El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

E ra martes.

Kira se despertó a las seis y media con Lau dormida al lado vuelta hacia el armario y la luz gris pálida de un Madrid de octubre que esa mañana otra vez no había decidido qué iba a hacer con el cielo entrando por el filo inferior de la persiana.

No llovía, pero tampoco salía el sol. La urbanización entera parecía suspendida en un color medio de plomo claro y verde lavado que era el color que Majadahonda tenía cuatro de cada cinco mañanas de finales de octubre, y que Aresti había aprendido a reconocer como el color del trabajo —la luz que realmente le servía para concentrarse, la luz que no pedía atención—.

Salió de la cama por su lado, descalza, miró un segundo a Lau dormida, le quitó el brazo izquierdo del costado donde lo había dejado al dormirse, bajó.

Los martes no le tocaba piscina. Los martes tampoco le tocaba viernes ni miércoles, los lunes y los jueves eran sus días de natación y los demás eran días de café y trabajo y nada más, y a Aresti los martes le venían bien por la misma razón que le venían bien los lunes —los lunes empezaba con el cuerpo movido, los martes empezaba con el cuerpo descansado de la víspera, y las dos cosas servían para distinto—.

Esa mañana, además, no tenía piscina porque el lunes no había bajado tampoco, y el cuerpo llevaba ya dos días sin nadar, lo cual se notaba en el costado izquierdo donde tenía la tensión de quien lleva demasiados días sentada delante de una pantalla.

Pero el martes no tocaba. Saltaba un día, se aguantaba la tensión, mañana jueves volvía. Esa era la regla.

La cocina estaba en silencio. El reloj de la pared del salón daba las seis y treinta y siete.

Aresti encendió la cafetera, midió doce gramos, los molió, sacó la primera copa con el pulso firme.

Veintiocho mililitros, veintiséis segundos, óptimo.

Buen martes. Se llevó la taza pequeña al ventanal, miró el pinar gris, bebió el café en cuatro sorbos cortos.

Subió al laboratorio en camiseta y pantalones de pijama de algodón que tenía para bajar de cama al laboratorio en las mañanas de gabinete, sin vestirse del todo, pues Lau iba a dormir todavía una hora y Aresti iba a trabajar la primera hora de la mañana sola.

En el laboratorio, las dos pizarras seguían colgadas exactamente como las había dejado el lunes por la noche.

La pizarra del caso Marta a la izquierda, casi llena de cuadros y flechas y nombres, con la columna de la derecha terminando en PIZARRO + EJECUTOR .

La pizarra de Joseba a la derecha, recién plantada, con tres líneas debajo del título — Borja, Pellicer, llamada Bilbao a papá —, todas con interrogantes detrás.

Pero la última anotación de la pizarra de Joseba no era de Aresti.

Era de la noche anterior. Aresti había escrito llamada Bilbao sin signo, aunque el signo de interrogación se lo había añadido mentalmente esa misma mañana al despertar, antes incluso de la cafetera, pues la cabeza de Aresti, claramente, había seguido trabajando durante el sueño y había decidido por su cuenta que la llamada de Borja a Javier en la cena del domingo no estaba aislada.

Algo iba pasando por debajo, lentamente, y los signos visibles eran tres y la lectura de Aresti era que iban a ser más antes de cerrar la semana.

El rotulador negro de la pizarra de Joseba seguía sin tapar en la repisa. Aresti lo cogió. Le puso la tapa. Lo dejó.

A las siete y cuarto bajó al cuarto, se cambió por unos vaqueros oscuros y un jersey gris ancho de Lau que estaba colgado en la silla del cuarto, le dio un beso muy pequeño en la sien a Lau que seguía durmiendo, volvió a subir al laboratorio.

A las nueve y media iba a llamar a Javier, así que hasta entonces, dos horas y cuarto para repasar lo que llevaba e hilar el discurso de la llamada.

* * *

A las nueve y veintinueve, después de un segundo café traído del salón en otra taza pequeña, Aresti cogió el inalámbrico. Marcó el móvil de Javier de cabeza. Sonó dos veces. Javier contestó al tercer pitido.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, papá.

Javier estaba en su despacho de la oficina central de la familia en la calle Velázquez, desde donde llevaba treinta años entrando a las ocho y media en punto a un sillón de cuero antiguo que había sido del abuelo Vicente y que había pasado de padre a hijo sin que ninguno de los dos hubiera podido sustituirlo por uno más moderno.

Aresti sabía exactamente qué luz tenía esa habitación a esa hora —la del balcón al sur, filtrada por las cortinas de lino color marfil—, qué temperatura tenía la calefacción —baja, Javier no soportaba el calor concentrado— y qué olor tenía el despacho —cuero, papel viejo, café del termo, ningún tabaco porque Javier no fumaba dentro—.

La oficina central de la familia ocupaba dos plantas de un edificio noble del barrio de Salamanca y Javier despachaba con el director general durante diez minutos cada mañana antes de meterse a leer correo, y a las nueve y media los lunes, martes y miércoles era exactamente la franja en la que Aresti podía llamarle sin interrumpir nada importante.

Los jueves tenía consejo. Los viernes Javier ya estaba en otra cosa.

—Tengo una cosa que quiero comentarte —dijo Aresti.

—Dime.

—Es una cosa pequeña. Pero es una cosa que prefiero contártela ahora, no esperar.

—¿Es del tema de Borja del domingo?

—Sí.

—Te escucho.

Aresti respiró una vez. Tenía el discurso preparado.

Lo soltó en orden —la nota del suplemento económico de El Confidencial del fin de semana, dieciocho de octubre, dos columnas en página veintiocho, firmada por Lucía Pellicer Roig, redactora junior de tribunales con cinco años de carrera.

La reapertura de una pieza separada de la macrocausa del once por la Audiencia Nacional, decretada el quince de octubre, con apellidos del entramado original mencionados, entre ellos familia Aresti, sociedad patrimonial Aresti-Otero S.A.

. La cosa rara: que la patrimonial nunca había estado en la pieza original, lo había estado la rama de Joseba.

La cosa muy rara: que la nota había circulado igual con esos términos en otros tres medios, sin que ninguno la hubiera contrastado.

Javier la dejó terminar.

Pausa de dos segundos largos.

—La patrimonial no estuvo nunca.

—Lo sé.

—Estuvo lo de mi hermano. La patrimonial nunca.

—Eso es lo que digo yo, papá. Lo que dice la nota es otra cosa.

Javier asintió.

Javier se quedó en silencio cinco segundos. Aresti sabía exactamente qué estaba haciendo Javier en esos cinco segundos: estaba mirando el balcón, estaba pensando, estaba recordando algo. Aresti no lo interrumpió.

—Hija.

—Dime.

—El sábado por la mañana, antes de la cena con Lau y contigo, recibí una llamada al móvil de un viejo conocido del Bilbao industrial. Carlos Mendía. ¿Le has oído nombrar?

—Algo me suena.

—Era socio de tu abuelo a los veinticinco años, los dos juntos en una operación pequeña que hicieron antes de Bilbao Industrial Holding.

Llevaba veinte años sin llamarme. El sábado a las once de la mañana me llamó y me preguntó cómo iban las cosas por Madrid, eso fue lo que me dijo, Javier, ¿cómo van las cosas por Madrid?

, en un tono que no era de cortesía y que yo no supe leer en el momento.

Le contesté que bien, que un poco menos negocio del esperado este año, lo de siempre.

Estuvo dos minutos colgándomela. Habló del tiempo en Bilbao, habló de un primo suyo que está mal de salud, habló de la última junta del Athletic.

Después colgó. Yo me quedé pensando que era llamada extraña pero la atribuí a hombre mayor con tiempo libre. No era hombre mayor con tiempo libre.

—Era hombre que sabía algo que yo todavía no sabía.

—Era hombre que sabía algo. Lo de Pellicer es del fin de semana siguiente al sábado de la llamada.

Mendía me llamó el sábado por la mañana.

Pellicer publicó la nota el sábado por la noche o el domingo por la mañana en la edición del fin de semana.

Eso quiere decir que algo pasó entre el viernes y el sábado al mediodía que llegó a los oídos de Mendía antes que a los míos.

—Bilbao siempre se entera antes que Madrid de las cosas de Bilbao.

—Y de las de Madrid.

Javier soltó algo que era un gruñido a medias, algo a medio camino entre el suspiro y la risa seca, el sonido que tenía Javier cuando recibía mala noticia, aunque todavía no sabía si grande o pequeña.

Aresti lo había oído dos veces en su vida —la primera, cuando salió la noticia de Joseba en los periódicos hacía cuatro años y Javier estaba al teléfono con su abogado en la cocina de La Florida; la segunda, ahora—.

Era un sonido que Aresti nunca quería oír.

—¿Qué hacemos? —dijo Javier.

—Repartimos. Yo rasco lo de Pellicer desde mi lado.

Tú rascas lo de Mendía desde el tuyo. Yo tengo herramientas digitales que pueden mirar el rastro que ha dejado la nota.

Tú tienes la red de gente que te puede decir si Mendía tiene comunicación con alguien de los apellidos que aparecen en la pieza original.

No nos pisamos. Nos llamamos al final del día si alguno saca algo concreto.

—Vale.

—¿Se lo decimos a mamá o a Maite?

—A tu madre no. A Maite tampoco, que Maite se lo cuenta a Borja y Borja me llama el mismo día. Si necesitas a Iker para algo concreto se lo dices tú, pero sin contarle el cuadro entero.

Javier asintió.

—Hija. Si averiguas algo, me lo dices a mí. No a tu madre. A mí.

—A ti, papá.