El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Lau bebió un sorbo de café. Lo dejó en la encimera.

—Pero hay otra cosa. Cuando entré a La Concha a las diez y veinticinco, había un coche aparcado en frente del café por la otra acera, con un hombre dentro sin bajarse, mirando hacia la entrada.

Pelo gris, gafas, cuarenta y cinco-cincuenta, cara que no me ha sonado de ningún sitio, español.

El coche era un Volkswagen Passat oscuro.

Le apunté la matrícula por costumbre. Cuando salí del café a las once y cuarenta, el coche ya no estaba.

Había estado entre las diez y veinticinco y antes de las once y cuarenta.

Es decir, durante la conversación entera.

Puede ser una coincidencia y un señor esperando a su mujer en el café del enfrente que no era el mío.

Pero también puede no serlo. Te paso la matrícula y la mirás luego.

—Lau.

—Dime.

—Dame la matrícula ya.

Lau se la dio. Kira la apuntó en la libreta al lado de las tres que le había dado Mercedes.

—Mercedes me ha dado tres matrículas que ha visto delante de la asesoría a horas raras estas dos semanas —dijo Kira—.

La voy a cruzar con la tuya. Si alguna de las tres coincide con la tuya, tenemos vigilancia activa.

Si ninguna coincide pero la tuya repite alguna marca que sea recurrente, es vigilancia extendida.

Si la tuya es coche aleatorio, es paranoia productiva.

—Paranoia productiva.

—Paranoia productiva.

Kira fue al ordenador. La transcripción ya estaba a la mitad.

Mientras se acababa, abrió en otra pantalla la base de datos de la DGT a la que tenía acceso por suscripción de su consultoría —base limitada, no completa, pero suficiente para titular y modelo y a veces antigüedad de matrícula —y cruzó las cuatro matrículas.

La primera de Mercedes, un Audi A6 negro a nombre de una sociedad del polígono de Coslada que no le sonaba de nada.

La segunda de Mercedes, un Ford de ocho años a nombre particular.

La tercera de Mercedes, una furgoneta de reparto a nombre de empresa.

La de Lau, el Volkswagen Passat oscuro: a nombre de una sociedad limitada con domicilio fiscal en una calle de Tres Cantos.

Razón social Servicios Auxiliares Madrid Norte S.L.

Kira se quedó muy quieta dos segundos.

—¿Qué?

—La sociedad del Passat de Lau de Méndez Álvaro y la sociedad del Audi A6 de Mercedes del martes por la noche delante de la asesoría tienen el mismo domicilio fiscal.

Calle Las Acacias trece, Tres Cantos. Nombres de sociedad distintos pero misma dirección.

Es decir, son, claramente, dos coches del mismo grupo de gestión societaria.

—Coño.

—Sí.

—¿Cómo de mismo grupo?

—Voy a tirar del hilo. Pero la lectura preliminar es que el grupo Quintero o alguien que trabaja para el grupo Quintero tiene vigilancia activa sobre Mercedes desde hace al menos ocho días, y hoy la han seguido a Méndez Álvaro o han ido por su cuenta a vigilar el café, no lo sé todavía. Cualquiera de las dos cosas es mala.

—¿Mercedes corre peligro hoy mismo?

—No lo sé.

—Kira.

—No lo sé, Lau. Probablemente no, si no han escuchado la conversación.

Y no han podido escuchar la conversación pues ninguno de los dos coches estaba dentro del café.

Lo que sí han registrado es que Mercedes se ha citado con alguien en La Concha durante una hora un lunes a las once.

Eso es información que va a llegar a Don Fernando hoy o mañana. Eso ya es problema.

—¿Qué hacemos?

—Llamar a Mercedes ahora.

Lau asintió sin moverse del taburete, pues sabía que Kira no necesitaba ayuda para eso.

Kira llamó al móvil de Mercedes. Sonó tres veces. Mercedes contestó al tercer pitido.

—¿Sí?

—Mercedes, soy Kira. Una cosa rápida. Cuando ha entrado a La Concha esta mañana, ¿se ha fijado si alguien la seguía desde la asesoría?

—No me he fijado. He cogido el metro de Vallecas a Méndez Álvaro directo, sin transbordo. Salí de la asesoría a las diez y media diciendo que iba al banco y a la farmacia. Me he tomado el metro con la línea uno. ¿Por qué?

—Habrá un Volkswagen Passat oscuro en la calle de la asesoría hoy o mañana.

Si lo ve, no lo mire dos veces. Pase de largo.

Y esta noche, mañana y pasado, no vuelva a la asesoría sola al final del día.

Salga con los demás. Si Don Fernando le pide que se quede, dígale que tiene que irse a recoger a su madre. ¿Su madre vive con usted?

—Vive cerca, en su casa.

—Pues mejor. Use la excusa de su madre. Y si pasa cualquier cosa rara, me llama.

—Vale, Kira. ¿Qué está pasando?

—Probablemente nada que la afecte hoy. Pero una de las matrículas que usted me ha dado está conectada con un coche que ha estado en La Concha esta mañana mientras hablábamos.

Es decir, que alguien está mirando. No tiene por qué ser específicamente a usted, puede ser a otra persona.

Pero vamos a tener cuidado los próximos días.

Mercedes no dijo nada durante dos segundos.

—Cuídese.

—Cuídese usted también.

Kira colgó.

—¿Está tranquila? —preguntó Lau.

—Más de lo que esperaba. Mercedes Galán es de las que aguantan.

—Sí.

—Voy a tirar del hilo de la sociedad de Tres Cantos esta tarde. Tú, ¿qué hacemos contigo?

—Yo me quedo aquí. Daniela está bien hoy. Le he mandado un mensaje hace media hora para decirle que me quedo a comer y a cenar contigo.

—Vale.

—¿Qué comemos?

—Lo que haya.

Lau bajó a la cocina. Kira se quedó en el laboratorio con la transcripción ya completa en pantalla.

* * *

L a tarde fue larga.

Kira trabajó dos horas seguidas con la transcripción de la conversación en la pantalla izquierda y la base de sociedades abierta en la pantalla derecha.

La sociedad Servicios Auxiliares Madrid Norte S.L.

de Tres Cantos resultó ser, realmente, una sociedad operativa de unas oficinas pequeñas con tres trabajadores nominales y un objeto social genérico de prestación de servicios auxiliares de gestión y apoyo a empresas , que era uno de los objetos sociales más vacíos del catálogo del CNAE.

Kira tiró del hilo del administrador único, un hombre llamado Sergio Iglesias Robles, de cincuenta y tres años, sin antecedentes públicos, con dos sociedades más a su nombre, una de transporte de mercancías y otra de mantenimientos industriales.

Las tres sociedades tenían domicilio fiscal compartido en Las Acacias trece, Tres Cantos.

Las tres tenían la misma asesora —y la asesora era una asesoría distinta de la de Don Fernando, cosa que Kira anotó con cuidado, pues quería decir que el grupo no metía todas sus sociedades en el mismo nudo de Vallecas, sino que tenía nudos paralelos para tareas distintas.

Sergio Iglesias Robles no aparecía en el árbol del grupo Quintero que Kira había trazado el miércoles pasado con datos públicos.

Pero Kira tiró del segundo apellido —Robles—, cruzó con el Registro Civil de pago, y al cabo de cuarenta minutos sacó algo: Sergio Iglesias Robles era primo segundo de Eladio Quintero por línea materna.

Robles era el apellido de la abuela materna de Sergio y la abuela paterna de Eladio.

La conexión era tres generaciones para arriba.

Eladio había metido a un primo segundo a llevar las sociedades de logística y vigilancia del grupo, fuera del círculo más cercano que era el de Pizarro como sobrino directo. Vigilancia se compraba por separado.

Kira escribió en la libreta:

Sergio Iglesias Robles —primo 2º Eladio por Robles. Logística/vigilancia. Sociedad Madrid Norte (Passat hoy + Audi A6 mart pasado vs. asesoría). Otras 2 sociedades (transporte + mantenimientos). Asesoría distinta de DF.

Después subrayó la última frase. La asesoría distinta de Don Fernando era una pieza importante.

Quería decir que el cuadro de Don Fernando —la asesoría Quintana —estaba dedicada a un brazo concreto del grupo (blanqueo urbanístico vía Servigesa y similares), pero que el grupo tenía otros brazos con otros asesores.

Don Fernando podía no saber siquiera que existiera Sergio Iglesias Robles, aunque Pizarro probablemente sí lo sabía.

Eladio claramente lo sabía. La estructura era, realmente, más profunda y más compartimentada de lo que Kira había trazado el miércoles.

Eso, narrativamente, complicaba el caso.

Tácticamente, simplificaba la operación contra Pizarro: la vigilancia era profesional pero externa al núcleo Quintana, así que si Pizarro caía con dossier preparado para Toledo, los del Passat no se lo iban a oler hasta que ya estuvieran detenidos los suyos.

Kira cerró la pantalla de sociedades. Eran las tres y media de la tarde. Se sirvió otra taza de café. Bajó al salón.

Lau había hecho ensalada de pasta con atún y huevo y aceitunas y tomate cherry.

Se la habían comido las dos en la encimera de la cocina, sin ceremonia, en quince minutos, sin hablar mucho del caso pues Kira necesitaba quince minutos sin caso.

Lau le había contado de Daniela, del parcial de Procesal que era el viernes, de un tipo del barrio que le había estado siendo pesado al hermano de una amiga de Daniela.

Conversación cotidiana. Kira había escuchado y había asentido.

Después habían fregado las dos. A las tres y veinte había vuelto al laboratorio.

A las cuatro menos cuarto, después del bloque de las sociedades, Kira cambió de pantalla.

Sacó el suplemento económico de El Confidencial del fin de semana del dieciocho-diecinueve de octubre, que era el que Borja había leído, según lo que Borja había dicho en la cena de La Florida.

El suplemento traía cuarenta y dos páginas.

Kira lo abrió en pdf en la pantalla, fue a la sección de tribunales, buscó cualquier nota que hablara de la Audiencia Nacional reabriendo una pieza separada.

La encontró en página veintiocho. Dos columnas, sin foto, firmada por una redactora junior de tribunales llamada Lucía Pellicer Roig.

La nota tenía dieciocho líneas. Kira la leyó dos veces.