en la cintura por encima de la camiseta, le dio un beso en la base del cuello al lado del nacimiento del pelo, se quedó así diez segundos.
Lau no se giró. Siguió moviendo la sopa.
—Entregas el viernes.
Aresti asintió desde la encimera.
Cenaron las dos en la encimera a las nueve menos cuarto, sopa caliente en cuencos hondos blancos con cuchara de plata, pan tostado al lado.
La sopa de Loli tenía exactamente el sabor que su madre le había descrito a Aresti en La Florida —la sopa de Pilar tenía calabaza de Begoña, la sopa de Loli tenía pescado del Cantábrico que Loli compraba los lunes y los jueves en el mercado de San Blas a un pescadero de toda la vida, y eso era la diferencia entre una abuela y otra, aunque no era diferencia de calidad sino de geografía—.
Comieron despacio. Hablaron poco. Aresti le contó cómo había sido la llamada con su padre por la mañana.
Lau escuchó. Lau le contó algo de Vane y de Tony y Aresti escuchó.
A las diez fregaron las dos. A las diez y media subieron al cuarto.
Lau cerró la puerta con el pestillo. Aresti dio las dos vueltas a la llave. Apagaron la luz pequeña.
Aresti no encendió el altavoz Bluetooth de la mesilla, pues Lau no quería música cuando dormía y eso lo respetaba siempre. Tampoco cogió el ejemplar de Misericordia de Galdós. Galdós era para las noches sola, aunque esa noche no era noche sola.
—Niña —dijo Lau en la oscuridad.
—Niña.
—El viernes.
—El viernes.
—¿Estás tranquila?
—Estoy tranquila.
—Vale.
Lau le pasó la mano izquierda por encima del costado, la apoyó en el lado opuesto de la cama, la dejó allí. Aresti sintió el peso de esa mano antes de sentir cualquier otra cosa. Como cada noche que Lau dormía en Majadahonda. Como cada noche que se iban juntas al cuarto.
Se durmieron sin más.
Fuera, el pinar respiraba bajo. La luna del martes estaba a un cuarto de menguar y daba poca luz por encima de los cipreses.
La carpeta azul oscuro con el dossier de Marta Cuesta esperaba en la mesa larga del laboratorio para el viernes.
Carlos Mendía y Lucía Pellicer y un abogado sin nombre del entorno de las defensas esperaban en algún sitio de Bilbao y de Madrid sin saber que Aresti los tenía ya leídos.
Tres días para Toledo.
* * *