Capítulo 12 #2
Javier colgó. Aresti se quedó tres segundos con el inalámbrico en la mano antes de dejarlo en el cargador.
La llamada había durado nueve minutos exactos según el reloj del ordenador.
La conversación había seguido exactamente el guion mental que Aresti había llevado preparado, salvo por el dato de Mendía, que era información nueva y cambiaba el cuadro: había alguien en Bilbao que sabía algo antes de que ese algo apareciera en El Confidencial.
Eso quería decir que la nota de Pellicer no había salido de fuente única en Madrid, había salido de algo que se estaba moviendo, realmente, en círculos más amplios.
Aresti escribió en la pizarra de Joseba, con rotulador negro, una cuarta línea debajo de las tres anteriores:
Carlos Mendía (Bilbao)— llamada vie/sáb a Javier antes de Pellicer
Le puso un signo de interrogación detrás. Volvió a tapar el rotulador. Lo dejó en la repisa.
* * *
A las diez menos cinco bajó al equipo del laboratorio, encendió los altavoces de campo cercano, conectó el portátil aislado al sistema.
El miércoles pasado había puesto las Variaciones Goldberg de Glenn Gould para el día de gabinete, pero esa mañana de martes pedía algo distinto.
Las Goldberg eran disco de cabeza limpia, de trabajo de descifrado y mapeo, donde la forma de la música ayudaba a ordenar la forma del pensamiento.
Esa mañana iba a hacer rastreo, lo cual era trabajo de horas largas, atención sostenida, paciencia, horas que iban a parecer tres y a ser cinco.
Para eso la cabeza no quería forma, quería ritmo.
Aresti puso Ballads de John Coltrane del sesenta y dos.
Volumen bajo. El primer tema era Say it (Over and over again) , una balada lentísima que Coltrane tocaba con el saxo casi susurrando, un tema que duraba cuatro minutos y veintinueve segundos exactos y que servía para arrancar una mañana de trabajo largo sin que la cabeza se enterara de que estaba arrancando. Volvió a la silla.
Empezó por Pellicer.
Lucía Pellicer Roig, veintinueve años, redactora de tribunales en El Confidencial desde junio de dos mil veintidós.
Antes había estado dos años en agencia EFE en la sección de tribunales, y dos años antes en una becaria de redacción en Vozpópuli.
Carrera de Periodismo en la Carlos III, máster en Investigación periodística en la Rey Juan Carlos.
LinkedIn público con foto de carnet, descripción técnica corta, ningún signo de actividad política.
Twitter público con doscientos seguidores y trescientas publicaciones en los últimos cuatro años, todas vinculadas a sus propias notas, sin opinión política expresada, sin retuits a perfiles polarizados, sin actividad fuera del horario laboral, así que Pellicer escribía y Pellicer apagaba.
Aresti abrió la herramienta interna que tenía en el laboratorio para cruzar perfiles públicos con histórico de notas firmadas.
Cargó las cuarenta y ocho notas que Pellicer había firmado en El Confidencial las últimas seis semanas.
Las leyó por encima en lectura vertical —titulares, primer párrafo, fuentes citadas, palabras clave—.
Pellicer cubría la Audiencia Nacional sobre todo, también algo del Tribunal Supremo, alguna pieza de Anticorrupción.
Notas técnicas, neutras, sin tomas de posición.
Cruzó las fuentes citadas. Pellicer citaba fuentes fiscales en treinta y dos de las cuarenta y ocho notas, fuentes judiciales en veintiuna, fuentes del Ministerio de Justicia en seis, fuentes próximas a la investigación en doce, fuentes del entorno de las defensas en cuatro.
La distribución era normal para una redactora de tribunales.
Pero cuando Aresti cruzó las cuatro notas con fuentes del entorno de las defensas con los temas que cubrían —un caso de blanqueo internacional reabierto en marzo, una pieza separada de la operación Lezo de septiembre, una causa de financiación irregular pequeña, y la reapertura del macroproceso de octubre—, encontró un patrón.
Las cuatro notas tocaban entramados con conexión mediterránea o uruguaya.
Las cuatro habían aparecido en momentos en los que el tema podía haber pasado sin nota —eran movimientos procesales menores, informaciones de relleno de tribunales —.
Y las cuatro habían sido replicadas por Vozpópuli y El Independiente, aunque sin contraste, con la misma fórmula textual o con muy pequeñas variaciones.
La fuente del entorno de las defensas que Pellicer estaba usando era recurrente, era, claramente, la misma persona en las cuatro notas, y estaba moviendo información a redactoras junior de tribunales que la publicaban sin rascar.
Aresti no podía identificar a la persona desde su mesa.
Pero podía nombrarla por descripción: un abogado con clientes en el entramado original del macroproceso, que llevaba años manteniendo a salvo la patrimonial Aresti-Otero por desconocimiento o por opacidad pero que ahora la estaba metiendo en la conversación pública por algún motivo.
¿Por qué.
Aresti se quedó dos minutos con esa pregunta en la cabeza sin contestarla. Coltrane había pasado a You don't know what love is . La cabeza no estaba para responderse esa pregunta sin más material. Lo dejó.
Pasó al siguiente paso. El director de tribunales de El Confidencial.
Aresti llamó a un amigo de Iker de la facultad, Arturo Linde, que estaba ahora en redacción económica de El Independiente, le había conocido en una cena familiar hacía dos años, era un tipo simpático y discreto, le pidió el contacto del director.
Arturo se lo pasó por WhatsApp en cuatro minutos, sin preguntar para qué, pues Arturo era de los que no preguntaban.
Eduardo Olaiz Mateu, ahí te va el móvil, dile que vas de mi parte, te coge.
Aresti le dio las gracias en otro WhatsApp corto.
Guardó el contacto en la libreta Moleskine, en una página separada de las del caso Marta, en la cuarta página que ya tenía la libreta de tres días. No llamó.
A las doce menos cuarto cerró el bloque Pellicer. Tenía un patrón identificado, una hipótesis sin confirmar y un contacto operativo guardado, así que con eso le bastaba para ahora. Lo siguiente era el dossier de Marta, pero para eso necesitaba comer antes.
Bajó al salón.
Lau estaba de pie en la cocina con una camiseta blanca de Aresti sobre las bragas, descalza, haciéndose la segunda taza de café del día con la cafetera italiana al fuego y el pelo todavía enredado de la noche.
—Niña —dijo Lau sin girarse.
—Buenos días.
—¿Café?
—Ya he tomado dos.
—Tres. Estás tomando tres mañana.
—Tres.
Lau le sirvió la tercera. Aresti aceptó.
* * *
A la una Lau estaba ya vestida —vaqueros, jersey de lana fina rojo oscuro, zapatillas blancas, gabardina al brazo—, el pelo recogido en moño bajo, los pendientes de aro grandes.
Se le veía cara de quien va a su barrio y eso siempre se le notaba.
En Majadahonda Lau tenía la cara de visita amable, pero en San Blas Lau tenía la cara de en casa.
—Voy a comer con mi madre y con Daniela. Daniela tiene parcial el viernes y mi madre quiere verla un rato antes. Se quedan tranquilas si yo bajo a comer y vuelvo por la tarde.
—Vuelvo a las cinco o seis. Cojo el cercanías de la tarde. Si vienes a recogerme, te aviso.
—Te recojo.
Lau le pasó la mano por la nuca, le dio un beso pequeño en la sien, cogió el bolso, las llaves del Ibiza, salió. Aresti la oyó arrancar en el garaje. Las luces pasaron por la ventana del salón en oblicuo.
Aresti se quedó sola.
La cocina estaba tranquila. Sacó del frigo dos lonchas de jamón cocido, queso de cabra, pan integral.
Hizo un sándwich con pepinillos. Se cortó una manzana.
Se sirvió un vaso de agua. Comió de pie en la encimera mientras miraba el pinar por el ventanal.
El cielo seguía del color del plomo claro pero un poco más alto, como si hubiera subido dos metros desde la mañana, lo cual era el efecto óptico de finales de octubre cuando el sol no aparece y la luz se difunde sin punto de origen visible.
Aresti pensó si debería bajarse media hora a la consola antes de meterse al dossier, aunque descartó.
El sábado había salido cuarenta y cinco minutos en Hyrule y le había servido para tres días.
La cabeza, realmente, estaba bien, no necesitaba apagarla otra vez.
Necesitaba meterla en frío al dossier, así que comió el sándwich, lavó el plato a mano, dejó el vaso en el escurridor.
A las dos menos diez subió al laboratorio.
* * *
E l dossier le llevó tres horas exactas.
Aresti cambió el disco a Sunday at the Village Vanguard de Bill Evans Trio del sesenta y uno cuando empezó, y lo dejó en bucle silencioso de fondo durante las tres horas.
Bill Evans del Vanguard era un disco que Aresti tenía en vinilo y en digital y que ponía siempre que tenía que escribir cualquier cosa por encima de las tres mil palabras, pues el piano de Evans avanzaba a un ritmo conversacional, sin urgencia, con esa textura de bajos de Scott LaFaro que daban tierra firme al fraseo del piano sin tirar de él, y eso a Aresti le servía exactamente para escribir prosa técnica larga sin acelerarse.
Lo había descubierto a los diecinueve, en los meses antes de la cárcel cuando estaba escribiendo el dossier que iba a entregar a la policía contra Joseba, y desde entonces lo asociaba directamente con el trabajo de informe —un trabajo, por suerte, que esa tarde tenía sentido contrario al de aquella vez—. Le dio al play. Escribió.