Capítulo 8 #2
—Lo abro luego —dijo Sandra en voz baja.
—Vale.
Sandra siguió. Tercer cajón: papeles amontonados sin orden.
Sandra los pasó por encima. Marta había guardado allí lo que iba sobrando de cada día.
Sandra los recogió todos en un montón sin clasificar y los metió a la bolsa para revisar después en su casa.
Antes de cerrar la bolsa Kira señaló con la barbilla la papelera de plástico de debajo de la mesa.
—La papelera.
Sandra miró. La papelera estaba a media.
Llena de papeles arrugados, varios. Ella no la había vaciado en su día porque no había tenido la oportunidad —la asesoría no le había dado acceso al espacio hasta esa mañana, dos semanas y media después—.
Las limpiadoras tampoco la habían vaciado, pero no por olvido sino porque Don Fernando había dado la instrucción de no tocar la mesa de Marta hasta que la familia recogiese.
Sandra se agachó. Sacó la papelera. La inclinó sobre una hoja de papel grande que Kira le dio del bote.
Vaciaron el contenido sobre la hoja. Eran cosas pequeñas: tres papeles de chicle, una servilleta de café, dos tickets de café del bar de la esquina, un papel arrugado con un teléfono apuntado a bolígrafo, un papel arrugado con un dibujo de Vega de hacía ya tiempo, un sobre vacío, un postit amarillo arrugado con un número de móvil escrito en grandes con bolígrafo Bic azul y la letra redonda de Marta.
Sandra cogió el postit. Lo desarrugó con cuidado sobre la mesa.
El número era un seis seguido de ocho dígitos, móvil español.
No tenía nombre, pero Kira sacó el suyo del bolsillo.
Lo apuntó en su cuaderno de tapas de cuero a velocidad de oficio, sin que se le notase, en una página al revés del libro para que no se identificara con el caso. Se lo iba a buscar luego.
Sandra metió el postit a la bolsa. Recogieron el resto en la hoja de papel y volvieron a tirarlo a la papelera.
Sandra siguió empaquetando lo personal: la taza con el dibujo, el calendario, la foto, los rotuladores rojos, la agenda vieja, el sobre cerrado, el postit con el número de móvil, los papeles del tercer cajón.
Cuando terminó tenía la caja medio llena y la bolsa medio llena.
La taza la dejó arriba del todo en la caja con el papel burbuja envolviéndola para que no se rompiera.
Miró a Kira. Asintió. Cerró la caja.
—Don Fernando, ya está —dijo Sandra alzando la voz hacia la puerta entornada del despacho.
—Voy, voy.
Don Fernando salió. Miró la mesa. Vacía de lo personal. Sólo el cajón con la grapadora y las grapas que Sandra había dejado. La bandeja de entrada con los cuatro folios sueltos.
—¿Estos folios? —dijo Don Fernando señalando la bandeja.
—Esos no sé qué son. Mírelos usted, si son de la asesoría se quedan, si son de Marta se vienen.
Don Fernando los cogió. Los miró por encima.
Son nuestros , dijo. Los puso en su bandeja.
Cerró el cajón, puso la silla recta. La mesa quedó como una mesa vacía de oficina lista para que alguien nuevo se sentara, aunque Don Fernando se quedó un segundo mirándola con la cara de quien ya está pensando en quién va a venir a sentarse en esa silla, pero no cuándo sería decoroso decir algo a la familia. El segundo de pausa lo registró Kira.
—Bueno —dijo Don Fernando—, si no necesitan nada más...
—¿Marta dejó alguna nota administrativa pendiente, nóminas, finiquito? —dijo Sandra.
—Eso lo gestiona la abogada de la asesoría. Yo le digo a Mariana que la llame a usted la próxima semana.
Sandra no insistió.
—¿Algo más?
—Nada más.
Sandra cogió la caja. Kira la bolsa. Caminaron las dos hacia la puerta.
Al pasar por la mesa de Mercedes Galán, Kira miró a Mercedes Galán.
Mercedes Galán las había estado mirando todo el rato sin decir nada, claramente fingiendo que tecleaba pero no tecleando, los ojos detrás de las gafas yendo y viniendo entre las dos y la puerta del despacho.
Cuando Kira la miró, Mercedes Galán bajó la vista al teclado un segundo y la volvió a levantar.
Aprovechó el segundo en el que Don Fernando estaba dándose la vuelta para volver al despacho y no las miraba.
Habló muy bajo, sin abrir mucho los labios, una frase corta en cuatro segundos:
—No está bien. Todo esto no está bien.
Kira no contestó, aunque mantuvo la cara neutra. Asintió un milímetro con la barbilla. Mercedes Galán volvió a bajar la vista al teclado. Kira siguió hacia la puerta. Sandra no se enteró de la frase, pero Kira no le contó la frase en ese momento, se la guardó para cuando tuviera sentido soltarla.
Salieron a la calle. La campanita pequeña sonó al cerrarse la puerta.
La calle del Cobre estaba ya con luz de las doce menos cuarto.
Caminaron las dos puertas hasta el coche.
Sandra metió la caja en el maletero. Kira metió la bolsa al lado.
Cerraron. Sandra se quedó un segundo de pie en la acera con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando al frente, sin decir nada.
Kira le dejó el segundo. Después le abrió la puerta del copiloto. Sandra subió.
Kira condujo. Salieron de la calle del Cobre.
Cogieron la avenida de la Albufera dirección norte.
A la altura de la rotonda de Pacífico, Kira aparcó en doble fila en una calle perpendicular —una calle pequeña con muy poco tráfico de viernes por la mañana—, puso los warning, sacó el móvil del bolsillo. Sandra la miró sin preguntar.
—Voy a llamar a Toledo —dijo Kira.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Toledo?
—Mi contacto policial.
Sandra se apoyó en el reposacabezas y no preguntó más.
Kira marcó. Lo puso en manos libres. El coche estaba en silencio salvo por el zumbido bajo del motor al ralentí. Cuatro tonos. Toledo descolgó.
—Inspectora Toledo, dígame.
—Inspectora, soy Kira Aresti.
—Aresti. —Hubo medio segundo de pausa, el medio segundo que necesitó para colocar el nombre en su sitio—. Hacía tiempo. ¿Qué tienes?
La voz de Toledo, de hecho, era una voz controlada de mujer de cuarenta y pico, con la vocal abierta del castellano que aprendieron las niñas de Toledo capital en los noventa, sin alterarse, con la cadencia profesional de quien ha contestado al teléfono con esa misma palabra cuatro mil veces.
—Te llamo por un caso. Mujer de cuarenta y dos, ex-presa, encontrada muerta en su domicilio de Vallecas la noche del 7 al 8 de octubre. Lo cerraron como suicidio.
—¿Quién lo cerró?
—Comisaría de Puente de Vallecas. Me lo pasó una amiga de la víctima, código de patio. Me lo estoy mirando desde hace dos semanas y tengo un cuadro que no se sostiene como suicidio.
Toledo no dijo nada. Kira la oyó cambiar el teléfono de oreja.
—Nota de despedida mecanografiada con firma a mano que no nombra a la hija de seis años de la víctima.
Sustancias en sangre con presentación intravenosa hospitalaria que la víctima no tenía en casa ni podía conseguir.
Y un hábito de cerrar la cocina con llave todas las noches que esa noche no se cumplió.
—Vale, eso son tres patas.
—Y aparte hay material del portátil de la víctima.
Subcarpeta con esquema de blanqueo a través de la asesoría donde trabajaba, cabecilla identificado como Eladio Quintero, un ejecutor probable que es sobrino materno por apellido, pendiente de cerrar con Registro Civil.
Foto del ejecutor escondida en el piso, pendiente de localizar. Dictamen forense privado pendiente.
Hubo un silencio de tres segundos al otro lado. Toledo no era de hablar deprisa. Cuando habló lo hizo con la calma del oficio.
—Aresti, esto es serio pero así no me lo abre fiscalía. Te lo digo ya. El cuadro indiciario es circunstancial, el cierre policial sólo se reabre con pruebas sólidas o con confesión, y lo que me estás contando por teléfono no es ni una cosa ni la otra todavía.
—Lo sé.
—El forense privado es lo primero. Si el forense te confirma que las sustancias no pudieron ser autoadministradas, eso cambia el cuadro.
La foto, si la encuentras. Y la de la asesoría que viste el lunes, esa que dices que habló cuatro segundos, a ver si la sacas de ahí.
Cuando me traigas algo que el fiscal de guardia de homicidios pueda abrir sin que le reboten, me llamas.
—Te llamo.
—Y una cosa, Aresti. Esto es asesinato por encargo, y tú no tienes pinta de tener a quien te cubra la espalda.
—Lau me cubre la espalda.
—Lau no es policía.
—Ya.
Toledo se quedó otro segundo en silencio. No insistió en lo de la espalda. Sabía con quién hablaba, así que Aresti era Aresti.
—Cuando lo tengas, lo abro. Pero tiene que ser con todo, Aresti. Si no está completo, no pido que se abra.
—Te lo traigo cerrado. Dame la semana.
—Ten cuidado con lo que pisas.
—Siempre lo tengo.