Capítulo 9
E ra sábado.
Kira se levantó a las siete y diez con la luz baja del primer sol cayendo en oblicuo por la rendija de la persiana del cuarto, oblicua y limpia como sólo cae la luz de octubre en Madrid, una luz que entra y se queda pegada al rodapié sin avanzar más, marcando una línea fina en el suelo de madera que esa mañana —porque era sábado y porque Lau había dormido en Majadahonda— era la única referencia útil para saber qué hora era.
Lau respiraba a su lado con la cadencia honda que tenía cuando había dormido bien, vuelta de medio lado hacia el armario, con la sábana hasta la cintura y la camiseta blanca de Kira subida un poco por la cadera.
Kira la miró un segundo, pero apartó la sábana con cuidado, salió de la cama por su lado sin hacer ruido, descalza por el suelo de madera, y bajó.
La cocina estaba como la había dejado la noche anterior, todo en su sitio, la cafetera de palanca apoyada en el mármol al lado del molinillo, el bote del molido cerrado, la balanza pequeña con la pantalla apagada, el tamper de cobre que Iker le había regalado el cumpleaños pasado puesto en su soporte.
Encendió la cafetera, abrió el bote, midió doce gramos exactos en la balanza, los molió.
La cocina se llenó de olor a café recién molido y al cabo de un minuto largo de olor a café preparándose, y Kira sacó la copa de la primera tirada con el pulso firme y el cronómetro mental en marcha: veintiocho mililitros, veintiséis segundos.
Buen sábado. Se llevó la taza pequeña al ventanal del salón, descorrió la cortina con el codo y miró el pinar.
El pinar de Majadahonda en sábado por la mañana de octubre era un pinar mudo, sin coches, sin cortacéspedes, sin perros —los perros venían más tarde—, sólo el rumor lejano del primer autobús por la avenida de los Pirineos y el ruido de un mirlo cerca, en el ciprés grande.
Kira bebió el café en cuatro sorbos cortos.
Pensó en Marta. Pensó en la lámina del Hopper.
Pensó en la foto que iba a estar detrás.
Por algún motivo no pensó en Sandra, lo cual era extraño, pues Sandra era el motor afectivo del caso y el sábado era el primer día desde el lunes en que iban al piso sin ella, pero esa mañana Sandra no estaba en su cabeza.
Estaba la lámina, el cartón trasero, la foto. Dejó la taza en el fregadero y subió.
Lau abrió un ojo cuando Kira entró al cuarto.
—¿Qué hora es? —preguntó Lau, con la voz arenosa de la primera hora.
—Las ocho menos veinte.
—¿Has hecho café?
—Te hago el tuyo si bajas en diez minutos.
—Bajo en cinco.
Bajó en doce. Apareció en la cocina con la camiseta blanca de Kira puesta, los vaqueros sin abrochar, los pies descalzos sobre las baldosas frías, el pelo recogido en una coleta alta que se había hecho sin mirarse al espejo.
Kira ya tenía la cafetera italiana de Lau a media presión sobre el fuego.
La de Lau era una Bialetti pequeña de tres tazas con la base oscurecida por años de cocina cubana en San Blas, una cafetera que hacía el café de un modo que Kira no terminaba de entender pero que respetaba como respetaba todo lo que era de Lau y le funcionaba a Lau.
La cafetera empezó a subir justo cuando Lau llegó al lado del fuego.
—Niña.
—Niña.
—¿Hoy qué.
—Hoy Vallecas. El piso. Levantamos la lámina. Volvemos. Cara y nombre.
—Cara y nombre.
—Por la tarde hago la llamada.
—Vale.
Lau cogió la cafetera de la base, la sacudió un milímetro, vertió el café en una taza pequeña de loza azul que era la suya en ese piso, aunque no había sido siempre la suya, le puso una cucharadita y media de azúcar y la disolvió con la cucharilla en círculos pequeños tres veces, ni una más ni una menos, ritual cubano que Kira había aprendido a no interrumpir.
Lau bebió un sorbo de pie apoyada en la encimera y dejó salir el aire por la nariz, despacio.
—¿Llevas la llave o la llevo yo? —dijo.
—Yo. Está en el cajón del recibidor.
—¿Sandra sabe que vamos.
—Le mandé un mensaje anoche. Le dije que íbamos las dos solas, que era mejor así, que le contaba el lunes. Me contestó vale, Aresti, lo que tú digas y se fue a dormir.
—Sandra se fía.
—De eso no me cabe duda.
Lau miró por la ventana de la cocina, que daba al patio interior con el limonero seco que el portero llevaba dos años diciendo que iba a sacar y todavía no había sacado, miró el cielo blanquecino del sábado de octubre, dejó la taza en el fregadero al lado de la de Kira.
Salió descalza al pasillo, subió al cuarto.
Volvió a bajar a las nueve menos diez vestida con vaqueros oscuros, una camiseta gris de algodón, la chaqueta corta de cuero negra echada por encima del brazo, los pendientes de aro grandes ya puestos, la pulsera de azabache del padre y la medalla de la Virgen del Cobre asomando por el cuello redondo de la camiseta.
Kira ya tenía la chaqueta puesta y el bolso de trabajo en la mano.
—Vamos —dijo Kira.
Bajaron al garaje. El Audi A4 Avant gris oscuro estaba en la plaza diecisiete con el polvo fino que se le había pegado durante la semana, una capa ligera que Lau pasó con la palma por encima del capó al pasar como quien acaricia un caballo viejo.
Kira abrió las puertas con el mando, Lau se sentó en el del copiloto, se abrochó el cinturón, se ajustó el espejo retrovisor lateral —que siempre se ajustaba ella aunque no condujera— y puso el primer disco de un montón pequeño que tenía en la guantera, un cd grabado de bachatas que Lau ponía cuando iban en coche un sábado y que Kira había aprendido a valorar, primero, y a querer un poco, después, aunque sin decírselo a Lau.
Salieron del garaje. Cogieron Virgen de Icíar dirección sur, M-503, A-6, M-30 dirección sur.
La M-30 a las nueve y cuarto del sábado iba clara, más o menos vacía hasta Cuatro Caminos, y Lau dejó la mano izquierda apoyada sobre la rodilla derecha de Kira durante todo el tramo entre Príncipe Pío y Atocha, sin mirarla, mirando la carretera, hablando de Daniela, que el día anterior había suspendido un parcial de Derecho Procesal por una pregunta absurda sobre plazos de caducidad y se lo había contado a Lau a las once de la noche llorando bajito por el móvil, lo cual a Lau, claramente, le había roto un poquito el sábado por dentro pero no lo iba a decir así.
—Daniela suspende ese parcial en febrero —dijo Lau—. La conozco.
—Seguramente —dijo Kira.
—Es que la pregunta era una guarrería. Plazos de caducidad encadenados con concurrencia de partes. Eso lo metes en un parcial para joder, no para evaluar.
—Profesores.
—Profesores cabrones.
—Profesores cabrones —repitió Kira, y la mano de Lau se quedó un segundo más en su rodilla.
Salieron de la M-30 por Vallecas a las nueve y treinta y cinco.
Kira condujo por avenida del Mediterráneo hasta Martínez de la Riva, aparcó dos portales más abajo del de Marta pues el de Marta tenía un contenedor de obra nuevo delante que impedía la maniobra.
Se bajaron. Subieron a pie hasta el portal.
Lau abrió con la llave del portal —Kira llevaba el llavero de plástico transparente con la foto pequeña de Vega de bebé dentro, las tres llaves, las que Sandra le había dejado el martes anterior con un quédatelas hasta que no las necesites y que Kira no había devuelto porque Sandra se las había dejado precisamente para que no las devolviera—.
Subieron por la escalera. Cuarto piso. Puerta de la izquierda. Kira metió la llave. Giró. Empujó.
El piso olía a piso vacío. Veintiún días sin abrir las ventanas, dos visitas breves —la del martes con Sandra, ahora ésta— y nadie cocinando, nadie viviendo, nadie respirando; el polvo se posaba sobre los muebles en una capa que aún no se veía pero que ya estaba ahí, y el aire tenía esa cualidad detenida de los pisos donde se ha muerto alguien, una densidad ligera que Kira había aprendido a reconocer dentro pero que Lau, aunque no había estado dentro hasta el martes, captó por primera vez con una pequeña expansión del pecho.
Lau no dijo nada. Cerró la puerta detrás de las dos.
Kira no fue al salón directamente. Fue a la cocina primero, miró la puerta abierta, miró el clavo del marco, miró el cordel rojo, miró la llavecita pequeña colgada del cordel rojo.
Todo seguía igual que el martes. Todo seguía igual que la mañana del 8.
Eso ya no era información nueva, era confirmación, pero confirmar formaba parte del oficio. Salió de la cocina. Fue al salón.
La lámina del Hopper colgaba sobre el sofá, enmarcada en un marco fino de aluminio negro, con el cristal limpio y la firma del autor abajo a la derecha.
Habitación de hotel , óleo de 1931, una mujer sentada en el borde de la cama con un libro en el regazo y la luz cayendo por la izquierda.
Kira la había mirado el martes. La había mirado el miércoles desde el laboratorio en la pantalla con la foto que ella misma había hecho con el móvil.
La había estado mirando toda la semana sin decirlo.
Marta había puesto esa lámina ahí pues Marta sabía que la mujer del cuadro estaba a punto de hacer algo y todavía no lo había hecho, y Marta era una mujer parecida en eso, una contable que llevaba tres semanas a punto de hacer algo, así que Marta había escogido la pared del sofá para colgar la lámina y no la del escritorio.
Pero la lámina, además, era el escondite.
Kira se acercó. Lau se quedó dos pasos por detrás.
—¿La cojo yo? —preguntó Lau.
—Sí.