El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

E ra lunes.

Kira se despertó a las seis y media con el techo del cuarto todavía a oscuras y un punto bajo de luz gris pálida entrando por el filo inferior de la persiana, la luz de los lunes de finales de octubre en Majadahonda cuando el sol todavía no se ha decidido a salir y el cielo está pegado al pinar como una sábana mojada.

Llovía finito desde las cuatro de la madrugada, una llovizna baja y constante que apenas mojaba pero ponía la urbanización entera bajo un susurro continuo de agua sobre las hojas de los cipreses y sobre el techo plano del garaje.

Lau respiraba al lado, vuelta hacia el armario, con la sábana hasta la cadera y un brazo cruzado por encima del costado de Kira.

Kira se quedó un minuto mirando el techo.

Después le quitó el brazo con cuidado, salió de la cama por su lado, descalza, bajó.

La cocina estaba como la habían dejado la noche anterior al volver de La Florida —la copa de agua de Lau en el fregadero, los dos vasos del whisky pequeño de Kira en el escurridor, el tamper de cobre puesto en su soporte—.

Kira encendió la cafetera, midió doce gramos, los molió, sacó la primera copa con el pulso firme.

Veintiocho mililitros, veintisiete segundos.

Realmente buen lunes. Se llevó la taza pequeña al ventanal del salón, descorrió la cortina con el codo, miró el pinar bajo la lluvia.

Los cipreses tenían el verde lavado de cuando llueve por debajo de quince grados y el suelo del pinar tenía ese color de tierra empapada que sólo dura las primeras horas de la mañana antes de que el sol seque la superficie.

Kira bebió el café en cuatro sorbos cortos.

Pensó en Mercedes Galán. Pensó en el sobre kraft que iba a cargar dentro del bolso al cabo de una hora con la foto impresa de Pizarro doblada por la mitad.

Pensó en lo que Mercedes iba a decirle y en lo que no iba a decirle.

Pensó también en que era lunes y que los lunes eran días de piscina, y que esa mañana no iba a haber piscina por primera vez en muchos meses.

La piscina cubierta del club abría a las siete y media y Kira tenía cita con Mercedes a las once en Méndez Álvaro, lo cual no era incompatible —los dos kilómetros le entraban en cincuenta minutos cuando todo iba bien y le habría dado tiempo perfectamente, en el cálculo abstracto—, pero la cabeza, claramente, no estaba para nadar esa mañana.

La cabeza estaba en el café con Mercedes, así que si bajaba a la piscina iba a hacer los dos kilómetros mal, o iba a hacerlos bien y a llegar al café con el cuerpo demasiado suelto y la cabeza desconectada de lo que tenía que escuchar.

Saltarse un lunes era saltarse, no era el fin del mundo.

La rutina aguantaba un agujero de cuando en cuando, aunque lo que no aguantaba era partirla por la mitad —nadar mal, escuchar mal—.

Saltó, y ya está. Dejó la taza en el fregadero. Subió.

Lau estaba ya despierta, sentada al borde de la cama, en camiseta blanca y bragas, mirando el móvil con cara de domingo prolongado y no de lunes empezado. Levantó la vista al verla entrar.

—¿Lluvia?

—Desde las cuatro.

—Joder.

Kira sacó del armario los vaqueros oscuros, un jersey gris claro de cuello redondo, los botines de ante marrón.

Lau, desde la cama, fue diciéndole lo que iba a ponerse ella sin que Kira preguntara: traje gris claro de chaqueta corta y pantalón recto que era el traje de salir vestida de oficinista que Lau guardaba en Majadahonda para los recados de consultoría, una blusa azul claro debajo, tacones bajos negros, gabardina corta.

Pelo recogido. Pendientes de aro pequeños, no los grandes.

Daniela iba a despertarse a las nueve y se iba a hacer su café sola en San Blas como hacía cada mañana, así que el lunes Lau no tenía que estar en casa.

—Repasamos —dijo Kira.

Lau asintió, dejó el café en la encimera.

Kira se sentó en el borde de la cama al lado de Lau con la taza de la segunda copa de café que se había hecho al subir.

Estuvieron quince minutos repasando la coreografía.

Lau saldría veinte minutos antes en el Ibiza viejo, llegaría a La Concha entre las diez y veinticinco y las diez y media, entraría, pediría un café americano y un cruasán, se sentaría en la mesa más cercana a la pared del fondo a la derecha —la que tenía visión lateral de toda la sala y pegada al ventanal de la calle —con el móvil sobre la mesa y el portátil pequeño abierto, simulando una reunión que iba a empezar al cabo de un cuarto.

Kira llegaría a las once en punto, pasaría por delante de la mesa de Lau sin mirarla, se sentaría en la mesa del fondo a la izquierda —la que estaba alejada de la barra y daba la espalda al ventanal—, y esperaría a Mercedes ahí.

Lau no las miraría desde su mesa, las leería de refilón en el reflejo del ventanal, en la pantalla del portátil, en los gestos pequeños que pudiera captar.

Cuando Mercedes se levantara para irse, Lau se quedaría cinco minutos más antes de salir para no coincidir en la calle con ella ni con Kira.

Después volverían cada una en su coche al laboratorio.

—¿Y si Mercedes me reconoce de la asesoría? —preguntó Lau.

—No te va a reconocer. Estuviste en la asesoría doce minutos hace una semana, y Mercedes no te miró a la cara más de uno coma cinco segundos. Hoy vas vestida distinta, peinada distinta. Si te mira al entrar, baja la cabeza al portátil. Si vuelve a mirar, ya no.

Bajaron a desayunar. Tostadas, un yogur cada una, fruta.

Aresti volvió al laboratorio para imprimir la foto de Pizarro de cap 9 —la foto del despacho de Don Fernando con Pizarro de cara, recortada en formato A5, doblada por la mitad y metida en un sobre kraft pequeño que cerró sin pegar —y para guardarla en el bolso.

La libreta Moleskine pequeña suya, la de tapas de cuero negro liso que llevaba siempre, fue al bolso también.

El móvil, las llaves, la cartera. Lau salió primero a las diez y diez.

Kira la oyó arrancar el Ibiza desde el laboratorio.

Se quedó a solas en el piso veinte minutos más, mirando por la ventana del laboratorio el pinar bajo la lluvia.

A las diez y media exactas cogió el A4. Bajó al garaje. Salió. Cogió la M-503 dirección Madrid.

* * *

L a Concha era exactamente lo que el nombre prometía y lo que Kira había escogido por eso.

Un café pequeño en la calle Méndez Álvaro setenta y siete, dos calles detrás de la estación de autobuses, en una zona de oficinas medianas y bloques de viviendas anodinos, sin carácter de barrio, sin habituales, sin red social local visible.

El tipo de café al que entran y salen viajeros con maletas, comerciales con auriculares, estudiantes con portátil, oficinistas en pausa de media mañana.

Suelo de baldosa beige, barra recta de madera oscura, doce mesas de fórmica color crema, sillas de madera viejas pero aceptables, un televisor pequeño en una esquina puesto en silencio con un canal de noticias.

Cocina sólo para el desayuno y el aperitivo.

Camarero de unos cuarenta años, callado, eficiente, con cara de no acordarse de nadie pasados quince minutos.

Aire interior medio en humo aún siendo café no fumador, lo cual Kira interpretó como lugar al que iban a fumar fuera entre dos partidos de cliente.

Música de fondo baja en hilo musical genérico.

Tres personas en la sala a esa hora, dos en la barra y una en una mesa, ninguna con interés visible para nadie.

Kira entró a las once en punto, sacudió la gabardina dos veces en la puerta, dejó el paraguas plegado en el paragüero de la entrada.

Lau estaba en su mesa del fondo a la derecha como habían acordado, café medio bebido, cruasán partido sin terminar, portátil abierto con una hoja de cálculo en pantalla, móvil al lado.

No miró a Kira. Kira no miró a Lau. Pasó por delante de la barra, pidió al camarero un café solo, fue a la mesa del fondo a la izquierda, dejó la gabardina en la silla de al lado, se sentó dándole la espalda al ventanal.

El bolso al lado. La libreta dentro del bolso, no encima de la mesa.

El sobre kraft con la foto de Pizarro, dentro del bolso también, accesible con la mano.

A las once y cuatro entró Mercedes Galán.

Lo primero que Kira registró fue el impermeable beige cruzado mal abrochado —el cinturón de tela recogido en un nudo apresurado, no en la hebilla —y el bolso grande de cuero marrón colgado del hombro derecho con la solapa abierta, lo cual quería decir que Mercedes había salido de la asesoría con prisa o que había salido del taxi sin tomarse el tiempo de cerrar el bolso al bajar.

Lo segundo que Kira registró fue la cara de Mercedes Galán —más cansada que la última vez, dos arrugas más pronunciadas a los lados de la boca, las gafas de pasta marrón un milímetro torcidas, el pelo recogido en un moño bajo hecho deprisa—.

Lo tercero fue el modo en que Mercedes Galán entró: paró en la puerta dos segundos, escaneó la sala con la cabeza muy quieta y los ojos en movimiento, identificó a Kira al fondo a la izquierda, no miró a la mesa de Lau, fue derecha hacia Kira sin pasar antes por la barra a pedir nada.

Mercedes Galán había entrado a La Concha como entra, claramente, alguien que ha hecho el cálculo de salida primero y de entrada después.

Kira se levantó al verla acercarse. Le tendió la mano sin sonreír de más.

—Mercedes.

—Kira.

—Siéntese, por favor.