Capítulo 10 #4
—Te lo digo.
—No a tu madre. A mí.
—A ti.
Javier asintió una vez, lento. Otra calada al puro.
—¿Sabes una cosa? —dijo Javier al cabo de medio minuto.
—Dime.
—Tu abuelo, cuando murió, lo tenía decidido.
Él sabía. No le había dicho nada a nadie, pero lo sabía.
A mí me dejó tres notas en el cajón del despacho fechadas con tres meses de antelación, y la última decía al final el daño grande siempre viene de dentro de la familia, no de fuera .
Vicente lo escribió con la letra de los cinco años antes de morir, no con la letra del último día. Lo escribió viéndolo venir.
—El abuelo Vicente.
—Sí.
—¿Lo viste tú venir, también?
—No. Yo no.
Javier dio una calada larga al puro. Sostuvo el humo dos segundos antes de soltarlo. Cuando lo soltó esta vez fue más lento, en columna más larga, y el humo se quedó un instante alrededor de la luminaria antes de disolverse.
—Lo vi tarde —dijo Javier—. Y tú lo viste antes que yo.
Kira no contestó. Miró las tres estrellas tirando al este. Eran las mismas tres estrellas que veía desde el jardín de su piso de Majadahonda algunas noches de octubre cuando salía al balcón a las dos de la mañana, las mismas tres pero vistas desde otro patio.
—Papá.
—Dime.
—Lo de Borja lo voy a mirar mañana por la tarde.
Javier levantó la barbilla un grado.
—Y si hay algo, te llamo.
Javier asintió otra vez, aunque esta vez con algo más de peso.
—Pero también puede no haber nada. Puede ser una noticia menor que él ha leído en diagonal.
—También.
—Por suerte para nosotros.
—Por suerte para nosotros.
Javier dio la última calada al puro. Lo aplastó contra el cenicero con dos vueltas del pulgar, lo dejó.
Se apoyó en los reposabrazos para incorporarse.
Antes de levantarse del todo, se inclinó un grado hacia Kira y le puso la mano derecha en el hombro, pesada, con la palma entera, sin apretar pero sin retirar. La mantuvo dos segundos. La retiró.
—Vamos para dentro —dijo Javier—. Tu madre va a pensar que te he amargado la noche.
—No lo has hecho.
—Lo sé.
Entraron. Javier cerró la puerta acristalada con la llave de dentro, esa manía suya de cerrar con llave la puerta del jardín al volver de fumar.
Cruzó el salón hacia el aparador, se sirvió un dedo de coñac, levantó la copa hacia Pilar como brindando por nada, y se sentó en su sofá.
Pilar le sonrió desde el otro extremo. Lau levantó la cabeza al ver entrar a Kira, le hizo sitio en el sofá grande con un gesto pequeño, y Kira fue y se sentó al lado de ella, no de Pilar, lo cual Pilar registró sin mover una ceja pero también dejó pasar.
A las once y cuarto Iker miró el reloj. Tenía guardia de mañana a las ocho.
Se levantó. Recogió su americana del respaldo, le dio un beso a Pilar, otro a Maite, le apretó el hombro a Borja, se acercó a Lau y le dio dos besos también, le revolvió el pelo a Kira al pasar como hacía desde que tenía siete años y ella nueve.
Salió. Dos minutos después se oyó el motor del Cupra arrancar fuera, las luces pasar por la ventana del salón en oblicuo, alejarse hacia la barrera.
Maite y Borja se fueron a y media. Maite le dio dos besos a Kira y dos a Lau, le puso la mano en el hombro a Lau dos segundos más de lo que la cortesía pedía, lo cual era un gesto de Maite que significaba te he visto .
Borja se despidió de las dos con dos besos cada una, claramente calibrados, sin romper la línea de los siete años.
Salieron. Maite cerró la puerta detrás suyo con cuidado.
Kira y Lau se quedaron diez minutos más con Pilar y Javier en el recibidor. Pilar le cogió las dos manos otra vez a Lau, esta vez al despedirse, se las apretó.
—Lau —dijo Pilar.
—Pilar.
—Vuelve cuando quieras. No hace falta avisar, pero avisa, que pongo más sopa.
—Vendré.
—Y dile a tu madre que un día venimos las dos a tomar un café a San Blas.
Lau parpadeó dos veces. Miró a Pilar. Asintió.
—Le digo.
Javier le dio dos besos a Lau con la formalidad de la primera vez, aunque ya convertida en formalidad de la segunda, y a Kira un beso en la frente, gesto que tenía con Kira desde que era niña pero que no había abandonado al hacerse Kira mujer.
Salieron. Cerraron la puerta de la casa detrás de ellas.
En el porche, antes de bajar los tres escalones de piedra, Lau se paró.
Le levantó el cuello del jersey de cachemir a Kira con las dos manos, despacio, lo subió hasta la barbilla, lo dejó bien puesto, le bajó las dos manos por la solapa de la gabardina hasta abrochar el primer botón.
Tres segundos. Le dio un beso pequeño en la línea de la mandíbula al lado de la oreja.
—Hace frío —dijo Lau.
—Hace frío.
Bajaron al Audi. Kira abrió la puerta con el mando, Lau se sentó, se abrochó el cinturón.
Kira metió la marcha. La puerta cochera se abrió sola.
Salieron. La barrera blanca de Manolo estaba ya levantada al verlas acercarse —Manolo había visto el coche de Iker irse, el de Maite también, así que sabía que el siguiente era el de Kira—.
Manolo levantó la mano dos dedos. Kira le devolvió el gesto. Pasaron.
Cogieron la avenida en bajada hacia la M-503. La calle estaba vacía. Lau apoyó la cabeza en el reposacabezas, miró el techo del coche. Kira condujo. M-503 dirección Majadahonda.
—Niña —dijo Lau al cabo de un minuto.
—Niña.
—Tu madre.
—Mi madre.
—Tu madre es de las que dan miedo.
—Lo sé.
—Pero da miedo del bueno.
—Sí.
Lau no añadió más. Kira no añadió más. Hicieron el resto del camino en silencio, con la M-503 vacía a esa hora del domingo de noche, los faros del Audi cortando el túnel de pinos de la entrada a Majadahonda.
La luna no estaba esa noche. La foto de Pizarro esperaba en la caja fuerte.
Mercedes Galán esperaba a las once de la mañana siguiente en La Concha de Méndez Álvaro.
El nombre Joseba se quedó dicho una vez, en el comedor de La Florida, sobre el mantel blanco con el bordado de Begoña.
Una vez bastaba.
* * *