El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

A las nueve cenaron pasta corta con tomate y atún, lo más rápido que tenía Lau a mano.

Comieron las dos en la encimera de la cocina con los taburetes altos.

Kira no entró al laboratorio esa noche. Por una vez.

Dejaron la pizarra como estaba, el archivo del caso como estaba, las pantallas apagadas, la puerta del laboratorio cerrada con la llave del cuello en su sitio.

A las nueve y media, después de fregar los dos platos a mano, Lau se quedó apoyada en la encimera con un vaso de agua en la mano, mirándola.

—Niña.

—Dime.

—Daniela tiene el parcial de Procesal el lunes.

—Lo sé.

—Le dije ayer que le llevaba el portátil viejo mío para que pueda repasar este finde con él, que el suyo se le ha vuelto a colgar. Y se me había olvidado decírtelo. Si bajo mañana por la mañana ya no le sirve, así que voy a bajar esta noche y mañana me vuelvo en cercanías a primera hora.

Kira la miró un segundo. Lau sostuvo la mirada sin esconder nada —la justificación era verdad y era a la vez, claramente, una forma de darle a Kira la noche libre después de un día largo de juzgado y asesoría.

Lau sabía leerla. A veces Kira se cansaba de los días en compañía aunque la compañía fuera de Lau, y Lau lo sabía detectar antes incluso que Kira y le daba el espacio sin pedírselo. Esta noche era una de esas.

—Vale.

—¿Te enfadas?

—No me enfado.

—¿Seguro?

—Seguro. Vete tranquila.

—Mañana te aviso al subir al cercanías.

Kira asintió con la cabeza apoyada en el marco de la cocina.

Lau recogió la chaqueta de cuero del respaldo, fue al cuarto, metió en la mochila pequeña dos cosas que había dejado por la mañana, bajó. En la entrada se detuvo, le pasó la mano a Kira por la nuca, la dejó allí cinco segundos, le dio un beso pequeño al lado de la oreja.

—Niña, descansa.

—Tú también.

Lau salió. Kira la oyó bajar los siete pisos por la escalera —Lau bajaba siempre por la escalera, el ascensor es para los viejos , decía—, después oyó el motor del Ibiza arrancar abajo en la calle, las luces pasar por el ventanal del salón en oblicuo, alejarse hacia la M-503.

Kira se quedó de pie en la entrada un minuto. La calefacción zumbaba bajita al fondo del pasillo. El piso estaba en silencio.

Apagó la luz de la cocina. Apagó la lámpara grande del salón. Dejó la pequeña encendida. Subió al cuarto.

En la mesilla del lado de la cama —el lado derecho, el suyo— tenía el altavoz Bluetooth pequeño que se había comprado el invierno pasado para escuchar cosas en el cuarto cuando le tocaba, una caja de chapa color granate con dos rejillas metálicas y una luz azul que se encendía al sincronizarlo.

Lo encendió. Cogió el móvil. Abrió la lista de Schubert que tenía guardada con el nombre de cuarto , la pasó por bluetooth, le dio al play.

La primera pista era el primer movimiento del Quinteto de la trucha en la versión de Brendel y los Cleveland Quartet del setenta y siete, una grabación que Aresti tenía también en vinilo en el equipo del salón pero que esta noche no le tocaba poner en vinilo porque estaba en el cuarto y el ritual de salón era otro ritual y no estaba para eso.

El altavoz era para cuando leía. Los lunes, los martes, los jueves antes de dormir.

Cuando Lau dormía en Majadahonda, Aresti no lo encendía, pues a Lau le gustaba dormirse en silencio, así que el altavoz era propiedad exclusiva de las noches sola. Volumen bajo. Lo justo para acompañar.

Se quitó los pantalones, se quitó el jersey, se metió en cama con la camiseta blanca de algodón que usaba para dormir.

Cogió el ejemplar de Misericordia que tenía sobre la mesilla —edición vieja de Cátedra que había heredado de Pilar en el bachillerato y que llevaba leyendo y releyendo desde entonces—, lo abrió por la página marcada con el separador de cartón fino que llevaba ya tres semanas en el capítulo séptimo.

Leyó diez páginas. Galdós escribía a Benina con esa misericordia abrupta que tenía Galdós —no la sentimental, la otra, la de quien sabe lo que vale la gente sin necesidad de cantarla—, y Aresti en cada relectura encontraba alguna línea distinta porque Galdós era de los autores que cambiaban con la edad de la lectora, no con la suya.

Esa noche le saltó una línea en mitad de la página ciento doce que Pilar había subrayado a lápiz hacía cuarenta años y que Aresti no había mirado nunca con atención, una línea sobre la dignidad de los pobres que de repente le sonó distinta —le sonó a algo de Marta, sin que Marta tuviera nada que ver con Galdós ni con la pobreza—.

Subrayó la línea con un trazo nuevo de lápiz, encima del de Pilar.

Cerró el libro a las once y diez. Lo dejó sobre la mesilla.

Apagó la luz de la mesilla. Dejó el altavoz sonando.

La lista era larga —ochenta minutos del Quinteto , después Impromptus de Schubert también de Brendel, después los Lieder de Fischer-Dieskau—.

Le dio igual. Iba a dormirse antes de la pista cuatro.

El altavoz se apagaba solo al llegar al final de la lista.

Se durmió a las once y veinte. Fuera, el pinar respiraba bajo. Una luna casi llena salía por encima de los cipreses de la urbanización. La cama de Lau, el lado izquierdo, estaba intacta. Aresti llevaba dieciséis horas de jueves encima.

* * *