El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Mercedes se sentó en la silla de enfrente.

Dejó el bolso en el suelo, no encima de la mesa, no en la silla de al lado.

Se quitó el impermeable lo justo, no del todo, lo dejó echado por encima del respaldo.

Pidió al camarero, que se había acercado al ver el cliente nuevo, un café cortado y un vaso de agua.

El camarero se fue. Kira esperó. Mercedes se llevó las dos manos a la frente, se peinó el flequillo con los dedos abiertos, se ajustó las gafas, las cruzó sobre la mesa. Cogió aire una vez. Soltó.

—No he dormido —dijo Mercedes—. Lo digo de entrada para que sepa que igual no soy del todo coherente.

—Tranquila. Hablamos despacio.

—Vale.

Kira no abrió. Dejó cinco minutos. Mercedes los necesitaba y los iba a aprovechar, pues Kira lo sabía porque Mercedes había mirado dos veces el reloj de la pared encima de la barra desde que se había sentado, lo cual era un gesto de quien necesita saber cuánto tiempo lleva fuera de su sitio habitual y no de quien tiene prisa por irse.

El camarero trajo el cortado y el vaso de agua.

Mercedes bebió el vaso de agua entero. Pidió otro.

El camarero asintió, lo trajo, lo dejó. Mercedes lo bebió a la mitad.

Se quedó con el segundo vaso entre las manos.

—Marta era buena —dijo Mercedes—. No sé cómo decirle esto sin que suene a...

buena de verdad, no buena de hablar bien de los muertos.

Marta se acordaba de que mi madre había estado ingresada, y a las dos semanas me preguntaba.

Se fijaba en todo. Si tú llegabas un martes con mala cara, te ponía una bolsita de fruta de la frutería de su barrio encima de la mesa sin decirte nada.

Seis años juntas. Yo a Marta le contaba cosas que no le cuento a mi marido, y mi marido es bueno, no me malinterprete, pero es otra cosa. Es que Marta era de otra cosa.

—No es lo mismo.

—Cuando me llamó Sandra el sábado por la noche tuve un ataque de algo.

No sé qué fue. No fue ansiedad porque ansiedad ya he tenido.

Fue otra cosa. Como una vergüenza retrasada.

Como darme cuenta de que llevaba semanas mirando para otro lado y que había visto cosas que no quise ver, y que ahora ya no se podían no ver. ¿Me entiende?

—La entiendo.

—Marta había estado avisándome. Yo no la había escuchado bien. Eso es lo que más me duele, mire usted. No es el saberlo. Es que yo lo tenía que haber sabido antes y elegí no hacerlo. Eso es lo que no me deja dormir, mire.

—Marta lo hizo así también, Mercedes. Marta también vio lo que vio durante meses antes de empezar a apuntarlo. Esto no es culpa suya.

—Pero Marta empezó a apuntarlo. Yo no apunté nada.

—Hoy va a empezar a apuntar, si quiere.

Mercedes se quedó tres segundos sin decir nada. Bebió un sorbo del cortado. Lo dejó. Asintió.

Kira sacó la libreta del bolso. La puso sobre la mesa cerrada con el bolígrafo encima.

No la abrió todavía, aunque las dos cosas, la libreta y el bolígrafo, eran señales más que herramientas: señales de que la conversación pasaba a un registro distinto.

Mercedes las miró. Asintió. Cogió el segundo vaso de agua, lo terminó.

—Pregúnteme.

—¿Conoce este hombre?

Kira sacó del bolso el sobre kraft. Lo abrió con el pulgar y el índice de la mano derecha sin movimiento brusco, sacó la foto doblada, la desdobló sobre la mesa con la imagen hacia abajo durante un segundo más por respeto al ritmo de Mercedes, después la giró y la dejó en el lado de Mercedes con la cara de Pizarro arriba.

La foto era la del despacho de Don Fernando que Kira había sacado del cartón trasero del Hopper el sábado por la tarde.

Cara de Pizarro a tres cuartos, pelo castaño peinado hacia atrás con gomina, ojos pequeños y juntos, boca delgada, un asunto en la barbilla que parecía cicatriz pequeña.

Mercedes no la miró tres segundos. La miró medio y apartó la vista hacia la pared del fondo del café, como si la cara de la foto le hubiera dado un golpe pequeño en un sitio que ya tenía blando.

—Es él —dijo Mercedes sin volver a mirar la foto—. Esa marca que tiene aquí —se tocó la barbilla con el dedo— y el pelo así para atrás. Es él.

—¿Cómo le llaman en la asesoría?

—Don Fernando le llamó Víctor una vez delante de mí, así, sólo el nombre.

Pero otra vez, yo estaba en el archivador del fondo y oí a Don Fernando por teléfono decir Pizarro está fuera , y al colgar ese hombre entró por la puerta del despacho.

Pizarro, también. Yo no sé si es nombre o apellido.

Yo le llamo Pizarro por dentro porque me sale más ese que el otro.

Kira anotó sin levantar la vista. Mercedes se tocó las gafas otra vez, las puso rectas con los dos dedos, las soltó.

Le temblaba un poco la mano izquierda al dejarlas, un temblor fino que no era de la mano sino de más arriba, del antebrazo, y que Mercedes disimulaba apoyando las dos manos abiertas encima del vaso.

—¿Cuántas veces lo ha visto entrar a la asesoría?

—Varias. Cinco que yo me acuerde, en un mes y medio. Pero es que yo estoy mucho tiempo metida en el archivador del fondo, y desde ahí no veo la puerta siempre. Igual ha entrado más veces.

—¿A qué hora viene?

—A media mañana. O a media tarde. Nunca cuando estamos todos, ahora que lo pienso.

Mercedes se quedó callada un segundo, como si acabase de oírse a sí misma decir eso en voz alta por primera vez y le pesara.

—Venía cuando había menos gente —dijo Mercedes, más bajo—.

A primera hora estamos los cinco, con clientes citados, con movimiento.

A media mañana hay uno o dos fuera siempre, el chico nuevo a recados, Mercedes Pérez en correos.

Y él venía entonces. Eso no se lo dije nunca a Marta. Pero lo tenía claro.

—¿Es cliente de la asesoría?

—No. He buscado —Mercedes bajó la voz y se inclinó medio palmo hacia delante, gesto de quien va a confesar algo que sabe que no debería haber hecho—.

Mire, la tarde del martes pasado, después del entierro, volví a la oficina.

Don Fernando no estaba. Mercedes Pérez había salido.

El chico nuevo con los auriculares, ese no se enteraba de nada.

Me metí en el sistema con mi usuario y busqué Pizarro, busqué Víctor, busqué cualquier cosa que se le pareciera.

Nada. Ni un expediente. Ni una ficha de visita.

Ese hombre entra y sale del despacho de Don Fernando y no aparece registrado en ningún sitio.

Kira anotó tres líneas en la libreta en taquigrafía propia. Mercedes bebió del cortado. Le temblaba menos la mano esta vez, pues hablar la estaba sacando de un sitio al que no quería volver pero del que tampoco podía quedarse fuera ya.

—Mercedes, el sobre.

Mercedes dejó la taza en el platito. No la soltó del todo, se quedó con los dedos apoyados en el asa, mirando la mancha de café del borde como si esa mancha tuviera algo dentro que ella pudiera mirar en lugar de mirar a Kira.

—El sobre —dijo Mercedes.

—El del veintitrés de septiembre.

Mercedes cogió aire. Lo soltó por la nariz, despacio. Se soltó del asa de la taza. Cruzó las manos encima de la mesa. Las descruzó. Las dejó una a cada lado del vaso vacío.

—Yo estaba en el archivador, metiendo unas cédulas atrasadas que me había llevado como una hora.

La puerta del despacho de Don Fernando la tenía a mi derecha, entreabierta, porque hacía calor y Don Fernando la había dejado así para que corriera el aire.

Desde donde yo estaba de pie se ve una franja del despacho. No mucho, pero se ve.

Mercedes paró. Miró hacia la puerta del café. Fue la primera vez que miraba la puerta desde que se había sentado, y Kira registró que la mirada duró un segundo escaso y que volvió a bajar al vaso como si se hubiera arrepentido de mirar.

—Pizarro entró sin llamar. Don Fernando se puso de pie al verlo.

Pizarro sacó un sobre de la chaqueta, así, del bolsillo de dentro —Mercedes hizo un gesto con la mano derecha, sacando algo de un bolsillo interior imaginario a la altura del pecho—, y lo tiró encima del escritorio.

No lo dejó. Lo tiró. Como quien tira un periódico que ya ha leído.

El gesto le había salido a Mercedes con una rabia pequeña que no era suya sino del recuerdo, y Kira lo registró sin enseñarlo: el modo en que Pizarro había soltado el sobre le decía a Aresti cosas sobre la jerarquía entre Pizarro y Don Fernando que Mercedes no necesitaba articular, pues la imagen del gesto hablaba sola.

—¿Cómo era el sobre?

—Marrón. Kraft. Grande, de los de folio. Gordo. Tenía una grapa arriba cerrándolo.

—¿Qué hizo Don Fernando?

—Lo abrió. Sacó lo que había dentro. Yo no vi qué era, el ángulo no me dejaba, pero eran papeles, eso seguro, por el ruido. Bastantes papeles. Y debajo había algo más duro. No sé qué. Algo que no era papel.

Mercedes se quedó callada. Se tocó las gafas otra vez. Las puso rectas. Kira esperó.

—A Don Fernando se le fue la cara —dijo Mercedes al cabo de tres segundos—. Se quedó blanco. De golpe. Yo he visto a Don Fernando recibir una inspección de Hacienda sin que se le moviera un músculo, y este hombre se quedó blanco mirando lo que había dentro de ese sobre.

Mercedes cogió el vaso de agua, se dio cuenta de que estaba vacío, lo dejó. Kira le hizo una seña al camarero con dos dedos sin girarse. El camarero trajo otro vaso. Mercedes bebió la mitad de un trago.

—Pizarro no se sentó —dijo Mercedes—. Le dijo dos frases muy bajito, que yo no oí, dio media vuelta y salió. Cuando pasó por delante del archivador yo me agaché para que no me viera.

Mercedes bajó la voz un grado más.

—Después, al cabo de... no sé. Un minuto. Dos. No sé cuánto. Marta entró desde el pasillo del baño. Había visto a Pizarro salir. Me miró desde el otro lado de la sala. Yo la miré. Estaba blanca también.

Mercedes paró. Cogió el vaso de agua, dio un trago corto, lo dejó en la mesa. Se puso las gafas rectas con los dos dedos. Kira no la apuró.