El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Kira subió a vestirse. Vaqueros oscuros, jersey gris claro, botines de ante marrón, gabardina corta.

A las ocho y cuarenta estaba en la estación de Majadahonda.

El cercanías de las ocho y cuarenta y dos llegó a las ocho y cuarenta y cinco.

Lau bajó con la mochila pequeña al hombro, un café de la máquina del andén en la mano, el pelo recogido en moño alto, la chaqueta de cuero abierta. Subió al Audi.

—Niña —dijo Lau.

—Hola.

Lau le dio un beso pequeño en la línea de la mandíbula al lado de la oreja, gesto idéntico al que le había dado al despedirse la noche anterior, devolviendo el saldo con la moneda de la misma denominación. Kira metió la marcha. Volvieron al piso.

A las nueve y cuarto Lau estaba ya con su segunda taza de café de la cafetera italiana, esta vez cargada con el molido nuevo que tenía en el bote de la izquierda, con el moño deshecho y el pelo otra vez suelto, los pendientes de aro grandes, una camiseta blanca de Kira que era ya más camiseta de Lau que de Kira por las veces que la lavaba para sí, pero ninguna de las dos había discutido la camiseta desde hacía semanas.

—¿A qué hora te has levantado? —dijo Lau.

—Seis y media.

—Has dormido poco.

—Lo justo.

—¿Cierras lo de Marrero?

—Ya está cerrado.

—Sandra a las diez y media en la asesoría.

—Sí.

A las nueve y cuarenta Lau le tendió a Kira una caja de cartón pequeña con asas, vacía pero plegada al volumen útil, una bolsa de tela grande del Carrefour con el logotipo descolorido y un rollo de papel burbuja que Lau había sacado del armario de los recados.

Eran las cosas en las que Sandra iba a meter las cosas personales de Marta.

Lau las había dejado preparadas en la encimera la noche anterior antes de subir al cuarto.

Kira las cogió, las dejó en el recibidor.

A las nueve y cuarenta y cinco Kira salió.

Lau le pasó la mano por el cuello, sin más, le dijo con cuidado en voz baja, no la acompañó al portal.

Kira condujo. Quedó con Sandra en el portal del piso de Sandra, en una calle pequeña de Vicálvaro, a las diez y un cuarto.

Sandra estaba esperando ya, con vaqueros, jersey gris claro grueso, abrigo gris oscuro de los de siempre, una mochila vieja al hombro, ojos cansados pero firmes.

Subió al coche. Las dos se saludaron con un par de palabras.

Sandra había pedido el día libre en el geriátrico desde el lunes para tenerlo guardado para esa mañana, así que lo tenía previsto.

Le había dicho a su hijo que iba a ir a la asesoría a recoger las cosas de Marta y a su hijo no le había hecho falta más explicación.

A las diez y veintinueve aparcaron en la calle del Cobre, a dos puertas de la asesoría Quintana.

La luz de las diez y media en Vallecas un viernes de finales de octubre era una luz ligeramente diferente a la del jueves a las cinco que Lau había descrito por la noche: más alta, más blanca, sin sombras largas.

La calle del Cobre estaba más viva por la mañana —madres llevando niños de la mano, viejos con bolsas de la pollería, una empleada de la panadería barriendo la entrada—, pero la asesoría estaba con la persiana medio subida, la luz interior encendida, la puerta de cristal abierta del todo en señal de que ya estaba en horario.

Sandra y Kira bajaron del coche, Sandra con la caja y la bolsa y Kira con el papel burbuja, caminaron las dos puertas hasta la asesoría y empujaron la puerta de cristal, que sonó con la campanita pequeña de siempre.

Mercedes Pérez levantó la vista de la recepción.

—Buenos días.

—Buenos días —dijo Sandra—, soy Sandra Carmona. Vengo a recoger las cosas de Marta Cuesta. Ayer hablé con Don Fernando por teléfono.

—Sí, sí, claro. Pase, pase. Don Fernando enseguida está con ustedes.

Mercedes Pérez se levantó, golpeó con dos toques la puerta del despacho del fondo, anunció a Sandra y a la acompañante.

Don Fernando salió tras dos segundos. Llevaba una camisa azul claro de manga larga, los mismos pantalones grises de pinza, los mocasines marrones con un poco más de desgaste de lo que Lau había descrito el jueves.

La sonrisa profesional la traía puesta antes de cruzar el umbral.

—Sandra —dijo Don Fernando con la voz aguda contenida que ponía cuando se dirigía a una persona que sabía que no tenía oficio fiscal—, qué situación más triste, querida. Cómo lo siento. ¿La acompaña...?

—Una amiga.

—Encantado, señora.

—Encantada. Kira.

Le tendió la mano. Don Fernando se la estrechó.

Kira sintió en la mano de Don Fernando lo que ya había anticipado por la descripción de Lau: la mano blanda de quien lleva treinta años sin trabajar nada que apriete con las manos, una mano que sudaba un grado más de lo socialmente esperable porque Don Fernando estaba más nervioso esa mañana de lo que su sonrisa profesional dejaba ver, pero que intentaba disimularlo con el protocolo de anfitrión.

La mano se retiró. Kira archivó el dato, pues no necesitaba más de esa mano para saber lo que necesitaba saber.

—Pasen, pasen, por favor. Toda la calma del mundo. Las cosas de Marta están como las dejó, eso no lo hemos tocado nadie por respeto. La mesa está allí, al fondo a la derecha. Voy a poner unos cafés, ¿les apetece?

—No, gracias —dijo Sandra.

—Insisto, mujeres, dos cafés, un dulce de la pastelería de la esquina, no es nada. Mercedes, por favor, dos cafés a las señoras y un par de napolitanas si quedan. ¿Cómo lo toman ustedes?

Sandra cedió por no discutir, así que dijo solo, sin azúcar.

Kira lo mismo. Don Fernando le dio la orden a Mercedes Pérez con la voz aguda contenida, miró a Sandra una última vez con la cara de pésame ensayado, y entró otra vez al despacho del fondo dejando la puerta entornada.

Lo que siguió fue lo que Kira esperaba: Don Fernando había salido del frente, había dejado a Sandra y a Kira “espacio” delante de la mesa de Marta, pero se había metido al despacho a fingir trabajo mientras escuchaba lo que pudieran decir las dos por encima de la mesa vacía.

La puerta entornada era el truco. Kira lo registró sin enseñarlo.

La consecuencia era simple: ni Sandra ni Kira iban a decir nada relevante mientras la puerta del despacho estuviera entornada.

Sandra ya estaba avisada por teléfono el jueves por la noche, cuando Lau y Kira la habían llamado para contarle el resultado de la primera visita.

La mesa de Marta seguía siendo la mesa de Marta.

Octubre día siete con un aspa azul. Los días posteriores intactos.

La taza con el dibujo de Vega pegado al lado, el dibujo de una niña de seis años con una mujer de pelo largo castaño y un perro pequeño que Vega le había pintado a su madre en el cole y que Marta había recortado y pegado con cinta de carrocero al lado de la taza.

Sobre la mesa, ordenado: una bandeja de salida vacía, una bandeja de entrada con cuatro folios sueltos, un calendario de pared del laboratorio Bayer con el mes de octubre abierto, un bote de bolígrafos —cinco Bic azules, dos rojos, un lápiz HB con el extremo mordido como el de la libreta—, una taza de Frozen blanca con el dibujo pegado, una foto enmarcada pequeña de Vega dormida en su cama, un cargador de móvil enchufado al enchufe de la pared con el cabezal blanco al aire libre.

Sandra empezó por las cosas pequeñas. Quitó el dibujo de Vega del lado de la taza con cuidado, lo metió en el primer folio que sacó de la bandeja de entrada para protegerlo, lo guardó.

Quitó la foto enmarcada de Vega dormida.

La metió en papel burbuja. La metió en la caja.

Cogió el calendario de la pared, lo desclavó del clavo, lo metió en la bolsa.

Mercedes Pérez vino con dos cafés y dos napolitanas en una bandejita pequeña, las dejó sobre el borde de la mesa, dijo cuando puedan y se retiró.

Kira observó sin tocar nada, pues lo había decidido la noche anterior con Lau, realmente: su papel esa mañana era de testigo, Sandra empaquetaba las cosas personales y Kira leía lo que el espacio le dijera mientras Sandra trabajaba.

El calendario de pared del laboratorio Bayer tenía cruces sistemáticas en algunos días concretos de las cuatro semanas anteriores, aunque a primera vista no era fácil ver el patrón.

Los lunes con una cruz roja. Algunos miércoles con una cruz roja también.

El 14 de septiembre con una cruz roja y un círculo.

El 21 con cruz roja. El 23 con cruz roja y círculo.

El 1 de octubre con cruz roja y círculo.

El 6 de octubre con dos cruces rojas. El 7 de octubre con un aspa azul grande.

Las cruces rojas con círculo coincidían con las visitas de VPQ que Marta había anotado en la libreta.

Dos cruces rojas el 6 de octubre. La primera coincidía con un detalle de la libreta que decía VPQ por la mañana, sólo un papel, se va .

La segunda no estaba en la libreta, pero en el documento Word sí: Pizarro vino dos veces, la segunda con el sobre .

Eso era. Era ese momento —la segunda visita del 6 de octubre al despacho con sobre —el que había detonado el reloj interno de Marta hacia la noche del 7. Kira archivó.

Sandra abrió el primer cajón del escritorio.

Era un cajón de oficina con esa mezcla de cosas funcionales y personales que se acumulan: una grapadora, una caja de grapas, un bote de pegamento de barra, dos rotuladores, una caja de chinchetas, un blíster de paracetamol vacío en el fondo, un par de tampones envueltos.

Sandra los fue separando: lo personal a la caja, lo de oficina lo dejó en el cajón.

Abrió el segundo cajón. Una agenda de mano vieja, dos folletos arrugados, una postal de Cuenca de cuando Loli había estado allí, una cartulina con un calendario perpetuo del año pasado, un sobre cerrado.

Sandra cogió el sobre. Lo miró por delante.

No tenía remitente ni dirección. Lo dejó sobre la mesa. Lo metió a la caja con cuidado.