Capítulo 7 #3
—Oiga, una cosa, igual le parece tonto pero la mesa de fuera, la del fondo, la que está vacía con una taza con un dibujo, ¿es de alguien o es libre?
Lo digo porque es la que pillaba más luz cuando he entrado y mi primo a veces tendría que venir aquí a traer papeles, si tienen ustedes sitio donde recibir o algo, quería saber por curiosidad cómo manejan las visitas pequeñas.
Don Fernando hizo la pausa de dos segundos, pero no la hizo bien.
Lau la registró con todo el cuerpo en los dos segundos.
Don Fernando miró la pluma Mont Blanc que tenía en la mano.
Después miró la taza de café por encima del borde.
Después la miró a ella. La sonrisa profesional se había replegado un milímetro en la comisura del lado izquierdo de la boca, un repliegue mínimo que un cliente normal no habría notado pero que Lau sí notó.
Don Fernando volvió a poner la sonrisa entera —tardó otro medio segundo— y dijo:
—Es la mesa de una compañera que ya no trabaja con nosotros, una pena. Llevaba aquí unos años con nosotros, la verdad. Pero la cosa no es problema, doña Lola, la mesa la tenemos disponible para las visitas pequeñas como las de su primo cuando hagan falta, eso no tiene ningún problema.
—Ah, vale. ¿Y se fue? ¿No volvió?
—Bueno, doña Lola, son cosas que pasan en los despachos, ya sabe. La gente entra y sale. Pero todo bien.
—Claro, claro. Disculpe la curiosidad.
—No, no, ningún problema.
Lau dejó el tema. Volvió a la consulta. Pero el corazón se le había puesto a un ritmo que Lau conocía bien, el ritmo de cuando alguien acababa de mentirle a la cara y ella lo había olido.
Lau no enseñó nada. Mantuvo la sonrisa de Lola Salinas, hizo dos preguntas más sobre tarifas, le preguntó cómo procederían si el primo decidía contratar, cuántos meses de retroactivo se podían meter, qué documentación habría que llevar.
Don Fernando respondió a todo. Hablaron diez minutos más.
Don Fernando le dijo que esperaría una llamada de Tony para concertar una cita conjunta.
Lau dijo que el primo le diría. Don Fernando le dio una tarjeta.
Lau la guardó en la cartera. Se levantaron. Salieron del despacho.
Al volver a la sala grande Lau pasó por la mesa de Mercedes Galán para hacer tiempo de cinco segundos antes de salir, fingió un tropiezo mínimo con la silla de la mesa de Marta —la que estaba vacía—, dijo “perdón” sin que nadie le pidiese disculpas, y aprovechó la microsegunda en la que estuvo de pie al lado de la mesa de Marta y enfrente de la mesa de Mercedes Galán para mirarla a los ojos.
Mercedes Galán levantó la vista del ordenador.
Las dos se miraron uno coma cinco segundos.
Lo que Lau vio en los ojos de Mercedes Galán en uno coma cinco segundos fue, claramente, lo que sabía que iba a ver: una mujer cansada, que llevaba algo dentro que no podía soltar, que la había mirado al entrar y la había estado mirando de refilón durante todos los doce minutos que habían pasado en la asesoría, que tenía miedo, que estaba esperando a que pasara algo.
Mercedes Galán no le dijo nada. Lau no le dijo nada.
Pero las dos mujeres entendieron algo que Don Fernando no entendió, aunque ninguna de las dos iba a confirmarlo en voz alta: que Lau había venido a por algo distinto de la facturación de un bar de San Blas, y que Mercedes Galán había acabado de saber que alguien estaba mirando.
Lau salió. La campanita pequeña sonó. La puerta de cristal se cerró.
Caminó tres calles hasta el coche. No se giró.
Subió al Ibiza. Arrancó. Salió de la calle del Cobre.
Cogió la avenida de la Albufera. Se metió en la M-30 dirección norte.
Subió a Majadahonda por la M-40. A la altura de la salida de Las Rozas llamó a Kira por el manos libres.
—Niña.
—¿Qué tal?
—Quintana mintió en la pausa. Mercedes Galán sabe.
Kira no necesitó más, pues ya lo sabía.
—Subo en cuarenta minutos.
—Vale.
Lau colgó. Subió a Majadahonda en silencio.
Aparcó en la plaza diecisiete a las siete menos cuarto.
Subió al piso. Kira la esperaba en el sofá del salón con el portátil sobre las piernas, en bata, con el pelo todavía húmedo de la ducha que se había dado a las cuatro y media para quitarse de encima el peso del juzgado.
Lau se quitó la chaqueta de cuero al entrar, dejó la cartera en el recibidor, sacó la grabadora del bolsillo de la chaqueta, la apagó, la dejó sobre la encimera.
Fue al sofá. Se sentó al lado de Kira con las piernas cruzadas. Kira le dio sitio, cerró el portátil.
—Cuéntame —dijo Kira.
—Don Fernando es exactamente el que tú decías.
Sonrisa profesional, raya en el pelo, mocasines marrones, uñas amarillentas.
Le tiré la pregunta de la mesa de Marta.
La pausa fue de dos segundos. La pluma se le quedó parada.
La sonrisa se le replegó un milímetro al lado izquierdo.
Recuperó. Dijo “una compañera que ya no trabaja con nosotros, una pena”. Sin nombre. Sin más.
Kira la dejó seguir.
—Mercedes Galán es cara cansada. Me miraba cuando entré, me miraba mientras Don Fernando hablaba conmigo, me miró con cara de querer decir algo cuando salí. Me la tropecé un segundo. Sabe.
—Sabe.
—No me dijo nada. Pero sabe.
Kira asintió despacio.
—La taza de Marta sigue ahí. Calendario en el día siete. Aspa azul en el día siete. Los días posteriores sin tachar. Esa mesa lleva dos semanas y media congelada en el día siete y nadie la ha tocado.
Kira estiró la mano, le quitó a Lau una hoja seca que se le había quedado pegada en el jersey y que probablemente había recogido al salir del coche, así que la dejó caer al suelo.
—Has hecho el trabajo —dijo Kira.
Lau no necesitó más que eso.
—Mañana subo yo con Sandra. Ella va a recoger las cosas personales de Marta. Yo voy de acompañante. Quiero ver a Don Fernando una vez con mis ojos.
Era lo que había pensado hacer.
—Y a Mercedes Galán.
—Mercedes Galán quizá te suelte algo si la pillas en el rellano sin Don Fernando delante.
—Eso es lo que voy a buscar.
Lau se levantó, fue a la cocina, abrió la nevera, sacó una botella de cerveza Mahou, la abrió contra el borde de la encimera con un gesto experto, dio un trago largo. Se quedó de pie en la encimera mirando a Kira por encima del cuello de la botella.
—Niña —dijo Lau.
—Dime.
—Don Fernando es un hombre asustado.
—Lo sé.
—No es el que mandó, pero es el que aguanta debajo del que mandó.
—Lo sé.
—¿Cuándo le caemos encima?
—Cuando lo tengamos cerrado. Toledo no me va a abrir expediente con menos del paquete completo. No quiero que Quintana se asuste antes de tiempo y avise al resto. Quintana se queda funcionando hasta el cierre.
—Vale.
Lau dio otro trago a la cerveza. Caminó hasta el ventanal del salón, se quedó mirando el pinar al otro lado del cristal mientras bebía.
La luz de octubre tardío pintaba los cipreses de un naranja oxidado que duraba veinte minutos antes de irse a negro.
Lau bebió en silencio. Kira la miró un rato sin moverse del sofá.
—Estás cabreada —dijo Kira.
—Estoy cabreada.
—¿Por qué?
—Porque Don Fernando me ha caído mal de un tirón, realmente. Y porque a Mercedes Galán le he caído yo mal a los ojos por un segundo y eso me ha jodido más que la cara de Don Fernando. Esa mujer sabe y no se atreve. Eso es lo peor del oficio. Saber y no atreverse.
—Le va a llegar.
Kira le sostuvo la mirada un segundo.
—Pero todavía no.
—Ya. Ya sé.
Lau se acabó la cerveza. Dejó la botella vacía sobre la encimera.
Volvió al sofá. Se sentó al lado de Kira otra vez, esta vez sin las piernas cruzadas sino estiradas con los pies subidos a la mesa baja, y se quedó un rato en silencio mirando al techo.
Kira le pasó el brazo por los hombros sin decir nada.
Lau apoyó la cabeza en el hombro de Kira.
La luz del salón se fue oscureciendo despacio.
—¿Qué tal el juzgado? —dijo Lau después de un rato.
—Bien. La defensa no aguantó. La hernia discal de la cadera derecha del letrado fue mi mejor pista del día. Iba molesto por el cliente.
—Te encanta esto.
—No me encanta.
—Te encanta, niña. Lo haces como respiras.
Kira no contestó. Le pasó la mano por el pelo a Lau. Se quedaron así otro rato.