El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Loli entró desde la cocina con un gesto que decía llevo cinco minutos en la puerta esperando el momento , recogió los platos del segundo, sirvió flan de huevo casero con caramelo en seis platitos hondos pequeños.

Una cucharadita de nata montada al lado de cada flan.

Una rama de menta. Borja había bajado los ojos un poco, sin saber exactamente qué había hecho mal pero sabiendo que algo había pasado, y miró a Maite buscando una guía silenciosa.

Maite no le devolvió la mirada, pues Maite estaba ocupada apuntalando a Pilar con los dos brazos puestos sobre la mesa de un modo que decía esto se ha cerrado —, y Borja entendió por la espalda de Maite lo que no había entendido por la pregunta.

Kira no había levantado la vista del plato durante el segundo de silencio.

Seguía con el tenedor en la mano sin clavarlo, sin moverlo.

Lau, a su lado, había hecho lo mismo. Cuando Maite cerró la puerta con la pregunta del cordero, Lau buscó la mano izquierda de Kira con la suya derecha por debajo de la mesa, le rozó los dedos un segundo, los soltó. No se hablaron. No se miraron.

Joseba.

El nombre se quedó dicho una vez, sobre la mesa, como una piedra pequeña tirada en agua quieta.

Nadie lo recogió, pero Pilar levantó la copa, dio un sorbo, la dejó.

Javier mantuvo la mano sobre el antebrazo de Pilar tres segundos más, después la retiró despacio, cogió la cuchara del flan.

Maite probó el suyo, dijo qué bueno te ha quedado, mamá, mejor que el del año pasado , y la cena reanudó la marcha.

Borja se sumó al rato. Pilar le contestó con su voz de siempre.

Iker contó otra cosa, esta vez de un compañero de cirugía que había ligado con una enfermera de planta y se había metido en un lío administrativo gracioso.

Lau se rió genuina por primera vez en la cena, una risa baja que le salió de la cocina caribeña que llevaba dentro y que no negociaba con las formas, y Iker la miró con afecto inmediato.

Kira terminó el flan. Bebió agua. Bajo la mesa, la rodilla de Lau se quedó pegada a la suya el resto del postre.

A las diez y cuarto Loli volvió con los cafés y los digestivos en una bandeja grande. Pilar dijo de pasar al salón, así que se levantaron.

—Yo recojo —dijo Iker.

—Yo te ayudo —dijo Kira.

—Vais los dos —dijo Pilar.

Se llevaron entre los dos los platos del postre y las copas de vino al mostrador de la cocina mientras los demás pasaban al salón con los cafés.

La cocina de la casa de La Florida era una cocina grande y luminosa de azulejo blanco hexagonal, encimera de granito gris claro, isla central con taburetes altos, lavavajillas grande Bosch empotrado, fregadero doble de acero.

Loli se había retirado a su cuarto del fondo a ver lo que ponían en la primera, según el ritual de los domingos por la noche, con el permiso silencioso de Pilar que le había dicho con los ojos aquí ya está, Loli, descansa .

Iker apiló los seis platos del postre al lado del fregadero.

Sacó el cajón del lavavajillas. Empezó a aclarar cada plato con agua fría antes de meterlo, manía de médico residente que lo aclaraba todo antes de meter, pues había aprendido en el hospital que el lavavajillas no quita lo que el agua fría sí, y desde entonces aclaraba en casa también aunque su madre le hubiera dicho diez veces que las pastillas eran buenas y que aclarara menos.

Iker no le hacía caso. Aclaró el primer plato. Lo metió.

—Iker.

—Sí.

—Cirugía general.

—Tres meses.

—¿Quién te ha tocado de adjunto?

—Hernández.

—El gordo.

—Un cabrón, pero enseña.

—¿Te dejó abrir el primer día?

—El segundo.

—Pues mejor que el residente del año pasado. A ese le tuvo dos meses sin dejarle tocar el bisturí.

—A mí me dejó al segundo día.

—Es porque le caes bien.

—Es porque soy el residente con menos complejo de la planta, lo cual a Hernández le gusta. Los aspirantes a Doogie Howser le sacan de quicio.

Kira se rio por la nariz.

Iker aclaró el segundo plato. Lo metió. Aclaró el tercero.

Kira se apoyó en el borde de la isla, cogió la copa de agua que Loli había dejado allí para ella, bebió un sorbo.

Se quedaron callados un momento. La música del salón llegaba en tono bajo —Pilar había puesto algo de Schubert en el equipo, los lieder de Fischer-Dieskau que ponía cuando estaba de buen humor.

—Lo de Borja —dijo Iker al cabo de un rato, aclarando el cuarto plato sin levantar la vista.

—Ya.

—Maite no se lo ha contado en siete años.

—Maite hace bien.

Iker asintió, y aclaró el quinto plato.

Tres segundos.

—¿Sabes algo? —preguntó Iker, esta vez sí levantando la vista hacia Kira por encima del fregadero.

—No.

—¿Pero pasa algo?

—No lo sé. Pero la pregunta de Borja no era una pregunta de Borja. La pregunta de Borja era una pregunta que le ha llegado por la espalda. Alguien le ha contado algo, o ha leído algo concreto, o le han preguntado a él en algún sitio. La próxima semana voy a mirarlo.

—Vale.

—Pero hoy no se lo he dicho a papá. Hoy no se lo voy a decir.

—Hoy no.

Iker aclaró el último plato. Lo metió. Cerró el cajón. Pulsó el botón del programa rápido. La máquina arrancó con su zumbido bajo. Iker se secó las manos con el paño de la cocina, lo dejó colgado del asa del horno como Pilar lo dejaba siempre. Se giró hacia Kira.

—Lau.

—Lau.

—Está bien que esté aquí.

—Sí.

—No voy a preguntar más.

—Lo sé.

Iker sonrió la sonrisa de hermano que tenía Iker, la que no tenía Maite y no tenía Pilar y no tenía Javier, la que Kira había heredado en silencio sin haberla aprendido. La cocina olió un segundo más a flan de la cena y a pastilla del lavavajillas. Iker cogió la bandeja vacía de los cafés.

—Vamos.

Volvieron al salón.

En el salón Pilar había puesto el segundo lied del disco de Schubert, Du bist die Ruh , con Fischer-Dieskau cantando bajo y la chimenea con la lumbre ya alta.

Los cafés estaban repartidos. Maite y Borja en el sofá de dos.

Lau en el de tres con Pilar, una al lado de la otra, hablando de algo bajo que Kira no oyó al entrar pero que Pilar contaba con la copa de agua en la mano y Lau escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada.

Javier estaba de pie al lado del aparador con el café en la mano, mirando el jardín por la ventana.

Iker le dejó la bandeja a Pilar al lado, se sentó en la butaca, cogió su café.

Javier se acabó el suyo en dos sorbos. Dejó la taza en el aparador.

Entró por la puerta del despacho que daba al salón —el despacho era una habitación pequeña forrada de libros con el escritorio de Javier en el centro, conectada al salón por una puerta de doble hoja— y volvió a salir al cabo de medio minuto con un puro entre los dedos y una caja de cerillas de cocina en la otra mano.

La caja era de las cerillas largas que Pilar usaba para encender la chimenea.

Cruzó el salón sin decir nada, abrió la puerta acristalada del fondo que daba al jardín por la parte de atrás.

Salió. Cerró desde fuera. Pilar siguió hablando con Lau como si Javier no estuviera, pues a Javier saliendo a fumar al jardín nadie le hacía ya caso desde hacía treinta años.

Kira esperó dos minutos en la butaca de al lado de Iker bebiendo el café. Después dejó la taza en la mesa. Se levantó. Cruzó el salón. Lau levantó un cuarto la cabeza, la miró un segundo, no dijo nada. Kira abrió la puerta del jardín, salió, cerró desde fuera detrás de ella.

El jardín estaba a oscuras, salvo por la luminaria del porche que caía en oblicuo sobre el césped y por la luz tenue que entraba desde el salón a través del cristal.

La buganvilla del muro lateral, ya casi seca, perdía las últimas flores de la rama izquierda en silencio.

El frío había bajado dos grados desde la entrada —frío fino seco de finales de octubre en Aravaca, ese frío que entra por el cuello del jersey si no se cierra—.

El frío traía la leña de la chimenea exterior mezclada con la tierra húmeda del riego de la mañana y el humo del puro de Javier.

El cielo encima del muro estaba abierto, sin luna esa noche, con tres estrellas visibles tirando al este.

Había dos butacas de hierro forjado pintadas de blanco al lado del muro de la buganvilla, separadas por una mesita pequeña con un cenicero de cerámica.

Javier estaba sentado en una de ellas, vuelto en tres cuartos hacia el muro, con el puro en la mano derecha y la mano izquierda sobre la rodilla. Levantó la cabeza al oírla salir.

—Hace fresco —dijo Javier.

—No mucho.

—Coge algo, anda.

—Estoy bien.

Kira se sentó en la butaca de al lado. Cruzó las piernas.

Las manos en el regazo. Javier le dio una calada al puro, lo bajó, soltó el humo despacio hacia el muro.

El humo subió en columna fina por la luz baja de la luminaria, se enrolló sobre sí mismo, desapareció.

Javier esperó a que el humo se fuera del todo antes de hablar.

—¿Cómo va? —preguntó Javier.

—Va.

—¿La consultoría está saliendo?

—Sale.

—Pilar dice que tienes a Lau viviendo contigo media semana.

—Me dice cosas tu mujer que no le he dicho yo.

—Tu madre tiene fuentes.

—Mi madre es la fuente.

—Eso es verdad —dijo Javier, y sonrió a medias. Otra calada al puro—. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—No te pregunto por la consultoría. Te pregunto por ti.

—Lo sé. Estoy bien. Más que cuando salí, mucho más que cuando entré. Alguna noche menos. Pero bien.

—Vale.

Javier no dijo más durante un minuto. La calle privada de fuera estaba, realmente, en silencio, salvo por un coche que pasó lejos por la avenida principal con el ruido sordo de un motor diésel que se perdió hacia Pozuelo.

Javier dio dos caladas más al puro, una detrás de otra, despacio.

La ceniza del puro se acumuló en la punta y la sacudió contra el cenicero con un golpe pequeño del pulgar.

—Lo de Borja —dijo Javier.

—Ya.

—Borja no tiene mala fe.

—Lo sé.

—Pero le ha llegado por algún lado. Y eso no me gusta.

—A mí tampoco.

—Si averiguas algo, me lo dices.