Capítulo 8 #3
Toledo colgó. Kira dejó el móvil sobre el sobre del salpicadero.
Quitó los warning. Metió primera. Salieron de la calle perpendicular, retomaron la avenida del Mediterráneo, cogieron la M-30 dirección norte.
Sandra llevó el silencio durante kilómetro y medio.
Kira lo aguantó. Sandra habló a la altura de Avenida de América.
—¿Te ha dicho que no?
—Me ha dicho que no.
—¿Eso es malo?
—Eso es lo esperado. Sin el dictamen forense y la cara del ejecutor no abre. Tengo la semana.
—Vale.
Sandra respiró. Apoyó la cabeza en el reposacabezas.
Kira la dejó. Subieron por la M-30. Cogieron la M-40 a la altura de Hortaleza.
A Sandra la dejó en su portal de Vicálvaro a la una y veinte.
Sandra cogió la caja del maletero. La bolsa.
No quiso ayuda para subir. Se despidió con un beso corto en la mejilla y un gracias, Aresti dicho con la voz cansada de alguien que llevaba dos semanas y media cargando un peso que esa mañana acababa de soltar un milímetro.
Kira esperó hasta que Sandra entró al portal.
Después arrancó. Salió de Vicálvaro, cogió la M-40 dirección oeste, se metió en la M-503.
Subió a Majadahonda en silencio, sin poner música.
Aparcó en la plaza diecisiete a las dos menos cuarto.
Subió al piso. Lau estaba en la cocina haciendo un pisto manchego que olía a media casa.
—Niña —dijo Lau—, ¿qué tal?
—Mercedes Galán habló.
—¿Qué dijo?
—“No está bien. Todo esto no está bien.” Cuatro segundos.
—¿La oyó Sandra?
—No.
—¿Te creyó Toledo?
—Toledo me dijo que no. Como esperábamos. Quiere el dictamen forense y la cara.
Lau asintió sin sorpresa, pues era lo que las dos habían anticipado.
—Tengo el postit con un número de móvil. Lo busco esta tarde.
—Comemos primero.
Comieron a las dos y veinte. Pisto con un huevo escalfado encima.
Una tostada de pan de cristal. Vino blanco, una copa cada una.
Kira no había bebido vino blanco desde que había empezado el caso, y esa fue la primera vez que el detalle pequeño le pasó por la cabeza sin que pudiera explicarlo. Lo dejó pasar.
Después de comer Kira fue al laboratorio.
Buscó el número del postit en una base de datos de operadores que pagaba a una empresa ucraniana específica para esos rastreos.
El número estaba a nombre de la propia Mercedes Galán.
Era el móvil personal de Mercedes Galán.
El que Marta le había arrugado en la papelera era su número directo.
Eso encajaba, realmente, con lo que Lau había leído en los ojos de Mercedes Galán el jueves: Marta y Mercedes Galán, claramente, tenían un pacto.
Kira lo apuntó en la pizarra blanca, debajo de la columna de nombres del miércoles, en una línea aparte:
MERCEDES GALÁN —móvil personal en papelera de Marta, arrugado pero no roto. Pacto.
Tapó el rotulador. Salió. Eran las cinco y diez de la tarde.
Había acabado el viernes con material nuevo, llamada a Toledo hecha y respondida con el “no” esperado, pero con dos hilos abiertos para el sábado: la foto detrás del Hopper, y la posibilidad de hablar con Mercedes Galán por su teléfono personal con calma desde un sitio donde no estuviera Don Fernando, así que el fin de semana iba a ser trabajo también.
Lau ya se había ido al sofá con un libro en las manos.
Kira se sentó al lado. Lau le pasó las piernas por encima de las suyas. Kira le pasó la mano por el tobillo.
—Mañana —dijo Lau.
Kira no contestó, aunque tampoco hacía falta.
—¿Qué quieres hacer?
—Por la mañana volver al piso de Marta. Sola contigo. Levantar la lámina del Hopper. Por la tarde, llamar a Mercedes Galán al móvil personal y citarla en café neutro para el lunes. Con eso, la próxima semana es la del cierre.
—Vale.
—Y el domingo cena en La Florida.
Lau levantó la cabeza un milímetro.
—Sábado levantamos un cuadro y domingo cena familiar. Qué romántico.
Kira la miró un segundo y asintió.
Lau sonrió un poco. Kira no. Se quedaron un rato sin hablar.
Fuera, la tarde caía sobre el pinar con la luz oxidada de los viernes de octubre tardío en Madrid.
La luna que había salido el día anterior no había acabado de irse del cielo del oeste por algún truco de la órbita y se quedaba en horizontal sobre los cipreses, blanca contra azul claro. Kira la miró un rato.
—Viernes —dijo Lau, sólo eso.
Kira no contestó, aunque las dos sabían que habían avanzado más en esa semana que en las dos anteriores juntas, y que la siguiente iba a ser la que cerrara lo que quedaba por cerrar.
Cenaron temprano. Pan, queso, jamón, una ensalada simple, fruta.
A las nueve y media subieron al cuarto. Lau cerró el pestillo.
Kira dio las dos vueltas a la llave. Apagaron la luz pequeña.
Esa noche Lau no le pasó el brazo por la cintura porque se durmió antes.
Kira la oyó respirar igualándose en cuestión de minutos. Después se durmió ella.
Fuera, la luna del oeste fue cediendo terreno a la noche. El pinar se quedó negro debajo. Una urraca cruzó del ciprés grande al ciprés pequeño y se quedó parada con las dos patas apretadas a la rama, recortada contra el cielo. El frío la mandó al hueco del tronco.
* * *