El caso Marta Cuesta (Aresti 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Kira metió primera. Salió de María de Molina.

Cogió la M-30 dirección oeste, salió a la M-503, llegó a Majadahonda a las once y cinco.

Subió al piso. Lau llevaba la mañana preparándose para la asesoría Quintana, leyendo los apuntes que Kira le había dejado el miércoles por la noche y estudiándose el papel que iba a representar.

El papel era el de Lola, una mujer de San Blas con un primo cubano que tenía un bar en el barrio, el bar del primo facturaba por debajo, el primo le había pedido a Lola que mirara en una asesoría seria de Vallecas si podía meter el negocio en regla, Lola había buscado por internet, había encontrado la página de Quintana, había llamado, había concertado cita para las cinco.

Era un papel cerrado, pues Lau lo había llevado en la cabeza desde el lunes.

Comieron a las dos. Una ensalada simple, dos pechugas a la plancha, una manzana cada una.

Ninguna de las dos tenía hambre de plato pesado, así que despacharon rápido.

Después Lau se cambió. Se puso unos vaqueros de tiro alto, un jersey de punto rojo barato pero de los que sentaban bien, una chaqueta corta de cuero negro de imitación, deportivas blancas no muy nuevas, los pendientes de aro grandes pero no los buenos, la pulsera de azabache fuera —demasiado característica—, el pelo recogido en una coleta media.

La estética que Lau quería transmitir era la de la mujer de barrio que se había arreglado lo justo para una cita seria, aunque aún así llevaba puesto lo que se ponía siempre.

La cartera era una cartera de bandolera marrón sin logo.

El móvil iba en el bolsillo trasero del pantalón.

En el bolsillo interior de la chaqueta llevaba una grabadora pequeña encendida desde casa, no porque fuera a sacarse en la asesoría sino porque Kira y Lau habían decidido que tener registro auditivo de la visita era buena práctica aunque no fuera a usarse formalmente en ningún sitio.

A las cuatro y veinte Lau salió del piso.

Kira le pasó la mano por la nuca al despedirse, sin decir nada, aunque las dos sabían que la tarde iba a ser larga.

Lau le dio un beso corto en la mejilla, salió al rellano, bajó al garaje.

Cogió el Ibiza pequeño que Kira tenía además del A4 para los recados de barrio —un coche viejo con doce años a sus espaldas que en San Blas y en Vallecas no llamaba la atención—.

A las cuatro y cincuenta y tres Lau aparcó a tres calles de la calle del Cobre, donde estaba la asesoría Quintana.

La calle del Cobre era una calle estrecha de Vallecas, dos hileras de tiendas pequeñas y bajos comerciales, una panadería, una pollería de toda la vida, un bar con dos mesas en la calle, una tienda de ropa de niño con descuentos pegados en el escaparate, y al final de todo, en el número diecisiete, un bajo con un rótulo de plexiglás envejecido que decía Asesoría Quintana —Fiscal, Laboral, Contable en letras blancas sobre fondo verde oscuro.

La puerta de cristal de la asesoría tenía pegada una hoja A4 con el horario y un papel pequeño escrito a rotulador con un atención al cliente con cita previa .

Lau bajó del coche. Se ajustó el bolso. Caminó las tres calles despacio, leyendo el barrio por la nariz.

Vallecas en horario de tarde estaba más vivo que San Blas en la misma hora, pero con un ritmo parecido.

Olía a aceite de freír de un bar, a chocolate de una pastelería pequeña, al humo de un cigarrillo recién encendido por un señor en la puerta de un colmado.

Una madre con un niño de cinco años cruzaba la calle.

Dos mujeres de sesenta años se saludaban en una esquina con tres besos largos.

Un repartidor de Glovo bajaba a contracorriente con el casco puesto y la pizarra del móvil.

El barrio no la miraba a Lau con curiosidad, pues Lau era una mujer del tipo que en Vallecas pasaba sin que nadie la mirase, pues eso era exactamente lo que Lau había venido a ser.

Empujó la puerta de cristal a las cinco menos dos minutos.

Sonó una campanita pequeña al entrar. La asesoría era una sala alargada con cinco mesas en dos filas, un mostrador de recepción al lado de la puerta, una puerta cerrada al fondo con un cartel pequeño que decía despacho dirección , y otra puerta a la izquierda que probablemente era el archivo.

El suelo era moqueta gris industrial. Las paredes estaban pintadas de blanco roto un poco amarilleado.

Había un par de carteles enmarcados de promociones de hacienda y de seguridad social, un calendario en cada mesa con la marca distinta de cada compañía con la que tenían contrato pequeño, dos macetas de plástico con plantas falsas en las esquinas.

Olía a café de máquina recién hecho y a un ambientador floral que alguien dejaba encendido durante el día.

En la recepción había una mujer de cincuenta y pico, pelo gris bien cortado a media melena, blusa beige y rebeca marrón de punto, voz monocorde profesional. Mercedes Pérez, según el cartelito de la mesa.

—Buenas tardes —dijo la mujer—, ¿venía a una cita?

—Tengo cita con el señor Quintana a las cinco. Lola Salinas.

—Sí, perfecto. Tome asiento un momento, por favor. Don Fernando enseguida la atiende.

Lau se sentó en una silla pegada a la pared que estaba al lado del mostrador. Cogió un folleto cualquiera del estante de folletos. Hizo como que lo leía. Mientras leía levantaba la vista cada veinticinco segundos para mapear. Mapeó.

La primera fila de mesas tenía tres. La de la izquierda estaba ocupada por un hombre joven, de unos treinta, cara redonda, con auriculares puestos y la mirada fija en la pantalla del ordenador.

La del medio estaba ocupada por una mujer de unos cuarenta y pocos con el pelo recogido en moño, gafas, cara cansada con dos arrugas marcadas a los lados de la boca, jersey gris claro abotonado hasta el cuello.

Mercedes Galán. Lau la reconoció por la descripción que tenía.

Mercedes Galán estaba tecleando despacio y miraba a la puerta de la asesoría cada vez que entraba alguien con una atención mínima distinta a la del compañero, aunque disimulaba bien.

La tercera mesa de la fila estaba vacía.

Sin ordenador. Sin papeles. Sólo una taza con un dibujo de Vega pintado por una niña pequeña pegado al lado, un calendario de pared encima de la mesa con el mes de octubre abierto en el día siete.

Octubre día siete con un aspa azul. Los días posteriores al siete sin tachar.

La mesa de Marta. Calendario sin pasar desde el día que Marta no había vuelto a la asesoría.

La segunda fila tenía dos mesas. Una ocupada por una mujer de unos sesenta, blusa estampada, pulseras de bisutería, gafas de leer caídas en la punta de la nariz.

La otra ocupada por una contable de unos treinta y cinco que Lau no había logrado identificar por la descripción que tenía pero que estaba al fondo y no resultaba relevante para esa visita.

Las dos miraron levemente cuando Lau entró y volvieron a lo suyo.

A las cinco y dos minutos se abrió la puerta del fondo.

Don Fernando Quintana salió del despacho.

Era un hombre de cincuenta y largos, peinado con gomina con raya marcada al lado izquierdo.

Camisa abotonada hasta arriba, mocasines marrones algo gastados, las uñas amarillentas de fumador.

Tipo medio fastidioso, realmente, exactamente el de la descripción.

Caminó hacia la recepción con la sonrisa que ponen los que han aprendido a poner sonrisas profesionales sin estar sonriendo de verdad.

—Doña Lola, encantado.

—Don Fernando.

—Pase, pase, por favor.

Le abrió camino al despacho con el brazo extendido, como si fuera el lobby de un hotel.

Lau se levantó, le siguió al despacho. El despacho era pequeño, mesa grande de roble oscuro con cristal encima, dos sillas de visita delante, archivador metálico al fondo, cuadro impersonal en la pared, ventana al patio interior con persianas a media altura.

Un cenicero limpio sobre la mesa, dos bolígrafos en un soporte, una agenda Filofax con tapas de piel marrón, un ordenador de mesa encendido.

La mesa estaba ordenada con esa ordenación específica de las mesas que se ordenan antes de cada cita.

Don Fernando le ofreció café. Lau aceptó café porque rechazar café en una asesoría de Vallecas a las cinco de la tarde habría sido un dato, así que Don Fernando salió, le dijo a Mercedes Pérez que les pusiera dos cafés, volvió, se sentó.

Empezó la conversación con la afabilidad ensayada de quien lleva treinta años recibiendo a clientes pequeños y grandes.

Lau le contó la historia. Su primo Tony, cubano por parte de padre, llevaba quince años con el bar Caribe en San Blas, el bar facturaba bien pero el sistema de hacienda lo tenía hecho un cristo, un asesor anterior se lo había llevado mal, Tony estaba pensando en regularizar bien y habían oído de la asesoría Quintana por una vecina del barrio que les había hablado bien.

Don Fernando asintió a las pausas correctas, hizo las preguntas correctas, anotó en la Filofax con un bolígrafo Mont Blanc que sin duda le había regalado un cliente, le explicó los servicios de la asesoría con la fluidez de quien lo había explicado mil veces.

A los nueve minutos Mercedes Pérez trajo los dos cafés con dos sobrecitos de azúcar y dos cucharillas.

Lau dio las gracias. Don Fernando movió el café al borde de su mesa y volvió a lo suyo.

Lau dejó pasar tres minutos más de conversación amable, pero entonces lanzó la pregunta lateral con la naturalidad de quien la pregunta sin querer.