Capítulo 10 #2
—No —dijo Lau—. He pasado en coche por aquí cerca alguna vez. Pero entrar nunca.
—Esto es muy tranquilo. A veces demasiado.
—Se nota.
—¿Tú dónde vives, Lau?
—San Blas.
—¿La zona de la avenida de Arcentales o más para el final?
—Más para el final. Cerca de Las Musas.
—Conozco un poco. Mi hermana Sonia tuvo una amiga del colegio que vivía por allí, hace años. Íbamos a buscarla a veces para ir a Madrid en autobús.
—El autobús de San Blas no ha cambiado mucho.
—Me lo imagino.
Pilar lo dijo con la naturalidad de quien sabe lo que pregunta y lo que no pregunta, y Lau le contestó con la naturalidad de quien sabe que la pregunta es real, no protocolaria, así que eso lo registró Kira sin necesidad de mirar.
Pilar había hecho el trabajo de buscar tres datos sobre San Blas antes de la cena —Pilar siempre hacía el trabajo—, y Lau había captado que el trabajo estaba hecho y lo había agradecido en silencio.
A las ocho y media Loli asomó por la puerta del comedor.
—Cuando ustedes quieran, señora.
—Vamos —dijo Pilar, y se levantó.
El comedor estaba en la habitación contigua al salón, separada por dos puertas correderas de madera oscura que habitualmente estaban abiertas y esa noche también lo estaban.
La mesa larga de roble macizo con seis sillas tapizadas de un terciopelo verde botella oscuro, mantel blanco de lino con el bordado de Begoña en una esquina — B.E.
1968 —, vajilla blanca con filo de oro de las cenas formales, copas de vino y de agua, cubiertos de plata.
Cuatro candelabros de plata bajos con velas blancas encendidas.
Una jarra de agua fría con rodajas de limón.
Pan blanco recién cortado en una tabla. La silla de Javier en una cabecera, la de Pilar en la otra, los demás repartidos.
Lau quedó al lado de Kira, enfrente de Iker, en diagonal con Borja. Maite al lado de Pilar.
Loli sirvió la sopa.
Era sopa de calabaza. La calabaza venía del huerto de Begoña, siempre había venido del huerto de Begoña en otoño, y cada cena familiar de finales de octubre incluía la sopa de calabaza de Begoña que Pilar preparaba el sábado por la mañana y dejaba reposar veinticuatro horas hasta que el sabor estaba bien hecho, pues Kira lo sabía.
Iker lo sabía. Maite lo sabía. Javier lo sabía.
La calabaza de Begoña en la sopa de Pilar era el primer signo del otoño en esa casa.
Esa noche también. Pilar no lo dijo. Lau probó la sopa, asintió.
—Qué buena —dijo Lau.
—La calabaza es de mi suegra —dijo Pilar—. Tiene un huerto en Pozuelo de quince metros cuadrados que produce más calabaza que toda la vega de Granada.
—La abuela —dijo Iker.
Kira asintió.
Continuaron. Hablaron de la huerta de Begoña, de las berenjenas que ya no salían como antes, del manzano que el invierno pasado se había helado y había vuelto a brotar este año —Pilar contaba, Javier matizaba, Iker apostillaba con cariño, Maite escuchaba, Borja preguntaba dos cosas correctas en el momento correcto.
Lau escuchó, comió, sonrió un par de veces.
Bebió agua. Bebió un sorbo más de vino. Kira la miró por debajo de la mesa, la rodilla de Lau le rozó la suya un milímetro, no se apartaron.
Loli retiró los platos de la sopa, sirvió el segundo. Cordero asado con patatas panaderas, judía verde a la plancha, salsa de pimienta verde aparte. Plato de domingo de Pilar.
Iker le pidió a Maite el pan, Maite se lo pasó, Borja sirvió vino a Lau y a Kira sin preguntar, Pilar le sirvió a Javier sin preguntar tampoco.
Las manos cruzaron la mesa con esa naturalidad de cena familiar que se sostiene desde hace años y que cada uno ha aprendido de los otros sin enseñarse.
Kira cortó un trozo de cordero, comió. Iker, enfrente, se sirvió las patatas, comió, se sirvió judía verde, comió.
Apoyó el antebrazo derecho en el borde de la mesa al coger el vaso.
Kira lo miró un segundo. Volvió a dejar el cubierto.
Iker, claramente, había cambiado de rotación.
Lo supo por tres cosas a la vez. La postura del antebrazo derecho, primero —Iker tenía el músculo del antebrazo en una posición ligeramente más cargada que la de la última cena, hacía tres semanas, una carga que sólo se mete cuando se pasa muchas horas con los brazos elevados delante del cuerpo en posición fija, y Iker no iba al gimnasio.
Segundo, el zueco —al entrar Lau y ella habían visto los zuecos blancos de Iker dejados al lado de la puerta del recibidor, bien colocados como Iker siempre los dejaba, con una suela aún limpia y sin desgaste, blanca de quirófano y no gris de planta.
Tercero, una frase que Iker había soltado en el aperitivo del salón sin pensar, abrimos un caso difícil el viernes , donde abrir era un verbo que había usado con la naturalidad de quien lo usa cinco veces al día y por eso no se daba cuenta de que era jerga.
—Iker —dijo Kira, mirándolo por encima del borde del vaso de vino—. ¿Cuándo has empezado.
Iker la miró un segundo. Sonrió a medias. Bajó el tenedor.
—Hace tres semanas.
—¿Qué te ha tocado?
—Cirugía general. Tres meses.
—¿Te gusta?
—Demasiado.
Iker sonrió del todo. Continuó comiendo.
Borja se había quedado con la cuchara de la salsa de pimienta verde a medio camino entre el cuenco y su plato, miró a Maite, después a Iker, después otra vez a Kira.
Maite le hizo el gesto pequeño con el ojo izquierdo y movió un milímetro la cabeza — es mi hermana, déjalo —y Borja terminó el movimiento de servirse la salsa, la dejó, asintió ligeramente sin saber muy bien qué asentía.
Pilar sonrió sin levantar la vista del plato.
Javier miró a Kira un segundo de más, sin decir nada, y volvió al cordero.
Lau cortó un trozo de patata, se lo metió a la boca, no levantó la vista, pero esa parte, la de Lau, fue realmente la que selló el momento.
Iker bebió un sorbo de vino. Miró a Borja, que seguía un poco rígido.
—Es un truco que tiene mi hermana, Borja. La de las preguntas tontas en la cena. Siempre ha sido así.
—Ya, ya —dijo Borja, y rió por compromiso.
—De pequeña hacía lo mismo en el colegio. La profesora le preguntaba qué había desayunado y le contestaba con quién había desayunado el padre de la profesora. La pobre mujer tuvo que cambiarla de fila.
—Iker.
—Es verdad.
—Eso no se lo cuentes a Borja.
—Borja es de la casa —dijo Iker—. Tiene derecho.
Borja sonrió un poco más relajado esta vez.
Maite le pasó otra vez la mano por el brazo, gesto pequeño, lo soltó.
Lau cortó otra patata. La conversación derivó sola hacia la cirugía general —Pilar preguntó por los horarios, Iker contestó que dormía igual de mal pero por motivos distintos, Maite contó algo de un cliente del banco que había estado ingresado por una cosa de vesícula, Borja apuntó.
Javier sirvió más vino a Lau y a Kira. La copa de Kira ya iba por la segunda.
Loli entró con la bandeja del segundo, la dejó en el aparador. Volvió a por las patatas pequeñas calientes que faltaban en la mesa, las puso. Se retiró. Pilar le dio las gracias en voz baja al pasar.
Hablaron de cosas. Maite contó una anécdota larga del director general que había llegado tarde al consejo del miércoles.
Iker contó algo del cumpleaños de un amigo de la facultad que se había casado por sorpresa el sábado pasado en El Escorial.
Pilar contó que Sonia, la tía, había estado el viernes en una exposición de fotografía y le había gustado un retratista joven, que iba a ir ella al fin de semana siguiente.
Javier escuchó. Borja apuntó datos correctos.
Kira intervino dos veces, las dos cortas.
Lau habló cuando le tocó, contó algo de Daniela y el parcial de Derecho Procesal que Kira ya había oído el sábado en el coche pero que en boca de Lau a la mesa de Pilar se contó con menos sentencia y más cariño, y Pilar se rió y dijo qué injusticia, hija, esos profesores de Procesal son una calamidad histórica .
Borja eligió ese momento.
—Por cierto, Javier. Una cosa que igual no es nada.
—Dime.
—Leí ayer en el suplemento económico de El Confidencial algo que no acabé de entender.
Una noticia pequeña. Hablaban de la Audiencia Nacional reabriendo una pieza separada de no sé qué causa antigua, y mencionaban a un tipo prófugo, y se citaba el apellido Aresti como una de las familias del entramado original.
Yo no sé si es una cosa de hace años o si es nueva, de verdad no lo entendí bien. ¿El tío Joseba sigue sin aparecer o…?
Hubo un segundo entero de mesa en silencio.
Pilar se quedó muy quieta con la copa de vino a media altura entre la mesa y la boca, los nudillos blancos de un grado más por dentro de la copa, los ojos verdes intensos fijos en un punto del mantel a dos centímetros del plato.
Javier, que tenía la mano izquierda apoyada en el borde de la mesa al lado de su copa, la levantó dos dedos, la cruzó, la posó sobre el antebrazo de Pilar sin presión, sólo el contacto.
Maite cogió aire por la nariz medio segundo y soltó.
—Borja, déjalo. Es viejo. Otro día —dijo Maite, y a continuación, sin dar tiempo a respuesta—: Mamá, ¿le sirvo más cordero a Iker o ya estamos con el postre?
—Con el postre —dijo Pilar, con la voz exactamente igual de calmada que dos minutos antes, lo cual era el ejercicio de control de Pilar—. Loli, querida, ¿el postre?