Capítulo 11 #3
—No nos dijimos nada —dijo Mercedes—. Marta volvió a su mesa. Yo cerré el archivador y volví a la mía. Esa tarde no hablamos. Sandra me ha dicho después que Marta lo apuntó en su libreta, algo como Mer. G. me mira y no me dice nada . Pero ese día yo no podía hablar. Tenía miedo.
—¿De qué.
—De Pizarro —dijo Mercedes. Tragó—. Y después, también, de Don Fernando.
—Mercedes, mírame. ¿Por qué de Don Fernando?
Mercedes levantó la vista. Las gafas se le habían vuelto a torcer.
—Porque Pizarro viene de fuera. Pizarro viene con su cara y con su sobre y se va.
Yo a Pizarro lo veo venir. Pero Don Fernando es el que está dentro.
Don Fernando es el que firma. Don Fernando sabe las cuentas de verdad.
Yo no sé si Don Fernando es el jefe de esto o si es tan siervo como nosotras.
No lo sé. Pero está dentro —Mercedes bajó la voz hasta un hilo que Kira tuvo que inclinarse para oír—.
Y Don Fernando me sonríe todos los días cuando llego por la mañana, mire usted.
La última frase le salió a Mercedes con la voz un punto rota, no por la emoción sino por la rabia contenida de quien lleva semanas recibiéndole la sonrisa a un hombre al que ya no le cree la sonrisa. Kira anotó dos líneas. Cerró un segundo los ojos. Los abrió.
—¿Sabe qué hizo Don Fernando con el sobre después?
—No. Se lo guardó. Esa tarde no salió de la asesoría.
Yo me fui a las siete con los demás y él se quedó dentro.
Al día siguiente era miércoles, llegó a las nueve como siempre.
Le llevé un café a media mañana y ya no estaba el sobre encima del escritorio —Mercedes se tocó la nariz con el dorso de la mano, gesto automático de quien tiene la nariz fría—.
En la papelera tampoco, que me fijé, porque la papelera la vacía Mercedes Pérez los martes y los jueves, y el miércoles todavía tenía lo del martes dentro.
No estaba. Y el despacho de Don Fernando yo no me atrevo a registrarlo.
El sistema sí, eso ya se lo he dicho. Pero abrir cajones, no.
—¿Tiene caja fuerte el despacho?
—Sí. Detrás del cuadro de la pared. Vieja, de las de manilla con combinación. Don Fernando la abre tres o cuatro veces al mes delante de nosotras sin esconderse, para contratos, para el efectivo. La combinación no la sé. Pero si el sobre se quedó en la asesoría, ahí está.
Kira anotó. Mercedes esperó.
—Mercedes, una pregunta más. ¿Le ha llegado alguna otra cosa rara estas dos semanas? Algo nuevo, después de Marta.
Mercedes lo pensó dos segundos.
—Don Fernando ha cambiado el horario del archivador del fondo. Antes podíamos meter y sacar nosotras, las administrativas. Desde la semana pasada, sólo él. Ha cambiado la cerradura. Yo ya no tengo llave. Eso es nuevo.
—¿Cuándo cambió la cerradura?
—El miércoles pasado. El día del entierro de Marta yo no fui a la asesoría, fui al cementerio. Pero el jueves cuando entré ya estaba cambiada la cerradura y Don Fernando me dijo que era cosa del seguro .
Kira apuntó.
—Mercedes, eso es importante. Apúntelo usted misma esta tarde en algún sitio que sea suyo, no de la asesoría.
Mercedes bajó la cabeza una vez sin decir nada.
—Una última pregunta y la dejo.
—Dígame.
—¿Esto la pone a usted en peligro?
Mercedes la miró fijo. Las dos manos sobre el segundo vaso de agua, ya vacío. Tres segundos.
—Si sale mi nombre en algo que llegue a Don Fernando, sí.
—Si yo me llevo lo que usted me ha contado a quien tengo que llevarlo, su nombre no aparece.
La Audiencia Nacional, si llega ahí, va a tener material suficiente para citarla a usted como testigo presencial pero no por mi parte, sino porque Pizarro y Don Fernando son los nombres que aparezcan en la denuncia y los testimonios de quien estaba en la oficina van a salir solos por flujo natural de la instrucción.
Eso quiere decir que igualmente la van a llamar a declarar tarde o temprano.
Lo que va a cambiar es si la llaman cuando la operación ya está cerrada, con Pizarro detenido, o si la llaman con Pizarro suelto.
Lo segundo es peligroso. Lo primero, mucho menos.
—¿Y eso de qué depende?
—De que yo sea capaz de cerrar el cuadro completo en los próximos diez días.
—¿Lo va a cerrar?
—Sí.
Mercedes se quedó quieta un segundo. Cogió aire. Pareció decidir algo. Sacó del bolso un papel pequeño doblado, una hoja de cuaderno cuadriculado con cuatro líneas escritas con bolígrafo azul. Lo deslizó por la mesa hacia Kira sin levantarlo del mantel.
—Esto se lo doy y no se lo he dado. Son matrículas.
Tres matrículas de coches que han aparecido aparcados delante de la asesoría a horas raras estas dos semanas.
Yo de coches no sé, pero sí sé apuntar matrículas.
Ninguno es de cliente regular. La primera matrícula la apunté hace ocho días el martes por la noche, las nueve, cuando volví yo a la asesoría a buscar el bolso que me había dejado y el coche estaba parado con el motor en marcha y un hombre dentro mirando la puerta de la asesoría.
La segunda matrícula es del jueves siguiente por la mañana.
La tercera es del viernes pasado al mediodía. No le sé decir más.
Kira cogió el papel. Lo miró tres segundos. Lo dobló otra vez por la misma marca. Lo guardó dentro de la libreta.
—Esto vale mucho, Mercedes. Gracias.
—Gracias a usted.
Mercedes se puso de pie. Recogió el impermeable, lo cerró con la hebilla esta vez y no con el nudo de tela, cogió el bolso del suelo, cerró la solapa. Le tendió la mano a Kira por encima de la mesa.
—Si necesita algo más, llámeme al móvil que tiene. No al de la oficina.
—No al de la oficina.
—Y si yo le llamo a usted con un mensaje que diga no me he encontrado bien , es que algo ha pasado y necesita ir a buscarme a mi casa.
—De acuerdo.
—Adiós, Kira.
—Adiós, Mercedes.
Mercedes salió. Pasó por delante de la mesa de Lau sin mirarla. Lau no levantó la vista del portátil.
Kira pidió otro café al camarero. Esperó cinco minutos.
Lau cerró el portátil al cabo de cuatro, recogió el móvil, dejó dos billetes en la mesa, salió.
No se cruzaron mirada. Cuando Lau hubo salido, Kira pagó los suyos en la barra, recogió la gabardina y el paraguas, salió a la calle.
La lluvia había dejado de caer pero el suelo seguía mojado.
El cielo de Méndez Álvaro a esa hora del lunes tenía el color del plomo claro.
* * *
E l A4 estaba aparcado a sesenta metros del café por la calle paralela. Kira llegó al coche, abrió, se sentó. Sacó el móvil. Abrió la aplicación de notas de voz. Le dio al botón de grabar.
Habló durante veintidós minutos sin parar.
Volcó la conversación entera de cabeza a memoria, en el orden en que había pasado, con las palabras de Mercedes lo más fiel que pudo, con sus propias preguntas, con los gestos que había registrado, con el detalle del sobre, con el detalle de la cerradura del archivador cambiada, con el detalle del despacho de Don Fernando con caja fuerte detrás del cuadro, con el detalle del papel de las tres matrículas.
Cuando acabó, paró la grabación. La etiquetó Galán-lunes-mañana . La guardó.
Arrancó. M-30 dirección oeste. A-6 dirección noroeste.
Tráfico medio de lunes media mañana, lluvia ya no cayendo, suelo mojado, asfalto brillante.
Cuarenta minutos. No pensó en nada más durante el trayecto, dejó que la cabeza descansara, puso la radio en una emisora de jazz baja.
Llegó a Majadahonda a las doce y diez, aparcó en el garaje del piso, subió.
Lau ya estaba en el laboratorio con la cafetera puesta.
Había llegado quince minutos antes en el Ibiza.
Se había cambiado el traje gris por unos vaqueros y un jersey ancho de Kira que cogía cuando se quedaba a trabajar tarde.
La gabardina estaba colgada en el perchero del salón. La música del salón estaba en silencio.
—Café —dijo Lau.
Kira cogió la taza sin contestar.
Bebieron las dos de pie al lado de la encimera del laboratorio.
Tres minutos. No hablaron. Kira sacó el móvil, conectó la nota de voz al ordenador grande del laboratorio, la dejó transcribiendo en segundo plano con el software que usaba para esas cosas.
La transcripción iba a tardar diez minutos en hacerse.
—Cuéntame tú primero —dijo Kira.
Lau dejó la taza en la encimera. Cogió aire.
—Mira. Mercedes entró con prisa. Se sentó con el bolso en el suelo, no en la silla. Eso ya es gesto de quien quiere salir corriendo si hace falta.
—¿Y luego?
—Miró el reloj de la pared dos veces. Miró a la puerta tres veces.
La primera vez al cabo de diez minutos, un segundo.
La segunda al cabo de veinte, dos segundos.
La tercera, treinta y dos, tres segundos.
Cada vez miró más rato. Eso quiere decir que conforme avanzaba la conversación tenía más miedo de que entrara alguien, no menos.
Y eso se contradice con lo que pasa normalmente cuando una conversación va bien.
Normalmente bajas la guardia. Mercedes la subía.
—¿La foto?
—Cuando le enseñaste la foto del sobre se quedó muy quieta. Cinco segundos. La giraste tú y yo veía el respaldo de Mercedes, no su cara, pero por la postura supe los cinco segundos. Eso no fue sorpresa. Eso fue confirmación. De algo que ya sabía y que no quería ver. Es distinto.
—Sigue.
—El bolso del suelo lo movió tres veces con el pie izquierdo.
Lo arrastraba hacia ella. Eso es una mujer recordándose a sí misma que tiene el bolso ahí abajo.
Una mujer pensando en irse. Cuando se levantó al final, recogió el bolso primero y el impermeable después.
Eso es de alguien que tiene la salida preparada en la cabeza.
Lo del impermeable cerrado con hebilla y no con nudo cuando salió, otra señal.
Cuando entró iba con prisa, no le dio importancia al impermeable.
Cuando salió iba más tranquila y lo atendió.
La conversación contigo le ha sentado bien, aunque también le ha dado más miedo. Las dos cosas a la vez.