Capítulo 9 #4
A las cuatro y treinta y cinco Aresti guardó partida.
Apagó la consola. La dejó en el cajón del mueble bajo cerrada.
Se quedó un minuto en la butaca con las manos vacías.
La cabeza estaba en otro registro —el registro Hyrule, que era el registro de las cosas que no existían y por tanto no pesaban—.
Igual que cuando salía de la piscina los lunes y los jueves, pero en un eje distinto: la piscina dejaba la cabeza ordenada, los videojuegos la sacaban del mundo real, y las dos cosas eran necesarias en semanas como esa—.
Lau, que pasaba por delante del salón al subir al cuarto a por algo, se asomó un segundo, vio a Aresti reclinada con la consola entre las manos y la cara de quien no estaba en la consultoría, y siguió andando sin decir nada.
Lau le tomaba el pelo cariñoso con los videojuegos cuando le tocaba pero no esa tarde, no ese sábado, no cuando Aresti realmente se merecía cuarenta y cinco minutos al lado de Hyrule sin que nadie viniera a recordarle de qué se ganaba la vida.
Aresti se levantó, cogió el inalámbrico del salón y subió al laboratorio.
A las cinco menos cinco Kira marcó el número del postit.
El número del postit era el móvil personal de Mercedes Galán, que Marta había arrugado en la papelera la tarde que pidió a Mercedes que llamara a Sandra si le pasaba algo.
De hecho, que estuviera arrugado y no roto significaba pacto.
Significaba que Marta lo había guardado en la papelera a la vista para que Mercedes lo recogiera de vuelta cuando Marta no estuviera.
Mercedes no había llegado a recogerlo, pero Lau lo había encontrado el jueves haciéndose la cliente potencial. Kira lo tenía ahora.
Tres tonos. Cuatro. Mercedes contestó al quinto.
—¿Sí?
—Mercedes, soy Kira Aresti.
Pausa de dos segundos en el otro lado. Respiración corta, aguantada. Después la voz de Mercedes, más baja de lo normal, controlada a duras penas.
—Dígame.
—Tenemos que vernos. Sandra le ha hablado de mí.
Estoy investigando lo de Marta. No es trabajo policial, no le voy a pedir nada que no quiera dar.
Sólo quiero escucharla a usted, en un sitio neutro, lejos de la asesoría, sin Don Fernando, sin nadie de la oficina.
Una hora como mucho. ¿Puede el lunes a las once?
Otra pausa. Tres segundos esta vez. Ruido de fondo de otra habitación —radio puesta, una vecina pasando por el pasillo del bloque, un grifo que se cerraba—. Mercedes Galán tomó aire.
—Sandra me ha hablado. Sí.
—¿El lunes a las once?
—¿Dónde?
—Hay un café en la calle Méndez Álvaro detrás de la estación, lejos de Vallecas, pequeño, tranquilo. Se llama La Concha. Me dice si lo conoce.
—No lo conozco.
—Mejor. Yo tampoco voy nunca. Le mando la dirección por mensaje a este número en cinco minutos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —La voz de Mercedes Galán quebró un milímetro al final del acuerdo , y volvió a sostenerse acto seguido—. Una cosa.
—Dígame.
—Si no aparezco el lunes, no me llame al móvil. No me llame a la asesoría. Espérese y vuelva a llamar aquí, a este móvil, el viernes siguiente a las nueve de la noche. Si no aparezco el lunes es porque he tenido miedo. Pero el viernes a las nueve igual sí.
—El viernes a las nueve —repitió Kira—. Anotado.
—Gracias, Kira.
—Gracias a usted, Mercedes.
Mercedes colgó.
Kira se quedó dos segundos con el inalámbrico apoyado contra la oreja después del clic, miró la pantalla del ordenador con la cara de Pizarro todavía abierta en miniatura, dejó el inalámbrico en la mesa.
Sacó el móvil, escribió un mensaje corto: La Concha, Méndez Álvaro 77, lunes 11h.
K. Lo envió. Esperó la doble pulsación de visto.
Llegó al cabo de doce segundos. No llegó respuesta, pero eso ya era respuesta suficiente.
Salió del laboratorio. Cerró con la llave del cuello. Bajó al salón. Lau estaba en el sofá con el móvil en la mano, los pies descalzos sobre el reposapiés, la chaqueta de cuero tirada al respaldo de la butaca de al lado, el pelo otra vez suelto. Al verla aparecer levantó la vista.
—¿Habló?
—Habló. Lunes a las once en La Concha de Méndez Álvaro. Y si no aparece el lunes, vuelvo a llamar el viernes a las nueve de la noche.
—Tiene miedo.
—Tiene miedo. Pero quiere.
Lau asintió.
Kira se sentó al lado de Lau. Lau le pasó las piernas por encima de las suyas como había hecho el viernes, Kira le pasó la mano por el tobillo.
Se quedaron así un rato sin decir nada. Fuera, la tarde caía sobre el pinar con la misma luz oxidada del viernes, una luz que iba bajando de naranja a rojo a malva sobre los cipreses, y el cielo del oeste se abría en franjas largas que iban del azul claro al lila al amarillo bajo.
La luna otra vez por algún lado, hacia el este esta vez, blanca tirando a hueso. Kira la miró.
—¿Cocino? —dijo Lau al cabo de un rato.
—Cocina.
—Arroz con frijoles negros y unas tiras de pollo que hay en la nevera.
—Vale.
Lau se levantó, así que se fue a la cocina.
Encendió el altavoz Bluetooth pequeño que tenía allí, conectó el móvil, puso a Compay Segundo, Chan Chan , primero y los siguientes que vinieran después en orden aleatorio.
La cocina se llenó del son que Lau ponía cuando cocinaba cubano, un son que llevaba en el cuerpo desde antes del recuerdo y que en esa cocina de Majadahonda sonaba un poco distinto al de la cocina de Loli en San Blas, igual de bueno pero con otra vibración, la vibración del pinar y no la del barrio.
Kira se levantó. Subió al laboratorio. Bajó con el portátil pequeño.
Lo puso sobre la encimera de la cocina, en el extremo más alejado del fuego, lo abrió, dejó la imagen de la foto de Pizarro abierta en pantalla, aunque sin zoom, tamaño real, la cara de Pizarro mirando ligeramente a la derecha como en la foto original.
Se sentó en el taburete alto de al lado de la encimera.
Puso la yema del índice sobre el borde de la pantalla un segundo. Miró a Lau.
Lau picaba la cebolla en juliana fina con el cuchillo grande del cubano, Chan Chan de fondo, los aros grandes de los pendientes brillándole al ritmo de la barbilla cuando movía la cabeza al son sin darse cuenta, las manos limpias, rápidas, de quien lleva picando cebolla así desde antes de cumplir los diez años.
Lau giró un cuarto la cabeza hacia Kira al acabar la primera mitad de la cebolla, miró el portátil con la cara de Pizarro abierta encima de la encimera al lado del aceite y la sal y la cebolla, miró a Kira.
—Ahí estás —dijo Lau, mirando la pantalla.
—Ahí está —dijo Kira.
La cara de Pizarro siguió en la encimera mientras el son seguía sonando.
* * *