El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Kira se subió al sofá de pie con los zapatos puestos, lo cual era una pequeña falta de respeto por el sofá de Marta, que se permitió pues era el sofá de Marta y Marta ya no lo iba a notar y porque desde el suelo no llegaba al marco.

Levantó la lámina con las dos manos del gancho de la pared.

El marco pesaba menos de lo esperado. Lo bajó hasta el sofá.

Se bajó. Lau le ofreció el brazo para sostener el marco mientras Kira inspeccionaba la trasera.

La trasera del marco era cartón rígido beige sujeto al marco por seis pinzas pequeñas de metal, tres a cada lado.

Kira fue soltando las pinzas una por una, despacio, con los dedos, sin forzar.

Cuando soltó la última, levantó el cartón.

Detrás del cartón, pegada al reverso de la lámina con dos pequeños pedazos de celo amarillento, había una fotografía de diez por quince centímetros.

Una sola. Foto cuadrada de impresión doméstica de las que da una impresora normal sobre papel fotográfico, con los bordes blancos y la imagen ligeramente saturada en los rojos —impresión de tinta, no laboratorio—.

La fotografía mostraba a un hombre de cuarenta y poco años con traje gris claro y peinado con raya a la izquierda, sentado en una silla de oficina inclinado un poco hacia delante, con una taza pequeña en la mano y la otra mano sobre la rodilla.

La fotografía estaba tomada desde un ángulo bajo y lateral, claramente desde la altura de la mesa de Marta —Kira reconoció el reposamuñecas de cuero gastado del teclado de Marta en la esquina inferior izquierda del encuadre, que Marta había puesto ahí sin querer, sin darse cuenta, al disparar la foto desde el bolsillo del pantalón con el móvil en la mano—.

El hombre miraba ligeramente a la derecha, hacia el despacho de Don Fernando, no hacia la cámara. No sabía que le habían hecho la foto.

En el reverso del papel fotográfico, Marta había escrito a mano con un boli azul, en su letra redonda y clara: V —23 sept —despacho. Tres palabras, una fecha. Sin más.

Kira despegó los dos pedazos de celo con la uña, separó la foto del reverso de la lámina, la sostuvo entre los dedos. Pasó la yema del índice por el borde inferior de la foto, dos veces. La foto pesaba lo que pesa una foto.

—Ahí está —dijo Lau.

—Ahí está.

—Le tenemos la cara.

—¿Lo conoces?

—No. Pero le conozco. Le he visto el miércoles en el árbol.

—El árbol del laboratorio.

—Sí.

Kira no añadió nada más. Volvió a poner el cartón trasero del marco en su sitio sin la foto, fijó las seis pinzas otra vez, una por una, despacio.

Subió al sofá. Volvió a colgar la lámina del gancho de la pared.

Se bajó. Miró la pared con la lámina otra vez en su sitio.

Estaba ligeramente más torcida que antes —dos grados a la derecha—, lo cual era el coste pequeño e inevitable de haber tocado lo intocable, y Kira lo dejó torcido a propósito, pues enderezarlo habría sido la firma de quien había estado allí, y Kira prefería que la firma fuera mínima.

La foto se la guardó en un sobre kraft pequeño que llevaba doblado en el bolso para esto, lo cerró con el clip metálico, lo metió en el compartimento interior del bolso.

Comprobó que la libreta de tapa de hule seguía donde la había dejado el martes —seguía—.

Comprobó que la Moleskine seguía donde la había dejado el martes —seguía—.

Comprobó que el portátil seguía donde la había dejado el martes —seguía, y la imagen forense que ella había sacado el martes en el laboratorio era idéntica a la del miércoles, no hacía falta volver—.

Pasó por la cocina otra vez al salir, miró el clavo, miró el cordel, miró la llave.

—Vámonos —dijo.

Salieron. Kira cerró la puerta con la llave por fuera, dos vueltas.

Bajaron la escalera. Salieron al portal.

Lau salió primero, Kira detrás. Era un sábado de mediodía bajo en Vallecas, sol oblicuo en la fachada de enfrente, dos chavales jugando al fútbol con una pelota desinflada en la acera de enfrente, una mujer mayor sacando la bolsa del Mercadona con esfuerzo del maletero de un Twingo verde, ese ruido de barrio que era el ruido del barrio de Marta y que Marta no iba a oír más.

Subieron al Audi. Kira metió primera, así que salieron de Vallecas por la avenida del Mediterráneo, cogieron M-30 dirección norte.

Lau no puso bachata esta vez. Lau no puso nada, así que las dos hicieron el camino de vuelta en silencio hasta La Florida, donde Lau preguntó si comían en casa o salían, y Kira dijo que comían en casa, que tenía que abrir el laboratorio antes de comer, y Lau dijo vale .

Aparcaron en la plaza diecisiete a la una menos cinco. Subieron al piso.

Kira fue derecha al laboratorio. Abrió la puerta con la llave del cuello.

Encendió la luz blanca, encendió las dos pantallas, encendió el ordenador aislado.

Sacó el sobre kraft del bolso, sacó la foto.

La puso bocarriba sobre la mesa de trabajo, debajo de la lámpara de cuello largo de luz fría.

La fotografió con el escáner cenital a 600 dpi, le hizo una segunda copia desde el móvil con flash atenuado para tener la versión sin escanear archivada también, y abrió el archivo escaneado en la pantalla de la izquierda.

La cara de Pizarro a quinientos por ciento de zoom era una cara amable de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, con la frente ya despejada en las entradas, los ojos de un castaño claro, la nariz recta sin desviación, la boca pequeña con el labio inferior un poco más grueso, una sombra ligera de barba de tres días, una corbata gris perla con un nudo doble flojo y la camisa azul claro abrochada hasta arriba.

No era una cara que se le quedara a uno a la primera.

Realmente era una cara que se podía no ver dos veces seguidas en el mismo pasillo de oficina y no enterarse.

Eso era lo que tenía Pizarro y lo que Marta había sabido captar con el móvil al disparar desde el bolsillo del pantalón.

En la pantalla de la derecha, Kira abrió el árbol genealógico que había trazado el miércoles.

Servigesa Investments S.L., Mantenimientos Castillo S.L.

, dos sociedades operativas registradas a nombre de Eladio Quintero como administrador único.

Por encima de las dos sociedades, la sociedad patrimonial que tenía las participaciones —Inmuebles Quintero Patrimonial S.L.

— a nombre del propio Eladio Quintero junto a un segundo administrador solidario que era el testaferro profesional cuyo CIF Kira había rastreado el miércoles.

Por debajo de las dos operativas, los proveedores con los que facturaban; entre ellos, una de las sociedades que aparecía en la libreta de Marta con iniciales V.P.Q.

y movimientos de servicios ficticios del primer trimestre.

El miércoles las iniciales habían sido un ahá sin cara, pero esa tarde tenían cara.

Kira abrió el Registro Civil con las credenciales que pagaba, cruzó el segundo apellido de Eladio Quintero —Calleja—, sacó la rama materna de Calleja, identificó a una hermana, María Quintero Calleja, casada en 1983 con un Pizarro Sánchez, dos hijos, el segundo nacido en 1981, Víctor Pizarro Quintero. Kira lo miró un segundo.

—Sobrino segundo no —dijo, en voz alta, al portátil—. Sobrino directo. Hermano de la hermana. Por fin.

Lau apareció en el quicio de la puerta del laboratorio con una bandeja en la que llevaba un plato pequeño de queso manchego cortado fino, una tostada de pan de cristal con tomate rallado, y una taza pequeña de café con leche para ella.

La dejó en la mesa de trabajo al lado del teclado, sin invadir la zona de la foto, y se quedó de pie mirando la pantalla por encima del hombro de Kira.

—¿Es ese? —preguntó.

Lau miró la pantalla un segundo, la cara amable de cuarenta y pocos abierta a quinientos por ciento.

—Víctor Pizarro Quintero. Sobrino directo de Eladio Quintero por línea materna. Trabaja como intermediario operativo para las sociedades de Eladio. Cobra por servicios ficticios. Marta lo tenía fichado en la libreta como V.P.Q. desde mediados de septiembre.

—¿Y la foto?

—La foto la hizo ella el 23 de septiembre, una semana antes de la del bolso.

Lo vio entrar al despacho de Don Fernando, sacó el móvil del bolsillo, disparó al ras de la mesa sin mirar, salió bien por casualidad —dijo Kira, y volvió a pasar la yema del índice por el borde de la foto impresa, una vez, sin pensarlo—.

La imprimió ese mismo día o al siguiente, escribió la fecha por detrás, la metió detrás del Hopper. Si me pasa algo, esto es importante.

—Si me pasa algo, esto es importante —dijo Lau, y se sentó en el reposabrazos de la silla de Kira.

—El mapa, ya está —dijo Kira.

Kira documentó la identificación en el cuaderno físico de tapas de cuero gastado en una página nueva, con el código propio que ella misma había desarrollado dentro y que sólo Kira sabía leer, una mezcla de iniciales, fechas y símbolos pequeños que ocupaban menos espacio del que ocuparían las palabras.

Cerró el cuaderno. Dejó el bolígrafo en la repisa.

Cogió la tostada, le dio un bocado, la dejó.

Tragó. Bebió un sorbo del café con leche de Lau sin pedir permiso, lo cual era cosa de las dos en esa cocina y en ese laboratorio. Lau no dijo nada.

A las dos y cuarto sonó el teléfono de la oficina.

El de la oficina, no el personal de Kira.

Era el número que aparecía en la web de la consultoría, el que Lau filtraba siempre porque Kira no quería oír la primera frase de un cliente potencial sin tener delante los datos de quien llamaba.

Lau cogió el inalámbrico de la base que tenía al lado del sofá del salón —el inalámbrico llegaba hasta el laboratorio por radiofrecuencia—, lo sacó del soporte, contestó.

—Aresti & Romero, ¿dígame? —dijo Lau con la voz neutra de filtro.