Capítulo 9 #3
Una voz masculina al otro lado. Voz sosegada de despacho con experiencia, cincuentón con timbre cultivado, palabra por palabra cuidada.
—Buenas tardes. Soy Borja Bellido, del despacho Bellido y Asociados, de Príncipe de Vergara.
Quisiéramos contratar un servicio de limpieza digital para un cliente nuestro, una pequeña operación de retirada de contenidos antiguos en hemerotecas y referencias online.
Cosas de hace siete u ocho años. ¿Podríamos concertar una primera reunión la semana que viene?
Lau pulsó el altavoz, dejó el inalámbrico sobre la mesa de trabajo con el altavoz hacia Kira. Bellido siguió hablando.
—Queremos algo discreto, profesional, sin protagonismo. Pagamos honorarios standard y bonus por agilidad. Hemos visto que ustedes tienen experiencia en peritaje forense informático, cosa que nos parece un buen complemento técnico para este tipo de trabajo.
Kira no levantó la vista de la pantalla.
Bellido y Asociados, Príncipe de Vergara —despacho mediano, tres o cuatro abogados, especialidad en mercantil y reputacional—, había salido en prensa hacía dos años por representar al hijo de un ex-cargo público en un caso de cohecho que terminó archivado por un defecto de forma del juzgado, y desde entonces el despacho hacía borrado de hemerotecas para clientes que tenían dinero y querían que internet olvidara antes de tiempo.
La frase “contenidos antiguos en hemerotecas” era, claramente, el código.
La frase “sin protagonismo” era el código.
La frase “bonus por agilidad” era el código.
Bellido sabía que ellas sabían lo que era, pero aun así llamaba, pues la consultoría tenía cierta reputación técnica nueva y el cliente seguramente le había dicho a Bellido que probara.
Kira hizo un gesto a Lau con dos dedos que querían decir cuelga tú .
—Mire, señor Bellido —dijo Lau, en altavoz, con la misma voz neutra de filtro que tenía dos minutos antes—.
Le agradecemos la llamada. Esta consultoría no hace borrado reputacional.
Ni para clientes propios ni por intermediación de despachos.
Le sugiero a uno de los gabinetes de comunicación que se dedican expresamente a esto, el suyo seguramente conoce media docena. Que tenga buena tarde.
—Pero entiéndanme —dijo Bellido con la voz dos tonos más arriba—, el cliente tiene una posición delicada y…
—Que tenga buena tarde —repitió Lau, y colgó.
Lau dejó el inalámbrico en la mesa. Miró a Kira. Kira le devolvió la mirada un segundo. Las dos sonrieron una pizca.
—Príncipe de Vergara —dijo Lau.
—Reputacional.
—Cliente con dinero y con expediente que le pesa.
—¿Lo apuntamos?
—En la lista —dijo Kira—. El nombre del cliente final algún día sale, y el día que salga sabremos por qué Bellido nos llamaba en sábado.
—El sábado —dijo Lau.
—El sábado se llama cuando se quiere apretar.
Lau cogió el plato vacío de queso, la taza, salió al salón.
Kira se quedó tres minutos más con la foto de Pizarro abierta en pantalla.
Después cerró la imagen, dejó la foto física dentro del sobre kraft, metió el sobre en la caja fuerte ignífuga del armario empotrado, giró la combinación, cerró.
Salió del laboratorio. Miró la hora. Las tres y diez.
La llamada a Mercedes Galán la había planeado para las cinco, después de comer, después de dejar pasar la sobremesa, no antes —Mercedes, en sábado, realmente no iba a coger el móvil personal antes de las cuatro y media de la tarde por estructura—.
Comió con Lau, en la cocina, una ensalada simple de canónigos con queso de cabra y nueces, dos lonchas de jamón cada una, una manzana cortada compartida.
Bebieron agua. Lau habló de Daniela un rato más. Kira la escuchó.
—Niña —dijo Lau a media manzana.
—Dime.
—El de la cena de los Bermejo del mes pasado. ¿Le has vuelto a ver?
—No.
—Te llamó dos veces.
—Lo sé.
—Vale. ¿Y el de la inauguración?
—Ese sí, una vez. Hace tres semanas. No vamos a vernos más.
Kira asintió sin más.
—¿A cuento de qué.
—De nada. Lo pregunto porque hace siglos que no te oigo nombrar a nadie y a veces se te olvida que tienes vida. Eso es todo.
Kira no contestó. Se metió un trozo de manzana a la boca. Lau no insistió. Lau no insistía nunca con eso. La pregunta había sido pura —registro de cuidadora, no de pareja—, así que se cerraba con el silencio sin fricción.
A las tres y cuarenta recogieron entre las dos.
Lau dijo que iba a llamar a Daniela ella misma a las cuatro para ver cómo iba, y Kira le dijo que fuera.
Tenía la tarde con un agujero entre la comida y la llamada a Mercedes.
Una hora y veinte minutos en los que el caso ya estaba cerrado por la mañana pero la noche todavía no había empezado, así que la cabeza le pedía cualquier cosa que no fuera Marta.
Subió al salón. Cogió la Switch del cajón del mueble bajo, la encendió, se sentó en la butaca de orejas con los pies cruzados sobre el reposapiés.
Cargó la partida del Tears of the Kingdom donde la había dejado la última vez, una semana antes, en el santuario de la torre del Gerudo.
La partida tenía a Link a media subida del cielo, en una de las islas flotantes pequeñas del cuadrante este, sin objetivo activo en el mapa, sin misión secundaria pendiente que Aresti tuviera ganas de cerrar.
Bajó. Saltó al vacío con la paravela abierta.
Planeó treinta segundos largos sobre el desierto con el viento del este empujando la lona, observó cómo los pliegues de las dunas cambiaban de color al pasarles el sol por encima en oblicuo, dejó que el cuerpo de Link cayera del todo sólo cuando ya estaba a tres metros del suelo.
Aterrizó. Caminó. Sin meta. Sin marcador en el mapa.
La cabeza de Aresti, que durante toda la mañana había trabajado al cien por cien recomponiendo el árbol Quintero, encajando a Pizarro, abriendo a Mercedes, descifrando la rama materna, esa cabeza se apagó del registro de la vida real como se apaga una bombilla en cuanto el cuerpo de Link tocó la arena, sin negociación, sin pelea, sin que Aresti tuviera que hacerle nada.
Era el truco. Por eso jugaba. La cabeza no quedaba vacía —Aresti pensando del todo era imposible y eso lo había aceptado hacía mucho—, pero lo que cambiaba era el material en el que pensaba.
Hyrule, no Madrid. Puzzles de cubos, no esquemas de blanqueo.
Pájaros de piedra que no eran metáfora de nada. Esa era la limpieza.
Pasó cinco minutos cocinando en la olla portátil del juego.
Echó dos manzanas, un trozo de carne cruda, un chile picante, un pez de río que llevaba en el inventario desde hacía meses.
Salió un plato con nombre raro y bonus de resistencia al frío, lo cual a Aresti no le servía para nada en el desierto del Gerudo, pero el plato era bonito en el menú y eso bastaba.
Subió a un risco. Saltó. Planeó otros veinte segundos.
Volvió a aterrizar. Vio una piedra musgosa, le pegó con el palo de la espada de madera, un kolog salió de debajo y le tiró una semilla a la cara con esa risa pequeña de los koloks que era lo más cerca de la felicidad que tenía Aresti en muchas tardes. Cogió la semilla. Subió otra cuesta.
Apareció en el horizonte el círculo naranja de un santuario que no había visitado todavía, plantado en lo alto de una mesa rocosa al fondo del barranco.
Aresti caminó hacia él diez minutos, sorteó dos pandillas de bokoblins menores que dejó atrás sin pelear, escaló los últimos veinte metros de pared con la resistencia justa antes de quedarse sin energía.
Entró. El santuario era de los de mecánica de fluidos: una sala con tres compuertas, una rueda hidráulica, un tronco grande flotando, y la combinación pedía que Link levantara con el Ultramano una sección de barro para desviar la corriente del manantial superior hacia la rueda izquierda y no hacia la rueda central, y a continuación que sujetara el tronco con la cuerda de la flecha de Link y lo dejara colgando del eje horizontal para que actuara como contrapeso.
Aresti lo resolvió en doce minutos, aunque sin prisa.
La parte difícil fue calcular el ángulo de la sección de barro contra la luz que entraba por arriba de la sala, lo cual le llevó cuatro intentos antes de pillar que la solución era acercar la sección al borde sin pegarla del todo.
Cuando la rueda izquierda giró, la compuerta del fondo subió, y Aresti caminó por el pasillo hacia el altar con el cofre del santuario abierto.
Sacó el premio —una raíz fortalecida que tampoco le servía para nada, pero los premios bonitos eran lo de menos—, recibió la luz del orbe del altar, salió del santuario.
Vio fuera el cielo de Hyrule cambiando de azul a naranja, hora abstracta del juego que no era hora de la vida real.
Aresti planeó otra vez con la paravela desde la cumbre del santuario hacia el desierto.
Cayó cerca de un caballo salvaje pastando a doscientos metros, se acercó agazapado, lo intentó montar, el caballo lo tiró al suelo dos veces antes de aceptar, Aresti lo soltó al cabo de dos minutos sin registrarlo en el establo pues no le hacía falta caballo.
Siguió a pie. Caminó otros cinco minutos hacia ningún lado.
Vio una flor de luna a lo lejos, fue a recogerla, no llegó a tiempo, se cerró la flor.