El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

E ra domingo.

—¿Estoy bien? —preguntó Lau, sin girar la cabeza.

—Estás bien.

—¿Pelo recogido o suelto.

—Suelto.

Lau asintió, se pasó la mano por el pelo una vez y lo dejó como estaba.

Kira había ido sencilla, jersey gris claro de cachemir con el cuello redondo, vaqueros oscuros, botines de ante marrón, una gabardina corta beige por encima.

El pelo recogido en una coleta baja, sin más.

Ninguna joya excepto un anillo fino de oro blanco en el meñique izquierdo que Pilar le había regalado el día que cumplió veinte años y que Kira llevaba desde entonces, aunque sin llamar la atención.

La cartera del coche, las llaves, el móvil.

Una caja pequeña de bombones de la tienda de Pozuelo de antes de la entrada a la urbanización, comprada esa mañana, que Lau llevaba en el regazo apoyada en las rodillas pues a Kira no le gustaba aparcar con cosas en el asiento del copiloto.

Salieron de la M-503 por Aravaca, cogieron la avenida que sube hacia La Florida con su hilera de plataneros mediados de cambio, las hojas amarillas y rojas tapando parte del cielo, y al cabo de tres minutos Kira ralentizó delante de la barrera de la calle privada.

La barrera era una barrera blanca de las de antes, sin sistema digital, con una garita pequeña de cristal y un guardia jurado de turno de tarde, Manolo, que llevaba en la urbanización los mismos años que Loli en la casa.

Manolo se inclinó al ver el Audi, reconoció a Kira por la matrícula, así que sonrió y levantó la barrera con el botón de dentro sin pedir nada. Kira saludó con dos dedos. Pasaron.

—Manolo —dijo Lau.

—Manolo. Lleva veintidós años aquí. Está casado con una señora de Talavera, tienen dos hijas. La mayor estudia Magisterio.

—Le has dicho hola con dos dedos.

—Es lo que él quiere. Si paro la ventanilla y le hablo se incomoda.

—Vale.

La calle privada subía en una pendiente suave con tres chalets a la derecha y cuatro a la izquierda, separados por setos altos de aligustre y bardas de piedra de musgo viejo.

La gravilla del camino crujía bajo los neumáticos del Audi al rodar despacio.

Kira dirigió hacia el tercer chalet de la derecha, paró delante de la puerta cochera, apagó el motor.

La puerta cochera se abrió sola, accionada desde dentro, pues alguien estaba esperando.

Aparcó al lado del Cupra rojo de Iker, que ya estaba allí, y al lado del coche grande negro de Maite y Borja, que también.

Apagó las luces. Soltó las manos del volante. Se quedó dos segundos.

—Vamos —dijo Lau.

Bajaron. Lau cogió la caja de bombones con cuidado por la cinta.

Kira sacó la gabardina del asiento de atrás, se la puso.

Hacía frío. La luz de la entrada estaba encendida, un farol de hierro forjado de los originales del chalet con la bombilla cálida.

Subieron los tres escalones de piedra del porche.

Antes de que Kira llamara, la puerta se abrió desde dentro.

—Hijas. Pasad. Pasad.

Pilar las recibió en el recibidor con las dos manos a la vez —una a cada hija —y eso no era un gesto de Pilar, Pilar saludaba con un beso por mejilla y a Kira con dos.

Pero esa noche le dio a Lau las dos manos al mismo tiempo, se las cogió un segundo, las soltó, y a continuación le dio dos besos.

Lau le entregó la caja de bombones con la sonrisa que tenía Lau cuando estaba un poco nerviosa y no quería que se le notara.

Pilar la abrió, dijo qué horror, hija, qué barbaridad, no hacía falta , y se la pasó a Loli, que apareció desde la cocina con el delantal puesto, el pelo gris recogido en moño, las manos limpias de quien acaba de fregar.

Loli sonrió, dijo buenas noches señorita Kira , dijo bienvenida, señorita Lau , y se llevó los bombones a la cocina sin más comentario.

Pilar olía como olía Pilar siempre —perfume de rosas y madera, el mismo desde Kira tenía memoria—, llevaba un vestido recto de punto color marfil hasta debajo de la rodilla, una rebeca fina por encima, los pendientes pequeños de perla, el moño bajo.

Los ojos verdes intensos, los mismos que Kira había heredado dos tonos más claros.

Javier salió del salón al mismo tiempo. Hombre alto, espalda recta, pelo blanco entero, cejas oscuras pobladas que le daban la cara de huesos marcados que tenía.

Llevaba un jersey de pico marrón sobre camisa azul claro, los pantalones de pana beige de fin de semana, los zapatos de ante con suela de cuero. Cruzó el recibidor en cuatro pasos.

—Lau.

—Javier.

—Encantado, por fin —dijo Javier, y le tendió la mano.

Lau le tendió la suya. Javier le dio dos besos después de la mano, lo cual era ya el protocolo Javier para una persona que entraba a la casa por primera vez con peso, no de cliente, no de conocido, no de la rama sin nombre —entraba con peso. Le miró un segundo a los ojos.

—Pasad —dijo Pilar—. La chimenea ya está encendida.

Iker apareció desde el pasillo del salón con un vaso de cerveza en la mano y una sonrisa de hermano pequeño que no cabía en la cara, abrió los brazos de lejos y le dio un abrazo a Kira con la cerveza en la mano levantada para no derramar nada.

Después le dio uno a Lau. Iker no preguntaba mucho a Lau cuando la veía —la veía desde hacía meses, en cenas pequeñas en Majadahonda, en algún café —pero esa noche le dijo bienvenida a esta casa, Lau , y Lau dijo gracias, Iker , y eso bastó.

Iker tenía el pelo castaño revuelto de siempre, los ojos verdes como Pilar y como Kira pero más oscuros, vaqueros oscuros, una americana de pana azul marino sobre una camiseta blanca lisa, las zapatillas de ante claro que llevaba siempre fuera de turno.

La cara de niño que no terminaba de irse, la barba de tres días.

Maite estaba ya en el salón al lado de la chimenea con una copa de vino blanco en la mano, alta como Javier, pelo castaño oscuro a la altura de la mandíbula con la raya lateral marcada, vestido negro recto, los pendientes largos finos, una pulsera de plata.

Saludó a Kira con dos besos y a Lau con dos besos también, los dos calculados para no quedarse cortos ni largos, una cortesía profesional de Maite que no era frialdad pero tampoco era calor —Maite no daba calor a quien no conocía, daba presencia atenta, y eso era ya, realmente, bastante.

Borja estaba dos pasos por detrás con un jersey de lana azul marino sobre camisa blanca, vaqueros, mocasines.

Pelo castaño claro corto bien peinado. Le tendió la mano a Lau con una sonrisa profesional que se esforzó por suavizar al vuelo.

—Borja. Encantado.

—Lau. Encantada.

—¿Vino? —dijo Maite—. Hay tinto y blanco.

—Tinto —contestó Lau.

—Yo también —dijo Kira.

La chimenea estaba encendida con dos troncos de encina y la lumbre baja, el primer fuego de la temporada.

La leña olía a leña recién quemada, ese olor particular del primer fuego de octubre cuando la madera todavía no ha entrado del todo en el ritmo del invierno.

El salón era el salón de siempre —chimenea de mármol crema, sofás bajos de lino color arena alrededor de una mesa baja de madera oscura, librería empotrada en la pared del fondo con los libros de Javier ordenados por temas y los álbumes de fotos en el estante más bajo, ventanales grandes al jardín tapados por cortinas de gasa beige a esa hora—.

La buganvilla del muro lateral se veía un poco a través de la cortina, lo que quedaba de ella, ya casi seca, perdiendo flor por la rama de la izquierda.

Maite sirvió dos copas de tinto, las pasó.

Lau cogió la suya, dijo gracias, dio un sorbo pequeño.

Se quedó con la copa en la mano de pie cerca de la chimenea, mirando el fuego, leyendo el salón con los ojos sin mover la cabeza —los retratos en blanco y negro de la pared del fondo (el abuelo Vicente con catorce años en una boda de pueblo, Begoña con veintipoco al lado de un coche viejo, Javier con tres años en brazos de su madre), el reloj de pared de péndulo que llevaba dando la hora desde antes de que la familia comprara la casa, los álbumes de fotos en el estante bajo, la escalera de madera oscura que subía al primer piso con la barandilla pulida por el roce de cuarenta años de manos—.

Kira la miró un segundo desde el extremo opuesto de la chimenea.

Lau giró un cuarto la cabeza, se cruzaron los ojos, no hizo falta más.

—¿Ha habido tráfico? —preguntó Pilar.

—Nada —dijo Kira—. Quince minutos.

—La M-503 los domingos por la tarde es lo mejor que tiene Madrid.

—Eso —dijo Iker, que había vuelto del aparador con un cuenco de aceitunas gordales y otro de almendras recién tostadas—, y los cocidos del cuñado. Las dos únicas cosas que no fallan.

Borja sonrió, aunque por compromiso. Maite le pasó la mano por el brazo sin mirarlo, gesto pequeño de pareja, y Borja relajó el hombro un grado.

Siete años. Se sentaron —Pilar y Javier en el sofá grande, Maite y Borja en el de dos, Iker en la butaca de orejas, Kira y Lau en el sofá de en medio.

Kira a la izquierda, Lau a la derecha. Las rodillas casi rozándose.

Las copas en la mano. La caja de bombones de Lau ya en la mesa baja abierta con Loli, que la había vuelto a sacar tras pasarla por la cocina como mandaban las formas y la había dejado en su sitio.

Iker contó algo de un vecino del bloque de la urbanización que se había comprado un coche eléctrico nuevo y se había quedado sin batería en la rotonda de la entrada el viernes pasado, anécdota tonta de fin de semana, así que todos rieron lo justo.

Maite contó algo del consejo del miércoles donde el director general había llegado quince minutos tarde y nadie había sabido qué hacer.

Javier escuchó sin presidir, dejó que Maite contara, intervino con una frase corta al final — eso a Vicente no le habría pasado, Vicente habría empezado el consejo igual, sin él —y Maite asintió.

Pilar preguntó a Lau si había estado alguna vez en La Florida.